Markus, ladrón de corazones Capítulo 24
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Capítulo 24

La consulta en urgencias fue bien, o todo lo bien que podía ir.

Markus estuvo más borde de lo normal y eso ya era mucho decir en él.

Por suerte, la mujer, como había insinuado Josef, tenía una arritmia, sí, pero debida al ataque de pánico que había sufrido, y todo quedó en manos de Emil, el «amigo» de Nadine, al que llamaron después de irnos nosotros para que fuera él quien la tratara.

El hombre por el que mi amiga suspiraba, y al que Josef me presentó antes de irnos, me pareció, como había dicho Denise, un amor, y estaba segura de que era el hombre perfecto para Nadine.

Después de nuestra visita a urgencias, que duró aproximadamente una hora, ya que Josef no nos dejó irnos hasta que Markus aceptó tomar un café rápido con él, y yo también por extensión, en su despacho, las cosas se pusieron todavía un poco más tensas.

Josef no dejó de bromear conmigo y yo no pude evitar seguirle el juego. Markus solo se dedicó a guardar silencio, rechinar los dientes, apretar los puños y fulminarnos con la mirada todo lo que pudo.

Cosa que no entendí y en la que tampoco quise pensar.

Cuando subimos en completo silencio a nuestra planta, retomamos la ronda y no paramos ni un segundo hasta que la terminamos.

Miré el reloj por segunda vez en diez minutos antes de seguir preparando el informe de alta que Markus me había pedido, u ordenado, mejor dicho, hacer, mientras lo miraba de vez en cuando.

Los dos estábamos sentados uno enfrente del otro en la sala de reuniones, cada uno con su portátil y en completo silencio, uno que a cada minuto que pasaba se me estaba haciendo más y más pesado.

O quizá era el día lo que se me estaba haciendo pesado y solo pensar que me quedaban muchas horas por delante que compartir con él hacía que todo el cuerpo se me revolviera.

Volví a levantar la vista hacia el reloj y a pensar que iba muy tarde con mi rutina, y eso era algo que me ponía nerviosa.

Hacía al menos media hora que debería haberme tomado mi medicación. Que no pasaba nada si un día me retrasaba un poco, pero desde que me hicieron el trasplante eso era algo que había incorporado a mi vida como una rutina fija e innegociable que nunca me saltaba.

Había organizado mi vida y todo lo que hacía alrededor de mi medicación, mis consultas médicas y mis análisis frecuentes, y desde luego que no pensaba cambiar eso ni descuidarlo por estar trabajando.

Paré de escribir y volví a mirar el reloj, pensando si esperar los quince minutos que me quedaban, al menos, para terminar el informe o levantarme e ir ya, y seguir con ello después.

Ni siquiera tuve que pensarlo dos segundos. Primero estaba mi salud, porque si esa fallaba, no podría ayudar a los demás con la suya, así que retiré la silla hacia atrás despacio y me levanté.

—¿Tienes algo que hacer? —me preguntó Markus sin levantar siquiera la vista de su portátil, en el que estaba escribiendo y había parado al oírme levantar.

—Pues sí, ahora vuelvo —contesté, dando dos pasos hacia la puerta.

—No has terminado.

—Lo sé.

—Entonces, ¿dónde coño vas?

Respiré hondo para no explotar al oírlo hablarme en ese tono.

—Tengo que hacer una cosa, ahora vuelvo.

Markus levantó la mirada y me miró con el ceño fruncido.

—Lo que sea que tengas que hacer, lo haces cuando termines —me ordenó en un tono muy seco.

—¿Perdón?

—Me has oído perfectamente. El trabajo nunca se deja a medias. Primero terminas el informe de alta y luego, si puedes, te tomas un café, descansas o vas a buscar a Gruber para hablar de cualquier tontería, pero eso después. Las obligaciones van por delante.

Conté hasta tres, respiré muy hondo y me controlé más que nunca para no mandarlo a la mierda o cometer un homicidio, como había dicho su amigo.

—Yo no he dicho que no vaya a terminar mi trabajo, solo he dicho que tengo algo que hacer y que ahora vuelvo.

—Y yo te estoy diciendo que primero acabes el puto informe.

—Yo te he dicho que necesito salir ahora y es lo que voy a hacer.

—No me hagas tener que repetírtelo, siéntate y termínalo antes de irte.

Lo miré sorprendida.

Su actitud los días anteriores había sido desagradable con todo el mundo, no solo conmigo. Pero aquella mañana ya estaba siendo totalmente insufrible, sobre todo conmigo.

Desde primera hora me había buscado la lengua y las vueltas de una manera increíble, aunque tenía que reconocer que yo a él también, y había momentos en los que hasta podía decir que me parecía divertido.

Pero en ese momento de divertido no tenía nada. No solo estaba siendo desagradable, borde y más inhumano que nunca, sino que estaba siendo un cabrón de primera.

Le sostuve la mirada un par de segundos y vi que estaba echando fuego por los ojos al comprobar que seguía sin obedecerlo y sin sentarme.

Supe que la bronca que íbamos a tener cuando volviera iba a ser épica, pero me dio completamente igual.

Tenía que tomar mi medicación y ni él ni nadie me lo iba a impedir.

Si quería gritarme, putearme o incluso hacer que me asignaran otro adjunto, que lo hiciera, pero yo no cedí.

Me di la vuelta, abrí la puerta y me marché.

Recorrí el pasillo a toda prisa y entré en el vestuario.

Abrí mi taquilla y saqué de la mochila mi dispensador de pastillas y una botella pequeña de agua que siempre llevaba. Saqué las pastillas correspondientes a la toma del mediodía y me las metí en la boca.

Apenas las había tragado con el trago de agua que di cuando la puerta se abrió de golpe y por ella apareció Markus, totalmente furioso.

Me miró de arriba abajo y, cuando llegó a mis manos, detuvo un segundo la mirada en el dispensador de pastillas, levantó la mano, consultó la hora y volvió a mirarme.

Y ahí me quedé helada.

Su mirada de furia cambió radicalmente en apenas dos décimas de segundo por una que no supe descifrar, una mirada que decía muchas cosas.

—¿Por qué cojones has esperado tanto para venir a tomártelas? Deberías haber venido antes —dijo con la voz muy tensa.

Lo miré completamente desconcertada.

—¿Qué?

—La medicación es sagrada, no puede esperar por nada.

Sus palabras me dejaron tan alucinada que tardé un par de segundos en reaccionar y contestar. No por lo que me había dicho, sino porque había un tono de preocupación en su voz que no me esperaba por nada del mundo.

—¿Tú cómo sabes que tengo que tomar medicación y, lo más raro, cómo sabes a qué hora tengo que hacerlo?

Se quedó inmóvil.

Yo lo miré directamente a los ojos y en dos segundos comprendí lo que pasaba. Ni siquiera hizo falta que me contestara para saberlo.

Markus no había supuesto que tomaba medicación al verla en mis manos, ni tampoco alguien se lo había dicho. No, ese no era el motivo. El único motivo por el que lo sabía era porque sabía perfectamente quién era yo.

Y al darme cuenta de aquella certeza, el corazón me dio un vuelco y todo por dentro se me revolvió.

—Me cago en la puta… Esto es increíble —dije con un hilo de voz.

Markus siguió mirándome con intensidad, pero no dijo nada. Y yo guardé las pastillas y la botella en la mochila mientras digería lo que estaba pasando antes de seguir hablando.

—Sabes quién soy —afirmé.

Se encogió de hombros y eso hizo que una ira que nunca había sentido me recorriera todo el cuerpo.

—Claro que sé quién eres. ¿Cómo no voy a saber quién eres?

Solté una risa sin humor. Era eso o echarme a llorar allí mismo y, sinceramente, no era el momento ni el lugar, aunque ganas no me faltaron.

—¡¿Y por qué coño no me has dicho nada?! —pregunté alterada.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? ¡Que por qué no me has dicho nada! Llevamos una semana trabajando juntos y has estado tratándome como a una desconocida. Me has tocado las narices por todo y no has tenido la decencia o los cojones suficientes para decirme que sabías quién era.

—¡Tú tampoco me has dicho nada! —respondió, empezando a alterarse como lo estaba yo después de mi recriminación.

Lo miré totalmente alucinada.

—¿Qué?

—Me has oído perfectamente.

—¿Cómo iba a decirte algo? He pensado todo este tiempo que no te acordabas de mí.

Markus apretó la mandíbula con fuerza.

—¿Cómo has podido pensar que podía olvidarme de ti?

Su pregunta me golpeó con fuerza.

Tanta que me quedé totalmente inmóvil y durante unos segundos no supe qué decir ni cómo reaccionar.