Markus, ladrón de corazones Capítulo 33
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Capítulo 33

El camino hasta la casa de Markus fue bastante más silencioso de lo que me esperaba, pero no quise abrumarlo con preguntas después de lo que había pasado con Verena, así que decidí estar ahí por si necesitaba hablar, pero sin presionarlo.

Entramos en su casa y empecé a sentirme un poco incómoda cuando noté cómo Markus, sin decirme nada, dejó sus cosas en su habitación, pero no me pidió que dejara las mías.

Dejé mi bolsa en el suelo, a un lado del salón, y entré en el baño a lavarme las manos para estar un rato sola y decidir qué hacer.

Cuando salí, Markus estaba sentado en el sofá mirando al vacío, perdido en sus pensamientos. Me acerqué despacio y me puse delante. En cuanto notó mi presencia, parpadeó un par de veces y giró la cabeza para mirarme.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Markus, si necesitas estar solo, lo entiendo. Me voy y…

No me dejó terminar la frase. Alargó la mano, agarró la mía y tiró suavemente de mí para sentarme en su regazo.

—No quiero estar solo y mucho menos que te vayas.

—Sé que no estás bien y no creo que yo sea de mucha ayuda.

—En eso te equivocas, eres de mucha ayuda y no solo estando a mi lado, sino por todo lo que haces. Es cierto que lo que ha pasado con Verena me ha removido todo por dentro, pero estoy bien, de verdad. Y respecto a eso, gracias.

—¿Por qué?

—Porque nos has dado a los dos una lección. Deberíamos haber hablado antes y, gracias a ti, vamos a hacerlo para poder seguir. No olvidar, pero sí seguir y comprender qué pasó y aprender a vivir con el dolor.

Lo miré sonriendo y le acaricié la cara.

—Solo he dicho lo que pensaba.

Markus sonrió de medio lado y asintió antes de acercar su cara a la mía y darme un tierno beso en los labios.

—Has dicho que me quieres.

—Tú también.

—Y te quiero. Te quiero más que a nada, Annika.

Sentí cómo miles de mariposas revoloteaban en mi estómago, no solo por sus palabras, sino por la sinceridad que había en ellas.

—Te quiero por ser tozuda —dijo besándome en la mejilla—. Te quiero por estar incluso cuando yo no quería que nadie estuviera —añadió besándome en la punta de la nariz.

Así siguió durante los siguientes segundos, diciéndome las palabras «te quiero», acompañándolas de algo más mientras me daba besos por los ojos, la frente, el cuello, los labios y las mejillas.

—¿Qué haces? —pregunté soltando una risita.

—Dándote algunos de los besos que te debo —contestó antes de darme otro un poco más largo en los labios.

—No podemos recuperar el tiempo perdido.

—No —dijo dándome otro beso—, pero podemos aprovechar el que tenemos por delante, uno que pienso vivir a tu lado hasta el final de nuestros días.

Sentí una emoción tan grande que tuve que contenerme para no echarme a llorar en sus brazos, aunque Markus, al verme así, volvió a besarme para que sintiera todavía más lo que al parecer sentía por mí y que había decidido demostrarme de esa manera y no con palabras.

El beso empezó de forma lenta y tierna, pero solo fue así durante los primeros segundos, porque enseguida la temperatura empezó a subir entre los dos, al igual que lo hacía nuestro deseo.

Markus bajó sus manos a mi cintura y empezó a acariciarme despacio. Los costados, la espalda, los muslos. Yo no me quedé quieta tampoco. Con mis manos le acaricié la nuca, el cuello y el pecho por encima de la camisa.

Markus metió una mano por debajo de mi camiseta y, con el primer contacto de sus dedos sobre mi piel, todo mi cuerpo se estremeció a la vez que mi deseo aumentaba tanto que, cuando su mano llegó a mi pecho, jadeé contra su boca.

—Annika…

—No pares —dije con la respiración acelerada.

—¿Estás segura? Puedo esperar el tiempo que necesites.

—Creo que diez años de espera han sido más que suficientes. Quiero esto, Markus, quiero esto contigo. Quiero que me hagas tuya.

Su respuesta no fue con palabras.

Se levantó del sofá conmigo en brazos como si no pesara nada y, mientras volvía a lanzarse a mis labios para besarme, esta vez de manera más intensa, caminó así hasta su habitación.

Me dejó encima de la cama con delicadeza, tanta que me desarmó por completo.

Sin dejar de besarme, él mismo se encargó de quitarme prenda tras prenda.

Me quitó la camiseta sin prisa, como si el tiempo no existiera. Mi sujetador fue lo segundo en desaparecer, mientras seguía besándome los hombros, los brazos y la clavícula. Fue descendiendo hasta mi pecho; primero besó varias veces mi cicatriz antes de pasar las yemas de sus dedos por ella.

—Eres preciosa, toda tú lo eres.

—Eso ya lo has dicho varias veces.

—Y te lo seguiré diciendo hasta cuando seas una viejecita adorable —dijo haciéndome reír antes de volver a besar mis pechos a la vez que con sus manos acariciaba mis pezones.

No tardó en quitarme el resto de la ropa y, cuando me tuvo completamente desnuda, se separó un poco hacia atrás para contemplarme durante unos segundos a la vez que sonreía y sus ojos se oscurecían por el deseo.

Me incorporé un poco para quitarle yo misma la camisa. Necesitaba sentir su piel como él estaba sintiendo la mía.

Pasé mis manos por su torso desnudo y, al igual que me había pasado a mí, se estremeció y el vello se le erizó.

Markus terminó de quitarse él mismo la ropa que le quedaba, con prisas, antes de tumbarse a mi lado para volver a besarme.

Yo le acaricié el cuerpo como él había hecho con el mío.

Él bajó una de sus manos hasta mi monte de Venus de forma lenta, tortuosa por la calma con la que se tomó acariciar cada centímetro de mi piel.

Sin dejar de besarnos, con sus dedos consiguió que tuviera un orgasmo brutal que me hizo jadear su nombre contra su boca y arquear la espalda contra el colchón.

Markus subió sus dos manos para agarrar las mías y ponerlas a cada lado de mi cabeza. Me miró a los ojos para pedirme con la mirada un permiso que no dudé en darle asintiendo para poder unirnos por fin.

Entró en mí de forma lenta. En todo momento estuvo pendiente de mis reacciones, queriendo saber si sentía dolor o molestia alguna.

Dolor no hubo, solo una pequeña molestia que ni siquiera dejé que se reflejara en mi rostro.

Siguió entrando en mí lentamente, disfrutando y haciéndome disfrutar a mí de aquel momento que recordaríamos el resto de nuestras vidas, no solo porque fuera el primero, sino por la intensidad que sentimos los dos al estar unidos.

—Mía —susurró Markus contra mi boca cuando entró del todo.

—Tuya —susurré de vuelta antes de agarrarlo por la nuca para no dejar que se separara y lanzarme a sus labios.

Markus esperó unos segundos antes de empezar a moverse, no porque yo lo necesitara o porque él pensara que era así, sino porque los dos necesitábamos esos segundos para asimilar que después de tantos años por fin lo que ambos deseábamos estaba pasando.

Sabía que tendríamos más encuentros, muchos más, pero aquel fue de lo más especial por la emoción que sentimos en todo momento. No tuvimos prisas, el tiempo se detuvo a nuestro alrededor y todo lo demás desapareció.

En aquella cama solo estábamos nosotros, demostrándonos y sintiendo cuánto nos amábamos. Allí no había dolor, ni mi enfermedad, ni las discusiones pasadas, ni los años que ambos nos habíamos querido en silencio pensando que no volveríamos a vernos.

Allí éramos solo uno.

Sin dejar de mirarme a los ojos, Markus se movió dentro de mí un poco más rápido para que ambos alcanzáramos el clímax a la vez.

Cuando eso pasó, sin poder evitarlo, una lágrima cayó por mi mejilla al mismo tiempo que los dos jadeamos el nombre del otro antes de darnos un último beso que duró hasta que nos faltó el aire.

Markus se colocó a mi espalda y me atrajo contra él. Me rodeó la cintura a la vez que me besaba en el pelo.

—¿Estás bien, amor?

—Nunca he estado mejor.

Y no lo dije por decirlo o para que se quedara tranquilo, lo dije porque era cierto. Nunca me había sentido tan feliz, aunque también estaba un poco abrumada por la intensidad del momento.

Los minutos fueron pasando y el silencio fue nuestro compañero hasta que ambos caímos en brazos de Morfeo, abrazados, satisfechos y felices.