Capítulo 20
Entré en casa sabiendo lo que me esperaba, que no era otra cosa que un interrogatorio completo por parte de Nadine y, como la buenísima abogada que era, prometía ser hasta estresante, porque hasta que no saciara toda su curiosidad y tuviera todos los detalles, no me dejaría en paz.
Además, sabía que mi padre no estaría allí para frenarla un poco, ya que cuando lo había llamado a mitad de la mañana, en los dos minutos que tuve libres, me dijo que se le habían complicado las cosas y que nos veríamos por la noche, porque no iría a casa a comer.
Así que Nadine me tenía para ella sola para preguntarme, o más bien torturarme, con su interrogatorio a placer.
Antes de ir a la cocina, donde sabía que estaba porque la había oído desde fuera mover platos, fui lo más silenciosamente posible hasta mi habitación para poder, al menos, dejar la mochila y cambiarme de ropa, poniéndome la ropa cómoda que solía usar para estar por casa.
Tuve que hacerlo lo más sigilosamente posible porque, si hubiera entrado primero en la cocina para saludarla, estaba segura de que no me habría dejado ni ir al baño a lavarme las manos y habría empezado a lanzarme preguntas sin orden ni control.
—Hola —dije al entrar en la cocina diez minutos después.
Nadine se giró tan deprisa al oírme que tuve que aguantarme la risa, porque al hacerlo se tambaleó y estuvo a punto de caerse al suelo.
—Vamos, guapa, ya era hora.
—Te recuerdo que vengo de trabajar. Lo dices como si acabara de levantarme de la cama después de haber estado durmiendo doce horas.
—No lo digo por la hora a la que vienes.
—¿Entonces?
—Pues porque son las tres y media de la tarde y aquí me tienes en ascuas, sin saber nada importante. Vaya mierda de mensaje que me has mandado; en él no decías nada.
Puse los ojos en blanco al oírla.
—Sí que ponía algo, Nadine. Te he dicho que todo estaba bien.
—Eso es como no decir nada.
—¿Cómo que no?
—¿Tú crees que yo, con un simple «todo va bien» —dijo, entrecomillando la frase con los dedos—, puedo quedarme tranquila? Ya te lo adelanto: no. De hecho, llevo toda la mañana nerviosa, esperando que me digas algo más.
—Tú por lo que estás nerviosa es porque necesitas saber todos los detalles, incluidas las veces que he ido al baño, para saciar esa vena de letrada preguntona que tienes.
—Mira qué bien me conoces. Pero ya te digo que yo también te conozco a ti y tu respuesta me ha dicho muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que ha sido un día acojonante.
Pues sí que lo ha sido , sí, pensé dándole la razón.
—Ha sido mucho más que eso —susurré para mí, pero me oyó igualmente.
Nadine me miró con los ojos abiertos como platos y, fiel a sí misma, se llevó las manos al pecho de forma dramática a la vez que soltaba un jadeo.
—¡Cuéntame todo ahora mismo!
Su efusividad me hizo echarme a reír.
—¿Podemos comer antes?
—No.
—Nadine, vengo famélica y de verdad que necesito comer.
Me miró a los ojos, buscando en ellos si estaba siendo sincera o si solo estaba demorando el momento del interrogatorio.
Vio claramente que no mentía, porque era cierto que traía un hambre voraz, ya que yo solía comer algo a mitad de la mañana para seguir con mi rutina de comidas, pero aquella mañana, entre unas cosas y otras, solo había podido comerme un yogur que me había dado Denise mientras parábamos esos minutos en los que ella se tomaba un café.
—Está bien, haremos una cosa. Pongo ya los platos de comida que tengo preparados y nos sentamos a comer y, como comer y hablar no está reñido, me vas contando todo poco a poco.
Resoplé y me senté en uno de los taburetes de la isla, sabiendo que no iba a dejarlo estar.
—¿Yo hablo o contesto tus preguntas?
—No hay diferencia —contestó encogiéndose de hombros.
—Bien —dije, dándome por vencida.
Nadine puso encima de la mesa la cesta con el pan y me pasó los cubiertos, que también tenía preparados, para que yo misma los colocara.
Mientras ella calentaba la comida, yo me levanté y saqué de la nevera agua fresca para las dos y también cogí la fruta que comeríamos de postre.
—Antes de empezar, dame un adelanto que me sirva para ir preparando las preguntas y que no me pille de improviso.
Me eché a reír.
—A ti no te pilla de improviso nada, Nadine, así que no enredes. No te hace falta ningún adelanto, tienes las preguntas preparadas en tu cabeza. —Hice una pausa para pensar—. Estoy segura de que desde el día de mi graduación.
—Error. Las tengo desde tu primer día de facultad, pero eso es irrelevante ahora. Venga… —dijo, poniendo las dos manos juntas y rogándome—. Dame un adelanto, algo, lo que sea. Lo que tú creas que me gustará saber primero.
Tenía clarísimo lo que le gustaría saber primero y con lo que tendría material suficiente para que en su cabeza aparecieran en unos segundos decenas de preguntas, si no más.
Me reí internamente y decidí complacerla.
Porque total, se iba a acabar enterando igual y las preguntas llegarían de todas formas, pues cuanto antes las hiciera, más tranquilas nos quedaríamos las dos.
Y además necesitaba contarle lo que había pasado y que ella me diera su opinión, así que, sin demorarme más, lo solté de sopetón.
—Mi adjunto es Markus Wolf.
Nadine, que estaba en ese momento con un plato en la mano, justo a punto de ponerlo encima de la mesa, lo soltó, dejándolo caer de golpe, aunque por suerte estaba tan cerca que no se rompió. Me miró a los ojos, confirmó que lo que le había dicho era cierto y se llevó las manos al pecho.
—¡No!
—¿No qué? —pregunté extrañada.
—¿No me jodas que el doctor de los ojazos bonitos, el que ocupa tus pensamientos desde hace años, es tu adjunto? El destino es la leche y bien puñetero —dijo riéndose a carcajadas.
—Eres idiota, él no ocupa mis pensamientos —mentí, sabiendo que ella no iba a creerme. Aun así, lo hice, quizá para mentirme a mí misma.
—No mientas —dijo señalándome con el dedo.
—Nadine, ¿podemos comer ya? —dije con cansancio.
—Sí, vamos a comer, pero vete hablando, no me dejes así —dijo sentándose a toda prisa.
Me serví un poco de agua, la bebí despacio, dejé el vaso, agarré el tenedor y me metí en la boca el primer bocado para, a continuación, masticarlo sin prisas, viendo cómo Nadine se estaba poniendo de lo más nerviosa con mi parsimonia.
—Joder, qué lentitud —se quejó—. Vamos, di algo. ¿Cómo está? ¿Sigue siendo igual de guapo? ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha visto? ¿Os habéis pasado el turno riendo como en el pasado, recordando los buenos tiempos?
Desde luego, con sus preguntas no había dado ni una. La única que podía contestar más o menos afirmativamente era la de si seguía igual de guapo, aunque eso no era del todo cierto porque ahora lo era mucho más, o eso me había parecido a mí.
Cogí aire y me tomé unos segundos para contestar.
—Annika, ¿qué pasa? Tu mirada me dice que algo no va bien.
No es que no fuera ni mal ni bien, es que directamente no iba.
—No sabe quién soy. Solo hemos hablado para tener una bronca impresionante y puede que siga siendo guapo porque físicamente apenas ha cambiado, pero eso es lo único que queda en él del Markus que tú y yo conocimos.
A Nadine se le descolgó la mandíbula y abrió los ojos como platos al escucharme.
—Pero ¿qué dices? Dime que no es cierto. ¿Cómo no va a saber quién eres? ¿Y qué es eso de que no es el que nosotras recordamos? Y, lo más importante, ¿cómo es posible que hayáis discutido el primer día?
Suspiré con cansancio, dejé el tenedor apoyado en el plato, apoyé los codos en la mesa y decidí contárselo todo del tirón para ponerla en situación y que entendiera cómo estaban las cosas.
Mientras hablaba, Nadine no dijo ni una sola palabra, algo bastante raro en ella, la verdad, pero así fue. Me dejó contárselo todo con detalle sin interrumpirme ni una sola vez.
Eso sí, su cara pasó por distintos estados y emociones.
En ella se reflejaron la incredulidad, el enfado, la sorpresa y alguna sonrisa; esas fueron las menos, pero sobre todo hubo preocupación reflejada en su mirada.
Cuando terminé de hablar, para mi sorpresa, Nadine se quedó callada durante lo que me parecieron unos minutos agónicos.
—Nadine, di algo, joder, que ahora eres tú la que me está poniendo de los nervios —le pedí.
—¡Menudo gilipollas! —soltó de pronto, sobresaltándome—. ¿Pero a ese tío qué coño le pasa? ¿Cómo puede hablarte así? ¡A ti! Mañana voy a ir al hospital y me va a oír, vaya que si me va a oír.
La miré con los ojos abiertos como platos al ver lo alterada que estaba.
—¡Nadine! No puedes hacer eso.
—¿Qué no? Ya te digo yo que sí que puedo. No sé qué mierda le habrá pasado y ahora mismo tampoco me importa, pero a ti no te sopla ni un pelo, vamos. Menudo idiota, ¿cómo es posible que no se acuerde de ti, joder? —dijo cada vez más enfadada.
Me encogí de hombros.
—Han pasado muchos años.
—Lo sé y estás cambiada, pero no tanto como para no saber quién eres. Coño, que las dos sabemos que tú para él no fuiste una paciente más, al igual que para Denise.
—Pues estás equivocada y yo también lo estaba, porque hasta esta mañana también había pensado así. Creí que fuimos amigos, pero a la vista está que eso no fue así.
—¿Amigos? Y una mierda. Markus te miraba de una manera que no es la normal de un amigo.
—¿¡Qué dices!? Eso no es cierto, nunca me miró de ninguna manera.
—Sí lo hizo. Que tú no te dieras cuenta no quiere decir que eso no pasara. Yo misma no lo vi claro hasta años después, cuando crecimos, pero así es.
Hizo una pausa para coger un trozo de pan.
—Yo te digo que Markus sentía algo por ti, pero no hizo nada, no dijo nada ni te dejó verlo claro por varias razones.
Tomó aire para seguir porque, del acelerón que llevaba, hasta le faltaba.
—Uno —dijo levantando un dedo—, estabas como estabas. Dos —añadió levantando otro—, era tu médico. Y tres, y creo que la más importante —continuó levantando un tercer dedo—, era ocho años mayor que tú y tú eras menor de edad.
—Nadine, estás equivocada.
—Te digo que no y puede que el destino haya querido que os volvierais a cruzar para saldar una cuenta pendiente.
—Tú estás mal de la cabeza. ¿Qué cuenta ni qué cuenta?
—De la cabeza estoy perfectamente y en aquella época de la vista estaba igual de bien, aunque tardara en saber qué eran esas miradas.
Resoplé y me pasé las manos por la cara por el agotamiento y por el dolor de cabeza que me estaba empezando a dar al oírla decir tantas bobadas.
Porque ciertamente eran bobadas; nada de lo que estaba diciendo tenía sentido, ya que yo nunca vi ni una sola mirada de esas a las que se estaba refiriendo.
—¿Qué le habrá pasado? Tenemos que enterarnos.
—¿Tenemos?
—Claro, no pensarás que esto voy a dejarlo pasar.
No, eso ya suponía yo, o más bien daba por hecho que no iba a pasar.
Querría saber a toda costa qué le habría pasado, cuándo, dónde, por qué y si alguien, bien fuera un hombre o una mujer, estaba implicado en tal cosa.
El resto de la tarde no dejó el tema en ningún momento.
Me hizo repetir la historia completa dos veces más y, por supuesto, me hizo preguntas a las que en algunos casos no supe ni qué contestar, porque no tenía esa información.
Y lo mejor fue que, cuando llegó mi padre a última hora de la tarde, no lo dejó casi ni pasar de la puerta y ella misma lo puso al tanto de todo. Ahí pensé, tonta de mí, que mi padre se apiadaría de mí y la calmaría para que dejara el tema, pero para mi sorpresa no fue así.
Esa noche, cuando me fui a la cama, lo hice totalmente agotada mentalmente.
Pero al menos, después de una tarde, o mejor dicho, un día para olvidar, conseguí que Nadine me prometiera, sabiendo que lo cumpliría, que no iría al hospital y que, si lo hacía, no le diría nada a Markus, comprendiendo que con eso lo único que podía conseguir era que las cosas entre él y yo fueran a peor.
Todo eso sin saber que irían a peor de todas maneras, sin necesidad de que ni Nadine ni nadie interviniera, y que con solo estar a dos metros de distancia saltarían chispas entre nosotros.