Markus, ladrón de corazones Capítulo 18
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Capítulo 18

Salí de la habitación con Markus a mi espalda.

Me paré en el pasillo para esperar a ver cuál era su siguiente movimiento o para que fuera él quien hablara, ya que había sido él mismo quien me había pedido que saliera.

Que tampoco hacía falta ser muy lista para saber lo que iba a pasar. Me iba a caer una buena bronca por haberme tomado la libertad de hablar sin que me hubiera dado permiso, permiso que, bajo mi punto de vista, no necesitaba, porque yo no era de las que se callaban, ni con él ni con nadie.

Y agradecido tenía que estar porque había sido demasiado suave con lo que le había dicho, cuando en realidad se merecía que le dijera cuatro cosas bien dichas.

Me contuve la risa mientras él miraba a ambos lados del pasillo, como si buscara algo o a alguien, al pensar que, si en vez de haberse encontrado conmigo lo hubiera hecho con Nadine, el repaso que le habría dado, como decía Stefan, habría sido épico.

Desde luego, ella no habría aguantado tanto tiempo callada, porque tenía cero paciencia y en la misma sala de reuniones le habría soltado la primera fresca.

Seguí con la mirada hacia donde estaba mirando Markus, que no era otro sitio que una habitación situada dos puertas más allá de la de Anna, de la que acababa de salir una de las chicas que se encargaban de la limpieza.

Era demasiado pronto para la limpieza que se hacía a diario y, si aquella chica había salido de esa habitación con su carro, eso solo podía significar una cosa, y ambos lo sabíamos: estaba vacía y acababan de limpiarla para prepararla para un próximo ingreso.

Markus, sin decirme nada, caminó hasta allí. Abrió la puerta y miró unos segundos en su interior.

—Entre —me ordenó, porque sí, fue una orden y no una petición.

Esperó en la puerta a que yo llegara, me dejó pasar y entró detrás de mí para, a continuación, cerrar la puerta con un golpe seco.

Si pensaba que por estar allí solos me iba a intimidar, lo llevaba claro, pensé mientras me giraba para enfrentarlo, a la vez que me cruzaba de brazos esperando que fuera él quien rompiera el silencio que se impuso en aquella habitación.

Antes de hablar, me repasó de arriba abajo hasta que su mirada se detuvo en mis ojos y ahí pude ver que no solo estaba enfadado, sino furioso.

Pues estupendo, eso me hizo tener la esperanza de que detrás de esa capa protectora que él mismo se había puesto, o ese muro que parecía más alto que el propio hospital, seguía escondido en alguna parte el Markus de verdad y no esa versión robótica que había creado de sí mismo.

—¿Qué cojones cree que está haciendo?

Bonita manera de empezar una conversación, pensé mientras lo miraba alzando una ceja, sorprendida por su arranque.

Oírlo hablar así hizo que algo se me removiera por dentro.

El Markus del pasado nunca me habría hablado en ese tono, ni a mí ni a nadie, pero es que ese Markus ya no existe , me susurró una voz en mi cabeza a la que preferí ignorar porque, quizá por esperanza o porque era lo que más deseaba, yo pensaba que sí, que él seguía existiendo y que tarde o temprano volvería.

—No tengo ni idea de a qué se refiere.

—No se le vuelva a ocurrir cuestionarme delante de una paciente.

Sonó como una amenaza, pero preferí obviarlo.

—No lo he cuestionado, solo he apuntado un hecho.

—Usted no es quién para venir aquí el primer día a decirme cómo hacer mi trabajo —dijo dando un paso más hacia mí de forma amenazante.

—Si creo que no lo está haciendo bien, por supuesto que lo haré —dije con un tono de voz más alto de lo que pretendía, y es que me estaba poniendo de los nervios, no solo por cómo me estaba hablando, sino por lo cerca que estaba de mí.

—¿Perdón?

—He dicho que, si creo que se está equivocando, no pienso callarme y mirar hacia otro lado o al suelo, como hacen los demás.

—Usted está aquí para aprender, no para decirme a mí cómo hacer las cosas.

—Perfecto, pues espero que actúe como el médico que es y así no tendré que decirle nada. Porque si se hubiera parado cinco segundos a mirarla, como le he dicho, y no a mirar el historial, habría visto lo evidente.

—Y yo espero que usted actúe como lo que es, una residente de primer año que empieza hoy y que lo que debería hacer es callar y observar, y dejar que los que llevamos muchos años en esto hagamos la valoración que creamos correcta.

—Pues yo le sugiero que recuerde, porque parece que eso se le ha olvidado con el paso de los años, que no está tratando con un mueble que está averiado y que hay que reparar, sino con una persona enferma que necesita algo más que preguntas que, por lo nerviosa y asustada que está, no sabe cómo responder.

Me dio la sensación de que, al decirle eso, algo se le removió por dentro porque su enfado se acentuó un poco más y se reflejó no solo en sus ojos, sino también en su cuerpo, que se tensó, y en sus puños, que se apretaron más de la cuenta.

Aunque tenía las manos a ambos lados del cuerpo, lo vi perfectamente.

—¿Qué está insinuando? ¿Que no sé cómo tratar a una paciente?

—No insinúo nada, doctor Wolf, se lo estoy diciendo claramente. Esa chica estaba muy asustada y usted, con sus preguntas, sin ni siquiera mirarla a la cara, la ha asustado más.

Se me quedó mirando un par de segundos antes de contestarme y por su mirada cruzó algo que no supe identificar, algo muy raro, algo así como dolor, como si mis palabras y todo lo que le estaba diciendo le estuvieran haciendo daño.

—No lleva ni una hora aquí y se atreve a decirme cómo hacer mi trabajo. Esto es increíble, joder.

—Lo que es increíble es que sé que es probablemente el mejor médico no solo de esta planta, sino seguramente uno de los mejores del hospital, pero con su actitud demuestra todo lo contrario. Para ser un buen médico no solo hay que saber de medicina, sino también hay que tener otra cosa.

Alzó las dos cejas, mirándome sorprendido. Sabía que me estaba pasando y que debería haberme callado muchas de las cosas que le estaba diciendo, pero estaba tan enfadada y rabiosa que mi boca iba por libre y estaba soltando cosas que ni me había parado a pensar.

—Ilumíneme, ¿qué es eso que se supone que me falta para ser un buen médico? —dijo con un tono irónico que me tocó todavía más las narices.

—Humanidad.

—¿Humanidad?

—Eso he dicho. No parece humano, joder, parece un robot que suelta una grabación que tiene puesta en la cabeza, como si fuera un contestador automático.

Abrió los ojos como platos, mirándome muy sorprendido, pensando seguramente que me estaba pasando y que era una descarada que no tenía filtro.

Y quizá lo era, pero me había quedado de lo más a gusto diciéndole lo que todo el mundo pensaba y nadie se atrevía a decirle.

—Se está pasando —dijo, dando otro paso hacia mí, pegándose tanto que nuestros pies casi se rozaban.

—No.

—Sí, doctora, usted no es quién para juzgarme.

—No lo estoy juzgando.

—Lo está haciendo y, como le he dicho antes, su función aquí es callar y observar para aprender.

—No pienso aprender esa manera de tratar a los pacientes.

—Usted lo que tiene que hacer es fijarse en todo lo que tenga que ver con la medicina, no en cómo yo hago o dejo de hacer las cosas.

Apreté los dientes y los puños al mismo tiempo y ahí fui yo la que lo fulminé con la mirada.

—Y como le he dicho antes de salir de la habitación, yo sí me he fijado en lo importante, me he fijado en la paciente y no en un puto historial, como ha hecho usted, y he visto cosas que usted no.

Si lo hubiera hecho, no estaríamos aquí discutiendo y ya estaría dando la orden para que le hagan las pruebas que necesita.

Sonrió de medio lado, dejándome helada, porque esa reacción sí que no me la esperaba por nada del mundo y encima se cruzó de brazos y me miró de forma desafiante.

—¿Qué ha visto?

—¿Qué? —pregunté, sorprendida por su cambio de actitud.

Porque sí, había un cambio de actitud por su parte, no muy perceptible, pero lo había. Fue como si de repente se le hubiera borrado de golpe de la cabeza la discusión que acabábamos de tener y solo quisiera centrarse en el estado de la paciente.

Que, por una parte, me pareció bien porque era lo más importante en esos momentos, pero, por otra, me hizo pensar si el cambio en su persona sería debido a algún trastorno de personalidad, como si fuera bipolar o algo así.

—Que qué ha visto, que según usted yo no lo he hecho.

—El estado en el que estaba.

—Detállelo.

—¿Es un examen?

—No, quiero saber qué capacidad de observación tiene.

—¿Para qué?

—Quiero saber si una residente de primer año ha sido capaz de ver lo evidente con un simple vistazo, cosa que no han hecho sus compañeros. Y sí, sé que ellos no lo han visto; llevan conmigo un tiempo suficiente para saber qué piensan y en qué se fijan y en qué no.

Joder, me estaba quedando muerta por momentos, pero me quedé muerta del todo cuando asimilé sus palabras.

Y no solo eso, sino cuando me di cuenta, por su mirada, de que no sabía en qué puto momento podía haberlo hecho, porque yo misma había visto cómo no había mirado a la paciente, pero sí lo había hecho y sí que se había fijado en algunas cosas de ella.

Quizá no en las mismas que yo, pero sí en algunas.