Markus, ladrón de corazones Capítulo 29
74%

Capítulo 29

Apenas tardamos quince minutos en llegar al edificio en el que vivía Markus.

Nada más traspasar la puerta del portal, ya pude ver el cambio que se produjo en él en comparación con los minutos en los que habíamos venido hablando por la calle de forma distendida.

No es que se riera ni bromeara ni nada parecido, pero al menos, desde que nos habíamos encontrado de nuevo, había sido la primera vez que habíamos hablado, o bueno, yo había hablado casi todo el tiempo, sin discutir, sin recriminarnos nada y sin lanzarnos pullas en ambas direcciones.

Subimos las escaleras hasta el segundo piso. Su edificio era antiguo y no tenía ascensor, pero no estaba en mal estado, o eso me pareció.

Sacó las llaves y las metió en la cerradura, pero antes de abrir noté enseguida cómo se le tensaba el cuerpo y no pude resistirme o, más bien, mi cuerpo actuó solo.

Le puse una mano en el hombro y se lo apreté. Markus giró la cabeza y me dedicó una media sonrisa triste que hizo que se me encogiera el estómago y que mi curiosidad y mis nervios aumentaran, pensando qué sería lo que le había pasado y qué querría enseñarme.

Abrió la puerta y me cedió el paso.

El piso era pequeño, como me había imaginado al ver el edificio. Nada más entrar había un salón con una cocina abierta y tres puertas. Todo era un espacio abierto.

Estaba limpio y ordenado, hasta ahí lo normal en la casa de cualquiera, pero lo que me llamó especialmente la atención fue que no parecía un hogar. No había ni una foto ni un recuerdo por ningún sitio, ni tampoco objetos personales. Era triste y totalmente impersonal.

Markus miró el reloj que tenía colgado de una de las paredes y frunció el ceño.

—¿Has tomado la medicación? Ya se ha pasado la hora de comer y…

Negué con la cabeza y sonreí de medio lado.

Podía haber cambiado mucho, podía haberse puesto esa capa para parecer frío, pero dentro de él seguía estando ese Markus que era antes y que en ocasiones como aquella no podía evitar sacar esa vena protectora que tenía, esa que yo conocí muy bien.

—Sí, me la he tomado en el vestuario antes de que entraras.

—Bien —contestó asintiendo.

Vi cómo su nerviosismo aumentaba y cómo su cuerpo se tensaba más de lo que ya estaba antes de que entráramos.

—Markus, no tienes que contarme nada si no quieres o no te apetece hacerlo.

Para mi sorpresa, antes de contestar, alargó la mano, agarró la mía y tiró de mí con suavidad.

—Ven, por favor.

Anduvimos unos pasos y nos paramos delante de la única puerta que estaba cerrada. Las otras dos estaban entreabiertas y pude ver que daban a una habitación con una cama grande y a un baño.

Markus cogió aire varias veces y agarró el pomo de la puerta. Cerró los ojos un momento, cogió otra bocanada de aire y la abrió. Pero, para mi sorpresa, él no entró conmigo. Después de soltarme, me pidió que entrara.

Entré y, cuando lo hice, mi boca y mis ojos se abrieron como platos.

Era una habitación infantil preciosa. Contra la pared había una cuna. En el suelo, una alfombra de colores con varios juguetes y, en una estantería contra la pared, había varios más.

Las paredes estaban pintadas de color azul y encima había varios dibujos de muñecos. En una silla había ropa infantil doblada y me imaginé, porque eso no se veía, que dentro del armario que había seguramente habría mucha más.

—Markus…

No se movió, no entró cuando lo llamé, así que me giré para mirarlo.

—¿Tienes un hijo? —me atreví a preguntar a media voz.

Cerró los ojos un par de segundos ante mi pregunta y, cuando los volvió a abrir, me quedé impactada. Los tenía llorosos y en ellos se reflejaba un dolor grandísimo.

—Ya no —contestó con un susurro tan bajo que apenas llegué a oírlo.

—¿Cómo que ya no?

Vi cómo apretaba los puños contra su cuerpo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, mientras hacía un esfuerzo titánico por contener las lágrimas que se le habían formado en los ojos.

—Murió.

Me quedé sin respiración durante unos segundos mientras mi cerebro asimilaba lo que acababa de decir.

—Dios mío… —dije llevándome la mano al pecho.

—Te… Tenía un problema en su corazón y yo no lo vi, Annika, no lo vi —dijo antes de romperse y de dejar que las primeras lágrimas cayeran por sus mejillas.

Lo miré sin saber qué decir; solo fui capaz de dar un paso hacia él y de agarrarle la mano para que supiera que estaba allí.

—Soy cardiólogo, joder, llevo media vida estudiando corazones. Me dedico a encontrar problemas en ellos, a ayudar a otras personas con sus dolencias para darles una oportunidad de vivir. Y no fui capaz de ver que algo iba mal en mi propio hijo.

Antes de terminar de hablar, ya lloraba de forma desgarradora. Nunca lo había visto llorar, ni así ni de ninguna manera, y eso me golpeó de una manera brutal, así que ni siquiera tuve que pensar qué hacer; mi cuerpo se movió por instinto.

Me acerqué y lo abracé y, en cuanto notó mi contacto, se aferró a mi cuerpo como si necesitara ese sostén para no caerse allí mismo.

—¿Qué tenía? —me atreví a preguntar.

—Una canalopatía, tenía síndrome de QT largo, solo se vio en la autopsia. Murió por muerte súbita mientras dormía.

Yo aún no era una experta, pero había estudiado y visto lo suficiente para saber que lo que tenía su hijo no solía presentar síntomas, no al menos aparentes, y que era muy difícil detectarlo a tiempo antes de que ocurriera algo malo o lo peor, como era aquel caso.

—Markus, no siempre se detectan los problemas cardíacos y lo sabes. Hay enfermedades que no tienen síntomas y que pasan desapercibidas incluso en revisiones periódicas.

—Lo sé. Pero era mi hijo, yo tendría que haberlo visto. Tenía que haberme dado cuenta. ¿Qué clase de médico soy?

—Uno buenísimo. Pero uno que es exactamente eso, médico, no Dios, y si no hubo síntomas, no podías saberlo.

—¡Soy cardiólogo, joder! Fue mi culpa, murió por mi culpa, porque yo no lo vi.

Dios mío… Se me revolvió el cuerpo entero al verlo tan roto, cargando con una culpa que no debería sentir porque no era responsable de lo ocurrido.

No podía reprocharse no haber detectado algo que nadie había podido prever.

Su hijo no había muerto por un descuido ni por dejadez, sino por una fatalidad que nadie había podido evitar.

—Markus, mírame —dije agarrándole la cara.

Lo hizo, le costó, pero lo hizo.

—No fue culpa tuya, ¿me oyes? No lo fue. Nadie podía haberlo visto si no había síntomas.

—Solo tenía un año y medio, Annika, tenía toda la vida por delante, era mi niño —dijo agarrándose otra vez a mí, totalmente roto.

Cerré los ojos porque sentí su propio dolor. Un año y medio… Dios mío, era solo un bebé, pensé abrazándolo más fuerte contra mi pecho.

Y ahí, los dos abrazados, no pude evitarlo y lloré con él. Lloramos juntos, ni sabría decir cuánto tiempo. Los minutos fueron pasando hasta que Markus fue calmándose y yo fui haciendo lo mismo.

Se separó un poco, me agarró la mano y tiró de mí para guiarme hasta el sofá, donde nos sentamos.

Ya más calmado, me contó sin que se lo pidiera todo lo que pasó.

Una mañana, antes de marcharse a trabajar al hospital, Markus entró en la habitación de su hijo, Jakob, que seguía dormido en la cuna.

Como hacía siempre que el niño estaba con él, se acercó para darle un beso, lo arropó y después se marchó, dejándolo al cuidado de la niñera con la que se quedaba habitualmente.

Dos horas después, la chica lo llamó llorando para decirle que el niño no se despertaba, que algo malo pasaba. Markus corrió a casa y, cuando llegó, ya no había nada que hacer. El niño estaba muerto.

La autopsia reveló lo que me había dicho antes que tenía, y todos los médicos, compañeros y amigos le dijeron lo mismo que yo, que era imposible haberlo sabido.

Pero Markus seguía con esa culpa dentro que no lo dejaba avanzar y que lo había hecho ser como era en aquellos momentos. El dolor lo tenía tan cegado que no veía más allá y había apartado a todos de su vida.

Ahí me di cuenta de que lo había hecho a modo de protección. Si no tienes lazos con nadie, si no quieres a nadie, si no empatizas con nadie, tampoco te arriesgas a sentir dolor cuando les pasa algo.

Habló durante una hora, de todo, de cosas del niño al que se veía que adoraba. Me habló de cómo jugaban, de cómo era físicamente, incluso me enseñó algunas fotos en su teléfono y me contó decenas de anécdotas.

Pero en todo ese tiempo no hizo ni una sola mención a la madre del niño.

Ahí llegué a la conclusión, por comentarios que había hecho sobre que no siempre estaba con él y que parecía tener algo así como una custodia compartida, de que no debían de estar juntos desde mucho antes de que el niño naciera y, desde luego, eso me creó una gran intriga.