MÁS ALLÁ DE LA ARENA De regresó a casa
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MÁS ALLÁ DE LA ARENA

MÁS ALLÁ DE LA ARENA

Por EUGENIA ORTIZ TORRES

© inepub.com

De regresó a casa

El sol caía con una crueldad insoportable sobre el asfalto de las pistas del Aeropuerto Internacional de Kuwait.

A pesar de ser considerado uno de los más lujosos y tecnológicamente avanzados del mundo, en aquel momento, aquel despliegue de cristal y mármol poco importaba.

El calor reverberaba en oleadas, convirtiendo la espera en un ejercicio de resistencia.

Faris Al-Rashid entornó los ojos, aguardando a que su vista se ajustara a la luz cegadora que rebotaba en los fuselajes de metal.

Inspiró profundamente, y allí estaba: ese aroma inconfundible que se filtraba incluso a través de los sistemas de aire acondicionado más sofisticados.

No era solo queroseno. Era el olor de su tierra, una mezcla embriagadora de salitre, especias exóticas y el polvo ancestral de la arena del desierto.

Por un instante, el bullicio de los pasajeros y el rugido de las turbinas parecieron desvanecerse, dejándolo solo ante la inmensidad de un hogar que le reclamaba.

Faris sintió que sus labios se curvaban en una sonrisa genuina, una que rara vez permitía que otros vieran. Sus ojos se enfocaron finalmente en la comitiva que esperaba al pie de la escalerilla.

De la primera de las dos limusinas negras, que relucían bajo el sol como espejos pulidos, descendió su hermano.

Su túnica blanca, inmaculada, parecía absorber la luz del desierto, mientras que los hilos dorados bordados en los puños y el cuello destellaban con un brillo casi hipnótico, pregonando la riqueza y el poder absoluto del reino.

En los capós delanteros de ambos vehículos, las banderas con el escudo de la familia real ondeaban con una elegancia solemne, marcando su territorio incluso en medio del frenesí aeroportuario.

A su alrededor, los miembros de la guardia real se mantenían en una formación impecable, con el rostro serio y la mirada escaneando cada rincón, una barrera de acero y lealtad que protegía la estirpe.

Faris sintió un alivio cálido recorriéndole el pecho.

Había pasado casi un año desde la última vez que estuvieron bajo el mismo cielo, lejos de los compromisos de estado y las intrigas palaciegas.

Ver a su hermano allí, esperándolo, fue el primer indicio de que, a pesar de todo, finalmente estaba en casa.

El alivio de Faris al ver a su hermano se vio rápidamente empañado por una sombra en la mirada del recién llegado. Mientras el resto del personal de seguridad mantenía una distancia reverente, su hermano se adelantó con paso firme, pero sus ojos no reflejaban la calidez que Faris esperaba.

Había una dureza inconfundible allí, una carga que Faris conocía bien: el peso de la corona que él mismo había rechazado.

Mientras él había pasado el último año surcando los cielos de Dubái al mando de los aviones de Emirates, sumergido en la libertad de un apartamento en las alturas y la independencia de quien no debe rendir cuentas a nadie, su hermano había permanecido cautivo de las expectativas de su padre y de los muros del palacio.

—Te ves... distinto —dijo su hermano, con un tono que equilibraba el reproche con una envidia apenas contenida.

Faris notó el sutil apretón en su mandíbula.

Su hermano no solo le daba la bienvenida; estaba observando con recelo esa aura de mundo, de experiencias ajenas al reino y de libertad inalcanzable que Faris traía consigo.

Para el heredero, cada kilómetro recorrido por Faris era una afrenta a la vida monótona y rígida que él estaba obligado a sostener.

—El mundo es grande, hermano —respondió Faris, evitando la confrontación por el momento, aunque consciente de que la tensión entre ambos era casi tan asfixiante como el calor del desierto que los rodeaba.

El hermano no esperó a entrar en el vehículo. Antes incluso de que los guardias terminaran de organizar el equipaje, se acercó lo suficiente para que su voz fuera un susurro afilado, inaudible para el resto pero cargado de veneno.

—Llevas demasiado tiempo desaparecido, Faris.

Papá te ha necesitado en cada junta, en cada decisión.

Y mamá... —hizo una pausa, y el dolor en su rostro fue fugaz pero real—, mamá te ha estado llamando todos los días.

Se desvive por nosotros, ¿acaso no lo sabes?

He tenido que cargar solo con el peso de este reinado mientras tú jugabas a ser el aventurero, el hombre independiente y feliz que recorre el mundo.

Faris sintió una punzada de amargura atravesarle el pecho, una daga que conocía bien.

Su hermano tenía razón, y eso era lo que más le dolía.

Él había estado surcando las nubes, disfrutando de la libertad de su vida en Dubái, mientras en casa la estructura de su familia se mantenía a duras penas por el sacrificio de los demás.

—Si yo hubiera sido el príncipe, si hubiera tenido tu destino marcado en la frente desde el primer respiro, no habría podido ser tan a gusto —respondió Faris con voz gélida, tratando de mantener la compostura mientras subían a la limusina—.

Pero mi obligación desde que nací era ser el hermano que apoyaba, no el que gobernaba.

Y me fui porque aquí, en estas paredes, me asfixiaba.

El aire dentro del vehículo era gélido, un contraste brutal con el calor abrasador que habían dejado fuera. El hermano se acomodó en el asiento de cuero, ajustándose la túnica con un gesto tenso.

—La obligación no es una elección, Faris —sentenció el hermano, mirando por la ventana hacia el horizonte infinito de arena—. Y ya es hora de que te enfrentes a las consecuencias de haberla ignorado tanto tiempo.

Faris guardó silencio un instante, observando cómo los edificios modernos de Kuwait se fundían con el horizonte desértico a través del cristal polarizado.

—Me alegra que hayas venido tú, hermano —dijo finalmente, con una suavidad que desarmaba parte de la hostilidad—.

Que hayas sacado tiempo de tu agenda. Sé lo exigente que ha sido esta semana: las inauguraciones en los reinos vecinos, las alianzas con otros jeques...

Sé que habéis dado la cara por todos para mantener nuestra posición.

Espero estar presente para verte coronado algún día; sé que papá desea que seas tú, y tienes la determinación que yo nunca tuve para ese trono.

Su hermano lo miró de reojo, sorprendido por la honestidad en su voz.

Faris se acomodó en el asiento, sintiendo el peso de un secreto que apenas empezaba a pesarle.

Él ya sabía lo que el resto de su familia ignoraba: el destino de su vida ya estaba sellado desde antes de su nacimiento, con un matrimonio concertado que era una pieza más en el tablero de ajedrez del reino.

Sin embargo, ese juego de piezas ya no le pertenecía.

En Dubái, entre vuelos de larga distancia y la libertad de las alturas, había conocido a una mujer que no entendía de linajes ni de escudos reales.

Una azafata de Emirates que le había enseñado que el mundo era mucho más grande que los muros de un palacio.

El pánico le recorrió la espalda al pensar en el rostro de su madre, Layla, y en la furia de su padre cuando descubrieran que su hijo pródigo no solo había regresado, sino que había dejado su corazón entregado a una mujer que, a ojos de su linaje, sería considerada un error.

—¿Pasa algo? —preguntó su hermano, detectando de repente la rigidez en la postura de Faris—. Estás muy callado. ¿Qué te ha cambiado tanto allí fuera?

Faris apretó los dedos sobre su regazo. La verdad estaba en la punta de su lengua, pero sabía que si la dejaba escapar, el desierto entero ardería bajo sus pies.

—Solo estoy cansado —mintió Faris, con una sonrisa triste—. Demasiado tiempo fuera, supongo.

El palacio se alzó ante ellos como una joya tallada en piedra y oro en mitad de la aridez.

Apenas se abrieron las puertas principales, la Reina Layla estaba allí.

Sus ojos, empañados por una emoción que no podía ocultar, se iluminaron al ver a Faris.

Sin importar el protocolo, se adelantó con los brazos abiertos, buscando desesperadamente ese abrazo que le había faltado durante meses.

Faris se dejó envolver por la calidez de su madre, pero su mirada se desvió instintivamente hacia el fondo del gran salón.

Allí, de pie con una rectitud impecable, estaba su padre.

A su lado, Sabián, el primo que siempre observaba con ojos de áspid, ocultaba mal su impaciencia.

Faris sabía que Sabián no solo estaba allí por la boda; estaba allí esperando un traspié, deseando que el heredero legítimo fuera despojado de su derecho para que él pudiera reclamar el trono que consideraba suyo.

—Estoy un poco cansado, madre —murmuró Faris, separándose con suavidad mientras sentía el peso del escrutinio de su padre.

El patriarca apenas asintió, una mueca de desdén cruzando sus facciones; para él, el verdadero heredero era Caref, el hijo obediente, y Faris no era más que una distracción en su tablero—.

El viaje ha sido increíble. Estoy muy feliz de seguir volando.

En estas vacaciones, por fin he aprendido a ver mundo.

—¿Y cómo es eso, hijo? —preguntó la Reina, olvidando cualquier otra cosa. Las preguntas empezaron a llover sobre él, y por un momento, Faris fue el centro de atención, el hijo pródigo narrando historias de ciudades que su familia solo conocía por los mapas.

Pero el ambiente se tornó gélido en un instante. El padre dio un paso al frente, interrumpiendo la conversación con una autoridad que hizo que hasta el aire pareciera detenerse.

—Basta de relatos de trotamundos —sentenció el padre con voz firme—.

Faris, descansa esta tarde. La necesitarás.

Esta noche recibiremos a la familia de tu prometida y a la de tu hermano.

Es hora de que empecéis a asumir vuestras responsabilidades matrimoniales.

Los contratos están listos y no se aceptarán más demoras.