Markus, ladrón de corazones Capítulo 30
77%

Capítulo 30

Al terminar de contarme todo eso, decidí no quedarme con la duda.

Me dio cosa preguntarle; aun así, cogí aire y reuní el valor necesario para saberlo, no por cotillear, ni mucho menos, sino porque me dio la sensación de que la madre del niño tenía mucho que ver con el estado de culpa constante en el que se encontraba Markus.

—¿Y ella? —susurré.

—¿La madre de Jakob?

—Sí.

Me miró y negó con la cabeza.

—No estáis juntos, ¿no?

Soltó una risa seca.

—¿Juntos? No, nunca hemos estado juntos.

Lo miré con una ceja alzada, sorprendida, sin entender qué quería decir, porque juntos al menos una vez tenían que haber estado, ya que puede que yo anduviera pez en ese campo, pero ya tenía una edad y además era médica para saber cómo se hacían los niños.

—Me refiero a que nunca hemos sido pareja, solo estuvimos acostándonos esporádicamente un tiempo.

—Ah —dije sin saber qué más decir.

—Fue diversión nada más. Yo solo he estado enamorado una vez en mi vida y desde luego no ha sido de ella. Solo fue diversión y, como puedes imaginar, Jakob no fue buscado.

Pues no, no me podía imaginar ni eso ni nada en aquel momento, ya que me había quedado helada con lo primero que había dicho, lo de que solo había estado enamorado una vez.

Ahí me pregunté quién sería esa otra mujer a la que había amado, porque estaba claro que yo no había sido.

Era cierto que en el pasado me miraba de una manera distinta, pero eso no significaba que estuviera enamorado de mí.

Podía sentirse atraído por mí, como había demostrado que le ocurría también en el presente, sin que eso significara que sus sentimientos fueran los mismos que yo tenía por él.

—Cuando pasó, Verena y yo hablamos y decidimos tenerlo. Seguimos viéndonos un tiempo, pero después de nacer Jakob, ella empezó algo con otro y lo nuestro se acabó.

—¿Verena? —pregunté porque me sonaba aquel nombre y no sabía de qué.

—La doctora Verena Singer, es anestesióloga del hospital.

Lo miré con la boca abierta porque, al decirme eso, caí en la cuenta de quién era. La conocía de haberla visto durante aquel mes alguna vez, pero nunca había hablado con ella.

Era una mujer preciosa y también al menos diez años mayor que Markus. Y, por qué no decirlo, porque eso era lo que se comentaba en el hospital, como así me lo había dicho Stefan, que se enteraba de todo, un poco ligera, porque se había metido en la cama de una larga lista de médicos.

Al ver mi cara de sorpresa, porque desde luego no me esperaba que hubiera sido con ella con quien había tenido un hijo, soltó una risa antes de resumirme un poco cómo habían sido las cosas entre ellos desde que Jakob nació.

Durante los primeros seis meses, Jakob estuvo siempre con su madre porque le daba el pecho.

A partir de entonces, Markus empezó a llevárselo con él algunos días sueltos y, poco a poco, fueron aumentando el tiempo que pasaban juntos, hasta que, un par de meses antes de que el niño falleciera, habían establecido que pasaría una semana con cada uno.

Un trueno bastante fuerte nos sobresaltó a los dos.

Markus se levantó y retiró la cortina del ventanal y los dos pudimos ver que fuera llovía a mares.

—Creo que no tiene pinta de parar. Vas a tener que esperar a que amaine para salir. ¿Tenías pensado hacer algo? ¿O has quedado con alguien?

—No, mi vida social se reduce a Nadine y hoy ha quedado con Emil, así que no tenía planes. Además, no suelo salir apenas, solo cuando ella insiste mucho.

Markus me miró con una ceja alzada.

—No te sorprendas tanto, nunca fui de salir mucho y lo sabes. Bueno, cuando tú me conociste fue porque no podía y supongo que me acostumbré a ello y luego seguí haciendo lo mismo.

—Vamos a la cocina a tomar algo y me cuentas qué tal te fue en la carrera y qué has hecho estos años. ¿Te parece bien?

Claro que me parecía bien, no solo porque Markus estaba de lo más vulnerable después de la dura conversación que habíamos tenido, sino porque estaba muy a gusto allí con él y sinceramente no quería marcharme.

—Vale.

Asintió sonriendo y a la vez nos levantamos para ir a la cocina.

Markus se sirvió un café y a mí me preparó una infusión sin ni siquiera tener que preguntarme, ya que sabía mis restricciones y el café y los refrescos eran algunas de ellas. También sacó unas galletas y nos sentamos allí mismo, en la cocina, a tomarlo mientras charlábamos.

Le conté cómo me había ido en la carrera, lo mucho que me había gustado estudiar ciertas asignaturas, otras no tanto; supuse que como a todos los médicos.

Le hablé también de mi padre, de Nadine y poco más, ya que no tenía nada que contar.

Él también me habló de su vida durante esos años, de su trabajo en el hospital, de un par de parejas que había tenido, aunque por lo que dijo no fue nada reseñable porque no llegaron a nada y tampoco estuvieron mucho tiempo.

Me habló de sus padres, que se habían mudado de Graz a otra ciudad, por lo que actualmente era el único de su familia que seguía viviendo allí.

También me habló de Josef, con quien había entablado amistad años atrás, cuando llegó al hospital.

Me dijo que tanto él como Denise eran las dos únicas personas que, pese a lo mucho que había cambiado y a sus intentos de apartarlos de su vida, habían seguido a su lado, algo que les agradecía muchísimo.

—La lluvia no tiene pinta de parar.

—Eso parece.

Markus se llevó una mano a la nuca y dudó unos segundos, como si quisiera preguntarme algo y no se atreviera.

Desde luego que llevaba toda la tarde sorprendiéndome porque no se parecía en nada al Markus de los días anteriores.

Seguía la mayor parte del tiempo, mientras hablábamos, serio y sin mostrar esa parte tierna que yo conocía, pero desde luego no había sido borde en ningún momento ni me había hablado con ese desprecio y esa indiferencia de días atrás.

Había sido toda la tarde humano y, al parecer, el robot en el que solía convertirse no había aparecido en ningún momento.

—¿Qué pasa?

—¿Qué?

—Que digas lo que sea que estás pensando, Markus.

—¿Cómo sabes que quiero decir algo?

Negué con la cabeza y sonreí de medio lado.

—Puede que hayas cambiado y de verdad entiendo el motivo; ni siquiera puedo imaginarme lo que yo hubiera hecho en tu lugar, aunque, como te he dicho, no tienes que olvidar lo que pasó, sino aprender a vivir con ello, pero en algunas cosas no has cambiado.

Cuando quieres decir algo que te cuesta o no te atreves, sigues haciendo los mismos gestos.

—Pues… Sí que quería pedirte algo, la verdad.

Me quedé mirándolo, esperando que hablara, pero como no lo hizo, pensé que quería decirme que me marchara porque realmente era muy tarde y no sabía cómo hacerlo, así que se lo puse fácil.

—¿Quieres que me vaya? Si es eso, no tienes que andarte con rodeos, entiendo que ya he invadido tu casa y tu vida demasiado —dije poniéndome en pie.

—¿Qué? No, no es eso —contestó con rapidez.

—¿Entonces?

—Lo cierto es que es todo lo contrario.

—¿Perdón?

—Quería pedirte o preguntarte si quieres quedarte a cenar. Podemos pedir algo y seguir charlando, pero si no quieres lo entiendo, como has dicho, es tarde.

Me quedé unos segundos en silencio intentando digerir lo que acababa de pedirme, porque de verdad que a cada segundo que pasaba más alucinada me quedaba.

—Entiendo —dijo forzando una sonrisa—. Te llevaré a casa, no voy a permitir que vayas andando o en taxi con el tiempo que hace.

—Sí, me parece bien.

—Vale —dijo poniéndose en pie.

Lo agarré del brazo con la mano para frenarlo.

—Me parece bien lo de la cena, luego, si quieres llevarme, ya lo vamos viendo.

Me miró con los ojos abiertos y se quedó unos segundos en silencio asimilando mis palabras.

—Eh… Vale —dijo dejándose caer de nuevo en el sofá.

Un rato después, cuando llegó la cena que pidió, volvimos a la cocina. Entre los dos colocamos todo en la mesa y, mientras seguíamos charlando, fuimos compartiéndolo todo.

Todo lo que pidió estaba buenísimo y eso que era una cena sencilla.

Ni siquiera tuve que decirle qué cosas evitaba comer y cuáles no. Lo tuvo en cuenta, ya que, como cardiólogo, sabía perfectamente qué restricciones tenía, además de que estaba segura de que durante todos los días anteriores me había estado observando para saber qué comía y qué no.