Markus, ladrón de corazones Capítulo 22
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Capítulo 22

Como cada mañana, antes de empezar nuestro turno, fuimos a nuestra primera parada, que no era otra que la sala de enfermeras para dar los buenos días a Denise.

—Buenos días —dijimos a la vez, asomando la cabeza por la puerta.

—A vosotros dos os estaba yo esperando.

—Uy… Eso no ha sonado muy bien —me dijo Stefan en un susurro, conteniendo la risa.

—Muchacho, te he oído.

—Imposible —dijo Stefan, mirándome asombrado de que eso fuera posible, ya que Denise se había alejado unos pasos.

—Tengo cincuenta y nueve años y puede que mi vista ya no sea la misma —dijo, señalándose las gafas que llevaba puestas—, pero te aseguro que el oído lo sigo teniendo muy fino, así que no me subestimes.

—No osaría yo hacer tal cosa, oh, reina de las enfermeras —contestó y, haciendo el payaso, acompañó sus palabras con una reverencia que nos hizo reír a las dos.

—Tomad, para que os ayuden con la guardia de hoy —nos dijo Denise, dándonos tres bombones a cada uno.

—Oh… Cuánto te quiero —dije, lanzándome hacia ella para darle un abrazo.

—Yo mucho más —dijo Stefan, uniéndose a nuestro abrazo y rodeándonos con sus brazos a las dos.

—Y ahora largaos, que no quiero que lleguéis tarde, y portaos bien.

—Annika, eso lo dice por ti.

—¡Oye! Que yo siempre me porto bien.

Los dos me miraron alzando las cejas y con un gesto que decía claramente que no me lo creía ni yo.

—Bueno… Vale… Lo intentaré.

—Con eso me conformo. Aunque no te lo creas, mi otra debilidad tiene sus motivos para comportarse así, y seguro que pronto te enterarás de cuáles son. No digo que su actitud sea la correcta, pero tiene sus razones. Así que no le des más caña de la necesaria.

Su otra debilidad era Markus, por supuesto, y no era la primera vez que me decía cosas por el estilo. Eso no hacía sino aumentar la necesidad que tenía de saber qué era lo que le había pasado para que estuviera tan amargado.

Porque durante la semana, evitando que él lo notara, lo había observado mucho, más de lo que debería, quizás, y me había dado cuenta de que en muchos momentos se quedaba pensativo, pero no me daba la sensación de que esos pensamientos tuvieran nada que ver con el trabajo.

Más bien parecían tener, o eso creía yo, algo que ver con su vida personal. También en alguna ocasión me había dado cuenta de que por sus ojos pasaba algo parecido al dolor y la frustración, que acababa convirtiéndose en enfado.

Y si a todo eso le añadíamos que en alguna ocasión le había sonado el móvil y, al ver el mensaje que le habían mandado, su humor empeoraba en décimas de segundo, pues mi mente había ido atando todos esos cabos y había llegado a la conclusión de que algo muy malo le había pasado o, al parecer, le seguía pasando.

—Está bien, le daré solo la justa. Pero eso sí, si me busca, sabes que me va a encontrar y ahí ya no prometo nada.

Denise asintió sonriendo y yo hice lo mismo antes de marcharnos hacia el vestuario.

Stefan abrió la puerta y pasó primero. Yo lo hice detrás, pero choqué con él porque se quedó parado a solo dos pasos de la entrada.

Levanté la cabeza para preguntarle qué narices hacía, pero me quedé estupefacta al ver lo que teníamos delante.

Markus estaba de espaldas a nosotros, con su taquilla abierta, en la que parecía estar buscando algo. Hasta ahí, todo bien. Lo que ya no iba tan bien eran los calores que me recorrieron todo el cuerpo al ver cómo estaba.

Llevaba puestos los pantalones del pijama y los zuecos cerrados que solía usar, que eran iguales que los míos, pero de color negro. Sin embargo, en la parte de arriba no tenía nada puesto, estaba con el torso al descubierto.

No pude evitar darle un repaso completo.

El trasero se le marcaba perfectamente. Era de esos respingones que te atraían como a una polilla la luz y te daban ganas de darle un azote o un pellizco.

Seguí subiendo la mirada y mi calor aumentó al fijarme en su espalda.

Sus hombros eran anchos y en toda la espalda se le marcaban los músculos. Se notaba a leguas que estaba en forma y que se cuidaba bastante.

Seguramente iba al gimnasio o hacía algún deporte, porque aquel cuerpo o tenía la gran suerte de ser pura genética o era imposible conseguirlo estando todo el día de pie, viendo paciente tras paciente.

Stefan me dio un pequeño codazo. Nos miramos y solo con eso supimos qué hacer, ya que Markus, aunque había oído entrar a alguien, ni siquiera se había dado la vuelta para ver quién era.

—Buenos días —dijimos a la vez.

Su respuesta no nos sorprendió mucho, la verdad. Quizá hasta esperábamos que fuera así.

Giró la cabeza por encima del hombro, nos miró, asintió y volvió a girarse para, a continuación, ponerse la casaca, cerrar la taquilla, coger las cosas que había dejado en el banco y salir del vestuario en completo silencio.

Los dos nos quedamos mirando la puerta unos segundos, hasta que yo rompí el silencio.

—Es increíble, ¿tanto le costará saludar? —dije, quejándome mientras caminaba hacia mi taquilla.

—Desde luego, nadie puede negar que es un gilipollas.

Giré la cabeza y me eché a reír al ver cómo Stefan ponía los ojos en blanco y resoplaba.

—Como te oiga, vas a chupar guardias hasta que te jubiles.

—Lo sé, pero no he mentido.

—No, ahí te tengo que dar la razón.

—Aunque tampoco podemos negar que el tío está buenísimo.

Me quedé mirándolo con la boca abierta unos segundos mientras procesaba lo que acababa de decir.

—¡Stefan! —dije riéndome.

—¿Qué? Es la pura verdad, el tío está que cruje.

—¿Pero tú no me has dicho que tienes pareja?

—Anda, coño, y la tengo, pero no soy ciego —dijo, encogiéndose de hombros tan tranquilo—. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Yo a Julian lo quiero mucho, pero también puedo reconocer cuando un tío está como un tren y Wolf lo está.

Negué con la cabeza mientras sacaba mi uniforme de la taquilla.

—Eres increíble.

—Y tú no te hagas la tonta, que bien que lo has mirado y sé que piensas lo mismo.

Levanté la cabeza de golpe para mirarlo.

—¿¡Qué dices!? Yo apenas me he fijado en él.

—Sí, claro, por supuesto. Ese cuento se lo explicas a otro, que te he visto con mis dos ojitos y, como ha dicho Denise de sus oídos, yo te digo lo mismo de mis ojos: la vista la tengo perfecta.

Un calor repentino se me subió a la cara al verme descubierta y me di la vuelta con rapidez para que no viera que seguramente se me habían puesto las mejillas rojas como un tomate.

—Te digo que no, que apenas lo he mirado un segundo —insistí.

—Annika, no pasa nada. Conmigo no tienes que justificarte por mirar lo que te dé la gana. Es más, si no lo hubieras hecho, me preocuparía, porque este hombre está para comérselo con los ojos.

Giré la cabeza hacia Stefan y vi que el muy capullo estaba conteniendo la risa.

—Oh… Déjame en paz, eres insoportable —dije, negando con la cabeza y riéndome a la vez.

—Quizá, pero aun así sé que estás encantada de compartir tu primera guardia conmigo.

—Lo estaba, pero creo que me estoy empezando a arrepentir.

Terminamos de cambiarnos mientras seguíamos bromeando y riéndonos de las tonterías que decía Stefan y, diez minutos después, cinco antes de que empezara nuestro turno, entramos en la sala de reuniones, donde Markus ya estaba esperándonos.

—Antes de empezar con la ronda, quiero que echéis un vistazo a este historial y me digáis qué veis. Es de una mujer que ha ingresado hace tres horas.

Ese fue su saludo nada más entrar, a la vez que nos pedía con la mano que nos sentáramos.

Nos pasó la carpeta del historial y Stefan fue quien la cogió y la abrió encima de la mesa, poniéndola en el medio para que los dos pudiéramos leerlo a la vez.

Los siguientes minutos estuvimos en silencio. Stefan y yo leyendo, y Markus esperando a que termináramos.

La paciente, una mujer de cuarenta y dos años, había ingresado, como había dicho, tres horas antes, después de estar desde la tarde anterior en la zona de urgencias, donde le habían llevado a cabo varias pruebas, entre ellas análisis de sangre y orina, un electro y alguna más de las que suelen hacerse por rutina.

Pero en el informe del médico de urgencias, en el que explicaba el dolor del que se quejaba la paciente, había algo que no encajaba.

—¿Qué opináis? —nos preguntó al ver que habíamos terminado de leer.

Stefan fue el primero en hablar, diciéndole que, con lo que le habían hecho y los signos que presentaba, era imposible acercarse a un diagnóstico.

Markus asintió.

—¿Doctora Mayer?

Levanté la cabeza para mirarlo.

—Yo creo que hay un par de datos que deberíamos comprobar antes de intentar buscar un diagnóstico.

—¿Cuáles?

—Creo que hay una contradicción, algo no encaja. Por eso digo que deberíamos comprobar…

Me cortó en seco, sin dejarme terminar la frase.

—Hable claro y dígame cuál es esa contradicción.

—Según lo que pone ahí, la paciente ha explicado qué siente cuando le duele el pecho y ese dolor, según ella, cambia de repente.

Eso es lo raro, porque al principio el dolor es típico de una enfermedad cardíaca, pero al momento, según ella, cambia y esa otra forma que explica es signo de una enfermedad completamente distinta.

Markus asintió, complacido con mi explicación.

—¿Y eso qué nos hace pensar?

—¿Dos dolencias cardíacas distintas a la vez? —preguntó Stefan.

—Que miente —dije yo a la vez.

—¿Crees que miente? ¿Crees que se lo está inventando? Lo mismo no ha sabido explicarse —me dijo Stefan, confundido.

—Ha detallado el dolor con mucha precisión, demasiada, o eso creo.

Los dos giramos la cabeza hacia Markus, que estaba esperando a que termináramos de hablar.

—Las dos opciones son posibles. Puede tener dos dolencias, incluso opuestas. Es raro, pero no imposible. Sin embargo, yo me decanto por la segunda; también creo que miente.

—¿Por qué? —le preguntó Stefan, muy intrigado.

—Eso es precisamente lo que vas a averiguar. Coge el historial y vete con ella. Con lo que te gusta charlar, estoy seguro de que la harás hablar también y acabará contándote por qué está aquí en realidad.

—¿Crees que está aquí sin estar enferma? ¿Por qué haría alguien algo así?

—Por diversión, por aprensión, por miedo, por aburrimiento, porque necesita compañía, porque no tiene dónde ir y aquí tiene comida y cama gratis —dije sin pararme a pensar; simplemente aquella lista salió por mi boca de golpe.

—Joder…

—Doctor Gruber, ve y averígualo. No hagas nada si dudas sin consultarme y, si crees necesario hacer pruebas, hazlas. No podemos dar por hecho que miente; eso solo es una especulación que tenemos que comprobar.

—Bien —dijo Stefan, tan contento porque le hubiera dado el caso, a la vez que se levantaba de la silla.

—Tú y yo vamos a hacer la ronda y también bajaremos a urgencias si nos necesitan.

—Vale —respondí antes de levantarme de la silla al mismo tiempo que lo hacía él para marcharnos.

—A ver si hoy es posible que no me lleves la contraria, no me sermonees y no me cuestiones.

—Eso solo dependerá de ti y de cómo te comportes —dije, encogiéndome de hombros antes de caminar por el pasillo hacia las habitaciones sin esperarlo.