Epílogo
Cinco años después…
Caminé por el pasillo y sonreí para mis adentros al pensar en lo que iba a hacer en unos minutos, algo que llevaba meses deseando que pasara.
Entré en la sala de enfermeras y busqué a Denise con la mirada, pero no estaba. Seguramente había ido a llevar algo a algún paciente, así que, como sabía que no tardaría en volver, me senté en el pequeño sofá que había allí para esperarla.
Nada más apoyar la espalda en el respaldo, suspiré. Estaba agotada y tenía el estómago muy revuelto, pero ya sospechaba cuál podía ser el motivo, así que no me asusté.
Apoyé la cabeza, cerré los ojos y pensé en todo lo que había pasado desde la última vez que me senté en aquel mismo sofá, sintiéndome de una manera muy parecida a como me encontraba en esos momentos.
Desde el día en que me enteré de que estaba embarazada habían pasado cinco maravillosos años en los que habían sucedido muchísimas cosas y, por suerte, todas buenas.
Lo primero que recordé fue la malísima semana que Markus y yo pasamos al enterarnos de que íbamos a ser padres.
Yo lo asimilé antes, pero a él le costó un poquito más por el miedo que sentía después de lo que le había pasado con su primer hijo, algo que comprendí y que hizo que, cuando volvió a mí, no dudara en perdonarle que hubiera reaccionado tan mal apartándose de nosotros.
Desde aquel día en que se presentó en la sala de espera de la consulta de la ginecóloga y nos reconciliamos, todo nos había ido de maravilla.
Durante los meses de mi embarazo llegó a desesperarme, irritarme y agobiarme al querer cuidarme y estar pendiente de mí y de nuestro hijo las veinticuatro horas del día, porque estaba preocupado y muerto de miedo pensando que podía pasarnos algo a alguno de los dos.
Pero, con la paciencia que le eché y lo mucho que nos apoyaron todos, superamos aquella etapa en la que, gracias a Dios, todo fue estupendamente.
Seguí a rajatabla todas las recomendaciones que tanto Markus, que se autonombró mi cardiólogo particular sin dar lugar a que fuera nadie más quien llevara mi salud, como la doctora Weber me dieron, y así tuve un buen embarazo y un parto todavía mejor.
Nuestro hijo Lukas, que era un calco de su padre y al que Markus le había hecho una revisión completa el día que nació, ya tenía cuatro años.
Era un niño completamente sano y feliz que nos tenía a todos enamorados por lo despierto y parlanchín que era, volviéndonos locos con sus preguntas a todas horas.
Después de tantos años, Markus seguía vigilándonos a los dos como un halcón, pero aquel miedo que había estado tan presente en él solo salía a relucir en determinadas ocasiones. Aunque no era el único que lo hacía, por mucho que los demás creyeran que no nos dábamos cuenta.
Mi padre y Denise, que como todos vimos venir, llevaban juntos cinco años y más de cuatro viviendo bajo el mismo techo, eran unos abuelos maravillosos que adoraban a nuestro niño y también formaban parte de aquel grupo de halcones que nos vigilaban muy de cerca.
Denise seguía siendo enfermera en el hospital, pero solo le quedaban un par de meses para jubilarse y no solo yo, sino todos, la echaríamos muchísimo de menos.
Ella se jubilaba y yo seguía con mi residencia, aunque ya me quedaba bastante menos para terminarla.
Iba un poco más atrasada que el resto al haber tenido que hacer un parón cuando el embarazo estaba avanzado.
Seguramente me quedaría compartiendo turno con Markus, siendo dos adjuntos como habían sido siempre, ya que el otro que había también se iba a jubilar, pero eso era algo que todavía estaba por ver.
Al que echaba de menos cada día era a Stefan. Desde que terminó su residencia y le ofrecieron un puesto de adjunto en otra ciudad, nos veíamos menos, pero no habíamos perdido el contacto.
Mi amigo, con el que había pasado horas interminables trabajando, se había casado con su chico un año atrás y estaban en trámites para adoptar a una niña que habían abandonado en el hospital donde él trabajaba y con la que los dos estaban como locos.
La siguiente que me vino a la mente fue mi querida amiga y hermana Nadine.
Ella seguía siendo una de las personas más importantes de mi vida y, aunque ya no vivíamos juntas desde hacía años, no había un solo día que no habláramos por teléfono ni semana en la que no nos viéramos unas cuantas veces.
Nadine, como no podía ser de otra manera, seguía con Emil. Ellos eran el tándem perfecto: él, la calma, y ella, el huracán que había sido desde siempre. También se habían casado hacía dos años y eran padres de una niña de uno, de la que, por supuesto, yo era la madrina, como ella lo era de mi hijo.
La pequeña Larissa, que así la habían llamado, ya apuntaba maneras de convertirse en un huracán como su madre y todos, en broma, cuando veíamos a Emil resoplar en algunas ocasiones, decíamos que aquel hombre tenía el cielo ganado con las dos.
Después pensé en Verena. Esa mujer con la que la primera vez que crucé palabra nuestra conversación no empezó precisamente bien, pero a la que, junto con Markus, acabé diciéndole cuatro verdades que necesitaban oír, se había convertido en una buena amiga.
No como lo era Nadine, porque eso era imposible, pero sí una buena amiga y una compañera excepcional que adoraba a nuestro hijo.
Al final había terminado afianzando su relación con aquel médico con el que empezó algo cuando Markus y ella dejaron de verse y, con miedo, como nos había pasado a nosotros, también había sido madre de una niña que ya tenía dos años y que se llamaba Jana.
Los siguientes en los que pensé fueron Josef y Lena, dos amigos a los que nosotros considerábamos familia. Ellos eran otra pareja que, como nosotros, trabajaba junta a diario y estaban encantados con ello.
Ninguno de los dos quería tener hijos, algo totalmente respetable. Lo que sí habían hecho era casarse hacía seis meses.
Y eso era algo que, a diferencia de todos nuestros amigos, Markus y yo no habíamos hecho. No, no nos habíamos casado y tampoco teníamos intención de hacerlo en un futuro cercano. Nosotros estábamos bien así y ya nos considerábamos un matrimonio sin necesidad de firmar ningún papel.
—Annika, cielo, ¿estás bien?
La voz de Denise me hizo volver al presente. Abrí los ojos y la vi delante de mí, mirándome con preocupación.
—Solo me he sentado un momento a descansar mientras te esperaba.
—¿Estás cansada?
—Un poco.
Frunció el ceño.
—¿No has dormido bien?
—Sí que he dormido bien.
Denise dio un par de pasos más y se quedó mirándome, estudiándome a fondo para comprobar si algo no iba bien.
—¿Para qué has venido a buscarme? ¿Necesitas algo?
—De hecho, sí, por eso estoy aquí.
—¿El qué?
Sonreí de medio lado y me tomé unos segundos antes de contestar.
—Necesito un bote de los que tienes en ese armario —dije señalando con la cabeza el mueble en cuestión, donde sabía que lo tenía todo perfectamente colocado.
—¿Un bote?
—Sí, uno de muestras de orina.
—¿Y para qué…?
No llegó a terminar la pregunta al ver cómo mi sonrisa se ampliaba. Se llevó una mano al pecho a la vez que empezaba a emocionarse.
Y no era para menos. Yo también me sentía de una manera parecida y esperaba que a Markus le pasara lo mismo, ya que llevábamos meses intentando que aquello sucediera.
—¿Crees que…? —me preguntó mientras abría con agilidad el armario que tenía justo al lado y sacaba un bote.
—Estoy casi segura, pero quiero confirmarlo. He vomitado por la mañana los dos últimos días y estoy cansada y mareada, igual que me pasó el primer mes cuando estaba embarazada de Lukas.
—Ay, mi niña —dijo antes de sentarse a mi lado para darme un abrazo—. ¡Qué alegría! Es cierto que tienes la misma mala cara que la otra vez.
Nos separamos y Denise iba a preguntarme algo más, pero no le dio tiempo. Markus, que seguramente había estado buscándome por las habitaciones, se asomó por la puerta.
Me miró y, al ver mi cara, frunció el ceño antes de acercarse a mí a grandes zancadas.
—Cariño, ¿estás bien? Estás pálida —preguntó preocupado.
—No me encuentro muy bien, por eso me he sentado aquí a descansar un poco.
Fue decirle aquello y su gesto se endureció. Alargó la mano y me tocó la frente.
—No tengo fiebre.
—¿Te duele algo? ¿Respiras bien? ¿Tienes palpitaciones?
Denise y yo nos miramos y no pudimos evitar echarnos a reír.
—¿Qué pasa? ¿De qué os reís? Yo no le veo la gracia por ningún lado. Annika, si estás enferma no es motivo de risa. Sé que soy un pesado, pero, joder, es porque te quiero —dijo molesto.
—Markus, hijo, no es por eso. Es que ahora mismo me está pareciendo que me he teletransportado en el tiempo —le dijo Denise.
—¿Qué dices?
—Que esta misma situación ya la hemos vivido los tres o, al menos, era muy parecida.
Volvió a fruncir el ceño antes de mirarme otra vez.
—Cariño, dime qué pasa, qué sientes.
—He vomitado, estoy muy cansada y bastante mareada.
—Dios… —murmuró llevándose una mano a la cara antes de resoplar y arrodillarse delante de mí.
—Déjame auscultarte.
—No hace falta.
—Yo decido eso, ¿recuerdas? Soy tu médico.
—Markus…
No me escuchó. Se descolgó el fonendoscopio y empezó a ponérselo en los oídos.
—Markus —dije deteniéndolo con una mano.
—¿Qué?
Cogí el bote que Denise tenía en la mano y lo levanté delante de su cara para que lo viera.
—¿Qué quieres que haga con…?
No terminó la pregunta. Al ver el bote y después mi sonrisa, que se había ampliado por completo, se dio cuenta de lo que estaba pasando.
—¿Sí? —preguntó emocionado.
—Eso creo, o lo sé, pero necesito confirmarlo.
—Joder… —susurró antes de estrecharme entre sus brazos.
Por el rabillo del ojo vi cómo Denise se levantaba del sofá y sacaba una tira de prueba de embarazo de uno de los cajones de la encimera. Después volvió a acercarse a nosotros.
—Doctor Wolf.
Markus se giró sonriendo al oírla llamarlo así.
—¿Qué?
—Aquí tienes. Creo que lo justo es que esta vez seas tú quien haga la prueba. Estaré por el pasillo, ya me contáis después qué ha salido, aunque, como la otra vez, estoy segura de lo que va a salir.
—Gracias —dijimos los dos a la vez antes de verla marcharse y dejarnos solos.
Markus me ayudó a levantarme y, en lugar de esperar fuera del baño como había hecho Denise cinco años atrás, entró conmigo para asegurarse de que no me mareaba, haciéndome poner los ojos en blanco y pensar en los buenos meses que me esperaban por delante, ya que estaba segura de que activaría aquel lado protector que tenía conmigo al doscientos por cien.
Salimos del baño y Markus preparó la prueba con el bote y la tira sobre la encimera. Cuando vimos que era positiva, abrazados por la cintura, nos estrechamos todavía más y nos echamos a llorar.
Cuando conseguimos calmarnos un poco, nos miramos y, sin pensarlo siquiera, nos besamos hasta que nos faltó el aliento.
—Dios… Creo que es imposible quererte más de lo que lo hago, Annika. Todos los días doy gracias al cielo porque volvieras a cruzarte en mi camino.
—Yo te amo tanto que hasta duele. Encontrarnos de nuevo fue inevitable, mi corazón solo tenía un dueño y estuvo esperando años para reunirse con él.
Volvimos a mirarnos y todo lo demás desapareció, como tantas veces nos pasaba. Los dos nos acercamos a la vez para besarnos de nuevo, dejando fuera por un momento el miedo a lo que vendría, porque estaba segura de que, fuera lo que fuera, podríamos con ello como habíamos hecho siempre.
Juntos.