Capítulo 28
No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que volví a abrir los ojos de golpe cuando la voz de Markus me sobresaltó.
—Joder, no digas eso —dijo con un tono de dolor.
—¿Por qué no voy a decirlo si es la verdad? Tú no eres el mismo y está claro que yo tampoco. No sé por qué cambiaste, pero es una pena que así fuera.
—No tienes ni idea de nada de lo que pasó. No sabes por qué cambié.
—No, claro que no lo sé, ni lo sabré porque tú no has querido contármelo, pero tranquilo, que lo entiendo perfectamente. Puede que en el pasado nos conociéramos un poco, pero ahora soy una completa desconocida a la que no tienes ni por qué darle la hora.
—Eso no es cierto —dijo, apretando un poco más su agarre, supongo que sin darse cuenta—. No eres una desconocida, pero no tienes ni puta idea de la mierda que hay en mi vida, Annika.
—Te repito que no, que no lo sé y seguro que en este hospital hay mucha gente que sí lo sabe y a la que yo podría haber preguntado, y te aseguro que me lo hubieran contado.
Pero no lo he hecho ni lo haré. Eso es algo tuyo que solo tú decides con quién compartirlo y desde luego yo no estoy en esa lista.
Hice una pausa y volví a tragar saliva. Se me estaba formando tal nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar, y mucho menos tragar saliva con facilidad.
—No sé qué pasó para que dejaras de sonreír, no sé qué pasó para que cambiaras tanto, para que te cerraras al mundo y no dejaras que nadie se te acercara.
No sé qué pasó para que dejaras de confiar no solo en los demás, sino en ti mismo, ni para que dejaras de tratar a la gente con la misma calidez, comprensión y empatía que yo recuerdo.
Paré para darle la oportunidad de decir algo. No lo hizo, solo siguió mirándome, así que continué. Pensé que, ya que seguramente no nos volveríamos a ver o a hablar, al menos yo no me quedaría dentro todo aquello que pensaba.
—Supongo que debió de ser algo muy malo para que hayas acabado convirtiéndote en esto —dije, señalándolo con la mano—, pero, como bien sabes, todos hemos pasado por cosas malas. Tú mismo sabes por toda la mierda que pasé, y no solo por lo enferma que estuve, sino también por lo de mi madre.
Volví a parar, pero nada, siguió sin hablar.
—No digo que tu dolor se pueda comparar al mío porque no sé lo que has vivido.
Pero lo que sí sé es que yo no utilicé como excusa toda la mierda que viví para apartar a los demás, para tratarlos mal o para ser algunas veces cruel.
Y te aconsejo que tú dejes de hacerlo porque puede que llegue un momento en el que te arrepientas.
Al oírme decir esas últimas palabras, su gesto se quebró, como si le hubiera dado un gran golpe al decirle una verdad cruel, pero que para mí era la más pura realidad.
Se me quedó mirando unos segundos con mucha intensidad y por sus ojos pasaron tantas emociones que era imposible definirlas todas. Pensó, dudó, dejó caer un poco los hombros en señal de rendición y finalmente soltó un suspiro.
—¿Quieres saberlo? —susurró—. ¿Quieres saber qué me pasó? ¿Quieres saber por qué cambié? ¿Por qué soy así? ¿Por qué aparto a todos? ¿Por qué no quiero crear lazos con nadie?
Se me retorció el corazón al oírlo hablar con la voz tomada.
—Solo si tú quieres contármelo, Markus. Esa es tu decisión.
—¿Y qué harás cuando lo sepas? ¿Vas a decirme que todo irá bien? Porque eso es imposible. ¿Vas a mirarme con pena o con culpa, como hacen otros? ¿Vas a decirme esa chorrada de que el tiempo lo cura todo y que tengo que seguir adelante?
Dios mío… Había tanto dolor en sus palabras que me fue imposible mirar hacia otro lado.
Se había portado fatal, sí, y me había hecho daño también, pero pese a todo no pude evitar ver en él al chico que fue, uno al que la vida debía de haber golpeado con algo horrible y que estaba totalmente perdido, sin ser capaz de ver más allá del dolor.
—No lo sé, Markus, no sé qué te diré cuando me cuentes lo que pasó.
Lo que sí sé es que puedo escucharte, puedo ayudarte, puedo quedarme y puedo estar si me necesitas, como un día tú también estuviste para mí, sin condiciones y sin pedir nada a cambio.
Simplemente porque así me sale hacerlo y porque realmente quiero hacerlo, no porque piense que te debo algo.
—Nadie puede ayudarme, Annika.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé —dijo negando con la cabeza y con los ojos llenos de tristeza.
—No, no lo sabes. Creo que llevas mucho tiempo cargando tú solo con algo, sin dejar que los demás se acerquen.
Puede que no te ayuden de la manera que esperas, pero te aseguro, y eso yo lo sé bien, que hay veces que no hacen falta palabras ni abrazos, porque simplemente saber que alguien está a tu lado, compartiendo el silencio contigo, ayuda más que cualquier otra cosa.
Me sostuvo la mirada y vi cómo algo en él cambiaba, cómo una grieta se hacía visible en ese muro que se había empeñado en levantar a su alrededor y cómo, solo con un asentimiento de cabeza, me estaba pidiendo en silencio que la traspasara.
No dudé, lo hice. Alargué mi mano y la posé sobre la que seguía teniendo en mi brazo y se la apreté con fuerza para decirle que estaba ahí para él, a la vez que asentía y le dedicaba una pequeña sonrisa.
—De acuerdo, te lo contaré —murmuró.
—Bien, cuando tú quieras y estés listo, te escucharé.
—Ahora.
—¿Ahora? ¿Aquí?
—No, aquí no. En mi casa. Tienes que ver algo.
El corazón me dio un vuelco, porque no pensé que de no querer hablar hubiera pasado en unos segundos a querer contármelo todo y encima en su casa. Aun así, después de lo que le había dicho, desde luego que no pensaba negarme a escucharlo ni quería tampoco.
—Vale.
—Espérame fuera, por favor. Me cambio, recojo mis cosas y nos vamos.
—De acuerdo —dije antes de salir al pasillo a esperarlo, como me había pedido.
Diez minutos después salimos del hospital en completo silencio. El frío que hacía fuera a esas horas no era muy intenso, aun así, la brisa que nos azotó al salir hizo que me estremeciera.
Miré el cielo y vi que por el horizonte se acercaban con rapidez unas nubes bastante feas, anunciando que en breve empezaría una buena tormenta, además de que el ambiente olía a humedad.
—¿Vives lejos?
—No, solo a cuatro calles de aquí. ¿Por qué?
Señalé las nubes y Markus, que no las había visto porque mientras caminábamos íbamos con la vista fija en el suelo, asintió entendiendo lo que quería decirle.
—Tranquila, llegaremos antes de que empiece a llover.
—Bien.
—¿Tú sigues viviendo con tu padre? —preguntó un poco cortado, seguramente esperando que no quisiera contarle nada de mi vida después del mes tan malo que habíamos pasado.
Pero no fue así. Yo podía tener muchos defectos, como los tenía todo el mundo, pero desde luego no era una persona rencorosa.
—Sí, vivo con mi padre y con Nadine.
Giró la cabeza y me miró con los ojos como platos.
—¿Con Nadine?
Solté una risita y asentí.
—Así es, hace unos años que se mudó a nuestra casa.
En un principio iba a ser solo por una temporada, pero creo que disfruta tanto discutiendo con mi padre, y él con ella, que no la echamos ni con agua caliente.
Bueno, puede que, si las cosas van bien, en un futuro cercano cierto psiquiatra del hospital nos la robe, y no precisamente para ingresarla en uno, sino para llevársela a vivir con él.
—Joder… No me esperaba algo así. ¿Y cómo es que ha terminado viviendo con vosotros? Y ese psiquiatra del que hablas tiene que ser Emil, ¿no? He oído por el hospital que una abogada que los tiene bien puestos lo tiene rendido a sus pies.
Mientras recorríamos las calles que nos separaban de su casa, le conté cómo y por qué Nadine, a la que él, por supuesto, recordaba, había terminado viviendo con nosotros.
Le conté que, como ya le había dicho, Nadine era abogada, trabajaba con mi padre y los dos se llevaban como el perro y el gato, aunque en el fondo se adoraban.
También, antes de llegar, le conté cómo había conocido a Emil, cómo había empezado su historia y cómo mi amiga había caído rendida a los pies del psiquiatra, aunque, fiel a su tozudez, le había costado reconocerlo en voz alta.
Y mientras hablábamos, por un momento me pareció que no había pasado el tiempo y que seguíamos siendo los mismos de diez años atrás.