Capítulo 37
Denise esperó un par de minutos desde que Markus salió por la puerta antes de acercarse y sentarse a mi lado.
—Cielo —dijo a la vez que me agarraba una mano.
—¿Qué?
Volvió a suspirar antes de mirarme, mientras se le formaba una pequeña sonrisa en los labios.
—Que yo no creo que tengas gripe ni nada parecido.
—Pues realmente sí que me siento como si la tuviera o, al menos, como te sientes antes de que empiece. Tengo náuseas, estoy muy cansada y me encuentro fatal, aunque no haya querido decirle la verdad.
—¿Tienes tos?
—No.
—¿Dolor de garganta?
—No, ya te lo he dicho antes.
—¿Y diarrea?
Fruncí el ceño.
—No, eso tampoco —contesté negando con la cabeza.
Denise se quedó en silencio y su sonrisa se amplió, dejándome de lo más confundida.
—¿Qué piensas?
Sin contestarme, Denise se levantó y fue a buscar algo a uno de los armarios donde tenían el material médico. Volvió unos segundos después con un bote para recoger muestras de orina.
—Toma —dijo poniéndomelo en las manos.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Ve al baño —contestó señalando con la mano el pequeño aseo que había dentro de la sala de enfermeras— y llénalo.
Parpadeé confundida porque estaba totalmente perdida. Aquella no era una de las muchas pruebas que Markus había mencionado.
—¿Por qué?
Denise me sostuvo la mirada y soltó una pequeña risa.
—Porque tengo la ligera sospecha de que lo que estás incubando te va a durar nueve meses.
Me quedé paralizada al escucharla y tardé varios segundos en reaccionar, los justos para que mi cerebro entendiera lo que quería decir.
—¿Crees que…? —pregunté sin atreverme a terminar la frase.
—Lo sospecho, sí.
—No… No puede ser. Nosotros nos hemos cuidado —dije con la voz entrecortada.
—Annika, eres médica, cielo. Sabes que todo puede fallar.
Lo sabía, por supuesto que lo sabía, pero… Joder…
—Dios mío, creo que me estoy mareando más —susurré.
Denise se acercó a mí y me agarró del brazo para ayudarme a levantarme.
—Vamos al baño, anda. Si estoy en lo cierto, hay que saberlo cuanto antes.
—Denise…
—Tranquila, ¿vale? Ahora no pienses en nada. Primero lo comprobamos y luego ya hablaremos de lo que tengamos que hablar.
—Es que Markus…
—Vamos por pasos —insistió antes de abrir la puerta y cederme el paso.
Entré, cerré la puerta y me quedé apoyada en ella unos segundos, apretando el bote con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Por la mente se me pasaron mil cosas, pero sobre todo pensé en Markus.
No habíamos hablado nunca de tener hijos ni de nada a largo plazo, en realidad. Llevábamos muy poco tiempo y, con todas las cosas que habíamos pasado, habíamos decidido, sin necesidad siquiera de hablarlo, vivir el presente.
Pero si Denise tenía razón…
Si era cierto que estaba embarazada, no tenía ni idea de cómo podía tomárselo Markus.
Bueno, realmente sí que lo sabía o, al menos, me lo imaginaba.
No habíamos hablado directamente de ese tema, pero, por ciertos comentarios que había hecho muchas de las veces que habíamos hablado de Jakob, sabía que no quería volver a tener hijos.
Solo de pensar en ello se me revolvió otra vez el estómago y, al imaginar su rechazo, si es que llegaba a pasar, se me caía el alma a los pies.
Negué con la cabeza, suspiré un par de veces y decidí asegurarme primero de si era cierto. Después, como había dicho Denise, ya veríamos lo que pasaba.
Salí del baño un par de minutos más tarde y le tendí el bote a Denise, que estaba apoyada en la pared esperándome.
—Toma —susurré—. Yo no puedo verlo.
—Yo me encargo.
Se acercó a la encimera donde solía preparar algunas de sus cosas, dejó el bote y abrió uno de los cajones que había debajo para sacar lo que supuse que sería una prueba de embarazo.
Yo, incapaz de mantenerme en pie por lo mucho que me temblaban las piernas, caminé como pude hasta el sofá y me dejé caer en él.
—Dios mío, Denise… ¿Cómo voy a decírselo a Markus? —pregunté con la voz tomada a causa de las lágrimas que empezaban a formarse en mis ojos.
—Primero vamos a comprobar qué dice la prueba.
—Pero si es positivo…
—Entonces ya veremos.
Negué con la cabeza a la vez que una lágrima se me escapaba y resbalaba por la mejilla.
—No lo entiendes. Él no quiere tener hijos y menos conmigo. Yo… Mi corazón…
—¿Te lo ha dicho? —preguntó mientras introducía la tira en la muestra de orina.
—No… Pero tampoco ha hecho falta, yo lo sé. Él perdió a Jakob, Denise. Lo quería más que a nada en el mundo y sabes cómo lo ha pasado por eso, sabes cómo sigue pasándolo. Si estoy embarazada, no sé cómo puede tomárselo, pero bien estoy segura de que no.
—Eso no puedes saberlo, cariño.
—¿Y si no quiere tenerlo? ¿Y si no quiere saber nada? ¿Y si…?
Ni siquiera sabía qué más decir por lo abrumada y nerviosa que estaba.
—Annika, no sabemos qué pasará. Lo que sí sabemos, porque tú lo sabes igual que yo, es que Markus te quiere muchísimo.
Puede que se asuste, eso es normal, pero le pasaría de todas formas, aunque no hubiera vivido lo que ha vivido.
Teme por ti y eso hace que a veces sea irracional, pero, si lo estás, tendrá que enfrentarse a sus propios miedos, al igual que tendrás que hacerlo tú.
Me mordí el labio mientras me retorcía las manos por el nerviosismo que estaba sintiendo.
—¿Y si no puede hacerlo? ¿Y si no es capaz de enfrentarse a ello?
—Entonces lo ayudaremos a que lo haga, pero eso será dependiendo de lo que pase. No nos adelantemos a los acontecimientos.
Asentí sin saber qué más decir.
Durante los siguientes dos minutos nos quedamos en completo silencio. Denise no apartaba la vista de la prueba y yo, con la cabeza a mil por hora, cerré los ojos e intenté respirar profundamente para calmarme un poco.
Noté cómo Denise se sentaba a mi lado y cogía mi mano.
—Ya está, cielo.
Tenía miedo de saber el resultado, tenía miedo de todo, pero, por mucho que sintiera, no me quedaba más remedio que enfrentarme a la realidad, así que abrí los ojos lentamente y la miré.
No hizo falta que dijera nada. Solo con la sonrisa que tenía en la cara, con una mezcla de preocupación y emoción, me dio la respuesta.
Iba a ser madre. Iba a tener un hijo. Un hijo de Markus…
—Dios mío… —susurré antes de llevarme las manos a la cara.
Denise me abrazó y aquello fue lo que terminó de romperme, el gesto que me faltaba para echarme a llorar contra su hombro.
No eran lágrimas de tristeza, pero tampoco de alegría. Eran una mezcla de muchas cosas que se agolpaban dentro de mí al saber la verdad. Había vulnerabilidad, miedo, sorpresa, emoción, terror y felicidad al mismo tiempo.
—Dios mío… Dios mío —repetí contra su pecho, llorando y con la respiración muy acelerada.
—Respira, Annika, respira despacio.
—Denise… Voy a tener un bebé.
Me estrechó con más fuerza contra su pecho.
—Eso parece, sí.
—¿Y ahora qué hago?
—De momento, calmarte. Luego ya iremos tomando decisiones, pero no tiene por qué ser hoy. Tendrás que ir a ginecología para confirmarlo y que vean que todo está bien. Y, como bien sabes, tendrás que llevar más controles que cualquier otra mamá, pero nada con lo que mi pequeña guerrera no pueda.
—Denise…
—Todo va a salir bien.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé, algo dentro de mí lo sabe. Ah… ¡Me vas a hacer abuela! Verás cuando lo sepa tu padre, se va a poner loco de contento.
Lloré todavía más al pensar en mi padre, en cómo lo había pasado con todo lo de mi enfermedad y en cómo Denise tenía razón en que sí que se alegraría mucho, ya que en más de una ocasión me había dicho que le encantaría ser abuelo, aunque también sabía que se preocuparía, como todos los demás.
—¿Qué está pasando?
La voz de Markus, al que no habíamos oído entrar, hizo que mi cuerpo se tensara entero.
—¿Por qué lloras? ¿Annika?
Levanté la mirada y sus ojos se clavaron en los míos. Si cuando había entrado la primera vez su semblante se había llenado de preocupación al verme, aquella segunda vez tenía la cara totalmente desencajada.
—¿Estás peor? ¿Te duele algo? ¿Has vomitado otra vez? Contesta, por favor.
No podía ni hablar, no sabía qué decir ni cómo hacerlo. Sin poder evitarlo, mi mirada se fue sola hacia la encimera donde Denise había dejado la prueba y Markus la siguió.
Vi en sus ojos cómo reconoció enseguida lo que había allí. En dos zancadas se acercó y, con un solo vistazo, vio el positivo que marcaba la tira.
Se tambaleó hacia atrás, se llevó las manos a la cabeza y perdió todo el color de la cara antes de volver a mirarme.
—No…
Dio otro paso atrás.
—No, no, no…
—Markus…
Retrocedió de nuevo.
—No, esto no puede pasar.
—Markus, escúchame, por favor —le rogué.
—¡No, esto no puede volver a pasar! ¡No lo quiero, deshazte de él! —gritó más enfadado y furioso de lo que lo había visto nunca.
Abrí los ojos como platos. Denise soltó un jadeo ahogado y se llevó una mano al pecho.
—Markus…
—¡No! ¡No puedo con esto! —gritó antes de darse la vuelta y salir corriendo.
Las dos nos quedamos petrificadas viéndolo marcharse.
—Denise…
—Tranquila —dijo apretándome contra ella.
—Ha dicho…
—Ni él mismo sabe lo que ha dicho. Era su miedo el que hablaba, no él. Deja que lo asimile.
—Pero… —intenté decir con la voz entrecortada, porque el llanto y la angustia que tenía dentro apenas me dejaban hablar.
—Tranquila… Tranquila, todo irá bien —añadió acariciándome la espalda.
Y quise creerla. Necesité creerla.