Markus, ladrón de corazones Capítulo 38
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Capítulo 38

Entré en el ascensor, pulsé el botón de la octava planta, me apoyé en la pared y cerré los ojos.

Por suerte no subía nadie conmigo y lo agradecí, porque necesitaba aquellos minutos a solas para terminar de asimilar lo que estaba a punto de hacer yo sola.

No tenía por qué hacerlo, ya que varias personas se habían ofrecido a acompañarme, pero me negué.

No por soberbia o cabezonería, sino porque la persona que quería que estuviera allí, la que realmente tenía que estar, no iba a hacerlo y no quería que los demás vieran en mi cara la tristeza que eso me producía.

Bastante preocupados estaban ya, y así llevaban toda la última semana, como para darles más motivos.

Una semana…

Siete días. Esos eran los que habían pasado desde que me enteré de que estaba embarazada y también los que llevaba sin ver a Markus ni saber nada de él.

El día que salió corriendo de la sala de enfermeras, como me aconsejó Denise, lo dejé tranquilo para que asimilara lo que estaba pasando y todo lo que se nos venía encima.

Fue fácil, ya que, cuando salimos de allí, Stefan nos dijo que Markus se había marchado a casa porque, según él, no se encontraba bien.

Al día siguiente tampoco se presentó a trabajar. Lo llamé varias veces, pero no me contestó, y le mandé algunos mensajes con el mismo resultado.

Aquella mañana, otro adjunto se presentó en la sala de reuniones y nos dijo a los cuatro residentes que él se haría cargo de los pacientes y de nosotros hasta que Markus volviera.

Yo no me atrevía a preguntar qué era lo que pasaba, pero Stefan sí lo hizo y el adjunto nos contó lo poco que sabía, que era lo mismo que le habían dicho desde Personal: el doctor Wolf estaba enfermo y se incorporaría cuando se recuperara.

Todos sabíamos que era mentira, por supuesto. Su ausencia se debía a que no quería ni verme.

El tercer día volví a llamarlo varias veces para obtener exactamente el mismo resultado.

Aquel día mi padre, al que, al igual que a Nadine, le había contado lo ocurrido porque fue imposible ocultarles nada cuando regresé a casa, ya que solo tuvieron que verme la cara para saber que algo iba mal, me dijo que los problemas se enfrentaban de cara y que lo mejor que podía hacer era ir a verlo.

Aquella tarde tuve una larga conversación con mi padre después de darle la noticia.

Él, como Denise había predicho, al igual que Nadine, estaba encantado con la idea de ser abuelo y los dos me ofrecieron su apoyo desde el minuto uno.

También noté la preocupación en sus miradas al pensar que para mí sería más duro y que tendría que llevar un control muy exhaustivo, pero aun así, como Denise, me dijeron que estaban seguros de que todo iría bien y que, si por casualidad algo se torcía, afrontaríamos los problemas que vinieran todos juntos, como habíamos hecho siempre.

Siguiendo el consejo de mi padre, el cuarto día decidí ir a casa de Markus para hablar con él. Sabía que estaba dentro porque vi luz por debajo de la puerta. Llamé al timbre, golpeé la puerta y pronuncié su nombre varias veces, pero no me abrió.

Salí de su portal destrozada y así llegué a casa. Aquella noche apenas pegué ojo, pero también tuve muchas horas para pensar y, cuando me levanté por la mañana, lo hice con varias decisiones tomadas.

Markus no quería saber nada de mí ni de nuestro hijo, pues perfecto. No sería yo quien lo obligara siquiera a vernos.

Ese mismo día, por la tarde, cuando llegué a casa acompañada de Denise después de pasar una mañana horrible en el hospital, en la que apenas había podido hacer nada porque las náuseas no me dejaron en paz, hablé con todos y los puse al tanto de lo que había decidido hacer.

Estaba claro que nuestros caminos, el de Markus y el mío, tenían que volver a separarse y, como él no parecía querer dar señales de vida, sería yo quien tomara la decisión.

Había decidido tener a mi hijo. Bueno, eso ni siquiera tuve que pensarlo ni cuestionármelo, porque desde el momento en que Denise me dijo que iba a ser madre, no tenerlo no era una posibilidad que me planteara.

Y, como Markus no quería saber nada, lo haría yo sola, lejos de él.

Decidí, como había pensado tiempo atrás, pedir un cambio de hospital y aquella misma mañana, a primera hora, había ido a Personal para solicitarlo. Ahora estaba a la espera de una contestación que esperaba que no tardara más de un par de días.

Por otra parte, también había decidido cambiar de cardiólogo y solicitar que me llevaran en otro hospital, al igual que las revisiones ginecológicas, para no tener que volver al que consideraba mi casa y evitar así cruzarme con Markus cada vez que tuviera alguna consulta.

Era triste, muy triste pensar en cómo habían terminado las cosas entre nosotros, pero no me quedaba más remedio que aceptarlo. La verdad es que me estaba costando mucho hacerlo y seguir adelante intentando ser fuerte como lo había sido siempre.

Estaba dolida con Markus, eso no podía negarlo, pero también una parte de mí, esa que seguía queriéndolo y lo querría el resto de mi vida, lo entendía.

Comprendía que no pudiera enfrentarse a tener otro hijo después de lo que le pasó a Jakob y, por mucho que me destrozara pensar que al nuestro también iba a perderlo, aunque de una forma diferente, tenía que respetar su decisión.

No se puede obligar a nadie a querer a otra persona, como tampoco se puede obligar a nadie a quedarse a tu lado. Eso lo aprendí siendo una niña cuando mi madre se marchó e, igual que a ella la dejé ir, con Markus me tocaría hacer lo mismo.

El sonido del ascensor anunció que había llegado a la octava planta. Abrí los ojos, cogí aire y salí.

Miré el reloj y vi que aún faltaban diez minutos para la hora a la que me había citado la doctora Weber, mi ginecóloga, para hacerme la primera revisión.

Avancé por el pasillo mirando al suelo y torcí por el siguiente, donde estaban las consultas. A aquellas horas no había absolutamente nadie esperando, ya que aún eran las ocho y veinte de la mañana, así que llegué hasta la sala de espera sin cruzarme con nadie.

Entré, pero no llegué ni a dar dos pasos porque, al ver a Markus allí, me quedé petrificada en la puerta.

Él, al oírme entrar, se levantó de golpe de la silla en la que estaba sentado y clavó su mirada en mí. Yo hice lo mismo y durante unos segundos nos quedamos así, mirándonos en silencio.

—Annika —susurró.

—¿Qué haces aquí?

—Yo…

—Lo siento, pero si vienes a asegurarte de que voy a deshacerme de él, estás perdiendo el tiempo porque no voy a hacerlo —dije a la vez que llevaba los brazos hacia delante y los cruzaba sobre mi vientre a modo de protección.

—Annika… —repitió con la voz entrecortada mientras daba tres pasos hacia mí.

—No puedo hacerlo, Markus —dije intentando contener las lágrimas—. Entiendo que no quieras saber nada, que no lo quieras, pero yo lo hago y…

No me dejó terminar. Dio los dos pasos que lo separaban de mí y se dejó caer de rodillas en el suelo antes de levantar los brazos y rodearme la cintura. Pegó la cara a mi vientre y rompió a llorar.

—Lo… Lo siento. Lo siento muchísimo. Perdóname, por favor, perdóname por todo. Perdóname.

Tragué saliva e intenté recuperar el aliento, porque verlo en aquel estado, destrozado y abrazado a mí mientras nos suplicaba a nuestro hijo y a mí que lo perdonáramos, me había dejado sin respiración.

—Markus —logré decir mientras le acariciaba el pelo.

—Annika, te lo suplico, perdóname. Déjame estar a vuestro lado. Sé que te he dejado sola, sé que he sido un mierda, sé que te he ignorado, pero tenía miedo, mucho miedo al pensar que podía pasarte algo o que le pasara a él. No es una excusa, lo sé, pero…

Dios mío… Verlo así, totalmente roto, me estaba destrozando más que el daño que me había hecho al apartarse, pero estaba allí, pidiéndonos perdón y dándome una explicación de por qué lo había hecho, una que ni siquiera era necesaria porque yo sabía de sobra que había huido por miedo.

¿Y qué podía hacer ante semejante situación? Se había ido, sí, pero, como había dicho Denise, una opinión que mi padre compartía con ella, Markus estaba aterrorizado y solo necesitaba tiempo para asimilarlo todo.

Pues al parecer ya lo había hecho.

Había vuelto, le había costado, pero lo había hecho, y eso era lo único que importaba.

—Markus, levántate, por favor.

Antes de hacerlo me abrazó un poco más fuerte y me dejó un suave beso en el vientre.

—Mírame —le pedí cuando estuvo de pie frente a mí, aunque era incapaz de mirarme a la cara por la vergüenza que sentía—. Mírame, por favor.

Soltó un suspiro y levantó la cabeza por fin. En su mirada había muchas cosas: arrepentimiento, dolor, tristeza, pero también, y eso fue lo único que me importó, mucho amor.

—¿Vas a quedarte? Pase lo que pase, ¿vas a quedarte con nosotros?

Ni siquiera dudó ni lo pensó un segundo. Su respuesta salió de sus labios de forma clara y sincera.

—Sí.

Cerré los ojos y suspiré.

Ese «sí» era lo único que necesitaba. Valió para mí más que si me hubiera pedido perdón mil veces, porque implicaba muchas cosas y fue un gran «te amo, os amo». Por eso no dudé en levantar las manos y lanzarme a sus brazos para que me abrazara.

Markus, ante mi reacción, que seguramente no se esperaba, se quedó paralizado un segundo, pero solo uno, porque enseguida me estrechó contra su pecho mientras volvía a pedirme perdón y me decía cuánto me quería, al igual que a nuestro hijo.

Sabía que nos debíamos una larga conversación, una que ambos necesitábamos y en la que teníamos muchas cosas que decirnos y que decidir, pero no sería en aquel momento, ya que había una prioridad que no podía esperar.

Conocer a nuestro hijo.

—Markus, ¿quieres entrar?

—No me lo perdería por nada del mundo.

Asentí y me limpié las lágrimas. Él hizo lo mismo, me agarró de la mano y fuimos juntos a la consulta.

Nos detuvimos en la puerta y lo miré. Aunque había tomado la decisión de quedarse porque nos quería por encima de todo, incluso de su miedo, que era su peor enemigo, pude ver un rastro de este en su mirada.

—Todo irá bien —susurré antes de sonreírle—. Tiene dos padres médicos que no dejarán que le pase nada.

—Lo sé, aunque tengo miedo. No puedo evitarlo, tengo miedo por los dos.

—Lo sé, yo también, pero juntos todo será más fácil.

Markus asintió sonriendo.

Entramos en la consulta y allí estuvimos más de media hora.

La doctora Weber era una maravilla de persona y una gran profesional. Nos explicó todo de forma clara: todos los riesgos, todas las medidas que iba a tomar para asegurarse de que no solo el bebé estuviera bien, sino yo también.

Markus le hizo decenas de preguntas, yo también añadí alguna y ella nos las contestó con paciencia y con la mayor sinceridad posible.

Al terminar la charla llegó el momento más emocionante del día y, cuando por fin vimos a nuestro hijo a través de la pantalla y pudimos oír cómo su corazón latía fuerte, y que todo estaba bien, como así nos aseguró la doctora, ni Markus ni yo pudimos evitarlo y nos echamos a llorar mientras nos abrazábamos.

Salimos de la consulta felices, más tranquilos y con ese rastro de miedo dentro que decidimos que no dejaríamos que nos dominara.

—Todo está bien, amor —dijo antes de volver a abrazarme en el pasillo.

—Lo sé. Gracias por venir, gracias por quedarte y gracias por querernos.

—No tienes que agradecerme nada. Estoy donde quiero estar, con vosotros. Y yo sí tengo que darte las gracias por perdonarme y dejarme estar.

Me rodeó la cintura y allí, en medio del pasillo, me besó.

En aquel beso ambos volcamos todo lo que sentíamos el uno por el otro, que era tanto que ni con palabras podía describirse.

Tuvimos que separarnos para coger aire. Markus apoyó su frente en la mía y sonrió contra mi boca.

—Te amo, Annika. Te amé cuando eras una niña, te amo ahora y te amaré para siempre.

—Yo también te amo, ladrón de mis corazones. Mis latidos son tuyos.