Capítulo 32
Salí del vestuario ya cambiada, con mi mochila en un hombro y una bolsa llena en el otro. Nada más poner un pie en el pasillo y ver a Markus allí esperándome, no pude evitar sonreír.
Tampoco pude evitar pensar en todo lo que había pasado durante aquella semana, desde que había estado en su casa y me había contado, como él decía, la mierda que había en su vida.
Aquel día, después de la charla intensa, emotiva y reveladora que mantuvimos durante horas, había marcado un antes y un después, no solo en la vida de Markus, sino también en la mía.
Como me pidió, me quedé aquella noche de tormenta con él y, como prometió, solo dormimos juntos y abrazados.
Como dijo, también hubo besos, muchos, y alguna caricia, pero no pasamos de ahí.
Aquel día había sido muy intenso, Markus estaba de lo más vulnerable, yo estaba muy abrumada y, sinceramente, ninguno de los dos quiso, o simplemente pensamos que no era el momento, dar un paso más.
Pero no solo me quedé aquella noche, porque cuando nos levantamos por la mañana Markus me pidió que pasara el fin de semana con él para seguir charlando y poniéndonos al día de nuestras vidas.
También me quedé, aunque antes fui a mi casa a cambiarme de ropa y por más medicación.
La entrada en mi casa el sábado por la mañana fue rara, por decirlo de alguna manera.
Markus subió conmigo, y no porque yo se lo pidiera, sino porque quiso saludar a mi padre y a Nadine.
Cuando los dos, que estaban en la cocina desayunando y con una de sus discusiones habituales, nos vieron entrar juntos y de la mano, por poco tenemos que atenderlos a los dos, pensando que les había dado un pasmo.
Mi padre fue el primero en reaccionar. Se levantó y, sin decir nada, le dio un abrazo y, haciendo que me pusiera más roja que un tomate, también le dio la bienvenida de nuevo a nuestra pequeña familia.
Nadine, por su parte, cuando reaccionó, primero lo fulminó con la mirada, le echó la bronca por las semanas que me había dado, todo ello en broma, y después, como había hecho mi padre, le dio un abrazo.
Nos quedamos a desayunar con ellos y luego nos marchamos de vuelta a su casa para pasar el fin de semana juntos.
Y, sin lugar a equivocarme, había sido un fin de semana muy especial. Comimos, paseamos por Graz cuando la lluvia lo permitió, nos besamos, nos abrazamos, reímos y también lloramos cuando Markus me contó cosas de Jakob, pero sobre todo hablamos.
El domingo por la tarde me llevó de vuelta a casa sin muchas ganas, la verdad, porque, como él me dijo, ojalá no tuviéramos que trabajar al día siguiente para haber podido seguir sumando momentos, pero quedamos en que lo seguiríamos haciendo tanto dentro como fuera del hospital.
El lunes, en el hospital, como Markus había prometido, intentó cambiar un poco y dejar de ser el robot sin alma que había sido desde que Jakob murió.
No es que el cambio fuera radical, porque nadie puede cambiar de la noche a la mañana, pero sí que hubo pequeños cambios en él de los que todos se dieron cuenta, sobre todo en su trato hacia mí, hacia el equipo y los pacientes.
Denise, a media mañana de aquel primer día, no pudo resistirlo más y me acorraló en la sala de enfermeras para hacerme un tercer grado, recordándome a Nadine.
Cuando le conté lo que había pasado, cómo habíamos hablado y cómo, sin poner etiquetas a lo que fuera que tuviéramos, estábamos juntos, no pudo evitarlo y se echó a llorar mientras me abrazaba, alegrándose muchísimo y dándome las gracias por ser tan fuerte y haber tenido el valor de enfrentarme a Markus, diciéndole cuatro verdades que le habían abierto los ojos.
El que también quiso saber qué era lo que pasaba al ver el pequeño cambio de actitud en Markus fue Stefan.
Confiaba en él, así que le dije que habíamos hablado, que habíamos arreglado nuestras diferencias y que estábamos empezando algo que ya se vería dónde llegaba.
Por supuesto, la parte de lo que le había pasado a Markus la omití, ya que esa era su historia y solo él tenía que decidir a quién se la contaba y a quién no.
—¿Estás lista? —me preguntó Markus, acercándose a mí para darme un pequeño beso en los labios y cogerme de la mano.
—Markus, estamos en el hospital —dije susurrando—. ¿Crees que es buena idea que alguien nos vea juntos? Empezarán a hablar y…
—Lo sé y no sé si es buena idea o no; lo que sí sé es que me da completamente igual lo que piense nadie. Esto es solo cosa nuestra y los demás se pueden ir a la mierda y meterse en sus asuntos si no lo ven bien o no lo entienden.
Solté una risita y asentí por lo serio que lo dijo.
—Hace diez años podía ser impactante que hubiera pasado, primero porque eras menor y segundo porque yo era tu médico, pero ahora somos un hombre y una mujer libres de hacer lo que queramos, que da la casualidad de que trabajan juntos.
Yo creo que eso es un punto más a nuestro favor y una suerte, así podremos vernos más.
—Eso es un buen punto, sí. Si uno de los dos tuviera otro trabajo, como les pasa a Emil y Nadine, apenas nos veríamos por la locura de los turnos y las guardias.
—Además, pienso que los dos somos lo bastante profesionales para saber separar el trabajo y lo personal, ¿no crees?
—Lo somos —dije convencida, ya que eso lo habíamos demostrado durante toda la semana.
—Pues aclarado esto, ya podemos irnos a disfrutar de nuestro fin de semana libre, aunque te aviso de que el que viene no será así.
—¿Y eso? —pregunté extrañada.
—Nos toca guardia el sábado que viene, pequeña guerrera, aunque cuando salgamos te llevaré a desayunar a mi casa y luego entrarás en mi cama para dormir conmigo las horas que nos hagan falta para recuperarnos.
—Puede, solo puede, que si las guardias van a terminar así, hasta me empiecen a gustar.
Markus soltó una risita y me pegó a él mientras entrábamos en el ascensor para darme un beso en el cuello.
Las puertas se abrieron en el segundo piso y dio la casualidad de que allí estaba Verena, vestida con ropa de calle, que al parecer, como nosotros, también se marchaba a casa.
La tensión en el cuerpo de Markus fue evidente y la noté enseguida al estar pegada a él, aunque la que se apoderó del mío no se quedó atrás, sobre todo por cómo nos miró Verena nada más entrar, recorriéndonos de arriba abajo y deteniéndose más de la cuenta en nuestras manos unidas.
—Vaya, Markus, no esperaba que te liaras con una niña. ¿Qué pasa, que con esto quieres compensar el no haber visto lo que deberías y dejar que Jakob muriera?
Dios mío… , pensé mientras notaba cómo la mano de Markus se cerraba con fuerza contra la mía.
Verena era puro veneno y la culpable de que Markus siguiera castigándose por lo que pasó sin ser culpa suya, porque ella, con esos comentarios que, por lo que Denise me había dicho durante aquella semana cuando habíamos hablado abiertamente del tema, no eran algo aislado, sino recurrente, no dudaba en atacarlo cuando se cruzaba con él.
Podía entender que perder un hijo era lo peor que te podía pasar en la vida y que se tendría que sentir un dolor inexplicable, pero eso no le daba derecho ni a ella ni a nadie a descargar ese dolor contra otra persona para intentar apaciguarlo o para querer castigar al otro, buscando así a alguien a quien culpar de lo que pasó, cuando realmente nadie había tenido la culpa de nada, simplemente las cosas se dieron así, sin que nadie pudiera preverlas o evitarlas.
—Verena, cállate —murmuró Markus entre dientes.
—¿Por qué? ¿Porque te jode oír la verdad? Pues no pienso callarme. Mi niño murió porque tú no fuiste ni el padre ni el médico que él merecía y eso no te lo perdonaré en la vida. Tú fuiste el culpable, el único culpable de lo que pasó —dijo con tal rabia y dolor que su voz parecía de ultratumba.
Markus perdió todo el color de la cara y agachó la cabeza sin decir ni una sola palabra. Y con ese gesto entendí que le daba la razón, una razón que, por supuesto, no tenía.
Debería haberme callado, sabía que tenía que haberlo hecho, pero no pude hacerlo. No, cuando vi claramente que solo atacaba a Markus para hacerle daño.
—¿Has terminado de soltar estupideces por la boca? —solté mirándola directamente a los ojos.
Vi por el rabillo del ojo cómo Markus, ante mis palabras, levantaba la cabeza de golpe y me miraba con los ojos muy abiertos. Por su parte, los de Verena se llenaron de más rabia todavía.
—¿Tú quién coño te has creído para hablarme así? No tienes ni idea de lo que pasó. No conocías a Markus de antes, así que cierra la boca, niña.
Negué con la cabeza.
—Te equivocas en todo.
—¿Qué dices?
—Sé lo que pasó, sé cómo y por qué murió Jakob. Conozco a Markus desde hace más de una década. Y te hablo así porque sé que es el dolor el que habla por ti y no debería ser así.
—¡Cállate! —me exigió, pero no lo hice.
—Eres médica y, aunque tu especialidad no sea el corazón, estoy segura de que has revisado miles de veces lo que el niño tenía y sabes perfectamente que ni Markus ni nadie podía hacer nada, pero lo culpas porque es la única forma que tienes de encontrar algo que te permita seguir.
Tras mis palabras, el semblante de Verena cambió. Y ahí supe que, aunque no lo reconocería, ella sabía que yo tenía razón.
—Él es el mejor cardiólogo del hospital y no lo vio —dijo con dolor.
—No pudo ver lo que no podía verse. Si hubiera visto el más mínimo rastro de algo, te aseguro, y yo lo sé mejor que nadie, que él se habría dejado la vida y habría hecho lo imposible para salvarlo.
La mirada de Verena se relajó un poco más. Miró a Markus, que seguía serio sin decir nada, luego volvió a mirarme a mí y en su cara apareció una pequeña sonrisa, aunque triste.
—Lo quieres —afirmó.
—Lo hago desde que apenas era una niña, una que sí sabe de lo que es capaz por alguien que le importa.
Verena frunció un poco el ceño, confundida por mis palabras.
—¿Qué quieres decir?
—Annika… —susurró Markus, adivinando lo que iba a hacer, porque le solté la mano y la subí hasta el escote de mi jersey.
—Markus fue el primero en tocar mi nuevo corazón, el que lo colocó en mí para darme una nueva oportunidad de vivir.
Yo lo llevo, pero mi corazón siempre ha sido suyo.
Pero no lo quiero solo por eso, sino simplemente por ser él —dije bajando el escote de mi camiseta para que viera parte de la cicatriz que cruzaba mi pecho.
Verena me miró impactada, seguramente porque no se esperaba una cosa así.
Las puertas del ascensor se abrieron y los tres salimos en completo silencio. Anduvimos juntos hasta la calle y allí no pude resistirme a decir algo más, pero no solo a ella, sino a los dos.
Me paré y me separé un poco para mirarlos. Los dos se detuvieron en seco al ver mi movimiento.
—Creo que deberíais tener una conversación. Os hará mucho bien compartir el dolor que lleváis dentro y hablar de lo ocurrido. Incluso podríais ir a ver a Emil para que os ayude a dar ese paso.
»No os digo que olvidéis lo que pasó, porque eso es imposible, pero sí que dejéis de utilizar el dolor como escudo. La vida es muy corta para no vivirla y os aseguro que Jakob no querría veros así el uno con el otro.
Los dos me miraron con intensidad y se quedaron pensando unos segundos, asimilando mis palabras. Después se miraron entre ellos y solté el aire que había retenido durante ese tiempo al ver que asentían a la vez.
—Hablaremos el lunes, ¿te parece bien?
—Sí —contestó Markus.
—Y creo que lo de ir a ver a Emil podría estar bien. Yo estoy que no puedo más, Markus.
—Yo estoy igual, se lo diré para que podamos ir cuanto antes.
—Bien.
Verena hizo el amago de darse la vuelta para irse, pero en el último momento giró la cabeza hacia mí.
—Gracias —me susurró.
Asentí sin decir nada; por mi parte, ya estaba todo dicho.
—Markus.
—¿Qué?
—No la pierdas —dijo señalándome con la cabeza—. No es fácil encontrar a alguien que te quiera como ella lo hace.
Markus sonrió y asintió.
—No lo haré, yo la quiero de la misma manera y espero que tú encuentres a alguien así.
—Eso espero —contestó mirándonos de nuevo a los dos al ver que yo había vuelto al lado de Markus para darle otra vez la mano—. Nos vemos el lunes. Que descanséis.
—Hasta el lunes —contestamos a la vez.