Markus, ladrón de corazones Capítulo 23
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Capítulo 23

Markus y yo empezamos con la ronda como cualquier otro día.

Pasamos por todas las habitaciones para ver la evolución de los pacientes, comprobar que todo iba como debería y para que él, por supuesto, ajustara la medicación si era preciso o mandara realizar alguna prueba más, además de las que ya se les habían hecho.

El tiempo durante la mañana transcurrió lento y hasta tedioso, no porque no me gustara mi trabajo, sino porque no había podido cumplir lo que le había dicho a Denise que intentaría hacer: no darle caña.

Y es que de verdad que yo intentaba contenerme, pero Markus no me lo ponía fácil, nada fácil.

Era como un robot que, desde que habíamos salido de la sala de reuniones, se había puesto en piloto automático y hacía todo de forma cuadriculada. Ni el más mínimo cambio había en él en comparación con los días anteriores.

Seguía con su actitud distante con los pacientes y eso cada vez me irritaba más, por lo que no fui capaz de callarme.

Durante toda la ronda habíamos hecho nuestro trabajo. Yo había intentado estar atenta a todo e ir apuntándolo mentalmente para que luego no pudiera recriminarme que no estaba prestando atención, que había preguntado lo que no debía o que no lo había hecho en el momento que él creía oportuno.

Durante la mañana me di cuenta, por cómo me miraba muchas veces mientras discutíamos, de que no solo estaba enfadado con el mundo, sino que parecía estarlo conmigo mucho más que con el resto.

No hubo cosa por la que no discutiéramos.

Daba igual si era por una pregunta que yo le hacía o por una que él me hacía a mí, el caso era discutir y me pareció en muchos momentos que aquello no iba a ser así solo hasta que nos adaptáramos el uno al otro en nuestra forma de trabajar, sino que iba a convertirse, si no lo había hecho ya, en nuestra rutina.

Y era agotador estar compartiendo horas con alguien de aquella manera.

Salimos de una de las habitaciones y busqué con la mirada a Stefan, a ver si lo veía por el pasillo.

No hubo suerte. Desde que se había ido a primera hora con la paciente del caso que Markus le había dado, no había vuelto a verlo y de eso hacía ya al menos cuatro horas.

Al menos los días anteriores, con su presencia, sus bromas y la manera sutil que tenía de frenarme un poco para que en muchas ocasiones me callara y no le dijera a Markus lo que necesitaba o quería decirle, evitando así que empezáramos otra discusión, me había hecho las mañanas más llevaderas.

Pero aquella, al no estar él, se me estaba haciendo cuesta arriba.

—Nos quedan tres pacientes para terminar la ronda.

—Lo sé.

—¿Llevas la cuenta?

Lo miré poniendo los ojos en blanco, preguntándome qué clase de pregunta era aquella.

Por supuesto que llevaba la cuenta. Saber cuántos pacientes teníamos y qué le pasaba a cada uno de ellos era parte de nuestro trabajo, o al menos así lo veía yo, y si los demás no lo hacían era problema suyo, pero yo sí que lo hacía y pensaba seguir haciéndolo.

Ya estaba agotada aquella mañana, así que me mordí la lengua y decidí no contestarle, porque sabía que, con lo irritada que estaba, no iba a hacerlo de buenas maneras y acabaríamos enzarzándonos en otra discusión, algo que de verdad no me apetecía.

—¿Te he hecho una pregunta?

—Lo sé, no estoy sorda —dije, mordiéndome la lengua, esa que claramente me estaba buscando.

Fruncí el ceño y me pregunté si me hacía preguntas como aquella porque era así de pesado o lo hacía para buscarme y empezar una nueva discusión.

Y es que había llegado a un punto en el que empezaba a pensar que me buscaba para que discutiéramos porque le gustaba hacerlo, ya que otra explicación lógica no encontraba.

—Pues no lo parece, porque no contestas. ¿O es que quizá no te da la gana hacerlo?

Exactamente eso mismo es lo que pasa, que no me da la gana de hacerlo , quise contestarle, pero me callé y me puse a pensar qué decirle para que me dejara en paz.

No me dio tiempo a encontrar las palabras, porque el busca que Markus llevaba en el bolsillo de la casaca sonó y él lo sacó a toda prisa para comprobar de qué se trataba.

—Nos necesitan en urgencias. Vámonos, acabaremos la ronda después.

Asentí y, sin decir nada, emprendí la marcha detrás de él por el pasillo. Al pasar al lado de Denise, le dio el taco de carpetas que llevaba en la mano y le dijo que las dejara en la sala de reuniones, que nos íbamos a urgencias.

Por suerte, el personal tenía un ascensor de uso exclusivo y ese fue el que cogimos para no perder tiempo.

—Ahí abajo las cosas son diferentes, así que quédate a mi lado y observa. No cuestiones todo, porque no tenemos tiempo de discutir. Cuando acabemos, ya dirás lo que quieras.

Lo miré con los ojos abiertos como platos.

Pero ¿cómo podía tener el descaro de decirme aquello si la mayoría de las discusiones que habíamos tenido durante la mañana las había empezado él?

Apreté los labios con fuerza y me callé.

Tuve que hacerlo para no decirle lo que realmente pensaba, porque si lo hubiera hecho habría desatado una nueva batalla que quizá sí que nos retrasaría, y eso no nos lo podíamos permitir.

—¿Has oído lo que te he dicho? —preguntó a la vez que salía del ascensor.

Resoplé.

Aquel día Markus estaba peor que ninguno de los anteriores y su actitud empezaba a resultar agotadora. Estaba a punto de acabar con mi paciencia.

—Lo he oído.

—Bien, ahora solo te queda cumplirlo.

Ni me molesté en contestarle. Decidí que no merecía la pena.

Entramos en urgencias y fuimos directamente a una sala en la que había varios médicos y enfermeras.

En cuanto entramos, todas las miradas se dirigieron hacia nosotros.

Me fijé de pasada en los rostros de muchos de ellos y me sorprendió lo que encontré o quizá, conociendo aquella nueva versión de Markus, no lo hizo tanto.

Algunos de los presentes contuvieron el aliento, un par de ellos se pusieron rígidos y otros retiraron la mirada a toda prisa. Desde luego que Markus causaba sensación allí por donde pasaba, pensé mientras lo seguía, ya que él tenía un objetivo fijo y fue directamente hacia uno de los médicos.

Uno que yo no conocía.

Me fijé en él antes de llegar. Era rubio, más o menos de la edad de Markus, pero no tenía nada que ver con él o, más bien, con su actitud robótica.

El médico estaba completamente tranquilo, leyendo un historial que tenía en las manos, y cuando levantó la cabeza al oírnos acercarnos, me gustó lo que vi.

No porque fuera guapo, que lo era, sino porque tenía una mirada cálida, humana, de esas que transmiten confianza sin necesidad de decir una sola palabra, muy parecida a la que tenía Markus en el pasado y que, por desgracia, había desaparecido.

—Josef, ¿qué tenemos?

—Buenos días a ti también, Markus —contestó poniendo los ojos en blanco.

—Déjate de tonterías, has dicho que bajara, que necesitabas un cardiólogo.

—Y lo necesito, o mejor dicho, la paciente lo necesita, pero eso no está reñido con la educación. La gente, cuando se ve, se saluda, ¿sabes?

No pude evitarlo y solté una risita baja.

El médico giró la mirada hacia mí y me repasó de arriba abajo con rapidez hasta que se detuvo en mi cara y sonrió.

—¿Y tú eres?

—Annika Mayer, residente de primero —dije, alargando la mano para saludarlo.

—Josef Walter, médico de urgencias, el mejor amigo de tu adjunto y tu cita mañana si quieres salir a cenar —contestó estrechándome la mano.

Me cayó bien al instante. Se le veía un hombre divertido y bromista, porque lo de la cita me lo había dicho bromeando, o al menos eso me transmitía la diversión que había en sus ojos.

Lo que me dejó un poco descolocada fue lo de que era el mejor amigo de Markus.

Eran, sin lugar a dudas, como la noche y el día.

Sus caracteres, y eso que solo habíamos cruzado unas frases, me parecieron totalmente opuestos, pero claro, lo mismo por eso encajaban, pensé mientras pasaba la mirada de uno a otro con rapidez.

—Josef, déjate de gilipolleces.

—Oye, que no es una gilipollez. Si ella quiere salir a cenar, yo estaría encantado.

Vi cómo Markus se tensaba mucho más de lo que ya lo estaba y cómo apretaba los dientes, cabreado.

—Estamos trabajando —dijo en un tono seco que hasta a mí me sorprendió.

—Tú adoras la medicina, ¿verdad? —me preguntó Josef, ignorando a Markus.

—Sí.

—Lo suponía. Si no fuera así, después de compartir turno con aquí el doctor «estoy enfadado hasta con los extraterrestres de otros planetas», habrías abandonado, pedido un traslado o cometido un homicidio.

Solté una pequeña carcajada.

—Abandonar no es una opción para mí; el traslado no estoy segura de que me lo dieran y lo del homicidio te aseguro que no lo descarto y que lleva presente en mi mente desde que empecé, pero de momento me estoy conteniendo, con mucho esfuerzo, pero lo estoy haciendo.

Josef soltó tal carcajada que todos los presentes se giraron para mirarlo.

—Dios… Me encantas.

—Gracias, supongo.

—Markus, ¿te lo está poniendo difícil la novata?

Markus rechinó los dientes y lo fulminó con la mirada para, un segundo después, mirarme a mí y hacer lo mismo.

—Vale, no hace falta que me contestes, tu mirada lo dice todo —se volvió hacia mí—. Y tú sigue así, Annika, mi amigo necesita que alguien le recuerde cómo ser una persona.

—Josef, deja de tocarme los cojones y dime a qué paciente tengo que mirar. No tengo tiempo para tus tonterías hoy.

Josef resopló, pero, sin que lo viera Markus, se giró un poco y me guiñó un ojo divertido. Yo me aguanté la risa y no dije nada más.

—Venid conmigo, es una mujer que está en el box cinco. Tiene una arritmia, pero creo que es debido al ataque de pánico que tenía cuando llegó hace media hora. Prefiero que le echéis un vistazo por si acaso; su corazón va muy acelerado.

Markus y yo lo seguimos hasta el box en silencio. Y es que cualquiera decía nada. Yo, al menos, no me atreví, ya que Markus estaba más enfadado de lo que lo había visto los días anteriores, así que decidí ver, oír y callar.