Markus, ladrón de corazones Capítulo 27
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Capítulo 27

Apoyé una mano en la taquilla y dejé caer la cabeza contra ella. Estaba totalmente agotada. No era cansancio físico, sino mental, el más grande que había tenido nunca.

Cerré los ojos y pensé en cómo habían sido las tres últimas semanas.

Tres semanas desde que todo había cambiado, y no precisamente para mejor, desde que Markus me había besado junto a la taquilla en la que estaba apoyada en ese preciso momento.

Desde aquel día todo había ido cada vez a peor y ya no tenía fuerzas para seguir soportándolo.

Ese mismo día, después del beso, su actitud fría hacia mí se había vuelto todavía más evidente. No volvimos a cruzar palabra y la guardia terminó con un Markus enfadado y conmigo totalmente desconcertada por lo que había pasado.

Los días siguientes habían sido una lucha constante para contenerme ante su trato.

No había sido capaz de volver a mirarme a la cara y, por si eso fuera poco, no solo me trataba con una indiferencia que me destrozaba, sino que me evitaba de una manera tan evidente que hasta Stefan me había preguntado en varias ocasiones si había pasado algo entre nosotros o si habíamos tenido una discusión tan grande como para llegar a aquellos extremos.

En nuestras reuniones, no es que antes hablara mucho con ninguno, pero desde aquel día a los demás les decía lo justo y a mí ni una palabra.

En las rondas nunca me preguntaba nada para no dar lugar a que pudiéramos hablar y, si había casos fáciles que sabía que yo podía resolver sin problemas, simplemente me entregaba el informe y solo me decía que me ocupara de aquello, para así estar separada del grupo y no tener que coincidir conmigo.

Pero la cosa no se quedaba ahí, había mucho más.

Si entraba en una habitación en la que yo estaba, salía huyendo, porque sí, eso era lo que hacía, con cualquier excusa, la mayoría de las veces absurda, para no tener que ocupar el mismo espacio que yo más de lo estrictamente necesario.

Si nos cruzábamos por un pasillo, se retiraba hacia un lado para mantener una distancia física conmigo, como si yo tuviera una enfermedad contagiosa y solo por respirar el mismo aire pudiera contagiarle.

Las discusiones habían terminado. Si yo le preguntaba algo sobre algún caso, me contestaba con monosílabos o me daba una respuesta lo más escueta posible para tener que interactuar conmigo lo menos posible.

Yo, los primeros días, había intentado que todo fuera bien.

No como la primera semana, en la que no habíamos dejado de discutir, yo de recriminarle y cuestionarle y él de rebatirme todo lo que decía o recordarme constantemente que mandaba, sino que había querido que nuestra relación al menos fuera cordial para que no afectara al trabajo.

Pero no había sido posible. Su actitud hacia los demás había seguido siendo la misma y me había mordido la lengua más veces de las que podía contar, conteniéndome en todo momento para no gritarle y decirle que dejara aquella actitud de robot de mierda que tenía.

Y lo peor de todo, lo que más me dolía, no era nada de aquello. Lo peor era que detrás de toda esa fachada fría y de ese comportamiento de indiferencia que tenía hacia mí había algo más que los primeros días me había desconcertado, luego dolido y ahora me estaba cabreando muchísimo.

Lo que me jodía era que Markus, cuando pensaba que no lo veía porque creía que estaba en la sala de reuniones concentrada en uno de los muchos historiales que me daba para que los repasara o preparara el alta del paciente, me miraba de reojo.

Y yo lo veía hacerlo, no solo allí, en la sala de reuniones, sino también mientras hablaba con un paciente, cuando comía con Stefan o con otros compañeros o cuando me paraba a decirle algo a Denise.

Sí, me seguía con la mirada en todo momento. Controlaba todos mis movimientos como si quisiera saber si estaba bien, si todo iba bien conmigo o si podía necesitar algo.

A la hora de mi medicación, que él, a saber por qué, sabía a qué hora tenía que tomármela, si veía que no me marchaba cuando se acercaba el momento, lo veía mirar varias veces el reloj como si se desesperara al ver el tiempo correr y no verme ir al vestuario.

Cuando eso pasaba, resoplaba, se pasaba las manos por el pelo, nervioso, y no dejaba de estar inquieto hasta que por fin yo me marchaba y me veía desde lejos entrar en el vestuario.

Y encima, en todas esas miradas que me dedicaba y que pensaba que yo no veía o de las que no me daba cuenta, podía ver anhelo, frustración, preocupación y algo más en lo que prefería no pensar para no terminar volviéndome loca.

Se le notaba que, al mirarme así, tenía una lucha interior constante que libraba a diario entre mantener aquel muro tan alto que había vuelto a levantar o romperlo, mandarlo todo a la mierda y volver a acercarse a mí.

Cuando se quedaba mirándome así, unos segundos después su gesto se endurecía y terminaba observándome como si fuera una molestia constante en su vida que lo estaba haciendo estar peor que nunca.

Yo lo había intentado todo para que las cosas funcionaran, pero al parecer no era suficiente. Estaba claro que aquello no iba a pasar. Se lo había intentado poner fácil, pero con todo y con eso ni él estaba bien ni yo mucho menos.

Por eso, durante los últimos días, le había dado muchas vueltas a una idea que no quería llevar a cabo, pero que sabía, dentro de mí, que sería la única solución para que todos, yo la primera, estuviéramos bien.

Porque aquella tensión constante que había entre nosotros no solo nos estaba afectando a los dos, sino también al resto del equipo y a los pacientes. Por eso, allí apoyada en la taquilla, decidí que, aunque no quisiera, tenía que hacerlo, tenía que irme.

Había valorado la opción de pedir un traslado a otro hospital.

Primero había pensado en solicitar un cambio de adjunto, pero eso no sería suficiente porque, aunque menos, tendríamos que seguir viéndonos.

Por eso, aunque me doliera muchísimo irme de la que consideraba mi segunda casa, era la única opción.

Solté un suspiro y apreté los puños, porque después de todo lo que había luchado por llegar hasta donde había llegado y lo mucho que me había costado conseguir hacer mi residencia allí, tendría que irme a otro sitio simplemente por amar a un hombre que no solo no quería verme, sino que tampoco quería saber nada de mí ni toleraba mi presencia.

Oí cómo la puerta se abría a mi espalda. Abrí los ojos y giré la cabeza por encima del hombro para ver quién era.

Se me encogió el corazón al ver que era Markus y que se había quedado parado en la puerta, con el pomo en la mano. Claramente, al ver que yo era la única que estaba dentro, estaba dudando entre entrar o salir corriendo.

—Puedes pasar, yo ya me marcho.

No se movió ni dijo nada, por supuesto.

Yo me giré, cogí la mochila de la taquilla, metí el móvil, eché un vistazo rápido para asegurarme de que tenía todas mis cosas, sobre todo el dispensador con mi medicación, me la colgué al hombro y cerré la taquilla con un golpe seco, un poco más fuerte de lo que debería.

—Tranquilo, que no te obligaré a estar a mi lado mucho más. Pronto dejaré de ser una molestia para ti —dije mientras me acercaba a la puerta, en la que seguía plantado observando mis movimientos.

Justo cuando llegué a su altura y antes de salir, su voz hizo que me parara.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada más y nada menos que lo que he dicho —contesté encogiéndome de hombros.

—Annika —dijo apretando los dientes.

Di otro paso para salir, pero en aquella ocasión no fue su voz lo que me detuvo, sino su agarre. Con una mano me sujetó el brazo a la altura del codo para frenarme.

Solo aquel contacto hizo que todo mi cuerpo se estremeciera y no sabría decir si a él le pasó lo mismo o algo parecido, porque vi claramente cómo contenía el aliento.

Bajé la mirada hacia su mano y, un segundo después, volví a levantarla para mirarlo a la cara. Para mi sorpresa, después de tres semanas esquivando mis ojos, fue él mismo quien buscó mi mirada.

—¿Qué has querido decir con eso? —repitió.

—Markus, está claro que esto no puede seguir así.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que no podemos seguir trabajando en estas condiciones.

Tú no soportas tenerme cerca ni quieres tampoco.

Y yo soy incapaz de soportar por más tiempo tu indiferencia.

No puedo aguantar ver cómo me miras como si fuera una molestia constante para ti, ni tampoco cómo te pasas las horas fingiendo que no existo.

—Yo no…

No lo dejé hablar. No tenía ganas ni me quedaba paciencia para escuchar una excusa de mierda, que sería seguramente lo que me daría, así que seguí hablando yo.

—Llevo tres semanas intentando que esto funcione, intentando ponértelo lo más fácil posible, pero está claro que no está dando resultado. Creo que hasta te molesta respirar el mismo aire que yo.

Hice una pausa antes de decir lo que más me iba a doler.

—Así que, para que todos podamos estar mejor, porque esto no solo nos afecta a nosotros, sino también al resto del equipo y a los pacientes, he decidido irme.

Durante unos segundos ni yo dije nada más ni él parecía entender lo que había querido decir, ya que me miraba confuso.

—¿Irte dónde?

—A otro hospital. Mañana por la mañana subiré a hablar con Personal para que me ayuden a solicitar un traslado.

Su semblante cambió de pronto y no solo me miró desconcertado, sino que su mirada se endureció más de lo que la había visto nunca. Incluso parecía asustado y dolido, y eso me sorprendió porque no me lo esperaba. Había esperado encontrar alivio, sorpresa quizás, pero desde luego no aquello.

—No puedes estar hablando en serio.

—Estoy hablando completamente en serio. Lo bueno de haberme pasado aquí tanto tiempo metida es que conozco a mucha gente y creo que podrían hacerme el favor de conseguirme una plaza en otro sitio y de acelerar el proceso lo más posible.

—¿Quieres marcharte? —preguntó con la voz alterada.

—No, no quiero marcharme, pero tengo que hacerlo. Este hospital forma parte de mi vida desde que era una niña. Aquí he pasado mis peores momentos, pero también algunos de los mejores. Aquí he conocido a gente a la que quiero muchísimo.

Hice una pausa para coger aire y tragar saliva.

—Entre estas paredes he crecido. Aquí, mientras estaba tumbada en una cama sin saber si podía tener un futuro, he tomado muchas decisiones, como la de ser médica. Así que no, no quiero irme, pero los dos sabemos que es lo mejor.

—Annika…

—Déjame terminar, por favor.

Asintió.

—En una cosa tenías razón. El Markus que yo conocí, del que me enamoré, ya no está.

Abrió los ojos como platos al oírme decir aquello y yo solté una risa amarga antes de seguir.

—No te sorprendas tanto. Creo que no solo eras buen médico, sino que también eras listo y viste de sobra los sentimientos que tenía hacia ti. Era una niña estúpida que se enamoró de su médico simplemente porque la trataba bien.

—Annika…

—Déjalo. Eso supongo que ya da igual, ni siquiera sé por qué lo he dicho, quizá porque sé que probablemente no hablaremos más —dije encogiéndome de hombros, fingiendo que me daba igual que eso pasara cuando la realidad era muy distinta.

—Pero, en fin, lo que te decía es que ese Markus que yo conocía no existe y que con esta nueva versión que has creado de ti mismo para protegerte de a saber qué, no creo que pueda llegar a entenderme, ya que somos como el agua y el aceite.

Por eso es mejor separar nuestros caminos y que cada uno siga como pueda con su vida.

Tras mis palabras, el silencio nos envolvió. Yo cerré los ojos unos segundos para intentar hacerme a la idea de que probablemente no volvería a verlo y él se quedó allí petrificado; supuse que intentando digerir todo lo que le había dicho.