Capítulo 31
Al terminar la cena, Markus propuso comer un poco de helado sentados en el sofá y también acepté. Nada más sentarnos, la conversación, que empezó él, se puso un poco más intensa y, por qué no decirlo, un poco vergonzosa para mí.
—Annika, quería pedirte disculpas por lo que pasó en el vestuario. Fue un impulso y ni siquiera me preocupé de saber si tenías pareja o no —dijo de pronto.
—No tienes que disculparte, yo también estaba allí y, que yo recuerde, también colaboré. Y no, no tengo pareja.
Markus asintió a la vez que soltaba un poco de aire al comprobar que no había metido la pata.
—Annika, me has hablado de muchas cosas y yo también te he contado otras, pero no me has hablado de las parejas que has tenido estos años, o amigos, o ligues, o como quieras llamarlos.
—No puedo hablarte de algo que no ha existido.
—¿Qué?
—Que no puedo hablarte de los chicos con los que he estado porque no ha habido ninguno en mi vida —dije, ruborizándome por completo por la vergüenza.
A Markus se le desencajó la mandíbula ante mi confesión y pude entenderlo, porque no conocía a nadie de veintiséis años que pudiera decir tal cosa.
—Lo sé, no hace falta que digas nada. Es triste, pero cierto. Nunca he estado con nadie y, sinceramente, no creo que eso vaya a cambiar.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué no has estado con nadie? ¿No te ha gustado nadie o es que no quieres estar con nadie, o hay otro motivo? Joder, eres preciosa y una tía estupenda y no lo entiendo, la verdad. Deberías tener a los hombres haciendo cola.
Agaché la mirada totalmente avergonzada.
—Annika, ¿qué ocurre?
—Nada.
—Joder, no me mientas. Sé que pasa algo. Tú nunca me has mentido, ni en el pasado ni ahora tampoco. No eres de las que se callan las cosas; a la vista está el repaso que me has pegado estas semanas.
—Es que de verdad no pasa nada —dije encogiéndome de hombros, pero sin ser capaz de mirarlo a la cara.
—¿Entonces?
Suspiré y decidí ser sincera, total, qué más daba.
—Siendo cría no estuve con nadie, ya sabes por qué. No estaba yo para estar con nadie y supongo que, según estaba, tampoco habría habido nadie que se fijara en mí.
—Eso no es cierto.
—Lo es, Markus. ¿Tú crees que algún chico, sabiendo lo enferma que estaba, habría querido algo conmigo? Ya te lo digo yo, la respuesta es no. Yo no podía hacer lo mismo que el resto y eso… Pues no todo el mundo lo entendía.
Forcé una sonrisa antes de continuar.
—Después del trasplante, cuando me recuperé, me centré en los estudios y, como te he dicho, apenas salía, así que conocer a alguien era difícil.
—¿Y los compañeros de la facultad?
Solté una risa seca y amarga.
—Alguno tuvo interés en conocerme, pero sabes que tengo restricciones en cuanto a comidas, horarios para la medicación y que, aunque llevo una vida prácticamente normal, hay muchas cosas que no puedo hacer.
»Así que, en cuanto se enteraban, bien porque yo se lo decía o porque ellos mismos se daban cuenta de que había algo en mí distinto a las demás, salían corriendo en dirección contraria.
—Pues menudos gilipollas —dijo enfadado.
—Los entiendo, todos iban a ser médicos y eso quiere decir que sabían lo que había. Además, hay más cosas.
—¿Qué cosas?
—Los horarios, por ejemplo. Sabes que tengo que tomar la medicación sin falta por la mañana muy temprano; eso implica madrugar y no poder quedarse en la cama con tu pareja hasta tarde. Y lo peor de todo, tú lo sabes mejor que nadie, lo viste —dije llevándome la mano al pecho.
Sí, él sabía perfectamente la cicatriz que tenía entre los pechos. No vio el resultado final de cómo quedó, pero sí que estuvo presente cuando me la hicieron.
Cerré los ojos y recordé aquello que pasó hacía ya casi diez años como si lo estuviera viviendo en ese momento.
El día del trasplante, como era normal, estaba nerviosísima. Markus intentó calmarme, todos lo intentaron en realidad, sin conseguir nada, y entonces a él se le ocurrió la idea de entrar en el quirófano conmigo para darme la mano.
Tuvo que pedir permiso y mi padre y yo autorizarlo, ya que él era residente de primer año y en ese tipo de operaciones no tenía la experiencia suficiente para estar.
Consiguió el permiso y entró conmigo y, a petición mía, no solo se quedó durante todo el proceso, sino que fue él mismo quien sacó el corazón de donde lo traían y lo dejó dentro de mí para que luego los demás médicos hicieran su magia.
Markus tuvo mi nuevo corazón y también el viejo en sus manos y fue testigo de mi último latido y del primero de mi nueva vida.
Yo siempre, en mi soledad, cuando me acordaba de él durante los diez años que no nos habíamos visto, pensaba que era un ladrón de corazones, ya que a mí me lo había robado por completo, tanto el viejo como el nuevo.
Porque sí, podían pasar muchos años, pero él fue, era y sería el único que hacía que mi corazón se acelerara de una forma única y especial.
—Es una cicatriz, Annika, una muy especial, además. Una que cuenta la historia del comienzo de una vida, de una segunda oportunidad.
—Eso dice mi padre.
—Pues tiene razón.
—Ya —dije con tristeza—, pero no es algo agradable de ver y no creo que a ningún hombre le dé igual ver eso en mi cuerpo.
Markus dejó la tarrina de helado que estaba comiendo encima de la mesa de centro y se giró para mirarme. La manera en la que lo hizo me hizo estremecerme entera.
—A mí me da igual —dijo, acercándose a mí un poco más antes de alargar la mano y posarla por encima de mi camiseta, justo donde él sabía que estaba la cicatriz—. Yo la he visto, ¿recuerdas? Y me gusta porque forma parte de ti y cuenta tu historia, la historia de una guerrera.
No supe qué contestar, solo le sostuve la mirada.
—Annika, gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por escucharme, por estar y por abrirme los ojos. Sé que tuve la culpa, sé que no podré olvidarlo, sé que lo amaré siempre, pero también hoy, gracias a ti, me he dado cuenta de que tienes razón. Siendo así, no le hago bien a nadie ni a mí mismo tampoco.
—Markus… —susurré a la vez que le acariciaba la mejilla—. No tienes la culpa, ni tú ni nadie. Sé que has dicho que Verena te culpó de ello, pero ella en el fondo sabe, como todos, que no es cierto. El dolor habló por ella y no la razón.
—Yo me siento culpable.
—Pues no lo hagas. No te digo que mañana, cuando te levantes, seas el otro Markus, el que yo conocí; eso no es posible, pero tampoco seas el Markus que te has empeñado en ser. A Jakob no le gustaría este padre, estoy segura.
—Eso es cierto, a él le gustaba que estuviera contento y que me riera, le encantaba oírme reír.
—A mí me encantaría oír esa risa y también me gustaría que dejaras de ser un robot y fueras un poco más persona. De esas que se equivocan, que sienten y que viven.
Se quedó unos segundos pensando y luego asintió.
—Lo voy a intentar.
—Con eso me vale, de momento. Si veo que el robot continúa, te haré un reseteo.
Markus soltó una risa y fue maravilloso oírla.
Miré el reloj de mi muñeca y vi que ya era bastante tarde.
—Creo que será mejor que me vaya, es tarde y seguro que estás cansado.
—Annika, ¿tienes medicación en el bolso para mañana por la mañana? —preguntó acercándose más a mí para acariciarme el rostro como yo había hecho con el suyo.
—Sabes que sí, siempre llevo de más. Nunca se sabe lo que puede pasar. ¿Por qué?
—Porque tengo una petición más que hacerte hoy.
—¿Cuál?
—Pasa la noche conmigo.
Poco más y se me desencaja la mandíbula al oírlo.
—¿Qué? —susurré.
—Quiero que pases la noche conmigo, solo dormir —recalcó para dejármelo claro—. Bueno, puede que te bese igual que voy a hacer en unos segundos, pero nada más. Hoy solo dormir, lo prometo.
—¿Dormir?
—Dormir, abrazarte y besarte.
—No me parece un mal plan.
—Es un plan fabuloso, el primero de muchos que quiero hacer contigo, Annika.
—Markus, yo… —dije bajando la mirada hacia mi pecho a la vez que llevaba una mano para pasármela por encima de la cicatriz.
—Tú eres perfecta. Entonces, como te dije aquel día en el vestuario, me contuve porque eras una niña, y estos días atrás me he contenido porque pensé que no merecía nada, pero no puedo seguir teniendo esta lucha conmigo mismo, Annika.
Hizo una pausa para acercarse a mí. Me cogió la cara con las manos y me dio un beso corto en los labios.
—Por si no te ha quedado claro algo que he dicho mientras hablábamos, te lo voy a volver a decir.
—¿El qué? —susurré contra su boca.
—Solo me he enamorado una vez en mi vida. Lo hice de una niña de diecisiete años, la más bonita, valiente y fuerte que yo haya conocido nunca, y esos sentimientos siguen exactamente igual, aunque hayan pasado muchos años.
—Markus… —susurré su nombre, abrumada.
—No sé si tú sientes algo por mí, pero si lo haces, por escaso que sea, dame una oportunidad de estar a tu lado, Annika —dijo rogando.
Cogí aire antes de hablar y me llevé una mano otra vez al pecho para intentar que mi corazón se calmara un poco, ya que estaba totalmente desbocado ante su confesión.
—Eres un ladrón de corazones —dije antes de darle, como había hecho él, un suave beso en los labios.
—¿Qué?
—El primer día que te vi me robaste mi viejo corazón y después hiciste lo mismo con el nuevo. Con los dos te he amado de la misma manera; mis latidos son tuyos.
—Annika… —susurró emocionado antes de acercar su mano, agarrarme por la nuca y pegarme a él para darme el mejor beso de la historia, cargado totalmente de sentimientos.
En ese beso hubo amor, anhelo, años de deseo contenido. En ese beso volcamos lo muchísimo que nos queríamos y lo mucho que nos habíamos extrañado el uno al otro.
Fue un beso simplemente perfecto.