Markus, ladrón de corazones Capítulo 19
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Capítulo 19

Durante los siguientes dos minutos se impuso un silencio denso, incómodo y pesado.

Markus seguía cruzado de brazos, esperando que yo dijera algo, sin apartar sus ojos de los míos. Pero yo estaba tan alucinada que era incapaz de decir nada. Fue como si mi cerebro se hubiera fundido de repente.

—Doctora Mayer, estoy esperando. Hable.

Cogí aire y, sin apartar la mirada de sus ojos en ningún momento, me lancé al vacío y, sin pararme a pensarlo, le dije todo lo que había observado desde que entramos en la habitación y mientras él hablaba.

Le dije que había pensado que, si estaba monitorizada, aunque en ese momento no tenía arritmias, eso quería decir que en algún momento desde su entrada en urgencias sí que las había tenido y que por eso le habían puesto el monitor.

Seguí hablando y le expliqué que había visto que el cansancio en ella era evidente y que no podía ser de hacía un par de días, como ella misma había dicho, sino de algunos más, porque tenía las ojeras muy marcadas.

También presentaba bastante palidez y falta de hidratación en la piel, lo que me hizo pensar que había estado enferma de otra cosa antes de aquel episodio.

Y, por último, le dije que me había fijado en cómo la chica había hecho un gesto con la cara cuando se movió hacia delante para incorporarse un poco, al sentarme yo a su lado, y cómo instintivamente se había llevado la mano no al pecho, sino a un costado, a la altura del pecho, dejando claro que en aquella posición el dolor aumentaba o, al menos, se hacía más intenso.

Al acabar, volvió a hacerse el silencio en la habitación durante unos segundos.

—¿Nada más?

—Eh… No, creo que no.

—¿Cree o está segura?

Repasé mentalmente todo aquello en lo que me había fijado de Anna y caí en la cuenta de que sí, se me había olvidado dar un dato más.

—Sí, hay una cosa más.

—Que al hablar o tragar saliva se le notaba que le dolía la garganta, ¿no? ¿Ese es el dato que le faltaba añadir?

Joder, me quedé paralizada mirándolo con los ojos abiertos, porque el muy capullo se había fijado en todo. Pero ¿cuándo y cómo coño lo había hecho?, me pregunté muy confusa.

—Sí —susurré.

—¿Y qué le dice todo eso?

—¿Qué?

—¿Qué le dicen todas esas cosas sobre lo que puede tener?

—No lo sé.

—Sí que lo sabe y, después de todo lo que ha dicho desde que ha entrado en esta habitación, no se calle lo más importante. Así que dígalo, ¿cuál cree que puede ser su diagnóstico o, al menos, qué sospecha que puede tener?

Me quedé mirándolo alucinada y me pregunté, cada vez más confusa, por qué quería que fuera yo la que dijera cuál podía ser el posible diagnóstico cuando unos minutos antes me había recalcado que me callara la boca y que solo observara.

—¡Dígalo! —ordenó alzando la voz, haciendo que diera un respingo en el sitio en el que seguía clavada.

—Miocarditis —dije en voz baja.

—Exacto. Seguramente eso sea lo que le pasa, pero para saberlo con certeza necesita pruebas.

—Lo sé.

Si en los últimos minutos ya me había sorprendido, con lo que hizo a continuación pensé que muy bien de la cabeza no estaba.

Me tendió la carpeta donde estaba el historial de la paciente, la movió delante de mí y no paró de hacerlo hasta que la cogí, como quería.

—Supongo que sabe qué pruebas hay que hacer cuando se sospecha que una paciente tiene, como ha dicho, miocarditis, ¿no?

—Sí.

—Pues hágalas y, cuando termine, no le diga los resultados. Quiero estar presente cuando lo haga.

—¿Qué?

—Que cuando le dé los resultados a su paciente quiero estar delante —repitió, dejándome a cuadros al decir que era mi paciente.

—¿Mi paciente?

—Eso he dicho. Y ahora vaya, aquí el tiempo es algo que suele correr en nuestra contra y, por supuesto, en la de la paciente —dijo, apartándose de mí y señalando la puerta para que me marchara a hacer lo que acababa de decirme.

Suspiré sin saber qué más decir por lo nerviosa que estaba y, con pasos medidos por el estado en el que me encontraba, me dirigí hacia la puerta.

—Doctora Mayer.

Giré la cabeza para mirarlo.

—No se le vuelva a ocurrir cuestionar cómo hago las cosas —dijo, mirándome otra vez echando fuego por los ojos y dejándome claro que no se le iba a olvidar la conversación que habíamos tenido antes de empezar a hablar de la paciente.

Pero la osadía que había dentro de mí, una vez más, no me dejó quedarme callada, como seguramente debería haber hecho, y las palabras salieron por mi boca antes siquiera de que mi cerebro las pensara bien y diera la orden para hacerlo.

—Entonces no me obligue a tener que hacerlo, porque tenga claro que eso no pasará. Si algo no me gusta o creo que no se está haciendo como se debería, no pienso callarme —dije, manteniéndole la mirada.

Sin añadir nada más, ninguno de los dos, salimos de la habitación y, mientras regresábamos a la de Anna, supe con toda la certeza del mundo que, por mi impulsividad y mi manera de ser, siendo incapaz de callarme las cosas, había abierto la veda para estar con Markus en una guerra constante.

Ya se vería hasta dónde llegaría o quién ganaría según qué batallas se nos presentaran.

Al entrar en la habitación de Anna, el ambiente relajado que había volvió a tensarse de inmediato al vernos aparecer, o más bien al ver aparecer a Markus, que venía con la misma actitud de robot con la que había salido.

—¿Habéis tomado sus constantes?

—Sí —contestaron Stefan y los otros dos a la vez.

—¿Preguntas?

—También.

—¿Y qué habéis averiguado?

Los tres se quedaron callados. Stefan se tensó todavía más de lo que estaba y los otros dos hasta se encogieron sobre sí mismos.

Markus resopló a la vez que los fulminaba con la mirada y vi que, aunque tenía ganas de pegarles cuatro gritos, se contuvo, a saber por qué, y dio dos pasos para ponerse a los pies de la cama de la paciente y dirigirse a ella.

—¿Qué pasa, doctor? —preguntó Anna, adelantándose a él.

—La doctora Mayer —dijo, señalándome con la mano— se ocupará de su caso desde ahora. Le hará unas cuantas pruebas que ahora le explicará y un montón de preguntas que, por absurdas que puedan parecerle, deberá contestar de la forma más precisa posible, ¿de acuerdo?

—Sí, doctor —contestó Anna sonriendo, contenta al ver que iba a ser yo la que trataría con ella.

—Doctora Mayer, si duda en algo, pregunte —asentí— y busque a la enfermera Fischer para que la ayude en lo necesario —añadió, refiriéndose a Denise.

—Vale —respondí asintiendo.

—Vámonos —dijo, mirando a mis tres compañeros, que nos observaban alucinados—. Tenemos que seguir con la ronda.

Sin añadir nada más, Markus se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. El sonido de esta al abrirse hizo que los tres palos, porque era lo que parecían por lo tiesos que estaban a mi lado, reaccionaran y empezaran a moverse.

El chico y la chica caminaron hacia la puerta para seguir a Markus, pero Stefan se acercó a mí antes de hacer lo mismo.

—¿Te ha dado el caso? —preguntó, mirándome con la mandíbula desencajada.

—Eso parece.

—¿Pero qué cojones ha pasado fuera?

—Pues, si te soy sincera, no tengo ni la menor idea. Hemos empezado a discutir y, cuando me he querido dar cuenta, la conversación había cambiado y estábamos hablando de la paciente. Y un minuto después me ha dado el historial para que la lleve yo.

—Joder, te juro que si viene Denise y me saca sangre, sería incapaz de sacarme ni una gota. Estoy flipando.

—Yo también, si te digo la verdad. Creo que es bipolar o algo así.

Stefan soltó una risita.

—No creo que sea eso.

—Pues no sé qué más puede ser, porque ni es el Markus que yo conocía, cosa que he visto nada más verle la cara en la reunión, pero luego, cuando hemos hablado, ha cambiado de actitud en décimas de segundo y cinco minutos después ha vuelto a hacerlo.

Si tú estás flipando, yo ni sé qué decirte de cómo estoy.

Stefan se quedó pensando unos momentos y vi cómo su gesto cambiaba en dos segundos y cómo una sonrisa de medio lado se instalaba en su cara de forma traviesa.

—¿Qué? ¿Por qué sonríes así?

—Porque creo que tu llegada va a ser más que interesante y nos vamos a llevar unas cuantas sorpresas.

—¿Qué quieres decir?

—Que entre el doctor y tú van a saltar chispas y lo mismo no todas sean malas.

—¿Qué insinúas?

—No insinúo, solo hago una premonición.

—Pues deja las premoniciones para los brujos y tú a ver pacientes, porque el perro rabioso, como tú lo llamas, está calentito y lo mismo pagas tú el pato.

—No sería la primera vez y me tocará chupar una guardia extra —dijo, haciendo como que le recorría un escalofrío por todo el cuerpo y haciéndome reír.

—¡Doctor Gruber, le estamos esperando!

—Mierda… Luego hablamos —dijo, poniéndose blanco y echando a correr al oír a Markus llamarlo desde el pasillo.

El resto del día fue un no parar.

Después de sentarme un rato con Anna y hacerle las preguntas que creí oportunas, fui a buscar a Denise para pedirle ayuda, para que le sacara sangre e hiciera las cosas de las que solían encargarse las enfermeras, mientras que yo solicité las pruebas que consideré necesarias para saber si el diagnóstico en el que Markus y yo habíamos pensado podía ser el correcto.

Solo tuve tiempo de tomarme un café rápido con Denise en la sala de enfermeras y allí le pregunté por Markus.

No soltó prenda, aunque vi en sus ojos que sabía perfectamente, como ya me había imaginado, qué era lo que le había pasado y por qué estaba tan cambiado.

Y aunque me fastidió quedarme con la intriga de lo que sería, también entendí que no era ella quien debía contarme nada personal de nadie y que era esa persona, en este caso Markus, quien tenía que hacerlo, si es que en algún momento quería.

A él y al resto de mis compañeros no volví a verlos en toda la mañana. Solo coincidí con Stefan a la hora de la salida, cuando los dos nos cambiamos en el vestuario para irnos a casa.

Allí me preguntó qué tal lo llevaba y yo le dije que bastante bien y que seguramente al día siguiente o, como mucho, en dos días podríamos tener la confirmación del diagnóstico.

Yo también me interesé por cómo había sido su mañana y me dijo que otra más para olvidar, ya que Markus había estado más borde de lo normal.

Salí del hospital con muchos sentimientos encontrados y con la sensación de que había vivido uno de los días más raros y desconcertantes de toda mi vida.