Marzio Sorrentino - A punta de daga (Lazos de sangre y pasión nº 4) El Soldado de Cuatro Patas
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El Soldado de Cuatro Patas

Marzio Sorrentino

El silencio dentro de ese coche era más ruidoso que cualquier sirena.

Un peso denso, opresivo, cargado de cada pensamiento mórbido que nos acosaba. Cada uno atrapado en su propia burbuja de terror, y la incapacidad de comunicarnos con los que habían quedado atrás era una tortura que se prolongaba minuto a minuto.

El móvil, ese estúpido aparato mudo, era un objeto de odio en mi mano. Hasta llamé a Saymon en Alemania, en un acto desesperado de lógica absurda. Si no podíamos contactar con los que estaban cerca, quizás desde otro continente sería posible.

Nada.

Solo el mismo silencio electrónico que nos estaba volviendo locos.

Ângelo, al volante, era la imagen viva de la tensión contenida. Tenía los nudillos blancos de apretar el volante. Decidió cortar por el centro de la ciudad, intentando arañar unos preciosos minutos a aquel calvario.

Las luces de las tiendas y las farolas pasaban como estelas luminosas, reflejadas en los rostros severos de Henrique a mi lado y de Zakhar en el asiento delantero.

Henrique estaba inmóvil, pero yo sentía la energía nerviosa que emanaba de él en ondas casi palpables.

Era el silencio de un volcán a punto de estallar.

Zakhar, por su parte, resoplaba suavemente, como un toro enfurecido.

Su mirada clavada en la carretera concentraba pura preocupación y furia contenida.

Conocía esa mirada. Era la misma que ponía cuando algo amenazaba a alguien que le importaba.

Intenté romper la barrera de hielo, más por mí mismo que por ellos. Mi voz salió ronca, irreconocible.

—Estoy seguro de que Sergey está protegiendo a la sobrina de mi esposa.

La frase sonó hueca, el talismán de una mentira que quería creer desesperadamente.

—Mi esposa.

Las palabras me ardían en la lengua. Mia. ¿Dónde estaría? ¿Tendría miedo? ¿Estaría... viva?

La pregunta no formulada flotaba en el aire y lo envenenaba todo. Ângelo volvió a probar con la radio, la voz una mezcla de esperanza y desesperación.

—¿Alguien escucha? ¿Alguien me oye?

El silencio estático que siguió fue la respuesta más cruel. Entonces la ira, un calor rojo y familiar, empezó a sustituir el miedo helado en mi pecho. La ira era mejor. La ira era algo que podía dirigir, algo que podía usar.

—En cuanto todo esto se resuelva —dijo Zakhar, con la voz más firme ahora, cargada de una promesa de acero—, me encargaré de este asunto a mi manera. Y no quiero que ninguno de vosotros se meta. Quiero las manos libres.

Mi mirada se encontró con la de Henrique. Él entendió perfectamente. Había un acuerdo silencioso en esa mirada. Sabía lo que significaba «a mi manera».

Seguramente llevaría a Sergey a uno de los callejones oscuros que conducían a uno de los sótanos donde el lobo acostumbraba a dispensar su justicia sumaria.

Abrió la boca para responder, pero las palabras murieron en sus labios cuando el coche frenó en seco, lanzándonos a todos hacia delante.

Los cinturones nos sujetaron con un tirón violento que nos devolvió a la realidad.

—¿Qué ha pasado, Ângelo? —pregunté con voz cortante.

No respondió de inmediato. Sus ojos me encontraron en el retrovisor. Y entonces lo vi. No era solo preocupación. Era terror. Puro y simple. Un terror que me contrajo el estómago y me detuvo el corazón durante un segundo eterno.

—Señor... —la voz le salió como un hilo, rota.

—¡Habla, Ângelo! —grité. Se me agotaba la paciencia y el miedo volvía con toda su fuerza.

Tragó saliva con dificultad, y las palabras que salieron de su boca fueron las peores que había oído en toda mi vida. Cuchillos de hielo que se me clavaban en la carne y me retorcían cada órgano, cada esperanza.

—La señora Mia... —empezó, y ya sentí que el mundo se desmoronaba—. La han llevado al hospital. Dada la gravedad de la herida... las posibilidades de que el bebé sobreviva son...

No pudo terminar. No hacía falta.

Sentí que la sangre se me escapaba del cuerpo.

Un vértigo tan fuerte me golpeó que tuve que agarrarme al asiento.

El aire desapareció de mis pulmones. Mia estaba herida.

Los bebés... Mis hijos... Se me oscureció la visión por los bordes.

El rugido que salió de mi garganta no era humano.

Era el sonido de un animal herido, del alma misma desgarrándose.

—¡El hospital! ¡AHORA, Ângelo! —bramé, y el coche aceleró como una bala, ignorando semáforos, cortando caminos, una máquina de metal impulsada por mi desesperación.

Solo veía un túnel. El rostro de Mia, su sonrisa, la mano sobre el vientre, el brillo en sus ojos cuando sentía moverse a los bebés. Todo desfilaba por mi mente como una película macabra.

—No. No. Por favor, no. Cualquier cosa menos esto. Llévate lo que quieras de mí, pero no la toques. No toques a mis hijos.

El coche derrapó en la entrada del hospital y apenas se detuvo. La puerta se abrió antes de que llegara a aparcar. Vi a Sergey fuera, el rostro una máscara de piedra, pero los ojos le delataban una tormenta de culpa y furia.

Zakhar, un torbellino de preocupación, saltó del coche y avanzó hacia su hombre, pero yo no tenía tiempo para eso. Dejé que Henrique se encargara de esa furia. Mi única misión era encontrar a Mia.

Corrí como un loco hacia el interior del hospital y me abalancé sobre el mostrador de recepción. Mis manos temblorosas golpeaban la superficie de fórmica.

—¡Mia Sorrentino! ¿Dónde está? ¡Mi esposa! ¡La acaban de traer!

Mi voz era un grito cargado de pánico que hizo retroceder a la enfermera, asustada.

Tecleó algo en el ordenador. Sus dedos parecían moverse a cámara lenta.

—Señor Sorrentino... está en cirugía. Cirugía de emergencia. Su familia está en la sala de espera de la cuarta planta.

Cirugía.

La palabra resonó en mi cabeza como una sentencia de muerte. No esperé al ascensor. Corrí hacia las escaleras y las subí de dos en dos, con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que explotara. Cada latido era un mantra.

—Por favor, por favor, por favor.

Rogué a todos los santos, a todas las entidades celestiales que había ignorado toda mi vida. Rogué a Dios, al Diablo, a quien quisiera escucharme.

—Sálvala. Salva a mis hijos. Lo daré todo a cambio. Mi fortuna, mi vida, todo.

Abrí la puerta de emergencia en la quinta planta y lo que vi fue un golpe directo a lo que quedaba de mi cordura.

Ivone, mi suegra, la mujer de compostura siempre envidiable, estaba arrodillada en el frío suelo del pasillo.

Tenía el rostro hundido entre las manos.

Vi a Laís también arrodillada, rezando, los hombros sacudidos por sollozos silenciosos.

Mi suegra sostenía un rosario, los dedos blancos de apretar las cuentas como si fueran su único salvavidas.

Laís parecía una estatua del dolor. Tenía el rostro pálido, surcado de lágrimas secas, y los ojos vacíos, fijos en algún punto distante, como si reviviera cada segundo del horror. Sostenía algo entre las manos, algo manchado de oscuro... ¿Era sangre? ¿La sangre de Mia?

Un poco más adelante, Isla caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.

Daba pasos rápidos y nerviosos, con los brazos cruzados con tanta fuerza que parecían querer contener todo su cuerpo para que no se desmoronara.

Le temblaba el labio inferior y se lo mordía con fuerza, tratando de mantener el control que claramente se le escapaba.

Y entonces vi a Andreas. Mi cuñado permanecía inmóvil, de espaldas a todos, con la mirada fija en la puerta doble de cristal ahumado que conducía al centro quirúrgico.

Tenía las manos, poderosas y capaces de tanta violencia, cerradas en puños tan tensos que se le marcaban los músculos de los brazos.

Su postura transmitía un dolor tan profundo que dolía solo mirarlo.

Era el centinela silencioso de la pesadilla de su hermana.

La aflicción que se apoderó de mi pecho fue tan física que casi caí de rodillas. El aire volvió a enrarecerse. No era una simple herida. Era algo que los había destrozado a todos. Algo demasiado monstruoso.

Avancé hacia el centro del grupo, con la mirada saltando de un rostro devastado a otro. La pregunta que tenía que hacer era una carga demasiado pesada. No quería la respuesta. La temía más que a nada en el mundo.

La voz me salió como un desgarro, un susurro ronco cargado de todo el miedo que un hombre puede cargar.

—Estoy aquí. ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha pasado a mi esposa?

Laís alzó los ojos y su mirada se encontró con la mía. Y en ellos no vi solo tristeza. Vi culpa. Una culpa profunda y autodestructiva.

—Fue Antonella, Marzio —su voz era un fantasma de lo que solía ser—. Hubo un apagón, alguien entró en la casa y, en la desesperación, Mia corrió hacia el viñedo, pero Antonella ya estaba allí...

Laís se ahogó, incapaz de continuar. Apretó las manos y vi las manchas oscuras en ellas con terrible claridad. Era la sangre de Mia. Seca en las manos de mi sobrina.

Andreas se giró lentamente. Los ojos, normalmente llenos de fuego y vida, los tenía muertos, opacos como la piedra.

—Apuñaló a Mia, Marzio —su voz era baja, lo que la hacía infinitamente más aterradora—. En el vientre, con una daga. Estaba enterrada en el cuerpo de mi hermana hasta la empuñadura.

Cada palabra fue un martillazo en el cráneo. La sentencia más horrible jamás pronunciada. El mundo se derrumbó por completo. Ya no sentía el suelo. Todo giraba a mi alrededor.

Mi esposa, la mujer que amo, apuñalada en el vientre redondo, el hogar de nuestros gemelos. El lugar donde mis hijos, mis amados gemelos, crecían. El santuario que había jurado proteger.

Una oleada de náuseas me golpeó. Me apoyé contra la pared mientras las piernas me flaqueaban. La imagen que mi mente creó era tan vívida, tan cruel, que grité en voz baja, un sonido ahogado de agonía. Me llevé la mano a la boca, tratando de contener el grito, el vómito, la desesperación.

—Dios mío... mis bebés... —fue todo lo que pude decir, con la voz convertida en un hilo de dolor.