Marzio Sorrentino - A punta de daga (Lazos de sangre y pasión nº 4) El Soldado de Cuatro Patas #2
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El Soldado de Cuatro Patas #2

Isla dejó de caminar y me miró; las lágrimas por fin le brotaban de los ojos.

—Están haciendo todo lo que pueden, Marzio. Todo —dijo ella, pero la convicción en su voz era débil, temblorosa.

Miré la puerta de cristal ahumado. Detrás de esa barrera se disputaba toda mi vida. Mi esposa, mi amor, la luz de mis días, luchaba por su vida. Y mis hijos, a los que ni siquiera había conocido aún, a los que ya amaba con una ferocidad que me asustaba... su delicada existencia pendía de un hilo.

Sentí una debilidad tan profunda, tan abrumadora, que me deslicé por la pared hasta el suelo.

Me arrodillé allí, en el pasillo frío y antiséptico.

Me cubrí el rostro con las manos, pero no pude llorar.

El shock era demasiado grande. El dolor era demasiado grande.

Era un agujero negro en el pecho que absorbía todo lo que yo era, todo lo que tenía.

Y entonces, lo único que quedaba, la única emoción que podía sentir más allá del vacío, era rabia. Una rabia negra, absoluta, asesina. Antonella. Francesco. Y todos los que se habían atrevido a tocar a mi familia.

Levanté la cabeza. Nuestras miradas se encontraron. Y en ese cruce de ojos tuvo lugar una conversación entera. Ya no hacían falta palabras. Él lo sabía. Yo lo sabía.

Cuando Mia saliera de allí —porque tenía que hacerlo—, el infierno no sería lugar suficiente para enviar a quienes se habían atrevido a tocar a mi esposa.

El Soldado de Cuatro Patas

Marzio Sorrentino

El tiempo en el pasillo del hospital tenía una cualidad diferente, densa y pegajosa, como si cada segundo fuera una gota de ámbar que nos atrapaba en esa agonía eterna.

Estaba en el suelo, con la espalda contra la pared fría y las rodillas dobladas.

Ya no sentía las piernas. Tenía la mirada fija en un punto de la pared opuesta, pero no veía nada.

Solo veía el vacío, el agujero negro que se abría dentro de mí donde antes había habido certeza del futuro.

La imagen de la daga enterrada en el vientre de Mia se repetía en un bucle infernal, una película de terror proyectada tras los párpados.

La puerta del vestíbulo se abrió y entraron Zakhar y Henrique.

Venían en máxima alerta, pero al verme derrumbado en el suelo, apareció una grieta en su armadura.

Se acercaron, con sus presencias sólidas y familiares en marcado contraste con mi fragilidad aplastante.

Los ojos, llenos de preguntas, se les posaron en Laís e Isla.

Laís habló primero, con la voz convertida en un hilo de dolor, tejiendo la narrativa de nuestra pesadilla. Contó cómo se apagaron las luces, la oscuridad absoluta que se tragó la casa.

—Me pareció extraño que el generador no se activara —escuché su voz, ronca y distante, como si fuera otra persona la que hablaba.

En ese segundo, intentaba entender por qué había fallado la seguridad, intentaba razonar en medio de los escombros de mis emociones en conflicto.

Andreas, todavía de espaldas a nosotros, con la silueta convertida en una sombra de dolor contra el cristal ahumado, respondió sin girarse.

—Francesco debió de apagar los interruptores principales. No investigamos... —se le quebró la voz—. Mia no estaba en la casa y tuvimos que salir a buscarla; todos salimos.

Laís continuó entonces, describiendo lo que encontraron en el viñedo.

Le flaqueaba la voz con cada frase, cada palabra convertida en una pesada carga de culpa.

Habló de cómo mi madre, Antonella, estaba desfigurada y de que Banguela estaba herido.

Al saber que estaba herido, levanté la cabeza aún más preocupado.

—Antes de que se desmayara... —Laís se ahogó, las lágrimas volvieron con fuerza—. Les rogó que cuidaran de Banguela. Fue lo último que dijo.

Algo dentro de mí, incluso en ese estado de casi locura, se conmovió.

Incluso al borde de la muerte, el corazón de Mia estaba con su fiel compañero.

Andreas completó el relato, explicó la confusión, cómo habían llevado al perro a una sala de cirugía y cómo un soldado había ido a una clínica a buscar un veterinario que lo atendiera.

—Está en cirugía ahora —dijo Andreas, y por primera vez su voz dejó entrever algo más que dolor absoluto. Era preocupación por otra vida aparte de la de su hermana.

Ivone, aún arrodillada pero más serena, añadió:

—Antonella estaba... atormentada, Marzio.

En estado de shock. A juzgar por las heridas, estoy segura de que Banguela luchó contra ella.

Protegió a Mia con su propia vida. Y algo pasó allí.

.. algo que la hizo echarse atrás. Tu madre.

.. lo vi en sus ojos antes de que se la llevaran.

Había un conflicto interno, y creo que también remordimiento.

—Remordimiento.

La palabra resonó en mi mente como una campana en una cámara vacía.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de controlar a la bestia que rugía dentro de mí.

El monstruo que quería sangre, que quería despedazar a mi padre, que quería estrangular a Antonella con mis propias manos.

Habían herido a mis hijos. Habían intentado arrebatarme a la mujer que era mi corazón, mi aire.

Pero la idea de que mi propia madre, la arquitecta de todo este horror, pudiera haber tenido un destello de humanidad. ..

Me dejó confundido, con un dolor sordo por dentro, como si mis sentimientos se hubieran sublevado y libraran una batalla contra la razón y la sed de venganza.

Las horas se arrastraron. Cada minuto era una aguja clavada bajo las uñas. La espera era una forma de tortura, un vacío donde solo los peores pensamientos podían germinar. Entonces, después de una eternidad, la puerta del centro quirúrgico se abrió.

El corazón me dio un vuelco. Me incorporé a duras penas, con las piernas débiles y temblorosas, todo mi cuerpo convertido en un hilo de esperanza y terror. Rogué en silencio a todos los dioses.

«Por favor. Que viva. Que mis hijos sobrevivan».

Pero no fue el cirujano de Mia quien salió. Era un hombre de bata verde, con rostro amable y cansado, y una leve sonrisa en los labios. Creo que era el veterinario.

—Banguela está bien —anunció con voz serena, en marcado contraste con la tormenta de nuestros corazones—. La pata estaba muy dañada, pero logramos repararla. Cojeará un poco, pero se recuperará del todo. Pueden visitarlo si quieren.

La oleada de alivio que sentí fue tan intensa, tan inesperada, que por un segundo eclipsó la agonía.

Una sonrisa frágil y temblorosa asomó a mis labios.

Andreas, a mi lado, dejó escapar un hondo suspiro y una sonrisa igual de cansada le iluminó el rostro.

Zakhar, siempre el más explosivo, soltó una risa corta y ronca, un sonido extraño y maravilloso en aquel pasillo de desesperación.

—Creo que será mejor que vaya yo —dijo Zakhar, dando un paso al frente—. Ya que la bestia no te tiene mucho aprecio.

Negué con la cabeza. Un nuevo propósito me invadió.

—No. Es mi perro. Y necesito agradecerle en persona lo que hizo por nuestra niña.

Dejé al grupo atrás y seguí al veterinario por un pasillo lateral.

Me condujo a una pequeña habitación, y allí estaba él.

Banguela, el perro de mirada feroz y corazón gigante, yacía en una cama improvisada, con un grueso vendaje en la pata delantera.

Parecía más pequeño y vulnerable bajo el efecto de la anestesia, pero sus ojos oscuros me observaban, entrecerrados, con una lucidez sorprendente.

Se me encogió el corazón. Me arrodillé despacio en el suelo, junto a él.

Extendí la mano con cuidado, evitando movimientos bruscos.

Siempre había sido el perro de Mia; toleraba mi presencia por ella, pero nunca había sido verdaderamente mío.

Mis dedos encontraron el punto suave detrás de la oreja, el mismo que Mia siempre acariciaba y que lo hacía derretirse.

No gruñó ni se movió. Solo suspiró y cerró los ojos un instante.

—Va a lograrlo, Banguela —susurré con la voz ahogada.

Las lágrimas que había contenido durante horas por fin empezaron a brotar, calientes y silenciosas, y cayeron sobre su pelaje.

—Nuestra niña va a volver con nosotros. ¿Me oyes? Es fuerte. Más fuerte que todos nosotros juntos.

Me incliné sobre él, con el rostro cerca del suyo.

—Te pido perdón —confesé, mientras la vieja culpa afloraba en un susurro—.

Por el principio. Por ser un idiota envenenado y ciego.

Por haber deseado un día, en lo más hondo de mi locura, que ella.

.. que ella no estuviera aquí. —La confesión me salió como una puñalada—. Fui un necio orgulloso y peligroso.

Me quedé allí, llorando en silencio, con el rostro hundido en su cuello. Era el único vínculo tangible que tenía con Mia en ese momento. Olía a hospital y a ella, con un rastro de su perfume en el collar. Le hablé y le abrí mi corazón como nunca lo había hecho con ningún ser humano.

—Necesitamos arreglar las cosas, tú y yo —continué, ahora con voz firme y decidida—. Tenemos que formar un equipo. Para protegerla. Ya va siendo hora de que me aceptes. La quiero tanto como tú, testarudo. Quizá incluso más.

Resopló suavemente, un sonido que parecía mezcla de fastidio y resignación. Y entonces, despacio, con visible esfuerzo, estiró el cuello y me lamió la barbilla con un lametazo húmedo y torpe que me subió hasta la frente.

La sorpresa me paralizó las lágrimas. Lo miré a esos ojos oscuros que ahora parecían comprender cada palabra que había dicho. Había un brillo en ellos, una aceptación, una tregua forjada en el campo de batalla del viñedo.

Una sonrisa de verdad, la primera en horas, me iluminó el rostro.

—Me lo tomaré como señal de que ahora somos amigos —declaré con la voz cargada de emoción.