Lealtad Condicional
Marzio Sorrentino
El papel bajo mis dedos no era papel. Era un velo frágil, endeble, que separaba la fachada del Don de la tormenta que rugía dentro de mí. Cada número en el informe, cada firma, era un grano de arena en un castillo que amenazaba con derrumbarse al más mínimo soplo de verdad.
La verdad tiene nombre y apellido, rizos oscuros siempre perfectamente peinados, piel del color del chocolate con leche y un Cane Corso negro que la sigue como una sombra y no deja que nadie se acerque.
Mia.
Apenas hemos intercambiado media docena de palabras desde aquella noche. Desde la noche en que el mundo se derrumbó y se reconstruyó mal, torcido y peligrosamente frágil. Pero hay cosas que no necesitan palabras.
Se deslizan en el aire, resuenan en el silencio y viven en una mirada. Y dentro de mí, una certeza visceral e inquebrantable había echado raíces: aquella noche había dado fruto. Un fruto que no era solo mío ni solo suyo.
Era nuestro futuro.
Y a este futuro había que protegerlo de todos. Especialmente, y sobre todo, de mis propios padres.
La imagen de su mano posada sobre el vientre allí en el campo de girasoles ardía detrás de mis ojos como un jeroglífico sagrado y aterradoramente hermoso.
Un gesto de instinto, de protección. Un secreto que ella llevaba y que, de descubrirse, sería su sentencia de muerte firmada por la misma familia que debería haberla acogido.
La puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara. Angelo entró con el rostro impasible, pero sus ojos, siempre vigilantes, llevaban una chispa de advertencia.
—Está en la cocina con la señora Fabrizia y la señora Ciara —me informó mientras cerraba la puerta tras de sí.
—¿Y? —Mi voz salió más áspera de lo que pretendía—. ¿Cómo se la ve?
Angelo vaciló una fracción de segundo. No era hombre de dar opiniones; se limitaba a los hechos. Pero yo había hecho una pregunta y esperaba que la interpretara.
—Tuvo un mareo, Don Marzio. Afuera, cerca de los girasoles. Parecía a punto de desmayarse. Se recuperó enseguida, pero… —Hizo una pausa, midiendo las palabras con el cuidado de quien maneja una granada—. Pero no tenía buen aspecto.
Un mareo.
Sus palabras resonaron en mi mente como una alarma.
No era una confirmación, pero bastaba para poner mi cuerpo en alerta máxima.
La advertencia que yo, como un idiota, había esperado tener más tiempo para descifrar.
Pero ya no quedaba tiempo. El peligro no era una amenaza vaga en el futuro.
Estaba aquí y ahora, cerniéndose sobre nosotros como humo tóxico.
La decisión que había estado madurando en secreto cristalizó en un instante. Clara, dura e inevitable.
—Tenemos que irnos. Hoy. Ahora —declaré mientras me levantaba de la silla. La madera crujió en protesta—. Nos vamos a Pietraluna. Prepáralo todo. Con discreción. Saldremos después del almuerzo.
Pietraluna. El refugio familiar, oculto entre los viñedos. Un lugar que mi padre usaba para escapar de sus enemigos y de sí mismo. Ahora sería el escondite donde protegería a mi esposa y al hijo que estaba convencido de que llevaba en el vientre.
Angelo no lo cuestionó; se limitó a asentir. Luego añadió, con un tono que presagiaba malas noticias:
—Su madre viene a almorzar, Don Marzio. La señora Ciara ya ha llegado con Lorenzo. Y el joven Salvatore saldrá antes del entrenamiento para unirse a ellos.
Se me heló la sangre en las venas. Un almuerzo familiar. No era algo habitual; el último había sido cuando mi tío anunció que se casaba con Ciara y que ellos, como yo, irían a Pietraluna para que ella se desintoxicara de todas las drogas que le habían inyectado.
Una reunión así, tan espontánea, con la presencia de mi madre, que apenas salía de su reclusión…
Esto no era un almuerzo. Era una trampa. Un tribunal donde mi madre, con toda probabilidad, le metería una bala en la cabeza a mi esposa. Podía oler la conspiración en el aire, tan real como el aroma a romero que llegaba de la cocina.
Mi padre no esperaría más. ¿Habría visto lo mismo que yo? ¿O solo sospechaba? ¿O mi madre simplemente le había dado un ultimátum? Su desesperación era un arma apuntándome a la cabeza.
—Cambio de planes —ordené con voz cortante—.
Ve a la cocina ahora. Tráela aquí. Dile que es urgente.
Y Angelo… —Se detuvo con la mano en el pomo de la puerta—.
Busca la manera de meter a ese maldito perro en el coche.
Necesito que venga con nosotros, pero no quiero que me despedace antes de cruzar las puertas.
Un amago de sonrisa, o quizás un temblor de aprensión, cruzó el rostro de Angelo.
—Haré lo que pueda, Don.
Se fue, y me quedé a solas con el eco de mis propios miedos. Cada segundo que pasaba era una agonía. Miré por la ventana hacia el campo dorado. La belleza serena del lugar era una mentira. Esta mansión era un avispero, y yo estaba a punto de darle un buen golpe.
No tardó mucho. La puerta volvió a abrirse. Mia entró, y el mundo pareció detenerse. Su mirada ya no era cerrada e irritada, como la última vez que había estado aquí. Era… confusa. Simplemente confusa.
Una vulnerabilidad que intentaba disimular, pero que yo, que llevaba años devorándola con la mirada, podía ver.
—Angelo dijo que querías verme —dijo con un hilo de voz, fino e incierto como la seda.
—Sí —respondí sin preámbulos. No había tiempo. Cogí el pesado teléfono del escritorio y marqué el número de mi tío Giovanni—. Tenemos que irnos. Ahora.
Abrió la boca para preguntar, pero se quedó callada al oírme hablar por teléfono.
—Zio. Soy Marzio. Me voy. Encárgate de todo. —Hubo una pausa; oí la voz grave y sorprendida de mi tío al otro lado, pero lo corté—. Volveré en unos días y te explicaré lo que ha pasado. Nessuno deve sapere dove sto andando. Nadie.
Colgué antes de que pudiera protestar. El silencio en el despacho era opresivo. Mia me miraba fijamente, sus hermosos ojos azules llenos de incredulidad y una chispa de… ¿esperanza?
—Marzio, ¿qué está pasando? —preguntó, y esta vez no había acusación en su voz. Solo una pregunta sincera—. ¿Por qué todo este cambio? ¿Por qué ahora?
La observé. Estaba en medio de mi despacho, envuelta en la luz tenue, tan pequeña y sin embargo tan inmensamente importante para mí. La mujer cuya vida me negué a arrebatar. La portadora de mi posible hijo, la razón por la que mi mundo se derrumbaba y resurgía de una forma nueva y aterradora.
Salvé la distancia que nos separaba en unos pocos pasos. No la toqué. Sabía que cualquier roce en ese momento podría quebrarnos a ambos. Pero me incliné lo suficiente para que viera la absoluta seriedad en mi rostro, para que sintiera la urgencia que emanaba de mí.
Y dije, con una simplicidad que dolía porque era la única verdad que importaba:
—Necesito protegerte.
Las palabras quedaron flotando en el aire entre nosotros, desnudas y crudas. No era una declaración de amor. Era un hecho. Una misión. Un juramento silencioso que me hice a mí mismo y a ella.
Y entonces lo vi. Vi cómo una sonrisa asomaba lenta, casi imperceptiblemente, en sus labios. No era una sonrisa de alegría ni de triunfo. Era una sonrisa de alivio. La sonrisa frágil de alguien que por fin oye las palabras adecuadas después de tanto tiempo escuchando solo amenazas y susurros.
Era una sonrisa que confirmaba todas mis sospechas y que, al mismo tiempo, asentaba terreno firme en el suelo escarpado que había entre nosotros. Ella no lo sabía todo ni podía saberlo. Pero en ese instante comprendió lo esencial: ya no era su carcelero. Era su refugio.
—Angelo está preparando el coche —dije, con la voz más suave—. Ve a nuestra habitación y prepara solo lo esencial. Ropa cómoda; en Pietraluna hace calor.
Asintió, con la sonrisa aún suspendida en sus labios como una promesa. Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió del despacho, dejando tras de sí el eco de su perfume y el peso aplastante de mi responsabilidad.
De nuevo a solas, miré por la ventana. El campo de girasoles danzaba con el viento, indiferente al drama que se gestaba entre aquellas paredes. Ya no era solo el Don. Era su esposo. Y estaba seguro de que, muy pronto, sería el padre de una criatura que necesitaría protección para venir al mundo.
Y para proteger estas dos cosas…
No, a estas dos personas, me enfrentaría al mundo entero. Incluida, y sobre todo, mi propia familia.
La guerra que temía había comenzado. Y la primera jugada era huir.
Lealtad Condicional
Marzio Sorrentino
Una huida es necesaria, pero no resulta sencilla para un Don y su esposa.
Es una operación logística, un movimiento de piezas en el tablero que no puede percibirse como una retirada, sino como estrategia. Y la estrategia exigía mentiras.
Mentiras bien contadas.
Apenas habían pasado quince minutos desde que colgué el teléfono cuando la puerta de mi despacho se abrió de par en par, sin ceremonias. Giovanni, mi tío y consigliere, apareció en el umbral.
Estaba sudando, con el cabello gris pegado a la frente, enfundado en una sudadera oscura y pantalones de chándal.
Aún llevaba las vendas de boxeo en las manos, manchadas de tierra y sudor, protegiendo unos dedos y muñecas que, incluso a su edad, seguían siendo armas formidables.
Sus ojos, tan parecidos a los de mi padre, conservaban sin embargo esa chispa de pragmatismo que mi padre ya había perdido.
Recorrió la habitación con la mirada de inmediato, buscando la amenaza o la emergencia.
Detrás de él, como una sombra sólida y silenciosa, estaba Damiano. Su soldado más leal, su mano derecha, el que nunca cuestionaba, solo actuaba. Su presencia indicaba que Giovanni se tomaba la situación en serio.
—Marzio —la voz de mi tío sonaba entrecortada pero firme—. ¿Qué demonios está pasando? ¿Pietraluna? ¿Ahora? Explícate.
Cerró la puerta y dejó a Damiano fuera, de guardia, para evitar cualquier interrupción. Se cruzó de brazos, tensando los músculos bajo la sudadera. No estaba allí para seguir órdenes a ciegas. Estaba allí, como consigliere, para entender la jugada de su Don.