Markus, ladrón de corazones Capítulo 26
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Capítulo 26

El tiempo pareció detenerse; el vestuario desapareció al mismo tiempo que lo hicieron las discusiones, las recriminaciones, los piques, las malas caras, las miradas intensas y las palabras dichas con un tono no muy bueno.

Todo, absolutamente todo desapareció; allí solo quedamos nosotros.

Los primeros dos segundos, nada más juntar sus labios con los míos, me quedé paralizada por la sorpresa, pero solo fueron eso, dos segundos. Enseguida mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y le seguí el beso con las mismas ganas que él estaba poniendo.

El beso no empezó de forma brusca ni fue desesperado, no fue un beso como si llevara años esperando que llegara, aunque en realidad eso era precisamente lo que era.

Fue un beso lento, tierno, suave, delicado incluso. Algo que desde luego no encajaba con nosotros ni con nuestro carácter.

Con Markus no encajaba para nada, no al menos con el Markus que era en esos momentos.

Ese beso no tenía nada que ver con el hombre taciturno, frío, inhumano y borde que yo había visto esa semana. Ese beso era del Markus del pasado, del alegre, del bromista, del tierno y cariñoso.

Sentí mientras me besaba que no solo se había rendido, como él mismo había dicho, a hacer algo que llevaba años queriendo hacer y que por diversos motivos no había hecho. Lo que sentí fue que, nada más posar sus labios sobre los míos, al mismo tiempo el muro que tenía a su alrededor caía de golpe.

Una de sus manos bajó de mi cara hasta mi cintura para pegarme más a él y con la mía, que seguía agarrando su casaca, apreté más fuerte y tiré de ella para pegarlo más a mí y no dejar que se retirara.

Bajo mi mano sentí cómo su corazón iba a toda velocidad, exactamente igual que lo estaba haciendo el mío.

El beso empezó a cambiar poco a poco, la intensidad aumentó. Era mi primer beso y esperaba que no fuera el único, porque lo que me estaba haciendo sentir no podía describirse con palabras.

Mientras nuestras bocas seguían unidas, sin prisa por separarse, pensé, o más bien supe, porque así lo sentí, que todos esos sentimientos que tuve por él en el pasado y que yo pensaba que habían muerto con el paso del tiempo seguían muy presentes dentro de mí.

Quizá solo habían estado dormidos o a la espera de volver a salir a la luz con mucha más fuerza que cuando solo era una cría de diecisiete años, enferma y perdida, que no sabía nada de la vida.

Markus me rodeó la cintura con más fuerza e intensificó todavía más el beso, pero justo cuando bajó la mano que tenía en mi cara y me acarició el pecho por encima de la casaca, dando un paso más allá, unas risas en el pasillo, cerca de la puerta del vestuario, hicieron que se separara de mí de golpe.

Los dos teníamos la respiración entrecortada y nuestros pechos subían y bajaban por la agitación.

Markus pestañeó un par de veces, como si quisiera centrarse y volver a la realidad, y cuando lo hizo y me miró, me quedé congelada. Además, el corazón se me estrujó al ver la expresión de su cara.

Dio un paso atrás sin dejar de mirarme. Yo no pude moverme, no viéndolo mirarme así.

En sus ojos había el más puro arrepentimiento. Había incluso horror; era como si pensara que acababa de hacer algo imperdonable.

—Markus… —Me atreví a llamarlo, susurrando.

Negó varias veces con la cabeza.

—No.

Dio otro paso atrás sin apartar la vista de mí.

—No, no, no —repitió una y otra vez.

—Espera —dije, alargando la mano.

—No, esto no puede pasar —dijo con tono firme.

Mis ojos se abrieron por la sorpresa, más por su tono, ese mismo que llevaba usando toda la semana conmigo, que por las palabras en sí.

No podía entender cómo era posible que hacía solo unos segundos me estuviera besando de manera tan dulce y tierna, mostrándome que el Markus que yo conocía seguía existiendo, y que cambiara otra vez a ese Markus frío, levantando de golpe aquel muro que parecía haber caído.

—¿El qué?

—Esto —dijo, señalándose primero a él y luego a mí.

—Pero…

—No —dijo de nuevo, cortándome con tono seco.

Se pasó una mano por el pelo, dio un par de bocanadas buscando el aire que parecía faltarle y retrocedió sin dejar de mirarme ni de negar con la cabeza.

—Markus, por favor —dije con la voz tomada.

Al oír mi voz, se detuvo.

La esperanza volvió a mí, pensando que se acercaría de nuevo o que me diría algo, pero solo me duró un par de segundos, los justos en los que negó por última vez, se giró, abrió la puerta de un tirón y salió, cerrándola a su espalda con un golpe seco.

Me llevé una mano al pecho al sentir un dolor.

No fue un dolor como ninguno que hubiera sentido en el pasado. No, no tenía nada que ver con que mi corazón funcionara mal ni con que una nueva dolencia lo estuviera atacando; fue un dolor totalmente distinto.

Fue un dolor fuerte, el más fuerte que yo había sentido nunca, un dolor provocado por la pérdida.

Un dolor al comprender que lo que había sentido en sus brazos no volvería a sentirlo y ahí me pregunté, mientras las primeras lágrimas, esas que había estado reteniendo con mucho esfuerzo al ver cómo se alejaba de mí, empezaban a caer por mi rostro, cómo sería capaz de seguir sin aquella sensación.

Apoyé la espalda en las taquillas y me dejé resbalar por ellas hasta sentarme en el suelo, mientras mi cabeza era un hervidero de preguntas y las lágrimas empezaban a salir de mis ojos sin control.

Me pregunté qué pasaría a partir de ese momento, cómo sería el instante en el que nuestras miradas se encontraran de nuevo después de lo que había pasado y, lo más importante, cómo sería la actitud de Markus hacia mí en el trabajo.

Los minutos fueron pasando y, cuando quise darme cuenta, al mirar el reloj vi que llevaba más de media hora sentada lamentándome como una tonta. Me pasé las manos por la cara, enfadada conmigo misma, para limpiar los restos de lágrimas que aún tenía y me levanté del suelo todavía más enfadada.

—Eres idiota, Annika —me reproché a mí misma en voz alta—. No has llegado hasta aquí para ahora tirarlo todo por la borda por un hombre que está lleno de dolor y oscuridad. Si no quiere ni verte ni hablarte, que no lo haga, pero tú tienes que seguir siendo fuerte para cumplir tu sueño.

Cogí aire, me pasé las manos por el pelo para colocármelo, me estiré la casaca y, con la firme decisión tomada de que no podía dejar que la actitud de Markus me siguiera afectando, caminé con decisión hacia la puerta.

Cogí una última bocanada de aire antes de abrir.

—Vamos allá —dije, animándome a mí misma.

Salí al pasillo y, con pasos decididos, anduve hasta la sala de reuniones para terminar el dichoso informe que tenía pendiente, mientras me hacía una última promesa: por muy rota y dolida que estuviera después de lo que había pasado, porque así era como me encontraba y tampoco quería engañarme a mí misma, no dejaría que Markus lo viera.

Sin dudar, entré en la sala de reuniones y mi mirada se fue, sin siquiera tener que ordenárselo, hacia Markus, que estaba sentado en su silla, tecleando en el portátil tan tranquilo, o eso parecía, y ni se molestó en levantar la cabeza para saber si era yo.

Me senté sin decir ni una sola palabra, porque eso era lo que haría a partir de aquel momento. Solo le hablaría si me preguntaba algo, pero no volvería a cuestionarle nada ni tampoco a hacerle preguntas, así que me concentré en terminar el informe.

Media hora después tecleé las últimas palabras justo cuando se abrió la puerta. Giré la cabeza y sonreí al ver a Stefan, que venía la mar de contento, como bien reflejaba su expresión.

—¿Has comido?

—No, te estaba esperando.

—¿Y puedes ir ahora? ¿Has terminado?

—Sí, justo he acabado cuando has entrado. ¿Y a ti cómo te ha ido con la paciente?

—Teníais razón, mentía.

—¿Por qué?

—Hace unos días rompió con su pareja, lo está pasando muy mal y se sentía muy sola. Creo que tiene depresión, pero no soy quién para diagnosticarla.

—Llama al doctor Vogel y que venga a hacerle una valoración —le dijo Markus sin levantar siquiera la vista del teclado.

—Antes de ir a comer lo llamaré para que baje en cuanto pueda.

—Entonces, ¿nos vamos? —le pregunté.

—Sí, cuando quieras.

Apagué el portátil después de mandar el archivo con el informe de alta donde correspondía y me levanté de la silla.

—Doctor Wolf, ¿no viene a comer? —le preguntó Stefan.

—No tengo hambre, ya iré más tarde.

Eso no se lo creía ni él, era una excusa para no tener que compartir mesa conmigo, pensé con amargura, pero si así iban a estar las cosas, pues no sería yo la que le impusiera mi presencia más de lo necesario.

Stefan y yo llegamos a la cafetería, que en esos momentos no estaba muy llena porque era bastante tarde, y cogimos del bufé lo que nos pareció que tenía mejor pinta.

Con las bandejas en las manos, buscamos una mesa y elegimos una que estaba vacía en una esquina.

Al pasar entre las mesas, algunos médicos y enfermeras que estaban allí sentados comiendo o tomando café y que me reconocieron me preguntaron de forma breve, para no entretenerme al ver que iba a comer, cómo estaba o qué hacía allí.

Cuando les dije que era residente, todos se alegraron mucho y me dijeron, sin excepción, que pasara a verlos por sus unidades cuando pudiera para charlar con calma.

—Joder, eres famosa por aquí —dijo Stefan a la vez que se sentaba.

Solté una risita.

—Tanto como famosa no, pero conocida sí. Es lo que tiene haberme pasado nueve años entrando y saliendo de aquí más a menudo de lo que me hubiera gustado y después otros diez años viniendo menos, pero sin dejar de hacerlo.

Stefan me miró alucinado.

Ahí supe que había llegado el momento de contarle por qué muchos me conocían y el motivo de tantas visitas al hospital.

Mientras comíamos empecé a contarle mi historia. No completa, porque eso habría sido imposible, ya que pasaron muchísimas cosas durante aquellos años, así que la resumí contándole solo lo de mayor relevancia.

Le hablé de cómo empezó todo cuando tenía ocho años. De cuándo llegó el diagnóstico, la medicación, las restricciones y todo lo que no podía hacer. De cómo me acostumbré a aquella vida y de cómo tenía rachas mejores y otras peores.

Le conté muy por encima cómo se marchó mi madre y por qué lo hizo.

De cómo a los dieciséis las cosas se pusieron realmente feas y ese año prácticamente estuve más en el hospital que en mi casa, hasta que, ya cumplidos los diecisiete, me hicieron el trasplante, y de cómo fueron los meses posteriores hasta que pude llevar una vida lo más normal posible y retomé mis estudios.

—Y esa es mi historia y el porqué de que aquí muchos me conozcan —dije mientras caminábamos de vuelta a nuestra unidad.

—Joder… Me has dejado helado, no me esperaba una historia así. Ahora entiendo perfectamente por qué Denise te llama pequeña guerrera, es que ciertamente lo eres.

Me encogí de hombros.

—Fue duro, muy duro, de hecho. En muchos momentos no solo yo, sino mucha gente, entre ellos mi padre, mi amiga Nadine, Denise o Markus, pensamos que no lo conseguiría, pero este —dije, tocándome el pecho— llegó justo a tiempo para darme una nueva oportunidad.

—Por eso has elegido esta especialidad, ¿verdad?

Asentí.

—Sí, me gustaría ayudar a gente que esté en una situación parecida a la mía o con otros problemas de corazón. Creo que yo puedo entender mejor que muchos cómo se pueden sentir.

Stefan se me quedó mirando. En su mirada aún estaba reflejada la emoción por lo que le acababa de contar, pero también había un rasgo de orgullo hacia mí.

—Vas a ser una médica fabulosa —dijo a la vez que me pasaba un brazo por encima del hombro para pegarme a él, mostrándome su cariño.

—Vamos a serlo —dije, haciéndolo sonreír y zanjando la conversación.