La Cena
En su primera cena, la electricidad entre ambos no necesitó de palabras.
Mientras que en el palacio todo era ostentación, imagen y proyectar un poder que no sentía, con Ginebra todo era verdad.
Ella era auténtica, directa, alguien que no sabía —o no le importaba— quién era él realmente.
Ese feeling inmediato, esa forma en que sus ojos hablaban antes que sus labios, le había devuelto la capacidad de amarse a sí mismo.
Faris cerró los ojos un instante, sintiendo la textura de su propia ropa real.
Era una ironía cruel: estaba a punto de sentarse a cenar con una extraña impuesta por la tradición, mientras su alma, la parte de él que finalmente se sentía viva, estaba en manos de una mujer italiana que volaba sobre las mismas nubes que él.
—Su Alteza, el Jeque le espera en el salón principal —anunció el criado con tono monocorde.
Faris suspiró, volviendo a la realidad. Se ajustó el cuello de la camisa, sintiendo cómo la presión del palacio comenzaba a atenazarle el pecho nuevamente. La libertad era un sueño de altura, pero el deber era un suelo de piedra que, esta noche, parecía querer atraparlo para siempre.
—Ya bajo, dame un minuto —respondió Faris con frialdad al criado, cerrando la puerta tras él.
El silencio de la habitación, decorada con un exceso que rayaba en lo asfixiante, se volvió su refugio momentáneo.
Se miró al espejo, sintiéndose extrañamente pobre a pesar de estar rodeado de una riqueza que cualquier hombre mataría por poseer.
Sus dedos temblaron levemente mientras enviaba un mensaje rápido a Ginebra: «Te extraño más de lo que las palabras permiten.
Aguanta un poco, pronto estaré de regreso.
Eres mi única elección». Al escribirlo, el nudo en su garganta se relajó.
Él ya se había decidido; el resto no era más que una comedia de errores.
Salió al pasillo y comenzó a descender hacia el salón principal.
La mansión era un monumento al exceso: cinco plantas de diseño donde el acero inoxidable, el granito y el cristal se mezclaban con esculturas lujosísimas y tapices exportados de medio mundo.
Todo, desde las alfombras que amortiguaban sus pasos hasta el aroma penetrante de las flores frescas que inundaban cada rincón, estaba diseñado para proyectar un poder inalcanzable.
Pero para Faris, aquello no era un hogar; era una vitrina.
Al entrar en la sala de los espejos, su reflejo se multiplicó, devolviéndole la imagen de un príncipe que él ya no reconocía.
Allí estaba el padre de la prometida, el señor Mohamed, un hombre de una rigidez mineral que lo saludó con una reverencia exagerada y un «Su Alteza» que a Faris le supo a ceniza.
Su hermano estaba cerca, erguido, proyectando esa sumisión que tanto le gustaba al padre.
Y en una esquina, Sabián, el primo que observaba cada uno de sus movimientos como un buitre aguardando a que la presa desfalleciera.
Faris saludó, mantuvo las formas y ensayó una sonrisa cordial, aunque su mente estaba a miles de kilómetros de allí, en un apartamento de altura donde la brisa no olía a incienso y oro, sino a libertad.
—¿Te encuentras bien, Faris? —preguntó su hermano, observando su mirada ausente—. Pareces estar en otro mundo.
—Lo estoy —respondió Faris, su voz apenas un susurro—. Y lo mejor de todo es que allí soy feliz.
Sabián soltó una carcajada seca, intentando malmeter, pero Faris ya no estaba presente. ¿Qué importaban los títulos ante la mirada de Ginebra? Sin ella, el palacio era solo una cárcel de cinco estrellas. Con ella, el mundo entero le pertenecía.
La cena transcurrió entre el tintineo de la plata y el peso de las expectativas.
El Jeque Sultan Al-Rashid, su padre, presidía la mesa con una severidad que cortaba el aire.
A su lado, Mohamed, el padre de la prometida, no disimulaba su ambición.
Sus ojos recorrían el salón como si estuviera inventariando su futuro patrimonio.
—Faris —dijo Mohamed, dejando el cubierto con un golpe seco que resonó en el comedor—.
El tiempo de las cortesías ha terminado.
Nuestros reinos han estado unidos por el nombre desde hace siglos, pero ahora es el momento de sellarlo con una fecha.
Queremos que la boda se celebre en el plazo previsto.
Dos años es una espera eterna para lo que este acuerdo representa.
Faris sintió un pinchazo en las sienes. A su lado, su hermano Faréd asentía, cómplice de la presión. Sabián, desde el otro extremo, sonreía con malicia, disfrutando del acorralamiento.
—El éxito de los negocios requiere paciencia, Mohamed —respondió Faris, manteniendo una calma fingida—. Dubái me ha enseñado que las cosas grandes no pueden precipitarse.
—¿Qué es eso tan importante en Dubái, Faris? —intervino Sabián, con un brillo traicionero en los ojos—. ¿Tanto te ha cautivado esa ciudad que has olvidado tus deberes aquí?
Faris ignoró la provocación, aunque su mandíbula se tensó.
A su derecha, la joven que el destino le había impuesto —una chica morena, de belleza clásica y ojos obedientes— intentaba captar su atención.
Ella, a quien le habían ordenado discreción absoluta, no pudo evitar la curiosidad.
Se inclinó ligeramente hacia él, rompiendo el protocolo.
—Faris —susurró ella, con una voz suave que intentaba ser cálida—. No tienes que ser tan frío. Sé que esto es difícil para ambos. Si no puedes ofrecerme amor, al menos... ¿podríamos empezar con una amistad sincera? Me gustaría conocer al hombre que se esconde detrás de tanta frialdad.
Faris la miró. Ella era hermosa, impecable, el sueño de cualquier padre.
Pero no era Ginebra. No había fuego en su mirada, solo resignación y una educación exquisita.
Faris sintió una mezcla de lástima y distancia.
¿Cómo explicarle que su corazón ya estaba ocupado por una mujer que, a ojos de su padre, era simplemente una "plebeya"?
Una azafata italiana que entendía de libertad, mientras esta chica solo entendía de obediencia.
«No puedo hacerlo», pensó Faris, sintiendo que la caja de pandora estaba a punto de reventar. Miró a su madre, Layla, cuyos ojos reflejaban una preocupación infinita, y luego a su padre, el Jeque Sultan, cuya salud parecía frágil bajo la armadura de su orgullo.
Defraudar a sus padres era un peso que amenazaba con aplastarlo, pero rendirse significaba morir en vida.
Sabía que Ginebra era sabia, que ella entendería este caos, pero el riesgo era inmenso.
Debía ser estratégico. Debía irse de allí, volver a los cielos, y planear su salida con la misma precisión con la que pilotaba sus aviones.
—Te agradezco la intención —respondió Faris a la joven, con un tono neutro que no prometía nada—. Pero esta noche mi mente está lejos de aquí. Disculpadme, necesito un momento de aire.
Se levantó, ignorando el murmullo de desaprobación que recorrió la mesa. La tensión era un hilo a punto de romperse.
Faris salió al patio interior, donde el aire fresco de la noche apenas mitigaba el ardor que sentía en la garganta.
Se apoyó contra una columna de mármol, intentando estabilizar su respiración.
El precio de su carrera, de su independencia, de aquel apartamento en Dubái desde donde contemplaba las luces de la ciudad como si fueran estrellas al alcance de su mano...
todo le había costado una fortuna en términos de alma y silencio.
De repente, un suave roce de seda sobre el suelo de piedra lo alertó. No tuvo que darse la vuelta para saber quién era. El perfume de su madre, una mezcla sutil de jazmín y algo antiguo, llenó el espacio.
—Tu padre no entiende que el halcón no puede ser domesticado si ya conoce la altura —dijo Layla con voz calmada, deteniéndose a su lado sin mirarlo directamente.
Faris se tensó, pero ella no buscaba reproches.
La Reina Layla, que había pasado toda su vida viendo cómo la política y los acuerdos drenaban la vitalidad de su hogar, lo observaba con una tristeza infinita.
Ella recordaba demasiado bien su propia juventud, aquel matrimonio concertado por Sultan para unir dos reinos que solo se respetaban por interés.
Ella sabía que su hijo mayor, Faréd, era un eco de su padre, un hombre que había aprendido a enterrar sus deseos bajo el peso de la corona.
Pero Faris... Faris era diferente. Faris era el sueño que ella no se atrevió a soñar.
—Tú sabes lo que hay, madre —susurró él, rompiendo la barrera de la formalidad—.
Sabes que ese lujo, ese dinero, esa carrera que me permitió ser piloto...
todo ha tenido un costo que ya no estoy dispuesto a pagar.
No quiero terminar como tú, atrapada en un palacio de espejos donde la única verdad es la que dicta el protocolo.
Layla se acercó y, por un instante, volvió a tratarlo como al niño que buscaba refugio en sus brazos.
Le acarició el hombro, un gesto prohibido para cualquiera que estuviera mirando, pero necesario para ella.
Ella sospechaba. Había visto el brillo nuevo en sus ojos, una luz que no provenía de las joyas ni del poder, sino de algo —o alguien— que lo había cambiado para siempre.
Pero, por puro amor, no preguntó. Sabía que si ella preguntaba, él tendría que mentir, y si él mentía, el riesgo de que los descubrieran sería mayor.
—El precio de la libertad siempre es alto, hijo —murmuró ella, mirando hacia el horizonte oscuro del desierto—. Y a veces, el sacrificio que haces es lo único que te mantiene humano en un lugar donde todos los demás se han convertido en piedra.
Faris la miró, sorprendido por su lucidez. Ella sabía. Y al saberlo, le daba permiso implícito para seguir luchando.
—No quiero defraudarte —dijo él, con la voz quebrada.