Markus, ladrón de corazones Capítulo 35
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Capítulo 35

Los minutos fueron pasando sin que nos diéramos cuenta, al igual que las horas, y cuando miré el reloj me sorprendí al comprobar que llevábamos ya tres horas metidos en aquel caos que se había formado en Urgencias, sin parar ni a respirar un segundo.

Como Markus nos había indicado, Stefan y yo nos ocupamos de los pacientes menos graves o que, al menos en apariencia, lo eran.

Durante aquellas horas atendimos a personas con tos persistente, tomamos la temperatura a tanta gente que ya había perdido la cuenta, administramos oxígeno a quienes lo necesitaban y revisamos torceduras o posibles fracturas, para las que solicitamos radiografías.

También pedimos análisis, cultivos o valoraciones de otras especialidades cuando fue necesario.

Josef se movía como un rayo de un box a otro, explorando a los pacientes y derivando a las plantas correspondientes a quienes necesitaban ingresar, sin olvidarse de preguntarnos de vez en cuando si íbamos bien o necesitábamos ayuda.

Las enfermeras atendían a los accidentados, dando prioridad a los que presentaban hemorragias importantes o mostraban signos de inestabilidad y parecían a punto de perder el conocimiento.

Por su parte, Markus, como había dicho que haría, tomó el mando en la sala de espera, donde estaba el foco del caos.

Era impresionante verlo moverse entre la gente, haciendo las preguntas precisas, decidiendo quién tenía prioridad para ser atendido mientras daba órdenes a los celadores y enfermeras con una eficiencia que me hizo sentir orgullosa de él.

Pero, entre todo aquel caos y sin dejar de lado su trabajo, en varias ocasiones nuestras miradas se habían cruzado y había visto en la suya que la preocupación que sentía por mí no había desaparecido en ningún momento.

Podía entenderlo porque yo misma, aunque no hubiera dicho nada, también estaba preocupada al pensar que me encontraba rodeada de tanta gente con un virus contagioso.

Porque sí, hacía al menos una hora que se había confirmado que era un brote de gripe A el que estaba afectando a bastantes personas de la ciudad.

Sabía que tenía que cuidarme más que cualquiera de los que estábamos allí y Markus también lo sabía.

—Llévala a rayos, tiene varias fracturas en la pierna —le dije a uno de los celadores al que había llamado para que se llevara a la chica que acababa de revisar.

Salí del box para dirigirme al siguiente cuando los gritos de una mujer hicieron que Josef y yo, que estábamos justo a la entrada de la sala de espera, nos giráramos con rapidez.

—¡Ayuda, por favor! ¡Necesito ayuda!

Los dos fijamos la mirada en la mujer que acababa de entrar corriendo por la puerta con un niño de unos dos años en brazos, apoyado contra su pecho. Estaba llorando y parecía completamente desesperada.

—¡Mi hijo! ¡Ayuden a mi hijo! ¡No respira!

Lo siguiente ocurrió con una rapidez impresionante.

Markus se giró al oírla y se quedó paralizado durante un par de segundos. En su cara se reflejó el terror, uno que solo Josef y yo pudimos reconocer y que ambos supimos a qué se debía y en quién había pensado al ver a aquel niño en ese estado.

Jakob.

Ambos contuvimos el aliento al verlo así, pero solo fue una fracción de segundo porque Markus reaccionó y echó a correr hacia la mujer.

—¡Dámelo! ¡Vamos, rápido! —le gritó, cogiendo al niño de sus brazos para llevarlo corriendo a un box.

Josef y yo cruzamos una mirada y, sin necesidad de hablar, nos entendimos. Con aquel gesto me dijo que corriera detrás de Markus.

Ni siquiera lo pensé. Me giré y salí corriendo tras él, pero, al dar unos pocos pasos, un hombre que salió de un box sin mirar chocó conmigo y me hizo resbalar.

—Mierda —murmuré sujetándome a la pared como pude.

No llegué a caerme, pero el choque contra su hombro había sido bastante fuerte y la mascarilla salió despedida de mi cara hasta acabar en el suelo.

Para conseguir otra tenía que retroceder o recoger aquella y volver a ponérmela.

No hice ninguna de las dos cosas porque en ese momento había otra prioridad: el niño.

Entré en el box. La madre lloraba y se retorcía las manos con fuerza mientras Markus terminaba de tumbar al pequeño en una camilla. Levantó la mirada y, al verme, su expresión se endureció de inmediato.

—¿Dónde cojones está tu mascarilla?

—La he perdido al chocar con un hombre en el pasillo.

—¡Pues vete a buscar otra, joder!

—Markus…

—¡Annika, vete ahora mismo!

Di el paso que me separaba de él, le agarré el brazo y se lo apreté intentando que se calmara.

—Markus, ahora no hay tiempo, iré después. El niño es más importante.

Apretó los dientes y los puños a la vez que me fulminaba con la mirada, recordándome al Markus de semanas atrás.

—Para mí no hay nadie más importante que tú. No puedo perderte, Annika.

Sus palabras me atravesaron el pecho, no porque me las dijera enfadado, sino por la sinceridad y el miedo con que las pronunció.

—Lo sé, amor. Tú para mí también eres lo más importante, pero el niño nos necesita —dije justo cuando la madre volvió a gritar, sobresaltándonos a los dos.

Durante unos segundos pensé que me echaría de allí, pero no lo hizo. Bajó la mirada hacia el pequeño y dejó de ser solo mi Markus para volver a ser Markus, el médico.

—Ayúdame, hay que saber qué le pasa.

Markus le puso el fonendoscopio en el pecho, que subía y bajaba con rapidez, mientras yo comprobaba su saturación de oxígeno. Estaba bajísima, lo que indicaba que no estaba oxigenando correctamente.

—¿Ha comido algo que pudiera provocarle alguna alergia? —le pregunté a la madre, que seguía en tal estado de nervios que probablemente nos tocaría atenderla también.

—¡No, no! ¡No ha comido nada raro! ¡Estaba bien!

—¿Tiene alguna enfermedad? ¿Algún problema respiratorio o cardíaco?

—¡No, es un niño sano! Nunca le había pasado nada parecido.

—¿Qué estaba haciendo antes de ponerse así? —le preguntó Markus.

La madre pensó durante un par de segundos.

—Estábamos en casa de mi hermana, que vive en la calle de al lado. Él estaba jugando con sus primos cuando lo oí toser sin parar y después fue a peor.

Markus frunció el ceño.

—¿A qué jugaban? ¿Témperas, quizás? ¿Plastilina?

Esas cosas podían contener componentes capaces de provocar reacciones alérgicas en un niño pequeño, por eso le hizo aquella pregunta.

—No, estaban construyendo. Jugaban con Lego.

—¿De los pequeños? ¿Las piezas eran pequeñas? —insistió al ver que la mujer no respondía.

—Había alguna, pero la mayoría eran grandes. No sé si mis sobrinos habrán podido sacar más, yo estaba en la cocina preparando su merienda.

—Markus, ¿crees que es posible que se haya tragado una pieza?

—Eso creo —contestó algo enfadado—. Trae el instrumental que está en el mueble que hay detrás de ti, en el tercer cajón de la derecha. Vamos a comprobarlo.

Me giré con rapidez, saqué el instrumental y se lo pasé. Markus se colocó en la cabecera de la camilla, elevó ligeramente la cabeza del niño y utilizó el instrumento para abrirle la boca y examinarlo.

Solo tardó unos segundos en ver lo que pasaba.

—Hay algo, lo veo —dijo antes de girarle un poco la cabeza—. ¡Me cago en la puta! Tiene una pieza en la tráquea.

La madre soltó un pequeño grito y se llevó las manos al pecho.

—¡Sáquela! ¡Saque la pieza, se lo suplico! No deje que muera, ¡él es mi vida entera!

Markus no le contestó, concentrado por completo en el pequeño.

—¡Annika, unas pinzas! De tamaño mediano, primer cajón de la izquierda. ¡Rápido!

Tiré del cajón, pasé la mirada por su interior y, gracias a Dios, las localicé enseguida y se las entregué.

Markus, con mucho cuidado, las introdujo en la boca del niño y empezó a avanzar.

—No puedo alcanzarla.

Dos segundos después cambió el ángulo de la mano, pero nada. Volvió a girar la muñeca y tampoco consiguió mover la dichosa pieza.

—¡Joder! Es imposible, está torcida —dijo desesperado.

Pensé durante unos segundos cómo podría ayudarlo y, justo cuando empezaba a desesperarme, una idea que no sabía si funcionaría se me cruzó por la cabeza.

—Espera —dije poniéndome a su lado.

—¿Qué haces? —preguntó al verme colocar una mano en la garganta del niño.

—Yo la moveré desde fuera, inténtalo otra vez.

Markus asintió y volvió a introducir las pinzas. Yo palpé con los dedos la garganta del pequeño, a la altura a la que calculaba que estaba la pieza por lo que había visto avanzar el instrumento, y presioné intentando no hacerle daño.

—Un poco más, Annika, un poco más. Se ha movido, pero necesito que lo haga un centímetro más.

Presioné un poco más.

—¡La tengo! —exclamó Markus a la vez que sacaba las pinzas con la puñetera pieza en su extremo.

Inmediatamente, el niño cogió una bocanada de aire y, a continuación, empezó a toser y a llorar.

La madre corrió a abrazarlo mientras lloraba desconsoladamente. Markus y yo nos miramos y soltamos un suspiro al mismo tiempo antes de abrazarnos también.

—Ya pasó —le susurré contra el cuello antes de dejarle un pequeño beso.

—Buen trabajo, doctora —contestó apretándome con fuerza contra él.

—¿Estás bien? —pregunté separándome un poco para mirarlo a los ojos.

Los dos sabíamos, sin necesidad de explicar nada, por qué se lo preguntaba. Haber tenido que atender a aquel niño, que tenía una edad muy similar a la de Jakob cuando murió, tenía que haber sido impactante para él.

—Estoy bien, pero estaré mejor cuando te protejas. Ve ya a por una mascarilla, por favor —me rogó.

Asentí y le pasé una mano por la cara.

—Nos vemos más tarde. Te quiero, Markus —le susurré.

—Yo también, ni te imaginas cuánto.

Me separé de sus brazos y retrocedí hasta la salida del box sin apartar la mirada de él, que me siguió con la suya.

Llegué al pasillo y fui directamente al mismo carro del que Markus había cogido las mascarillas nada más llegar, para ponerme una nueva.

Cuando me la estaba colocando, Josef se asomó desde el box en el que se encontraba.

Me miró y asentí para indicarle que todo había ido bien. Sonrió y me devolvió el gesto.

✤    ✤    ✤     ✤

Apoyé las manos en los azulejos de la ducha de los vestuarios y cerré los ojos mientras dejaba que el agua bien caliente cayera sobre mi cabeza y mi cuerpo, con la esperanza de conseguir que mis músculos se destensaran un poco.

Habían sido seis horas las que habíamos pasado en Urgencias sin parar ni descansar un momento. Yo había sido la única que se detuvo cinco minutos para subir al vestuario a tomar su medicación, porque el resto ni siquiera había parado para ir al baño.

Stefan, Markus y yo regresamos a nuestra planta después de todas aquellas horas, cuando la afluencia de gente en Urgencias volvió a la normalidad.

Stefan se marchó totalmente exhausto nada más subir, sin quedarse siquiera a darse una ducha. En cambio, yo le había dicho a Markus que lo esperaría para irnos juntos, ya que aquel día iba a venir a mi casa a cenar.

Él estaba hablando con el otro adjunto del turno de tarde y yo le había dicho que aprovecharía para ducharme mientras terminaba.

Me sobresalté y abrí los ojos al notar unas manos acariciándome los costados. Giré la cabeza por encima del hombro y una sonrisa se instaló al instante en mi cara cuando vi a Markus.

En su rostro se reflejaba el mismo cansancio que yo sentía.

Subió las manos hasta mi pecho y empezó a acariciármelo, deteniéndose en mis pezones para masajearlos con dos dedos. No pude evitar que un jadeo ahogado saliera de mi garganta al sentir su tacto.

—Mar… Markus, ¿qué haces? Estamos en el hospital. Si alguien entra…

—Sé de sobra dónde estamos. No va a entrar nadie y, si lo hiciera, me daría completamente igual. Necesito sentirte, Annika. He pasado mucho miedo ahí abajo pensando que algo podía pasarte. No puedo perderte, eres mi vida entera.

Sus palabras me removieron todo por dentro. La preocupación que había sentido por mí durante aquellas horas no había desaparecido, seguía reflejada en su mirada.

Decidí dejarme llevar. Los dos necesitábamos aquel momento, no solo para descargar el estrés que llevábamos dentro, sino también para demostrarnos cuánto nos queríamos.

Me giré y, sin decirle nada más, lo besé.

Markus mantuvo una mano en mi pecho, pero al ver mi respuesta bajó la otra hasta mi trasero y lo apretó con fuerza a la vez que tiraba de mí para pegar mi cuerpo al suyo.

Yo tampoco me quedé quieta. Bajé una mano hasta su miembro y lo rodeé con ella. Markus jadeó contra mi boca y siguió haciéndolo mientras yo la movía arriba y abajo, despacio, pero con firmeza.

Él bajó la mano de mi pecho hasta mi vagina con rapidez para darme el mismo placer que yo le estaba proporcionando.

En la ducha solo se oían nuestros jadeos.

Markus aceleró el movimiento de sus dedos y no paró hasta que consiguió que alcanzara el orgasmo entre sus manos, besándome justo en ese momento para ahogar mi grito y evitar que alguien pudiera oírnos desde fuera.

—Annika, necesito hacerte mía, necesito estar dentro de ti.

—Hazlo —dije con la voz entrecortada—. Hazlo ya.

Markus bajó las manos hasta mi trasero y me levantó. Sin pensarlo, enrosqué las piernas alrededor de su cintura mientras apoyaba la espalda contra la pared.

—No creo que pueda ser suave.

—No quiero que lo seas, necesito sentirte fuerte.

—Bien… Pues agárrate.

Lo hice, me agarré a sus hombros y dos segundos después Markus entró en mí con una embestida fuerte y certera.

Como me había dicho, no fue suave ni tierno. Sus movimientos fueron salvajes, pero no descontrolados. Me embistió sin descanso una y otra vez mientras me besaba de una manera brutal.

—No… No puedo más.

—Yo tampoco. Vamos, Annika, los dos juntos.

Tres embestidas después alcanzamos el clímax al mismo tiempo, mientras nos besábamos como si nos fuera la vida en ello.