Capítulo 17
Mientras pensaba qué responderle a Stefan, vi cómo Markus se detenía frente a una de las habitaciones y consultaba durante unos segundos la carpeta que llevaba en las manos, seguramente para asegurarse de que estaba en el lugar correcto.
Me guardé la respuesta para después, porque Markus habló antes de que pudiera contestarle.
—Vamos a empezar por aquí. Es la mujer que ingresó anoche —dijo sin mirarnos, mientras llamaba a la puerta y la abría sin esperar a que le dieran permiso para entrar.
Los cuatro lo seguimos al interior en silencio.
No necesitaba mirar la habitación para saber qué había dentro. Todas eran más o menos iguales y, durante mis numerosos ingresos, había pasado por casi todas. Concretamente, en aquella, si no recordaba mal, había estado en dos ocasiones.
Había dos camas individuales separadas por un pasillo bastante amplio, aunque en esos momentos solo una estaba ocupada. Junto a cada cama había una silla y una mesilla que también podía utilizarse como bandeja a la hora de las comidas.
Al fondo, contra la pared, se encontraban dos armarios empotrados, lo bastante grandes para guardar las pertenencias de los pacientes y algunas de sus acompañantes.
En otra pared estaba la puerta del baño, que tenía una ducha pequeña, un lavabo y un inodoro.
Y en la última había un ventanal cuya persiana estaba bajada hasta la mitad, aunque dejaba pasar luz suficiente para ver a la mujer que ocupaba la cama.
Fue en ella en quien centré toda mi atención.
Aunque antes de observarla, desvié la mirada hacia el monitor situado a su derecha. Mostraba un ritmo cardíaco regular, con una frecuencia dentro de los valores normales para una mujer joven y sin alteraciones ni arritmias aparentes.
Era joven, no tendría más de veinte años, y estaba muy asustada. Lo vi claramente por la forma en que nos miraba y por cómo agarraba con fuerza el borde de la sábana con la que estaba tapada.
Antes de que Markus hablara, la chica paseó la mirada por todos nosotros. Parecía hacerse decenas de preguntas. Seguramente quería saber quiénes éramos, qué hacíamos allí y, sobre todo, si íbamos a hacerle algo.
Verla en aquel estado me recordó a mí misma durante algunos de mis ingresos, cuando también había estado tumbada en una cama como aquella, haciéndome preguntas parecidas, sobre todo durante las primeras veces.
Después ya ni siquiera necesitaba preguntar qué iba a ocurrir, porque los procedimientos y las preguntas de los médicos terminaron convirtiéndose en parte de mi rutina.
Al verla tan asustada, recordé cuánto agradecía yo que alguien, quien fuera, se detuviera un momento para tranquilizarme o, al menos, intentarlo.
Y entonces me fijé en Markus, que seguía mirando el historial que llevaba en las manos. Todavía no se había dignado a levantar la vista hacia la chica, así que tampoco parecía haberse dado cuenta de lo nerviosa que estaba.
Aquello hizo que el enfado con el que había salido de la sala de reuniones, y que había disminuido un poco mientras bromeaba con Stefan, regresara con más fuerza. Aun así, decidí esperar para ver cómo actuaba.
—Buenos días. Soy el doctor Wolf y el responsable de llevar su caso. ¿Cómo se encuentra?
La chica tragó saliva y apretó un poco más la sábana.
—Bien, creo —contestó con un hilo de voz.
—¿Cree o lo sabe?
Ella lo miró desconcertada y yo me mordí el labio para no intervenir.
—No lo sé. Estoy cansada.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace días.
—¿Y el dolor en el pecho que tenía anoche cuando ingresó? ¿Cómo va?
—Sigue ahí.
—¿Ha empeorado desde anoche?
Volví a mirar el monitor. Aunque no había saltado ninguna alarma porque los valores no eran peligrosos, pude comprobar que su frecuencia cardíaca había aumentado desde que empezó la conversación.
Cada vez estaba más nerviosa.
—No sabría decirle. No sé si me duele más o menos, pero el dolor sigue ahí.
Markus soltó aire por la nariz, como si empezara a desesperarse con sus respuestas.
Era cierto que la chica no estaba aportando demasiada información, pero quizá no sabía cómo explicarse. O tal vez él no estaba haciendo las preguntas adecuadas y, desde luego, tampoco estaba consiguiendo que se sintiera cómoda para contestarlas.
—Necesito que responda a mis preguntas con la mayor claridad posible para poder ayudarla. ¿Le duele más que ayer, menos o igual? —insistió.
—Creo que igual.
—«Creo» no me vale.
Vi cómo la chica se ponía todavía más nerviosa. Markus la intimidaba, y mucho.
Por el rabillo del ojo también observé cómo Stefan se mordía los labios para contenerse, mientras nuestros otros dos compañeros hacían prácticamente lo mismo. Los tres parecían querer intervenir, pero ninguno se atrevía, así que se limitaron a bajar la mirada y esperar.
Pero yo no pude contenerme. Mi paciencia tenía un límite y, cuando vi que los ojos de la chica empezaban a llenarse de lágrimas porque estaba haciendo lo imposible por no echarse a llorar, se me agotó por completo.
No era ella quien estaba poniendo a prueba mi paciencia; la pobre estaba casi aterrorizada y allí parecía que nadie se daba cuenta.
Nadie más que yo, aunque, claro, ¿cómo iban a hacerlo?
Markus apenas la había mirado a la cara y los otros tres pasmarotes estaban más pendientes de él que de la paciente.
Me mordí la lengua y conté mentalmente hasta diez, pero cuando Markus volvió a insistir con la misma pregunta, decidí que hasta allí habíamos llegado y, sin que ninguno de los cinco se lo esperara, avancé los pocos pasos que me separaban de la cama y me senté en el borde.
—¿Qué haces? —me preguntó Markus con brusquedad.
Ni siquiera me molesté en contestarle. Me centré únicamente en la chica.
—Hola, soy la doctora Mayer —me presenté, mirándola a los ojos con una sonrisa.
—Encantada.
—Igualmente. ¿Cómo te llamas?
—Anna.
—Bonito nombre —dije mientras acercaba mi mano a la suya y se la cogía—. Quiero que sepas que no tienes que estar nerviosa, porque aquí estás en buenas manos. Todos estamos para ayudarte y vamos a hacer lo posible por averiguar qué te pasa para que puedas mejorar, ¿vale?
Anna me miró al principio con cierta desconfianza, pero después bajó los ojos hacia nuestras manos, que seguían unidas. Cuando volvió a mirarme, pareció relajarse un poco.
—Es que tengo miedo —susurró.
—Te entiendo perfectamente.
—No sé qué me pasa. Yo estaba bien y, de repente, hace unos días empezó el dolor y no se va. Anoche me mareé y por eso mi madre me trajo, pero me han hecho pruebas y nadie me ha dicho nada. Y mi madre se ha ido al trabajo, estoy sola aquí y no sé qué hacer.
Noté cómo buscaba respuestas desesperadamente en mi mirada y cómo me apretaba la mano con fuerza y, Dios mío, por un instante fue como verme a mí misma muchos años atrás.
Conocía perfectamente aquella sensación y sabía lo desesperante que podía resultar encontrarte mal y no entender qué estaba pasando.
—Todavía no podemos decirte qué te ocurre, pero precisamente estamos aquí para averiguarlo.
Por eso necesitamos hacerte algunas preguntas y que intentes ser lo más concreta posible, ¿vale?
Y si tú tienes dudas, pregunta. No te quedes con ellas.
Puedes preguntar todo lo que necesites o quieras saber.
Anna asintió despacio.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Y si algo te asusta, dilo. Aquí no tienes que hacerte la valiente ni decir que estás bien cuando no lo estás.
—Yo no creo que pueda ser valiente —contestó antes de soltar una pequeña risita.
—Claro que sí. Te aseguro que todos los que pasan por aquí lo son, unos más y otros menos, pero todos demuestran valentía en algún momento. Incluso nosotros tenemos que serlo y no creas que a mí se me da especialmente bien. Pero lo intento.
Le guiñé un ojo y Anna volvió a reírse.
Noté que Markus, que seguía inmóvil a mi lado, soltaba un pequeño resoplido que seguramente solo escuché yo.
—¿Doctora?
—¿Sí? —respondí, mirándolo de medio lado.
—Tenemos que continuar con la valoración para poder avanzar.
—Por supuesto —contesté, sin moverme de donde estaba.
—Entonces, si no le importa…
Hizo un gesto con la mano, indicándome que me levantara y me apartara de la cama, pero ni yo estaba de acuerdo con aquello ni Anna tampoco, porque noté cómo me apretaba la mano con más fuerza para evitar que me marchara.
—Sí que me importa. Y precisamente por eso voy a quedarme aquí mientras intentamos averiguar qué le pasa a Anna.
Vi cómo Markus empezaba a irritarse y pensé, mientras lo miraba sonriendo, que estupendo, que resultaba que sí era capaz de sentir algo, aunque solo fuera enfado. Y eso pareció irritarlo todavía más.
—Eso es lo que he intentado hacer desde que hemos entrado.
—¿Ah, sí?
Entrecerró los ojos y su enfado aumentó.
Pues perfecto, así estamos los dos igual, pensé mientras le sostenía la mirada.
—¿Tienes algún problema con cómo he preguntado?
—Es que todavía no has hecho ninguna pregunta que nos permita avanzar.
—¿Perdón? —preguntó, mirándome sorprendido.
—Es más, si en lugar de mirar tanto el historial la hubieras observado a ella durante cinco segundos, podrías haberte ahorrado algunas preguntas, porque ya habrías descubierto muchas cosas sin necesidad de hablar.
Por el rabillo del ojo vi cómo Stefan se tensaba y me miraba como si estuviera loca, mientras nuestros otros dos compañeros se quedaban tan rígidos como él y, además, contenían la respiración.
Anna, en cambio, sonrió al comprobar que tenía una aliada que parecía preocuparse por ayudarla sin importarle nada más, ni siquiera que el otro médico hubiera dejado claro que él era el responsable de su caso.
Markus, por su parte, me miraba echando fuego por los ojos.
—Doctora, acompáñeme fuera de la habitación un momento.
No fue una petición amable, sino una orden en toda regla.
Asentí.
—Vamos —dije mientras intentaba levantarme.
Pero Anna volvió a apretarme la mano para que no me marchara.
—Tranquila, volveremos en unos momentos, ¿vale? Mis compañeros se quedan contigo y puedes ir contándoles cómo te sientes mientras te exploran —le expliqué con una sonrisa, intentando transmitirle tranquilidad.
—Vale —susurró tímidamente, aunque pareció quedarse más conforme.
Me levanté de la cama y caminé hacia la puerta con la cabeza bien alta, sabiendo perfectamente que acababa de meterme en un problema bastante grande por cuestionar a Markus delante de una paciente, pero también me sentía satisfecha porque lo único que me había importado desde el principio era conseguir que Anna estuviera más tranquila.
Y eso lo había conseguido.