Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Antes de que Dylan se girara hacia Felicity, le entregó el cuchillo a Erica y la miró a los ojos.

—Déjamelo a mí —dijo—. Busca las llaves del coche de tu padre. Y... mierda.

—¿Qué?

—Las cámaras de seguridad, ¿están apagadas?

Erica sacudió la cabeza. Después de haber trabajado con algunos de los mayores delincuentes del país, su padre había pensado que lo mejor era asegurar el recinto y dotar cada rincón de la casa con vigilancia las veinticuatro horas.

No por la seguridad de su familia, sino por la seguridad de sus documentos y del trabajo que realizaba.

Miembros de bandas rivales, asesinos psicópatas y cualquier otro extraño podía entrar de la calle y secuestrarlos, y él no habría perdido ni un minuto de sueño por ello.

Pero cuando se trataba de su trabajo y de la seguridad de su prestigio profesional como el mejor abogado defensor de Londres, ahí es donde trazaba el límite.

Para muchos, la familia lo era todo.

—Busca el circuito cerrado y destrúyelo —ordenó Dylan. Luego se acercó a Felicity, le puso el brazo sobre los hombros y la acompañó fuera de la cocina.

—Buenas noches, Ecky. Te quiero —gritó Felicity a sus espaldas.

Erica abrió la boca para hablar, pero las palabras pesaban demasiado.

Esperó hasta que estuvieron arriba antes de moverse de nuevo y correr al otro lado de la cocina, atravesar un cuarto de juegos y entrar en otra habitación a la derecha: el despacho de Rupert.

Una estantería tan alta como la pared recorría uno de los lados de la estancia.

Al otro lado había una bicicleta estática.

En todos los años que su padre la había tenido, solo sabía que la hubiera usado una vez.

Dos como máximo. Al final de la habitación estaba el escritorio de su padre.

Sobre él descansaba un pequeño monitor de ordenador con las imágenes en bucle de las cámaras de seguridad de la casa.

Erica avanzó hacia el ordenador.

La experiencia de su adolescencia le había enseñado cómo borrar ciertos fragmentos de las grabaciones de las cámaras.

Como aquella vez que llegó a casa borracha de una fiesta en medio de un campo cuando tenía trece años.

Como la primera vez que Dylan se quedó a dormir y se marchó por la mañana sin que nadie lo supiera.

Era fácil cuando se sabía cómo.

Erica activó el ordenador, entró en el software de vigilancia y retrocedió hasta las grabaciones de hacía seis horas. Seleccionó el intervalo entre entonces y ese momento, y pulsó SUPRIMIR en el teclado. Así de fácil, la grabación desapareció, se perdió en el éter.

Usando su manga como un paño, Erica limpió sus huellas dactilares del teclado y del ratón, agarró las llaves del coche de Rupert del bote de los bolígrafos de su escritorio y volvió apresuradamente a la cocina.

Para cuando regresó al pasillo, Dylan ya estaba en el último escalón de la escalera.

Se detuvo al verlo, con el cuerpo paralizado por la impresión.

—¿Has...? ¿Está ella...?

—He sido amable —dijo Dylan. No había nada en su expresión que sugiriera que acababa de asesinar a dos personas a sangre fría—. ¿Has cogido las llaves?

Erica las levantó en el aire.

—¿Y la grabación?

—Borrada y eliminada del disco duro.

Él se inclinó y la besó.

—Estoy orgulloso de ti. Ahora vamos, salgamos de aquí de una puta vez.

Salieron de la casa y se separaron; Dylan cogió su propio coche mientras Erica corría hacia el Mercedes de Rupert.

—¿Recuerdas lo que te dije? —preguntó él.

—Meter la marcha. Encontrar el punto de fricción. Con suavidad al acelerar.

—Esa es mi chica.

—¿Nos vemos en la casa?

—Nos vemos en la casa.

Ella abrió el coche, arrancó el motor y se alejó a toda velocidad.

Mientras rugía por la carretera, luchó contra el impulso de mirar atrás, hacia la casa donde se había criado.

Donde había atesorado muchos recuerdos felices.

Donde había esperado que vinieran muchos más.

Pero ya no había marcha atrás. Ella y Dylan compartían un vínculo, una conexión sin igual.

Su cuerpo —y su alma— habían cruzado el punto de no retorno directamente hacia su abrazo envolvente.

La sangre de Dylan corría por su cuerpo, alimentando la adrenalina de sus células. Subió el volumen del equipo de música y puso su canción a todo trapo. Gritó. Vociferó. Golpeó la columna de dirección. La canción ahogaba su ruido.

Lo había conseguido. Y ahora se sentía eufórico, joder. Como si nada en el mundo pudiera detenerlo. Como si pudiera enfrentarse a cualquiera y a cualquier cosa.

Y entonces recordó que tenía un trabajo que hacer. Una llamada que realizar.

Dylan puso su teléfono en el salpicadero, lo desbloqueó y marcó el número.

La canción se detuvo de repente y fue sustituida por el sonido de la señal de llamada.

Brmph-brmph. Brmph-brmph. Brmph-brmph.

Finalmente, al cuarto tono, respondieron al otro lado.

—¿Sí? —dijo la voz tranquila y relajante.

—Soy yo.

—¿Está hecho?

—Está hecho. Todos.

—¿Y Erica?

—Viene al piso conmigo.

—Muy bien. Ya sabes lo que tienes que hacer a continuación.

La línea se cortó.