Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 3
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Capítulo 3

U na de las cosas que Jake Tanner echaba de menos de tener a su esposa Elizabeth en casa, más que casi cualquier otra cosa, era su cocina.

A pesar de no haber estudiado nunca profesionalmente, era capaz de crear los guisos más hermosos y deliciosos con las escasas sobras y raciones que tenían por casa.

No fue hasta que ella se marchó cuando él se dio cuenta de lo mucho que dependía de ella para tomar una comida decente, algo en lo que mereciera la pena dedicar tiempo y disfrutar.

En su lugar, durante los últimos meses, había dependido de sus propias habilidades, que daban para lo mismo que las de cualquier otro en su situación.

Una tostada con un poco de huevo ligeramente espolvoreado con pimienta era uno de los festines más exquisitos que había tenido el placer de prepararse.

Eso era lo más emocionante que le pasaba.

Excepto por esta noche.

Esta noche era diferente. Esta noche iba a disfrutar de buena comida. Comida de verdad.

Comida que merece la pena comer.

Comida de la que se disfruta.

El único inconveniente era la compañía con la que se vería obligado a compartirla: Martha Clarke, su suegra.

La dueña de la casa a la que Elizabeth y sus dos hijas, Maisie y Ellie, habían llamado hogar durante las últimas doce semanas.

A Jake no le importaba pasar tiempo con ellas ; de hecho, era lo que más deseaba en el mundo, pero cuanto menos cerca estuviera de la abuela de sus hijas, mejor.

Tras llegar temprano del trabajo —algo que Elizabeth siempre había insistido en que era incapaz de hacer cuando su matrimonio no era un desastre—, salió de la cocina al salón, donde encontró a sus hijas.

Maisie estaba sentada en el sofá, leyendo un libro, mientras que Ellie estaba coloreando con un surtido variado de ceras.

Cuando entró en la habitación, las niñas no le prestaron atención, ni le invitaron a jugar, ni le dieron un abrazo, ni siquiera le pidieron que se sentara a su lado.

Un extraño para su propia familia.

—Cuidado, no manchéis la alfombra —dijo él, acomodándose en el borde del sofá junto a Ellie.

—¡Papi! —gritó Ellie. En cuanto le vio, se levantó de un salto y le dio un breve abrazo antes de volver a centrar su atención en sus dibujos.

Por primera vez en mucho tiempo, todo pensamiento sobre el trabajo y el estrés de las últimas semanas desapareció de su mente, y se centró en el presente. Miró a su hija mayor—. ¿Qué tal hoy en la guardería, Mais?

—Ha estado bien. La señorita Arrowsmith me ha dado un abrazo.

—¿Por qué? ¿Estabas triste?

—Sí.

Jake se puso en pie, levantó a Maisie del sofá y se sentó de nuevo, colocándola en su regazo. Ella siguió leyendo su libro.

—¿Qué te ponía triste, cielo? —preguntó Jake, con la mente a mil por hora. Imaginó a otro niño acosándola, seguido de más imágenes de él irrumpiendo en el colegio, dispuesto a castigar al niño él mismo. O a los padres.

Putos padres.

Siempre eran los padres.

Maisie se giró, con sus ojos convertidos en un mar de inocencia—. ¿Cuándo vamos a volver a casa, papi?

No se le había ocurrido que la distancia entre él y Elizabeth hubiera calado en la maleable inocencia de la infancia. Quizá había sido un ingenuo al pensar que ellas eran ajenas a la realidad de las turbulencias matrimoniales de sus padres.

Tras la investigación de Matheson, la muerte del subcomisario Richard Candy y el ataque personal a sus finanzas, la relación de Jake y Elizabeth se había deteriorado.

Al principio, parecía que las cosas volvían a encarrilarse, y su matrimonio continuaba a base de verdades a medias y algunas mentiras piadosas.

Pero la gota que colmó el vaso fue cuando Elizabeth descubrió la noticia de su infidelidad.

El beso que Jake y Stephanie, una antigua colega, se habían dado una noche de borrachera en un Premier Inn en pleno centro de Birmingham.

Ahora ella se había mudado, había cortado casi toda comunicación y se había llevado a las niñas con ella.

El cuidado de las niñas seguía siendo tarea de ella, mientras que la hipoteca, las facturas y otros gastos seguían siendo de él.

Así que, en realidad, era como si nada hubiera cambiado.

Excepto que todo lo había hecho.

—Maisie... —empezó Jake, cauteloso sobre cómo abordar el tema—. Sabes que mamá y papá os quieren mucho. Y es...

—¡Jake! ¡Maisie! ¡Ellie! La cena está lista —llamó Elizabeth desde la cocina.

Salvado por la campana.

Quizá realmente hubiera alguien velando por él, aunque últimamente no lo pareciera.

—Vamos, niñas, es hora de comer.

Jake dejó a Maisie en el suelo, cogió a Ellie de la alfombra y la llevó a la cocina, con Maisie siguiéndoles detrás, agarrada de su mano.

En el comedor de planta abierta, Elizabeth estaba de puntillas, intentando alcanzar lo más alto de un armario, mientras Martha estaba al otro lado de la cocina, sirviendo con un cazo raciones de espaguetis a la boloñesa en cuencos de porcelana blanca.

Fue en ese momento cuando Jake se sintió como si estuviera en casa, como si todo hubiera vuelto a la normalidad, como si los acontecimientos de los últimos meses no hubieran ocurrido y todo hubiera sido solo un sueño.

Un sueño que se había convertido en pesadilla.

—Jake —le llamó Martha, y de inmediato la sensación se desvaneció—. Sienta a las niñas a la mesa. No quiero que se les enfríe la comida.

¿Y te crees que yo sí?

A regañadientes, hizo lo que le decía y ocupó su lugar en la mesa junto a Maisie.

Unos segundos más tarde, Martha repartió los platos, sirviendo primero a las niñas, luego a Elizabeth, después a ella misma y por último a Jake.

Él le dio las gracias, espolvoreó una ración extra de parmesano por encima y cogió el cuchillo y el tenedor justo cuando Elizabeth se sentó por fin.

—Tiene buena pinta, cielo —dijo Jake, mirando primero a su mujer y luego de nuevo a su comida—. Probablemente sea la mejor cena que he tomado en mucho tiempo.

—¿Es que no estás comiendo bien? —preguntó Elizabeth antes de llevarse un tenedor de comida a la boca.

—De vez en cuando. Para cuando llego a casa, es demasiado tarde para cocinar nada sustancioso, así que me tomo un par de bolsas de patatas fritas, o un plato preparado, y con eso me apaño.

—Eso no es bueno para ti, Jake. Necesitas una dieta adecuada.

—Lo intento.

—¿Como intentas todo lo demás? —dijo Martha con sorna, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar el desprecio en su voz.

—¿Perdón?

—Mamá, déjalo —insistió Elizabeth.

Martha se limpió la comisura de los labios con una servilleta y se la puso sobre la pierna—. Han pasado tres meses desde que murió Alan, y nos has visto... ¿qué?, solo una vez antes de esta noche. ¿Tan poco te importa?

Ya empezamos. Jake se preparó para el asalto.

Eran habituales siempre que sus caminos y los de Martha se cruzaban.

Pero desde el fallecimiento de Alan, tras un trasplante de riñón fallido, Jake se había esforzado por mantener la compostura y ser el garante de la paz.

Ya iba siendo hora de que tuvieran esa discusión pendiente.

Pero entonces se dio cuenta de dónde estaba y en compañía de quién.

Esta noche era una noche especial por varias razones. Mejor no arruinarla.

—Las cosas son complicadas —dijo Jake, apretando el mango de su cuchillo.

—Tienes derecho a tus días libres; nada te impide aparecer por aquí.

Jake reflexionó un momento. Y entonces lo comprendió.

—No lo sabe, ¿verdad? —preguntó.

—¿Saber qué?

Cuando estaba a punto de abrir la boca y explicarle a Martha qué era lo que realmente había causado su separación, los ojos de Elizabeth se encendieron, suplicándole que guardara silencio.

Así lo hizo, y recogió otra porción de carne picada con el tenedor—.

No creo que esta sea una conversación que debamos tener delante de las niñas.

—Tengo derecho a saberlo.

—Y yo he dicho que no. No es apropiado para la cena. Después, quizá, pero ahora no. Sugiero que hablemos de otra cosa —dijo Jake, esperando que el bocado que acababa de meterse en la boca pusiera fin a la charla.

Para su sorpresa, Martha cedió. No le gustaba gritar a la gente ni hablarles con severidad —especialmente cuando se trataba de la familia—, pero estaba cansado de permitir que ella dictara las conversaciones y las emociones de los demás.

—¿Has sabido algo de Rupert? —preguntó Elizabeth. Estaba ayudando a Ellie a concentrarse y prestar atención a su comida.

—Le he visto hoy —respondió Jake.

—¿Y?

Jake vaciló, la miró a los ojos y negó con la cabeza—. Lo siento, Liz.

Elizabeth dejó caer la cuchara en el plato de Ellie y se hundió en su silla. Frunció el ceño y miró su comida con la mirada perdida y vacía.

—Lo siento, cielo —repitió Jake.

—¿No podemos hacer nada para convencerle?

—Lo he intentado.

—¿Quieres que hable yo con él? —interrumpió Martha.

Cuando tanto Jake como Elizabeth la miraron con cierta incredulidad, continuó: —Él y yo trabajamos juntos.

Nos ayudó con lo de Detson. —Se refería al incendio del bloque de viviendas que había tenido lugar varios años atrás debido a un revestimiento inseguro y a un secador de pelo defectuoso.

El nombre era sinónimo de la noche en la que cientos de familias habían perdido la vida mientras el fuego se propagaba rápidamente por cada rincón del edificio, y del posterior encubrimiento del gobierno que las había dejado sumidas en el dolor y sin hogar.

Martha era la ministra de vivienda responsable de la decisión y la que se había llevado las mayores críticas después. Y, aun así, se las había arreglado para conservar el puesto.

—¿Por qué no habías dicho nada antes? —preguntó Jake.

Martha se encogió de hombros. Jake empezaba a darse cuenta de que cuanto más tiempo pasaba con ella, más cosas descubría.

—Así que parece que no somos más que una familia llena de mentiras.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Martha.

—Jake, por favor —suplicó Elizabeth.

Pero él continuó de todos modos.