Markus, ladrón de corazones Capítulo 21
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Capítulo 21

Nada más despertarme esa mañana, lo primero que hice, sin ni siquiera abrir los ojos, fue pasarme una mano por la cara y resoplar pensando en el día tan largo que me esperaba.

Como Stefan había predicho, y por supuesto no se había equivocado, la primera guardia nos iba a tocar hacerla a nosotros y sería precisamente ese día, que era sábado, cinco días después de empezar mi residencia.

Desde luego que nadie podía negar que mi vida se había vuelto de lo más interesante, por definirla de alguna manera, y estaba segura de que las veinticuatro horas que trabajaría ese día aburridas no serían.

Pero eso no solo era debido a las muchas cosas que estaba aprendiendo, que también, eso nadie lo podía discutir, sino que lo que no iba a dejarme aburrirme y, más bien, me pondría de los nervios, de la misma manera que había pasado durante los últimos días, era la guerra abierta que teníamos Markus y yo.

Esa semana a su lado había aprendido que Markus era mejor médico de lo que yo había esperado.

Veía cosas que al resto se nos escapaban y tenía un diagnóstico en mente antes incluso de ver los resultados de las pruebas que habíamos hecho a los pacientes, pero también había descubierto que tenía una capacidad innata para sacarme de mis casillas sin necesidad de abrir la boca.

Pero podía afirmar que yo también tenía la capacidad, porque mi forma de ser no me dejaba actuar de otra manera, de no callarme nada de lo que hacía si no me parecía justo.

Y esa combinación, la de él de irritarme y la mía de llevarlo al límite, lo único que había conseguido era que, durante las horas que pasábamos juntos, que no eran pocas, pareciéramos dos contrincantes dentro de un ring, atacándonos el uno al otro todo el tiempo.

Markus, durante esa semana, me había recordado en más ocasiones de las que podía contar que era una residente de primer año y que lo que tenía que hacer era observar, callar y no abrir mi bocaza hasta que él me preguntara algo.

Como también me había dicho varias veces, y no de muy buenas maneras, que dejara de cuestionar cómo hacía las cosas.

Pero yo, por mi parte, durante la semana, fiel a mí misma, no me había callado si había visto algo que no me cuadraba.

Había preguntado todo lo que no sabía y lo que sabía también, para asegurarme, y había llegado un momento en que ya no sabía si eso último lo hacía para quedarme tranquila o directamente para tocarle las narices, como a mí me las tocaba su actitud.

Y tampoco había perdido la oportunidad de decirle, todas las veces que había creído oportuno, cuando lo veía hablar con los pacientes o con nosotros, que dejara de comportarse como un robot y que se sacara el palo que parecía tener metido por el culo, a ver si así conseguía comportarse con más humanidad.

Stefan, durante la semana, había resoplado viéndonos seguramente más que en toda su vida.

Denise no nos había dicho nada a ninguno de los dos cuando nos había visto enfrentarnos como dos leones. Solo nos había mirado de esa manera suya, en plan madre, y había negado con la cabeza antes de darse la vuelta e ignorarnos.

Y es que yo podía respetar su autoridad, podía entender que sabía más de medicina dormido que yo despierta y podía reconocer que tenía que enseñarme.

Pero lo que no iba a hacer era fingir que no veía su comportamiento.

O, como hacía el resto, mirar hacia otro lado o al suelo cuando se comportaba como un borde, cuando no contestaba porque simplemente no le daba la gana o cuando trataba a los pacientes como muebles. Eso sí que, bajo ningún concepto, iba a aceptarlo ni a consentirlo.

Por todo eso y por alguna cosa más, en los últimos cinco días no había habido ni uno solo en el que no hubiéramos discutido, nos hubiéramos fulminado con la mirada o nos hubiéramos mirado de una manera en la que prefería no pensar.

Porque después de lo mucho que me calentó la cabeza Nadine el primer día, diciéndome todas las veces que le dio la gana, y que seguía recordándomelo cada vez que se le antojaba, que pudiera ser que en el pasado yo no viera esas miradas que ella insistía en decir que sí que había habido por su parte, durante los últimos días sí que me había fijado en ellas.

Y me había dado cuenta de cómo, cuando discutíamos, Markus en más de una ocasión bajaba la mirada a mis labios, y no precisamente para mirármelos y entender mejor lo que le decía.

Que no tuviera experiencia con los hombres no quería decir que fuera tonta, ni mucho menos, ni ciega tampoco.

Resoplé una vez más y sacudí la cabeza para apartar aquellos pensamientos, que desde luego no me hacían ningún bien, porque tenía claras muchas cosas y otras no tanto, pero que Markus y yo no íbamos a entendernos como lo habíamos hecho en el pasado era algo que hasta un ciego podría ver.

Me levanté, pasé por la ducha, me vestí y bajé a desayunar para presenciar la rutina que en nuestra casa seguía como siempre, que no era otra que mi padre y Nadine en su línea, discutiendo por todo y por nada.

Aunque mi amiga ese día estaba más contenta de lo habitual porque había vuelto a quedar esa noche con el doctor Emil, con el que no había dejado de hablar ningún día desde que tuvieron su primera cita.

Y yo me alegraba mucho por ella porque parecía que las cosas entre ellos iban despacio, pero por muy buen camino.

Media hora después llegué a la puerta del hospital y allí, apoyado en la pared con un café en la mano, estaba Stefan esperándome.

Los dos sonreímos a la vez nada más vernos.

—Buenos días.

—Buenos días, pequeña guerrera. ¿Preparada para tu primera guardia?

Mi sonrisa se amplió al oírlo llamarme así.

No era la primera vez que lo hacía, ya que durante esa última semana lo había hecho varias veces desde que había oído a Denise llamarme así, pero desde luego los motivos de cada uno no tenían nada que ver.

Denise lo hacía desde que era una cría y me lo decía porque, por muy mal que estuviera, para ella y para alguno más en quien prefería no pensar en ese momento, siempre tenía una sonrisa, además de decirle que no pensaba rendirme.

En cambio, Stefan había empezado a llamarme así después de presenciar una de las muchas peleas que había tenido con Markus.

—Lo esté o no, me va a dar igual, así que… —dije encogiéndome de hombros—. Solo rezaré para que al menos sea una guardia tranquila.

—Tampoco es algo sorprendente. Yo tenía claro que nosotros íbamos a ser los elegidos para chuparnos la primera.

—Bueno, creo que yo, después de mi estreno, también lo tenía clarísimo.

Stefan soltó una carcajada al verme poner una mueca de fastidio antes de tirar el vaso de cartón del café, que terminó de beberse de un trago. Entramos juntos por la puerta y esa sensación de entrar en casa llegó a mí, al igual que me había pasado todos los días anteriores.

Ese día, al no haber consultas externas por ser sábado, había menos gente en el vestíbulo de recepción, pero seguramente en la zona de urgencias sería todo lo contrario, ya que los fines de semana era cuando más gente acudía y había momentos en los que la afluencia era tal que los médicos se veían desbordados y solían pedir ayuda a los residentes.

Stefan y yo entramos en el ascensor y, mientras subíamos, en ese momento solos, se me quedó mirando y sonrió de medio lado.

—¿Qué?

—Te recuerdo que hoy tenemos guardia y que tienes que cumplir con lo prometido.

Sin necesidad de que dijera nada más, supe por dónde iba, más que nada porque me lo había dicho varias veces durante la semana.

—Lo sé.

—Tienes que contarme tu historia y no vale con un resumen mal hecho. Quiero detalles de por qué Denise y algunos más dicen que eres una veterana en este hospital y, además, por qué nuestra enfermera favorita te trata como una madre y por qué tú la miras como si lo fuera.

—Te la contaré a lo largo del día, cuando tengamos tiempo.

—Vamos a pasar veinticuatro horas juntos, así que seguro que un rato podemos sacar, aunque sea a la hora de comer. Suponiendo que tu amigo el doctor Wolf nos deje, claro.

Negué con la cabeza sonriendo.

—No es mi amigo y lo sabes de sobra.

—Sí, sería más acertado decir que es tu enemigo.

Cerré los ojos justo antes de que las puertas del ascensor se abrieran, pensando en sus palabras y, por mucho que me fastidiara admitirlo y aunque odiara que fuera así, era verdad que Markus y yo nos habíamos convertido en enemigos.

—Annika, si hoy conseguimos terminar la guardia y no os enzarzáis en una bronca, cuando salgamos mañana lo primero que haré será pasarme por una iglesia a poner una vela para darle las gracias al de arriba por obrar tal milagro.

Lo miré alzando las cejas, pero dos segundos después los dos salimos del ascensor riéndonos a carcajadas.

Recorrimos los pasillos hasta llegar al ala de cardiología mientras bromeábamos y nos reíamos de las tonterías que íbamos diciendo por turnos.

Cada día me llevaba mejor con Stefan.

Habíamos encajado a la perfección, no solo en el trabajo, sino también a nivel personal, y estaba segura de que acabaría siendo un buen amigo, porque camino de ello llevaba, de esos que te duran para toda la vida.