MÁS ALLÁ DE LA ARENA De regresó a casa #2
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De regresó a casa #2

El color abandonó el rostro de Faris. El nombre de la chica con la que estaba comprometido flotó en el aire como una sentencia de muerte para su verdadera felicidad. Sintió cómo su corazón, que solo latía al ritmo de los cielos de Dubái, se encogía ante la realidad que se le venía encima.

Faris observó a su padre y a su hermano mientras terminaban de hablar. Para ellos, la vida no era más que una serie de protocolos, sellos y alianzas de sangre que debían cumplirse sin cuestionar. Se sintió, más que nunca, un extraño en su propia casa.

Siempre habían colgado sobre él el cartel de "rebelde".

Para su padre, decir "no" era una afrenta; para su hermano, un acto de insubordinación incomprensible.

Pero Faris sabía la verdad: su rebeldía no era un capricho, era una necesidad vital.

Él nació con el alma abierta a los vientos, con la urgencia de volar que había alimentado desde sus días de adolescente, lanzándose en parapente por las dunas, buscando una libertad que el palacio jamás le pudo ofrecer.

A lo largo del último año, sus alas lo habían llevado a lugares que ellos ni siquiera podían imaginar.

Había conocido a muchas mujeres, sí, pero ninguna había penetrado la coraza que él mismo se había construido.

Hasta “ella”. Aquella mujer no solo le había robado el corazón; le había devuelto el espejo.

Por primera vez, Faris se conocía a sí mismo.

Con ella, los proyectos de futuro no eran contratos reales ni tratados de paz, sino sueños de libertad compartida.

Al verlos allí, inmersos en su mundo de tradiciones rígidas y expectativas milenarias, Faris sintió una punzada de lástima.

Los veía tan atrasados, tan atrapados en un tiempo que para él ya no existía.

Él había aprendido a respirar el aire fresco de la autonomía, mientras ellos se asfixiaban con el polvo del deber.

—¿Has escuchado lo que te he dicho, Faris? —la voz de su padre retumbó en el salón, rompiendo sus pensamientos—. Esta noche no quiero desplantes. Tu futuro depende de esta alianza.

Faris bajó la mirada para ocultar el destello de desafío. Ya no era el niño al que podían doblegar con un grito. Era un hombre que había tocado las nubes, y no tenía intención de volver a vivir en la oscuridad.

—Lo he escuchado perfectamente, padre —respondió Faris, con una calma que hizo que su hermano se tensara aún más—. Pero recuerda que, aunque el halcón regrese a su percha, sigue siendo un ave de presa. No olvides que todavía sabe volar.

Apenas habían transcurrido unas horas desde su llegada, pero Faris ya tenía la certeza absoluta: no había regresado a casa, había vuelto a prisión.

Durante meses, al poner tierra de por medio y refugiarse en los cielos de Dubái, se había sentido libre de aquel asfixiante eco que solían orquestar su padre y su hermano.

Lejos de las murallas del palacio, el aire no pesaba; la vida no se medía en términos de jerarquía o sospecha.

Allí, en su apartamento de cristal en lo alto de un rascacielos, con vistas que parecían prometer un horizonte sin límites, había aprendido a sintonizar con su propia energía, a encontrar un equilibrio que en su tierra natal le era negado.

Caminar por los pasillos del palacio real era, una vez más, como entrar en un vórtice de estrés.

La tensión se podía respirar; se filtraba por las rendijas de las puertas doradas y se instalaba en la nuca de quienes caminaban por allí.

Faris observaba a los cortesanos y a la seguridad, y no podía evitar preguntarse si aquellos que lo rodeaban se acercaban a él por un afecto real, por un respeto sincero, o simplemente por el miedo que infundía su linaje.

Era una ironía amarga: ser un príncipe, un título que el mundo entero envidiaba, pero que para él no había sido más que una cadena que lo mantuvo atrapado durante años.

Desde niño, le habían enseñado el guion: estar callado, comportarse como un hombre de negocios, gobernar un imperio que, en el fondo, siempre sintió como un corsé demasiado apretado.

Amaba su país, la tierra que lo vio nacer, pero no estaba dispuesto a canjear su libertad ni su felicidad por el mantenimiento de una fachada de poder.

Mientras recordaba la amargura de su padre y la negatividad constante que su hermano proyectaba, Faris miró hacia la ventana, buscando desesperadamente el recuerdo de Dubái, de la luz en su apartamento y, sobre todo, de la mujer que había transformado su manera de entender la vida.

El regreso no era solo físico; era un duelo doloroso entre el hombre que su familia quería que fuera y el hombre que él, finalmente, se había atrevido a ser.

Faris se observaba en el espejo del tocador mientras un criado terminaba de ajustar los gemelos de su camisa.

El atuendo era impecable, regio, una armadura de seda y tradición que le obligaban a vestir para recibir a la mujer que, según ellos, sería su esposa.

Pero su mente estaba a miles de kilómetros de Kuwait.

Estaba de vuelta en los cielos de Dubái.

Recordaba como si fuera ayer el momento en que sus compañeros le presentaron a Ginebra.

Él, que por aquel entonces arrastraba una vida de conquistas vacías, buscando llenar un vacío que el título de príncipe solo agrandaba, no esperaba gran cosa.

Pero Ginebra fue distinta desde el primer segundo.

Ella no bajó la mirada, no hubo reverencias fingidas ni sonrisas calculadas para complacer a un heredero.

Era una italiana brillante, con la mirada curiosa de quien ha salido al mundo a devorarlo, buscando su propia libertad.

Recordó la primera vez que hablaron en la cabina.

Ella le había pedido con una naturalidad pasmosa: «Ay, ¿podemos llegar antes?

Tengo mucha prisa por aterrizar». Y él, fascinado por esa franqueza que rozaba la imprudencia, le había prometido con una sonrisa cómplice que haría todo lo posible.