Capítulo 34
Caminé por el pasillo de nuestra ala para llegar a la sala de reuniones, donde Markus y Stefan llevaban un rato revisando historiales y tomando decisiones después de haber hecho la ronda. Aquel día, como tantos otros, nos tocaba guardia a los tres.
Con pasos ágiles recorrí el pasillo mientras sonreía pensando en lo buenos que habían sido los tres últimos meses, desde que Markus y yo decidimos estar juntos o, más bien, desde que aquello surgió de manera espontánea. Habían sido, sin duda, los mejores meses de mi vida.
En el trabajo las cosas no habían cambiado mucho.
Yo discutía lo necesario y Markus resoplaba antes de contener una sonrisa, negar con la cabeza y decirme sin cortarse que era la residente más rebelde, pero también la más bonita, que había tenido la suerte y la desgracia a la vez de tener a su cargo.
Durante esos meses, todo lo demás había ido de maravilla. Después de aquel día en el que nos cruzamos con Verena en el ascensor y yo, sin cortarme, les dije lo que pensaba, ellos estuvieron de acuerdo en hablar y lo hicieron durante horas un par de días después.
Yo no estuve presente en aquella conversación, como es evidente, porque entendía perfectamente que era algo suyo, pero sabía con certeza que esa charla les había venido muy bien a los dos, igual que les estaban viniendo bien las sesiones que Emil les daba cuando sus turnos les permitían coincidir.
No es que hubiera habido un cambio enorme entre ellos ni que hubieran llegado a ser amigos, aunque yo pensaba que sí que acabarían siéndolo con el tiempo, pero estaban aprendiendo a vivir con el dolor compartido que sentían por haber perdido a su hijo.
Verena ya no culpaba a Markus y él, poco a poco, había ido dejando atrás esa culpa que nunca debería haber sentido.
Mi sonrisa se amplió un poco más al pensar en el resto de las cosas que habían pasado durante aquellos meses.
Markus y yo habíamos cogido una rutina sin planearla; simplemente había surgido así y los dos estábamos encantados con ella.
Durante la semana nos veíamos en el trabajo y algunas tardes también quedábamos para hacer algo juntos, pero los fines de semana que no nos tocaba guardia eran nuestros.
Esos viernes, al salir del hospital, nos íbamos a su casa y pasábamos allí el fin de semana juntos.
También habíamos hecho más cosas. Habíamos salido a cenar o a tomar algo con Nadine y Emil, y con Josef y una enfermera majísima de Urgencias que se llamaba Lena, con la que había empezado a salir y con la que se le veía de lo más embobado. A ella le pasaba exactamente lo mismo.
Las Navidades también habían sido especiales.
El huracán Nadine, como no podía ser de otra manera, se las había ingeniado para que pasáramos todos juntos los días señalados, y lo había conseguido.
Ella, Emil, mi padre, nosotros y Denise, que siempre pasaba esas fechas sola y eso no lo consentimos ninguno, acabamos celebrando las mejores Navidades que yo había tenido nunca, todos juntos, cenando y comiendo en nuestra casa.
Solté una risita al recordar la sorpresa que nos habíamos llevado todos, creo que hasta ellos mismos, al descubrir que mi padre y Denise habían seguido viéndose después de las celebraciones.
Durante aquellos días, él había estado pendiente de ella en todo momento y le había dedicado unas miradas que Denise no había dudado en devolverle, hasta que finalmente reunió el valor necesario para pedirle una cita.
Y lo que empezó con aquella primera cita había terminado convirtiéndose en muchas más.
Y yo con eso no podía estar más contenta.
Lo había pasado mal, pero sabía a ciencia cierta que mi padre lo había pasado muchísimo peor, viviendo siempre con el temor de perderme y con aquella incertidumbre de no saber qué pasaría al día siguiente.
Se merecía ser feliz y, al lado de Denise, estaba segura de que lo sería.
No creía que hubiera dos personas más perfectas la una para la otra que ellos.
Abrí la puerta de la sala y los dos levantaron la cabeza para mirarme. Sonrieron a la vez y yo les devolví la sonrisa.
—¿Ya has terminado con el paciente? —preguntó Markus.
—Hola a ti también, cariño.
Stefan soltó una risita y Markus resopló al oírme.
—Annika.
—¿Sí? —dije haciéndome la tonta.
—¿Has terminado o no?
—Sí, amor —contesté vacilándolo.
—Annika…
—Vale… Sí que he terminado, jefe. El hombre está estable y no hay empeoramiento. Si todo va bien, lo mismo mañana podrás darle el alta. Aquí tienes todo apuntado para que le eches un vistazo —dije dándole la carpeta del historial.
—Gracias, preciosa —contestó guiñándome un ojo.
—De nada, guapo.
—Oh, Dios… —protestó Stefan al oírnos.
—¿Tienes algún problema? —le preguntó Markus conteniendo la risa.
—Joder, casi prefiero cuando discutís. Tanto pasteleo me empalaga.
Markus y yo nos miramos y nos echamos a reír de forma cómplice, porque lo que acababa de pasar lo habíamos hecho adrede para molestarlo. Stefan se quejaba de lo aburridos que nos habíamos vuelto porque, al no discutir tanto, las guardias, sobre todo, habían perdido emoción.
Markus abrió la boca para contestarle, pero alguien llamó a la puerta y lo que fuera a decirle a Stefan se quedó sin pronunciar.
—Adelante.
La puerta se abrió y por ella apareció Denise con el rostro muy serio.
—Denise, ¿qué ocurre? ¿Algún paciente está peor? —preguntó Markus, incorporándose hacia delante sobre la mesa y cambiando de expresión al verla así.
—No, aquí todos siguen igual.
—¿Entonces?
—He bajado un momento a la farmacia a por unas cosas y, al pasar por Urgencias y ver cómo están, creo que os necesitan.
Markus se puso en pie de un salto.
—¿Qué pasa allí?
—No lo sé, no me he parado a preguntar para no interrumpir, pero aquello está que da miedo. Están absolutamente desbordados y creo que nunca, exceptuando la pandemia, había visto a tanta gente. Si no estáis con nada importante, os agradecerán que les echéis una mano.
—¿Por qué Josef no me habrá llamado? —se preguntó, más para sí mismo que para los demás.
—No lo sé, lo mismo ni sabe que estás.
Markus rodeó la mesa para dirigirse hacia la puerta y Stefan y yo lo seguimos por instinto.
—Llevo el busca. Si alguien aquí arriba empeora o necesitáis algo, avísame y subiré enseguida.
—Vale. Vosotros tened cuidado y protegeos.
Markus se quedó parado en mitad del pasillo y se giró para mirar a Denise con el ceño fruncido.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que hay un brote de algo. Todo el personal llevaba mascarillas.
Noté cómo, ante las palabras de Denise, Markus se envaraba y dirigía la mirada rápidamente hacia mí.
Supe enseguida lo que estaba pensando y negué con la cabeza lentamente.
No necesitaba que me recordara mi estado clínico; yo mejor que nadie sabía que tenía que protegerme más que el resto, ya que contraer una infección tomando inmunosupresores no sería nada bueno, pero eso era algo que tenía asumido desde antes de empezar la carrera.
Y por eso no iba a permitir que me dejara allí arriba si, como decía Denise, en Urgencias nos necesitaban.
Volví a negar. Markus apretó la mandíbula y los puños, pero finalmente, viendo que aquella batalla contra mí la tenía perdida, se giró y empezó a andar de nuevo hacia los ascensores.
—Vamos —dijo con tono serio, pero con un rastro claro de preocupación.
Bajamos en el ascensor sin decir ni una sola palabra ninguno de los tres. Stefan también me miró preocupado un par de veces, pero a él le hice el mismo gesto de negación y terminó resoplando justo cuando cruzamos las puertas de Urgencias.
Nos quedamos parados unos segundos viendo el panorama que había allí. Desde luego, Denise se había quedado corta, pensé, porque aquello no es que pareciera desbordado, es que había tanta gente que parecía un campo de batalla.
Había niños y algunos adultos llorando, gente sentada en el suelo, algunos con heridas sangrantes y otros a los que se les veía respirar con dificultad. Los sonidos de personas tosiendo sin parar se mezclaban con las voces y los lamentos de los demás.
Las enfermeras no daban abasto atendiendo a los heridos como podían. Entre ellas estaba Lena, con la casaca manchada, poniéndole a un hombre un vendaje improvisado en la cabeza, mientras tres celadores intentaban hacerse espacio entre la gente con las camillas ocupadas.
—¿Qué coño habrá pasado? —preguntó Stefan mientras echábamos a correr detrás de Markus, que había ido en dirección a la zona de los boxes para buscar a Josef.
—No lo sé, pero es un caos.
—¡Josef! —gritó Markus.
Josef se giró con rapidez en el pasillo y, al vernos, algo de alivio apareció en sus ojos. Tenía el uniforme manchado por todas partes y en su cara se reflejaban el agotamiento y el estrés que debía estar sintiendo en aquel momento.
—Joder, Markus, menos mal que estáis aquí.
—¿Cómo no me has llamado? Ha sido Denise la que nos ha dicho que esto era un caos.
—No he tenido tiempo ni de respirar desde hace poco más de una hora y, además, no me acordaba de que hoy teníais guardia.
—¿Qué está pasando? ¿De dónde coño ha salido tanta gente?
—Los heridos son de un accidente múltiple que ha habido a las afueras. Creo que hay implicados más de treinta coches y hay de todo, niños y adultos.
—¿Y los demás?
—Estamos pendientes de que el laboratorio lo confirme. Ya he mandado varias muestras, pero estoy casi seguro de que se trata de un brote de gripe A. La mitad de los que están ahí fuera tienen fiebre, tos y dificultad respiratoria, y algunos, aunque son los menos, también presentan vómitos.
—Joder… —susurró Stefan a mi lado.
—Necesito manos, Markus. Solo somos dos adjuntos y no podemos con todo. Lena ha llamado a algunos que libran, pero con la tormenta que hay fuera tardarán en llegar.
—Las tienes —dijo Markus—. Tú sigue con lo que estabas; de lo de afuera me encargo yo.
Stefan, Annika, id a los boxes y ocupaos de los que tengan los síntomas menos graves o de lo que sepáis que podéis atender sin problemas.
No improviséis. Si dudáis, nos preguntáis a Josef o a mí antes de tomar una decisión.
—De acuerdo —contestamos los dos a la vez.
Josef asintió agradecido y se marchó medio corriendo por el pasillo en dirección a un box desde donde lo llamaba una enfermera.
Markus se giró y buscó con la mirada hasta localizar un carro de material, al que se acercó con rapidez para coger tres mascarillas. Me tendió una y le dio otra a Stefan.
—Póntela bien ajustada y no te la quites bajo ningún concepto.
—Lo sé —dije mientras la abría a la vez que resoplaba.
—Annika, hablo en serio, joder.
—Yo también, Markus. Sé ponerme un equipo de protección, como también sé el riesgo que hay.
—Yo también lo sé, por eso ni siquiera estoy seguro de querer que estés aquí.
No era momento ni lugar de ponernos a discutir, ya tendríamos tiempo para eso.
—Es mi trabajo, Markus.
—Lo sé.
—Entonces sabes que no puedo irme. Tranquilo, ¿vale? Me protegeré bien —dije apretándole la mano.
Me sostuvo la mirada unos segundos. No hizo falta que las palabras salieran de su boca, las entendí perfectamente porque no era la primera vez que nos comunicábamos así. Me dijo que me quería y que no me quería perder; yo le contesté que no lo haría y que también lo quería.
Markus asintió y suspiró.
—Está bien, vamos a trabajar.