Markus, ladrón de corazones Capítulo 36
92%

Capítulo 36

Salí de la habitación de un paciente que ya llevaba varios días con nosotros, después de hacerle la revisión que Markus me había pedido, y nada más cerrar la puerta me apoyé en la pared.

No tenía ni idea de lo que me pasaba, pero desde luego algo ocurría porque no me encontraba nada bien. Y no era algo puntual de aquel momento, llevaba dos días sintiéndome mal.

Estaba más cansada de lo normal y no era por el exceso de trabajo, porque la semana había sido tranquila. Tampoco podía ser por el agotamiento del día de locura que habíamos pasado en Urgencias una semana atrás, ya que había dormido y descansado lo suficiente para recuperarme.

El día anterior, nada más levantarme, había vomitado el desayuno a los diez minutos de tomarlo, pero pensé que había comido demasiado rápido y por eso me había sentado mal.

Sin embargo, estaba empezando a preocuparme porque aquella misma mañana ni siquiera había terminado de beber el vaso de leche cuando había tenido que salir corriendo al baño para vomitar de nuevo.

Cerré los ojos un segundo y, todavía apoyada en la pared, conté hasta diez mientras respiraba profundamente para poder seguir con la ronda.

—Annika.

Abrí los ojos lentamente al oír a Denise llamarme y forcé una sonrisa. No quería que se preocupara ni que le dijera nada a Markus, porque como se enterara de que no estaba bien me mandaría derechita a casa o directamente a una cama de alguna habitación.

—¿Qué te pasa, cielo? No tienes buena cara.

—Estoy bien, Denise, solo un poco cansada.

Denise frunció el ceño y supe de inmediato lo que venía después. Me conocía lo suficiente para saber cuándo le estaba mintiendo.

—No me mientas, Annika. ¿Qué te ocurre? —preguntó muy seria, acercándose más a mí.

Suspiré y me rendí. Total, no me iba a servir de nada intentar ocultárselo, ya que no lo dejaría pasar, y mejor decírselo a ella que a Markus para no preocuparlo por algo que pensaba que no tenía importancia.

—No lo sé, Denise, no me encuentro muy bien. Estoy agotada y no entiendo por qué, estos días todo está tranquilo y no he hecho nada fuera de lo normal.

Denise me miró de arriba abajo y volvió a fruncir el ceño antes de agarrarme del brazo.

—Ven conmigo —dijo tirando de mí.

—Denise, tengo que terminar este historial.

—El historial no se va a marchar a ningún sitio. Tú, en cambio, puede que acabes en el suelo si no te sientas.

—No voy a acabar en el suelo —me quejé.

—Sí, claro, lo mismo decías cuando tenías diecisiete años y te empeñabas en levantarte de la cama cuando no debías —replicó poniendo los ojos en blanco.

—Oye, no utilices mi pasado en mi contra, ya no soy una niña.

—Puedo utilizar lo que me dé la gana, porque yo mejor que nadie sé cuándo estás mucho peor de lo que ni tú misma quieres creer, así que no me discutas y camina, que estás tan pálida que pareces un fantasma —dijo en tono de regañina, pero mirándome con evidente preocupación.

Asentí y me dejé llevar por ella hasta la sala de enfermeras, donde me condujo hacia un pequeño sofá para que me sentara. Denise se acomodó a mi lado y me cogió una mano.

—Vale, ahora cuéntame todo lo que sientes.

—Solo estoy cansada, como te he dicho. Ayer vomité el desayuno y pensé que me había sentado mal, pero hoy me ha vuelto a pasar lo mismo y también estoy un poco mareada.

—¿Mareada?

—Sí, pero no es constante, va y viene.

—¿Te has tomado la tensión?

—Sí, esta mañana antes de venir y también hace un rato. Está como tiene que estar.

—¿Y el pulso?

—También me lo he comprobado y está bien.

—¿Tienes palpitaciones?

—No, él está bien, creo —dije llevándome una mano al pecho.

Denise se quedó unos segundos observándome, seguramente pensando qué hacer. Solo esperaba que no eligiera la opción de llamar a Markus, porque no quería preocuparlo.

Después de lo que pasó aquel día en Urgencias con el niño al que tuvimos que atender, había estado toda la semana un poco vulnerable y yo sabía que era porque todo lo ocurrido con Jakob le había removido por dentro. No quería darle más motivos para que se pusiera de los nervios.

—Puede que estés incubando algo, la última semana ha habido mucha gente enferma rondando por todos los sitios.

Lo sabía, claro que lo sabía. No solo había habido gente contagiada de gripe aquel día en Urgencias, sino que algunos compañeros de otras plantas y de la nuestra también habían caído enfermos.

—Puede ser, pero no tengo tos ni me duele la garganta. Solo tengo el estómago revuelto y estoy cansada.

—Te voy a preparar una infusión, a ver si conseguimos que se te asiente el estómago, ¿vale?

Miré el reloj. No es que fuera muy pillada de tiempo, pero tenía que terminar mi trabajo antes de que llegara la hora de reunirnos para exponer todos los casos.

—Tengo que trabajar, Denise. Me queda terminar este historial y revisar a otro paciente.

—Todo eso puede esperar diez minutos. Están Markus, Stefan y los otros dos chicos, si es necesario ellos lo harán.

—Está bien —dije cediendo.

Denise se fue a preparar la infusión allí mismo, en la sala de enfermeras, y volvió con ella cinco minutos después, pero ni siquiera llegó a dármela.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz de Markus me hizo levantar la cabeza hacia la puerta y a Denise girarse para mirarlo.

—Nada, no pasa nada —contesté demasiado rápido.

Markus repasó mi rostro con la mirada y frunció el ceño. Miró a Denise, clavó los ojos en el vaso que tenía en la mano y volvió a mirarme, perdiendo de repente todo el color de la cara.

—Annika, ¿qué ocurre?

—Nada —repetí.

—No me mientas, joder. Solo hay que verte la cara para saber que no estás bien —dijo mientras avanzaba hacia mí dando grandes zancadas.

—Markus, tranquilo, solo está un poco revuelta —le dijo Denise, poniéndole una mano en el hombro cuando llegó a mi lado y se arrodilló delante de mí.

—¿Cómo que revuelta? ¿Por qué?

—He vomitado el desayuno. Ayer también me pasó, pero creo que es algo que me ha sentado mal, no es para tanto.

Markus levantó la mano con rapidez y me tocó la frente.

—Joder, estás un poco caliente.

—No tengo fiebre.

—¿Respiras bien? —preguntó con rapidez, empezando a alterarse.

—Sí.

—¿Te duele algo? ¿Palpitaciones? ¿Presión en el pecho?

—No, nada de eso. Estoy bien, solo cansada y un poco mareada.

—Déjame que te ausculte.

—No hace falta —dije intentando detenerlo porque ya estaba colocándose el fonendoscopio en los oídos.

—No te estaba preguntando —contestó apretando la mandíbula—. Déjame.

—¿En serio vas a revisarme aquí? Eres imposible, te digo que estoy bien.

—Seré lo que quieras, pero tú estás pálida, has vomitado dos veces y tienes cara de cansada. Así que, por una vez en tu vida, no me discutas y deja que te mire.

Miré a Denise, que asintió dándole la razón. Suspiré y decidí ceder para que oyera mi corazón y se quedara tranquilo. Me levanté la casaca para que tuviera mejor acceso y lo dejé hacer, respirando más hondo o conteniendo el aire según me iba indicando.

—No oigo nada anormal —dijo soltando el aire que había estado conteniendo—. ¿Desde cuándo estás así? Aparte de los vómitos, ¿desde cuándo estás mareada?

—Desde ayer por la mañana —susurré.

—¿¡Desde ayer?! ¿Y no se te ha ocurrido decírmelo?

—Pensé que se me pasaría.

—Pero no se te ha pasado y hoy has venido a trabajar como si nada —replicó mientras apretaba los puños y los dientes.

—Trabajo en un hospital, Markus. No puedo dejar de venir y quedarme en casa porque un día esté cansada y haya vomitado una vez.

—¡No me jodas, Annika! No estamos hablando de un simple dolor de cabeza. Tienes un trasplante y tomas inmunosupresores. Si tienes una infección, hay que saberlo cuanto antes —dijo cada vez más alterado.

—Lo sé, solo pensé que se me pasaría, no quería preocuparte.

—Pues enhorabuena, porque ahora mismo estoy no preocupado, sino preocupadísimo.

—Markus, quizá solo sea un virus, puede ser que cogiera algo el día que estuvisteis en Urgencias —intervino Denise.

Sus palabras fueron como si activaran algo en su memoria. Se levantó de golpe, se llevó las manos a la cara y se las pasó varias veces por ella mientras negaba con la cabeza.

—¡No!

—¿Qué? —pregunté.

—No puede ser, joder. Estuviste un rato sin la puta mascarilla —dijo desesperado.

—Markus, solo fueron unos minutos mientras estábamos con el niño. En tan poco tiempo no creo que me haya contagiado.

—Eso no lo sabemos y es una posibilidad. Por eso hay que actuar rápido.

—¿Qué?

Ni siquiera me contestó. Se giró hacia Denise.

—Prepara una habitación, voy a ingresarla.

Hay que hacerle pruebas, un análisis lo primero.

Tenemos que comprobar cómo está la función renal y los niveles de los inmunosupresores, descartar una infección y vigilarla por si aparece algún otro síntoma.

Quiero que esté monitorizada hasta que sepamos qué le pasa.

—¿Ingresarme? Ni hablar, no puedes ingresarme porque haya vomitado dos veces, Markus.

—Puedo y voy a hacerlo.

—No —dije con rotundidad.

Markus volvió a acercarse a mí, se arrodilló de nuevo y me cogió las manos.

—Annika, por favor, no me hagas esto —me rogó.

Su ruego hizo que se me encogiera el corazón porque delante de mí no tenía a Markus, el médico, sino al hombre que me quería más que a nada, como tantas veces me había dicho en los últimos meses. Un hombre que estaba muy preocupado o, más bien, aterrorizado pensando que podía pasarme algo.

—Markus, mírame —le pedí cogiéndole la barbilla para levantarle la cabeza—. Escúchame.

Pero no lo hizo, ni siquiera me dejó empezar a hablar.

—No pienso correr riesgos, Annika. No contigo.

Si te has contagiado con algo, hay que detectarlo cuanto antes para poder actuar.

Hay que hacerte pruebas, quiero asegurarme de que está bien —dijo llevando una mano a mi pecho y posando la palma a la altura de mi corazón—.

No voy a dejar pasar más tiempo y que luego se nos escape de las manos.

Su voz sonaba totalmente desesperada.

—Markus, para. Porque haya vomitado dos veces no puedes hacerme decenas de pruebas. A otro paciente no se las harías y lo sabes.

—¡Otro paciente no eres tú, joder! ¡No pienso parar, no hasta saber qué te pasa!

—Markus…

—¡No, no pienso quedarme sentado esperando y luego ver cómo empeoras!

Negué con la cabeza, pero a él le dio igual. Siguió insistiendo y hablando como si lo estuviera haciendo solo, diciendo qué pruebas me haría, que iba a revisar mi medicación de arriba abajo y muchas cosas más.

Levanté la mirada por encima de su hombro y busqué a Denise.

Ella seguía detrás, mirándonos a los dos con una mezcla de ternura y preocupación, sin decir ni una sola palabra, seguramente porque no quería meterse para no darle la razón ni a uno ni a otro.

Pero al fijarme bien en sus ojos vi algo más que no supe identificar, como si ella supiera algo que a Markus y a mí se nos escapaba, y me pregunté qué sería.

Bajé la mirada otra vez hacia Markus, que seguía a lo suyo, diciendo en aquellos momentos que lo primero que pediría era un ecocardiograma y, dependiendo de lo que viera, solicitaría un TAC.

Volví a mirar a Denise y le rogué con los ojos que me ayudara a parar a Markus, que estaba totalmente fuera de sí.

Pensó dos segundos, solo dos, suspiró y, gracias a Dios, asintió. Se acercó a Markus y le puso una mano en el hombro, consiguiendo que dejara de hablar.

—Markus, tranquilízate.

—No puedo tranquilizarme.

—Sí que puedes, es más, debes hacerlo.

—¡¿Cómo quieres que me tranquilice, joder?! ¿Y si le pasa algo?

—No le va a pasar nada.

—Eso tú no lo sabes.

—Ni tú tampoco, solo estás especulando.

Markus giró la cabeza y se quedó mirándola mientras respiraba con dificultad por lo alteradísimo que estaba.

—Sal —le ordenó Denise.

Markus frunció el ceño.

—¡¿Qué?!

—Sal de aquí —contestó sin alterarse.

—No pienso salir de aquí, no pienso dejarla sola.

—No se queda sola, estoy yo, así que, por favor, sal.

—Denise… —dijo apretando los dientes.

—Escúchame —le dijo con la autoridad que le daban los años, muy seria—. Solo necesito que salgas y te calmes. Así no la estás ayudando, la estás asustando.

Markus giró la cabeza para mirarme, buscó mis ojos y su expresión se endureció al comprobar que lo que Denise acababa de decirle era cierto. Porque sí, realmente lo era. Además de ponerme de los nervios, había llegado un punto en el que su comportamiento desquiciado me estaba asustando.

—Annika…

—Estoy aquí —susurré a la vez que le acariciaba la cara—. Y en este momento estoy bien, pero, por favor, necesito que te calmes.

Se pasó una mano por la cara de forma desesperada.

—No puedo perderte.

—No vas a perderme.

—Eso no lo sabes —dijo con la voz tomada.

—No, no lo sé, pero tú tampoco sabes si me ocurre algo malo, así que, por favor… tranquilízate.

Durante los siguientes segundos nos quedamos mirándonos, diciéndonos solo con los ojos lo mucho que nos queríamos.

—Markus, vete a la sala de reuniones, siéntate un rato, respira e intenta calmarte —intervino Denise—. Después, cuando lo estés y pienses bien las cosas, podrás hacer lo que consideres oportuno, pero ahora necesitas salir. Como te he dicho, la estás asustando.

Markus cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos. En su mirada vi cómo estaba librando una gran batalla entre seguir en sus trece, quedarse a mi lado e imponer su autoridad como médico o hacer caso a Denise porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

Bajó la mirada hacia nuestras manos y me las apretó suavemente antes de levantar los ojos hasta los míos y forzar una sonrisa. Después me dio un beso en la frente y se puso de pie.

—Volveré en unos minutos —dijo sin apartar la vista de mí—. Y te haré todas las pruebas que crea necesarias.

—Vale.

—No estoy bromeando, Annika —añadió en tono seco.

—Lo sé.

Asintió y, sin decir ni una sola palabra más, se giró y salió de la sala de enfermeras con pasos lentos y pesados, como si sobre sus hombros llevara la mayor de las cargas.