Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Helena la Puta atravesó el comedor, pasó por otra puerta y entró en el salón, donde se dejó caer en el sofá blanco de siete plazas, encogió las piernas sobre el cojín y centró su atención en la televisión que colgaba sobre la chimenea.

Luego agarró el mando y cambió el canal a uno de teletienda.

Ajena a Erica, que estaba detrás de ella, acercándose poco a poco, silenciosa, grácil.

Como las hojas de otoño que mueren lentamente.

Erica apretó con más fuerza el mango de la hoja de quince centímetros en su bolsillo hasta que se le blanquearon los nudillos y le sudó la palma de la mano. Por un momento muy breve —y fue brevísimo, pues no fue más que un destello fugaz— Erica dudó y contempló sus actos.

Se preguntó: ¿quería hacer esto?

Sí .

¿Amaba a la mujer que tenía delante?

No .

Helena, la puta rompehogares de mierda con las tetas grandes, los dientes perfectos, la sonrisa perfecta y la figura perfecta, se merecía todo lo que le pasara.

¿Quería que Helena siguiera formando parte de su vida?

No .

La última era la más difícil de responder: ¿tenía el valor necesario para hacerlo?

Solo había una forma de saberlo.

El cuerpo de Erica temblaba de adrenalina y entusiasmo al entrar en la Fase de Euforia.

El resto de su cuerpo sintió un hormigueo mientras sacaba la hoja del bolsillo y se acercaba más a Helena; más cerca de aquel cabello castaño que Erica siempre había envidiado por verse tan hermoso, incluso en su peor día.

Más cerca de la zorra estúpida que se había colado en sus vidas y lo había arruinado todo por completo.

Más cerca de la mujer que le había robado a su padre y lo había manipulado para convertir su vida en una completa miseria.

Desde atrás, Erica agarró a Helena por la frente, tiró de ella hacia atrás, despejando sus vías respiratorias, y le pasó la hoja por la garganta, cortando limpiamente la arteria carótida.

Una neblina de sangre salió proyectada por el aire, bañando las piernas de Helena y ensuciando los lujosos cojines del sofá y la alfombra en una explosión de rojo.

Erica miró hacia abajo, a los ojos desorbitados de Helena.

Estaban tan blancos como la luna del exterior, y había dolor tras ellos.

Las lágrimas se formaron en las comisuras y acabaron resbalando por su frente inclinada.

Sus brazos se agitaron de un lado a otro, intentando quitarse a Erica de encima, pero sus esfuerzos iban mal encaminados y ninguno llegó a tocarla.

A estas alturas, el orificio como el de un buzón en la garganta de Helena rebosaba sangre, que le bajaba por la camiseta hasta el estómago.

Mientras observaba a su madrastra, como el ángel de la guarda que se dispone a llevarla a los siete niveles del infierno, Erica se preguntó qué estaría pensando la puta.

¿Estaría encadenada por la culpa y el aborrecimiento por haber destruido a una familia feliz?

¿O estaría distraída por la decepción de perder para siempre la tarjeta de crédito de su marido, de no poder disfrutar de todas las cosas bonitas que él podía permitirle?

A donde ella iba, nunca más podría volver a disfrutar de cosas bonitas.

Helena abrió la boca. Erica le puso la mano encima y sofocó sus últimos jadeos. Luego se inclinó junto a la cabeza de Helena y le susurró:

—Nunca fuiste bienvenida en esta casa.

Y entonces, sin más, Helena se quedó perfectamente quieta, tranquila, extrañamente serena.

Erica permaneció sobre su madrastra, tratando de comprender cómo se sentía.

Qué sentía. La respuesta corta era sencilla: nada.

Ni un ápice de culpa. Las fronteras entre la realidad y la ficción, la existencia y la muerte, se habían difuminado gracias a las olas de éxtasis que la envolvían una y otra vez, sumergiéndola más y más profundamente.

Y no quería que se detuvieran.

Quería dejarse llevar y llevar y...

Un sonido proveniente de la cocina la devolvió al presente de golpe. Erica giró sobre sus talones y se dirigió hacia el ruido, limpiando la hoja con el hueco del codo.

Al entrar, se quedó petrificada en el marco de la puerta.

Justo delante de ella estaba Rupert, papá, su héroe, inclinado sobre la encimera de la cocina.

Caía lentamente hacia el suelo de baldosas, con una mano aferrada al borde de la encimera, mientras con la otra se aferraba a lo que quedaba de su existencia.

Dylan estaba a su lado, hundiendo repetidamente la hoja en el estómago, las costillas, los brazos, las piernas, la entrepierna, el cuello y la cabeza de Rupert, recorriendo todo el cuerpo del hombre hasta que, como una gacela salvaje derribada por un león, Rupert exhaló finalmente su último suspiro y se desplomó en el suelo.

Lo que más sorprendió a Erica fue que ninguno de los dos hubiera opuesto resistencia.

Habían sido débiles, estaban indefensos, casi temerosos de contraatacar.

Por esa misma razón, merecían morir; un pequeño consuelo para la culpa que sabía que sin duda sentiría más adelante.

La debilidad no tendría cabida en su vida a partir de ahora.

No si quería sobrevivir a los próximos días.

—¿Estás bien? —preguntó Dylan, jadeando—. ¿Helena?

Erica asintió.

—Ella está...

Algo se movió en la esquina del campo de visión de Erica. El movimiento venía de la puerta a su derecha, que daba al pasillo. Se giró.

Se quedó helada.

De pie en el marco de la puerta, apretando una manta contra su pecho y con un osito de peluche bajo el brazo, estaba Felicity, su hermana de cuatro años.

—Ecky —susurró, su apodo para Erica.

—¿Qué haces despierta, Fleck? Se supone que deberías estar durmiendo.

—¿Qué está pasando?

—Estamos jugando a un juego de mayores. Ahora vuelve a la cama.

Los ojos de Felicity bajaron hacia el cuerpo de Erica.

—¿Qué es eso? —Señaló el arma en la mano de Erica.

—Es un juguete peligroso. Es para que jueguen los adultos. Yo... quiero que vuelvas a la cama ahora mismo, por favor.

Se estaba despejando rápidamente de los efectos de la droga. Las puntas de sus dedos ya no vibraban con el latido feroz de su corazón. Sus oídos ya no devolvían el eco de cada sonido a su alrededor. Y sabía que cuanto más tiempo se quedara allí, más dura sería la caída en el inminente bajón.

—¿Me llevas tú? —preguntó Felicity, tendiéndole la mano.

Erica abrió la boca, pero se le formó un nudo en la garganta. Tragó saliva y sorbió por la nariz, conteniendo las lágrimas que asomaban a sus ojos. Sacudiendo la cabeza, dijo:

—Lo siento, Fleck, pero no puedo. Tengo que... tengo que hacer algunas cosas de mayores . Dylan... —Sorbió con fuerza—. Dylan puede llevarte. Te cuidará muy bien. ¿Te acuerdas de Dylan?

—Sí. Mamá dijo que es un hombre malo.

Helena la Lavacerebros.

—No es un hombre malo. Es parte de la familia. ¿Quieres que te lea un cuento para dormir?

—Vale —dijo Felicity, asintiendo. En cuanto terminó, se frotó los ojos para espantar el sueño.