MÁS ALLÁ DE LA ARENA La Cena #2
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La Cena #2

—Ya me has dado el regalo más grande, Faris —respondió ella con una sonrisa triste—.

Me has demostrado que, dentro de este reinado de apariencias, lágrimas y sangre, mi hijo pudo ser el piloto de su propia vida.

Sea lo que sea que tengas en Dubái... no lo dejes escapar.

Porque lo que se pierde aquí, entre estas paredes, no se vuelve a encontrar jamás.

Faris se quedó en silencio mientras ella se alejaba, dejando tras de sí un aura de compasión que contrastaba brutalmente con la frialdad de la cena que acababa de abandonar.

Faris aún sentía el eco de las palabras de su madre cuando el sonido de pasos apresurados sobre la piedra interrumpió su soledad. Era su hermano, Faréd, seguido de cerca por el primo Sabián. Ambos caminaban con la rigidez de quienes cumplen una misión castrense.

—Faris, esto es una vergüenza —dijo Faréd, su rostro inusualmente encendido por la ira—. Mohamed está furioso. Cree que tu desplante es una falta de respeto imperdonable hacia su hija y hacia nuestra familia. Tienes que volver y disculparte. Ahora.

Sabián, siempre oportunista, añadió con un tono mordaz: —No puedes seguir jugando a ser el hijo pródigo que se pasea por el mundo mientras los demás negociamos el futuro del reino. Mohamed exige una respuesta sobre la boda. Tu silencio no es una opción aquí.

Faris los miró con una calma, esa misma calma que mantenía cuando las turbulencias golpeaban su avión a treinta mil pies de altura. —No voy a volver para mentir —sentenció Faris—. Y si Mohamed se siente ofendido, es porque sabe que le estoy dando exactamente lo que su ambición merece: nada.

Regresaron al salón, donde el ambiente se había vuelto irrespirable.

Al entrar, el silencio fue absoluto. Mohamed estaba de pie, con el rostro endurecido, y a su lado, Amira —la joven prometida— mantenía la mirada baja.

Había un brillo de humedad en sus ojos que, a pesar de la frialdad de Faris, le removió algo en el interior.

Ella no era mala, era simplemente una víctima más de este tablero de ajedrez.

Había intentado ser amable, y su rechazo, ante todos, era una herida pública para su orgullo.

—Su Alteza —dijo Mohamed, dirigiéndose al Jeque Sultan, ignorando a Faris—, esto no puede continuar. La falta de compromiso de su hijo es una afrenta que pone en duda la seriedad de nuestros acuerdos.

Amira levantó la vista y miró a Faris. No había odio en sus ojos, sino una resignación dolorosa; ella ya sabía la respuesta.

Sabía que él no la quería, que su corazón estaba en otro lugar, a pesar de que nadie allí conociera el nombre de Ginebra.

Aquel rechazo silencioso la destrozaba, y su dolor era la prueba más clara de que aquel matrimonio era una farsa insoportable.

Faris sintió la urgencia de gritarlo todo, de arrojar la verdad sobre la mesa: que no era un objeto de cambio, que era un hombre que amaba a una mujer real y no a una silueta de protocolo. Pero miró a su padre, cuya salud parecía quebrarse con cada discusión, y contuvo el aliento.

—El acuerdo no se romperá esta noche —dijo Faris, con una voz que sorprendió incluso a su hermano—. Pero no esperéis de mí el entusiasmo de un hombre que se dirige a su propia ejecución.

Se retiró del salón bajo el peso de mil miradas acusadoras, dejando a Mohamed con la palabra en la boca y a Amira sumida en una humillación que, él lo sabía, terminaría por convertirlos en enemigos. La caja de pandora apenas se había abierto, y el aire en el palacio ya olía a tormenta inminente.

Faris se sumergió en el agua cristalina de la inmensa piscina, buscando en el nado el silencio que el palacio le negaba.

Cada brazada era un recordatorio de la libertad que había conocido en Dubái.

Allí, en la capital del emirato, su vida se resumía en su uniforme de piloto, en la cabina de mando y en el aroma de Ginebra.

Aquí, sin embargo, el armario le devolvía una imagen que ya no le pertenecía: los sirwals bajo las túnicas, el bisht con su cordón negro, el tocado que denotaba una jerarquía que él sentía como un disfraz.

Al salir de la ducha a la mañana siguiente, el peso de la tradición volvió a caer sobre sus hombros. Pero la mañana trajo consigo un giro inesperado. Amira lo esperaba en la terraza privada, con los ojos inyectados en sangre, no de tristeza, sino de una furia.

—Crees que no lo sé, ¿verdad? —espetó ella, cerrando la puerta tras de sí—.

Sé que hay alguien más. Alguien que te hace mirar al vacío mientras finges que me escuchas.

Si no terminas con esto, si no aceptas nuestra unión, juro que le contaré a mi padre que tu desinterés es una falta de respeto a nuestra estirpe. ¡Arruinaré tu reputación!

Faris la observó, imperturbable. Ya no sentía lástima por ella, solo un hastío profundo.

—Haz lo que quieras, Amira —respondió él con una calma devastadora—. Mi corazón no está en este palacio, y mi lealtad a un matrimonio pactado dejó de existir el día que elegí mi propia vida. Puedes contarle a tu padre lo que quieras. Nada de lo que digas puede atarme a una mentira.

Amira se quedó helada, sin palabras ante su frialdad. Pero antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió de nuevo. Era Aisha, la esposa de su primo Sabián. Sus ojos vagaban entre ambos con una mezcla de lástima y cinismo.

—Ahorra tus amenazas, Amira —dijo Aisha, con una sonrisa amarga—. Él no te quiere, pero no por la razón que crees.

Faris frunció el ceño, intrigado. Aisha se acercó, bajando la voz lo suficiente para que solo ellos pudieran escucharla.

—¿De verdad crees que Sabián no tiene nada que ver aquí?

—preguntó Aisha, mirando directamente a Faris—.

Amira y tu primo han sido amantes durante años.

Su plan nunca fue casarse contigo por deber, Faris.

Su plan es unirse a ti en matrimonio para asegurar la fortuna de tu padre, mientras ellos continúan sus encuentros en las sombras, riéndose de tu "inocencia" y esperando el momento de heredar todo.

Sabián ha estado jugando contigo desde el día que naciste.

Faris sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de alivio.

La revelación fue como un rayo de sol atravesando las nubes.

La "caja de Pandora" se había abierto sola, y el contenido era la llave de su libertad.

Si Amira y Sabián tenían esa relación, si todo era una farsa orquestada para engañarlo, ya no tenía que luchar contra el honor.

Tenía la excusa perfecta para romper el compromiso, denunciar la traición de su primo y tomar el primer vuelo de regreso a Dubái.

—¿Es cierto? —preguntó Faris, mirando a Amira. Ella se quedó pálida, con la mirada perdida en el suelo.

La respuesta estaba escrita en su silencio. Faris dio media vuelta, caminando hacia la salida. Ya no se sentía como un prisionero, sino como un hombre que acaba de recuperar el control de su vuelo.

—Gracias, Aisha —dijo Faris sin mirar atrás—. Has sido la primera persona en este palacio que me ha dicho una verdad.

Los días que siguieron fueron un juego de sombras y luces.

Faris acompañaba al Jeque Sultan en sus recorridos por el reino, visitando centros, saludando a la gente y asistiendo a los actos oficiales.

Cada vez que se bajaba de la limusina real, el Jeque se mostraba orgulloso, exhibiendo a su hijo menor ante el pueblo.

Mientras tanto, a pocos metros de distancia, Faréd y Sabián observaban la escena con los rostros desencajados por la envidia.