Markus, ladrón de corazones Capítulo 25
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Capítulo 25

Durante los siguientes segundos, el silencio nos envolvió a los dos. Markus seguía con el rostro serio y vi que estaba pensando en algo, aunque no tenía ni idea de qué podía ser.

Y yo… Pues yo tampoco dejaba de darle vueltas a la cabeza, porque, sinceramente, ¿qué quería que pensara si habían pasado diez años y, en vez de decirme claramente que sabía quién era, se lo había callado?

Era cierto que yo estaba muy cambiada, había crecido y ya no era la cría enferma que él conoció.

Ahora era una mujer, una que había luchado mucho por seguir adelante y que se había esforzado muchísimo para acabar siendo médica, y a la que él durante toda la semana había mirado con indiferencia y frialdad.

Cogí aire antes de contestar.

—Porque han pasado diez años, Markus. Diez putos años desde aquello y no soy la misma, por eso pensé que no sabías quién era.

—Que has cambiado es evidente —dijo, pasando la mirada por todo mi cuerpo de una manera que hizo que se me erizara todo el vello—. Pero no tanto como para no reconocerte.

—Joder, pues lo has disimulado muy bien.

—Has crecido, sí. Ya no eres aquella chica, ahora eres una mujer preciosa, también. Eso es lo que ha cambiado, pero tu nombre sigue siendo el mismo, Annika, y eso no podría olvidarlo nunca.

Otro golpe más, esta vez más fuerte.

No solo porque había dicho que era una mujer preciosa, que madre mía, eso hizo que otro escalofrío me recorriera el cuerpo, sino porque por fin, después de diez años, había vuelto a oírlo pronunciar mi nombre.

—¿Entonces por qué has fingido que no me conocías? —quise saber.

—No he fingido nada.

—No me jodas, Markus, ni me tomes por tonta. Sabes quién soy desde el primer día y no te has dignado a decírmelo. Es que ni siquiera me has dicho nada de nada.

—¿Y qué cojones querías que hiciera? ¿Que me pusiera a hablar contigo para recordar los viejos tiempos delante de todo el equipo?

—¡No, eso no! Pero sí que dijeras algo, lo que fuera. Un «sé quién eres», por ejemplo.

Markus soltó una risa seca y negó con la cabeza.

—¿Y después de eso qué?

Lo miré desconcertada, sin saber qué contestar. Markus dio un par de pasos hacia mí para hablarme más de cerca.

—¿Qué esperabas que pasara después de diez años, Annika? ¿Que te recibiera con los brazos abiertos o con aplausos? ¿Que te preguntara por tu vida y te contara la mierda que hay en la mía? ¿Que nos sentáramos a tomar un café y habláramos de lo que pasó?

Todas y cada una de sus palabras fueron un golpe tras otro.

—No, no esperaba nada de eso. Pero quizá sí que, sabiendo quién era, esperaba al menos que no me trataras como a una inútil que no sabe nada ni como a una enemiga.

—Me comporto así contigo porque eres de primer año, te queda mucho por aprender y lo único que haces es cuestionar cómo hago mi trabajo y recordarme a todas horas mi falta de humanidad.

—Porque me parece increíble que te comportes así, joder. Yo he visto cómo eras antes y esto en lo que te has convertido —dije, señalándolo con el dedo— es un despropósito.

Markus dio los dos pasos que nos separaban y se quedó justo delante de mí. Yo me pegué a la taquilla, pero no bajé la cabeza. En su mirada había otra vez enfado, uno que había regresado después de lo que acababa de decirle.

—No tienes ni idea de lo que ha pasado en mi vida como para que me juzgues —dijo, acercándose un poco a la vez que apretaba más la mandíbula por el enfado que tenía.

—No te estoy juzgando y tienes razón, no sé lo que te ha pasado porque tú no me lo has contado.

—¿Y por qué coño querrías que te lo contara? No creo que eso sea de tu interés.

—Claro que sí, te conozco y tú no eres así, y no dejo de preguntarme qué te habrá pasado.

Su gesto endurecido se relajó un poco.

—No. Tú conocías a un chico que desapareció hace tiempo.

Sentí cómo se me encogía todo por dentro, porque no, no era capaz de aceptar eso que decía.

No podía aceptar que no quedara en él nada de aquel chico.

Yo sabía que sí, que algo tenía que quedar, pero también que algo muy malo tenía que haberle pasado para que hubiera levantado unos muros tan altos como el mismo hospital y hubiera dejado al otro lado a ese Markus al que yo quería.

—No te creo —susurré—. Está aquí —dije a la vez que, con todo el valor del mundo, le ponía una mano en el pecho, a la altura de su corazón.

Markus soltó lentamente el aire que había estado conteniendo.

Y después hizo algo que no me esperaba. Levantó las manos y las apoyó en las taquillas, una a cada lado de mi cabeza.

Al notar su cercanía, todo mi cuerpo se tensó, no por miedo, no, no fue por eso, sino porque recordaba perfectamente, aun habiendo pasado diez años, la misma sensación que me producía su cercanía cuando se sentaba al borde de mi cama para bromear, para charlar de lo que fuera o simplemente para estar conmigo si sabía que tenía un mal día.

Los segundos empezaron a pasar y ninguno de los dos se movió ni habló, limitándonos a mirarnos, incapaces de apartar los ojos el uno del otro.

Quizá debería haberle pedido que se apartara o hacerlo yo misma.

Quizá debería haberle dicho que era mi adjunto, que estábamos en el hospital trabajando, o quizá él mismo debería haber hecho o dicho lo que yo no era capaz de hacer, pero nada de eso pasó porque, en el fondo, para mí y después de cómo lo había visto comportarse toda la semana, seguía siendo el chico del que me enamoré siendo apenas una niña.

Seguimos ahí, respirando el aire del otro por la cercanía de nuestras bocas, midiéndonos con la mirada, hasta que en un momento dado la suya bajó hasta mis labios y sentí que me quedaba sin aire.

Aun así, no pude evitar hacer lo mismo y bajar la mía hacia su boca, que estaba entreabierta porque respiraba de forma acelerada.

Los dos volvimos a levantar la mirada al mismo tiempo, mientras el silencio que nos envolvía se volvía totalmente abrumador y hasta el vestuario parecía haberse hecho mucho más pequeño, o al menos así lo sentía yo.

—No me hagas esto, Annika —susurró, rogando contra mi boca.

—¿Qué?

Cerró los ojos un segundo y soltó un pequeño suspiro.

—No me lo pongas difícil. No pudo pasar entonces y tampoco puede pasar ahora.

Lo miré sin comprender qué quería decir.

—¿Qué es lo que no puede pasar? No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes, lo sabes perfectamente.

—No, no tengo ni idea.

—No me mientas, nunca lo hiciste, no empieces a hacerlo ahora.

—No te estoy mintiendo, Markus —susurré.

Y de verdad que no lo estaba haciendo, porque la única idea que se me había pasado por la cabeza de lo que podría estar refiriéndose la deseché un segundo después, porque no podía creer que fuera cierto.

Aunque, mientras seguía mirándome, las palabras de Nadine, diciéndome que siempre me había mirado de manera diferente, empezaron a retumbar con fuerza en mi cabeza y me pregunté si mi amiga tendría razón.

Me fijé más en su mirada y mi corazón empezó a latir más deprisa de lo que había latido nunca al ver que Nadine podía tener razón y que sí que me estaba mirando de esa forma en la que yo siempre había deseado que lo hiciera.

Markus volvió a bajar la mirada hasta mis labios, pero no se quedó solo ahí. Bajó una mano, creo que sin pensar ni en lo que hacía, y me acarició con los dedos el labio inferior.

—Markus…

—Annika…

Los dos pronunciamos nuestros nombres al mismo tiempo. No sabría decir qué le provocó a él escuchar el suyo saliendo de mi boca como un ruego, pero a mí oír el mío de sus labios hizo que el estómago me diera un vuelco y sintiera aquel cosquilleo, como si mil mariposas revolotearan a la vez.

—Annika, no me hagas esto, por favor —volvió a rogarme—. Esto no puede pasar.

—¿Y si yo sí quiero que pase? ¿Y si no quiero que me digas lo que puedo o no puedo hacer?

Vi la sorpresa en sus ojos porque seguramente no esperaba esa respuesta por mi parte y quizá yo tampoco, pero mis palabras salieron solas por mi boca sin que me diera tiempo a detenerlas. El deseo que se estaba acumulando en mi cuerpo apenas me dejaba pensar con claridad.

—No sabes lo que estás diciendo —murmuró a la vez que negaba con la cabeza.

—Sí que lo sé.

—No, Annika, no lo sabes. No tienes ni idea.

—Entonces explícamelo.

Movió la mano que seguía en mi cara y me acarició la mejilla a la vez que apretaba los labios, como si estuviera debatiéndose internamente sobre qué hacer o qué no.

—Debería irme —murmuró de nuevo.

—¿Y por qué no lo haces?

—Entonces pude resistirme, pero ahora no.

—¿A qué te resististe?

Soltó un suspiro.

—A ti, Annika, a ti.

Su confesión me dejó sin palabras. Con ellas supe claramente que Nadine tenía razón y que ella había visto algo que yo o no vi o sí que vi, pero no quise creer, porque me pareció imposible que un chico ocho años mayor que yo y, encima, médico, se fijara en mí estando en el estado en el que estaba.

—Entonces eras una niña y yo lo sabía —dijo con un rastro de dolor en la voz—. Por eso pude, aunque me costó muchísimo, guardar las distancias y no hice nada ni te dije nada.

Hizo una pausa para bajar la mirada hasta mis labios una vez más antes de seguir hablando.

—Pero ahora… —Paró para negar con la cabeza—. Ahora me lo estás poniendo muy difícil porque ya no eres una niña.

—No te he dicho nada ni tampoco he hecho nada —susurré.

—No hace falta. Solo con tenerte delante, eres para mí una tentación muy grande, la más grande que he tenido nunca en mi vida.

Gracias a Dios estaba apoyada en las taquillas cuando me dijo eso porque me temblaron hasta las piernas. Si no hubiera sido así, igual me habría caído al suelo de la impresión.

Mi mano seguía en su pecho; ni siquiera recordaba cuándo la había puesto, pero agarré con fuerza su casaca como si temiera que se separara de mí, al mismo tiempo que mi mirada bajaba otra vez a sus labios y me mordía los míos, intentando ser yo la que se resistiera a hacer lo que me pedían mi cuerpo, mi mente y mi corazón, que no era otra cosa que lanzarme contra su boca como una loca y besarlo.

—No hagas eso —susurró a la vez que pegaba un poco más su cuerpo al mío, creo que sin darse cuenta o sin pensarlo, simplemente por instinto.

—¿El qué?

—Provocarme. Tu cuerpo me está llamando a gritos.

—No te estoy provocando.

Negó con la cabeza y soltó una risa ligera, una sincera, una que le salió de lo más hondo y, por un momento, al oírlo reír así, vi al Markus de hacía diez años, al de verdad. No al impostor que había tenido delante durante toda la semana.

—Yo no soy tan fuerte —murmuró más para él que para mí.

—¿Qué?

Se quedó unos segundos mirándome y vi cómo se debatía, cómo estaba intentando decidir qué decisión tomar.

—Que ya no soy tan fuerte, no como hace diez años, al menos. Que no puedo más, que me rindo.

Nada más acabar de decir eso y sin que lo viera venir, levantó la mano que tenía a un lado del cuerpo y con las dos me sostuvo la cara a la vez que clavaba su mirada en la mía, y en ella vi muchas cosas.

Vi emoción, vi ruego, vi perdón, deseo, dolor y algunas cosas más que no supe identificar.

Pero lo que más primaba era la rendición.

Yo me quedé inmóvil, pero él no. No dudó después de esa rendición, no quiso o no pudo hacerlo; acercó su cara a la mía y por fin posó sus labios sobre los míos.