Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Si tienes que saberlo —comenzó—, Liz se marchó de casa hace unos meses.

No por la razón que fuera que te dio, sino porque descubrió algo que yo me había esforzado al máximo por ocultarle; no porque intentara ocultárselo con malicia, sino porque intentaba protegerla.

Un cliché, lo sé, pero así estamos. —Hablaba con Martha, pero su atención estaba centrada únicamente en Elizabeth—.

Hace un par de meses, mientras investigaba a Henry Matheson, hice un viaje corto a Birmingham con una colega.

Stephanie. Nos quedamos en un hotel una noche, nos emborrachamos y luego nos besamos.

Fue un error, un error estúpido y terrible, y no pasa un día en que no piense en el daño que te hice, Liz.

Se hizo el silencio, a excepción de los sonidos de alegría y el tintineo de los cubiertos sobre la vajilla que venían de Maisie y Ellie.

Para entonces, Martha había soltado el cuchillo y el tenedor y se estaba dando toques suaves en las comisuras de los labios con su servilleta.

Jake preparó sus defensas para un ataque.

—¿Esto fue antes o después de lo que le pasó a Elizabeth? —preguntó ella con un aire de calma que le inquietó.

—Después. Y me mata no poder estar aquí con ella mientras pasa por todo esto.

—Tiene a las niñas. Y me tiene a mí.

—¿Es eso necesario? ¿Realmente te necesita a ti ?

La Elizabeth que yo conozco es una mujer fuerte y poderosa que no deja que nada de esto la amilane.

Es perfectamente capaz de cuidar de Ellie y Maisie.

Ha estado bien desde que nacieron, ¿así que qué ha cambiado?

Aparte del hecho de que esto podría estar alimentando un poco tu ego, o llenando el vacío que dejó Alan tras fallecer...

Otro momento de silencio descendió sobre la mesa.

Jake reflexionó sobre lo que había dicho.

¿Sentía que se había pasado de la raya? Quizá.

¿Se sentía culpable? No realmente. ¿Se arrepentía de lo que había dicho?

Sí. Pero eran sus sentimientos, y habían pasado demasiado tiempo dentro de él como para seguir allí ni un segundo más.

—Creo que ya va siendo hora de que todos empecemos a ser honestos los unos con los otros en esta familia —añadió, asestando el golpe final a la mandíbula con un limpio gancho de derecha—. Y ya he dicho lo que tenía que decir.

La expresión de Martha permaneció cerrada e impasible, una barricada frente al castillo. Pero Jake sabía que, muy en el fondo, tras esos muros, un fuego ardía en todo el edificio. Ella empezó a sudar mientras se esforzaba por mantener la compostura.

—Y yo creo que es hora de que te marches —dijo Martha, con voz severa y autoritaria.

—Mamá, no, no puedes. Deja que se quede. —Elizabeth puso la mano en el brazo de Martha.

—No pasa nada. —Jake se levantó de su silla y dejó su servilleta sobre la mesa—. Puedo con ello.

Jake besó a las niñas en la cabeza y se despidió, cogió sus cosas y se marchó. Maisie y Ellie le llamaron, pero él continuó de todos modos. No podía quedar mal ante Martha, no si quería que ella le tuviera algún respeto más adelante, cuando todo esto terminara.

Durante el trayecto a casa, su mente entraba y salía de la realidad como un borracho que entra y sale de una licorería, pensando en lo que el futuro podría deparar a su relación. Adoraba a Elizabeth y a las niñas más que a nada en el...

¿Era eso cierto?

Reflexionó un momento. La verdadera razón por la que estaban separados era una combinación de factores.

Pero a la cabeza de todo estaba su obsesión —y, se atrevía a admitirlo, su adicción — al trabajo.

Lo que había pasado con Stephanie era un resultado directo de aquello.

Demasiados otros agentes del cuerpo habían sufrido historias de horror similares por infidelidades.

Demasiados agentes eran adictos al trabajo.

Era una obsesión, y una vez que te atrapaba, no te soltaba.

Sí, no había nada que no hiciera por sus hijas y su familia y su matrimonio. Pero, del mismo modo, no había nada que no hiciera por su carrera. Quizá era hora de pensar en alguien más para variar.

Antes de que se diera cuenta, ya estaba en casa, aparcado a un lado de la carretera y caminando hacia la puerta principal.

Tanteó la llave en sus manos y luego la introdujo en la cerradura.

Cuando hizo ademán de abrir la puerta, se encontró con resistencia.

El montón de zapatos al otro lado de la puerta.

La montaña de facturas, correo basura y periódicos que se había formado durante las últimas semanas.

Las bolsas de basura a rebosar que se habían perdido la última recogida y necesitaban un nuevo hogar en el vertedero local.

Jake se apoyó contra la puerta para apartar el desorden, cruzó el pasillo y entró en la cocina.

Un rascacielos de platos sucios, sin fregar, descansaba junto al fregadero; al lado había una torre de envases de plástico de comida para microondas y de comida para llevar esperando a ser depositados en una bolsa de basura.

El ciclo del reciclaje.

Jake cogió un vaso sucio, caminó hacia la nevera y se sirvió una Foster’s. Mientras el líquido frío bajaba por su garganta, se detuvo y miró alrededor de la cocina, buscando algo en particular.

Al final, lo encontró. De alguna manera estaba en un sitio diferente de donde recordaba haberlo dejado. Cuando levantó la tapa del portátil, la pantalla se iluminó con la última página de internet en la que había estado antes de salir de casa esa mañana. Y todavía tenía la sesión abierta.

Mientras revisaba el panel de control, se dio cuenta de que había cuatro partidos de la Champions League en menos de diez minutos.

Miró a la parte superior derecha de la pantalla, vio que su saldo era de 23,52 £ y realizó una serie de apuestas.

Victoria para el Barcelona. Empate para el Chelsea.

Ambos equipos marcan. Resultado final de cada partido. Primer goleador.

En cuestión de segundos, se quedó con sus últimas 1,52 £, así que volcó su atención en algo más inmediato. Algo que satisficiera sus ansias. Algo que pudiera disfrutar viendo. La ruleta.

Jake saltó a la pantalla del casino en vivo y se apostó el resto del dinero al negro veinticuatro. Dio una palmada en el aire en cuanto se confirmó la apuesta y esperó. Su corazón latía al ritmo de la cuenta atrás, descontando los segundos hasta el siguiente giro.

Tic-tac...

Latido...

Y entonces empezó.

Vio a la mujer, vestida con elegancia pero con un toque seductor, lanzar la bola a la rueda. Rebotó y rodó hasta que finalmente...

—¡Sí!

Negro veinticuatro.

Había ganado, y cuando actualizó la pantalla, se habían depositado otras 53,20 £ en su cuenta.

Eufórico, Jake se terminó su cerveza de un trago, cogió el resto del pack de seis de la nevera y se preparó para la faena. Iba a ser otra noche emocionante. Y también rentable, esperaba.

En las semanas que llevaba sumergido en el mundo de las apuestas online, se las había arreglado para pulirse más de mil libras; más dinero del que tenía en cualquiera de sus cuentas bancarias.

Sus gastos mensuales devoraban lo que quedaba de su salario, por lo que dependía de dinero prestado...

y de tiempo prestado. No sabía las cifras exactas porque no lo necesitaba. Había una luz al final del túnel.

Y esas cincuenta libras no eran más que el principio.