Capítulo 16
Apreté los dientes por el cabreo que llevaba encima y me levanté de la silla al mismo tiempo que mis compañeros.
Los dos que todavía no conocía salieron primero, siguiendo a Markus, que ya caminaba por el pasillo en dirección al ala donde se encontraban las habitaciones.
Stefan me esperó y salimos juntos, cerrando la fila.
—¿Esto siempre es así? —le pregunté en voz baja mientras caminábamos.
Soltó un suspiro y asintió.
—Sí.
—¿En serio?
—En serio. O incluso peor.
Abrí los ojos como platos, sorprendida. Porque ¿qué podía ser peor que lo que acabábamos de vivir ahí dentro?
—No ha saludado, no nos ha mirado y ni siquiera nos ha preguntado nada. Parecía que estaba él solo, sentado y hablando con la pared.
—Lo sé. Esa es su tónica habitual.
—Y a mí ni me ha preguntado quién soy, cómo me llamo o qué coño hacía allí —añadí enfadada.
Porque sí, estaba enfadada. Bastante, además. Y tenía la sensación de que mi cabreo no había hecho más que empezar.
—Habrá supuesto que, si estabas allí, sería porque eres la residente de primero que tenía que incorporarse hoy.
—Para un médico, las suposiciones no son buenas.
—Ya, pero acostúmbrate, porque esto es así. Y procura no corregirlo. Creo que te ha pasado lo de la hora porque es tu primer día, pero como vuelvas a hacerlo, vas a chupar más guardias que todos los residentes juntos.
—Me importa una mierda. No me asustan las guardias, pero no pienso callarme si creo que algo no es justo, y el trato que nos ha dado ahí dentro no lo es. Además, no lo he corregido, solo le he hecho saber un dato obvio.
Stefan soltó una pequeña carcajada que se apresuró a tapar con la mano para que Markus, que caminaba unos pasos por delante, no lo oyera.
—Sí, claro, y yo soy el director de este hospital. Annika, le has corregido la hora.
—Y volveré a hacerlo si es necesario. No es normal ese comportamiento, como tampoco lo es que nadie pregunte nada.
—¿A quién? ¿A él?
—Hombre, claro. No va a ser a mí.
Stefan me miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—El primer día preguntas. El segundo también, pero ya con miedo. Y al tercero estás tan cagado, porque sabes lo que va a pasar, que te callas y no vuelves a abrir la boca. Después te buscas la vida para resolver las dudas por tu cuenta.
Oírlo decir aquello hizo que apretara los puños contra el cuerpo, de la rabia que me recorrió de arriba abajo.
—Alguien debería recordarle que trabaja con personas y no con máquinas programadas para saberlo todo. Las personas necesitamos respuestas.
—Y puede que tengas razón, pero…
Dejó la frase en el aire, aunque tampoco me hizo falta que añadiera nada más, porque ni él ni los otros chicos iban a decir nada, y no porque le tuvieran a Markus el respeto que deberían tenerle, sino porque le tenían miedo. Pero yo, desde luego, no le tenía ninguno.
Así que en ese momento supe que, aun a riesgo de pasarme la residencia en guerra con él, iba a tener que ser yo quien le recordara que éramos personas.
Y, ya de paso, si se presentaba la ocasión, también le recordaría que una vez estuvo en nuestro lugar, que tuvo que preguntar para aprender y que él también era un ser humano, no un robot sin alma ni corazón.
—Annika, te voy a dar otro consejo. No te tomes nada de lo que diga como algo personal. Él es así con todo el mundo.
No. Con todo el mundo no.
Al menos, no lo había sido en el pasado, porque yo había conocido a un Markus muy diferente.
Aquel hombre que había estado hablando en la sala no era el Markus de verdad.
Era alguien que, por lo que fuera que le hubiera sucedido, había levantado unos muros tan altos a su alrededor que parecía haber dejado fuera toda su humanidad.
Y también el corazón, para no tener que sentir nada.
—Pues no debería ser así.
—Lo sé, pero no creo que nosotros podamos hacer nada. No sabemos por qué es así, ni tampoco si siempre lo ha sido.
—No lo era —solté sin pensar.
—¿Qué? —preguntó, mirándome extrañado—. Tú eso no puedes saberlo. Solo hace un rato que lo conoces.
Antes o después iba a terminar enterándose, así que forcé una sonrisa y negué con la cabeza.
No es que pensara ir anunciando por todo el hospital que conocía al doctor Wolf, pero estaba segura de que en algún momento se me escaparía alguna referencia al pasado, como acababa de ocurrir. Y entonces Stefan, o quien estuviera delante, acabaría dándose cuenta de que nos conocíamos.
—¿Annika?
—¿Sí?
—¿Lo conoces? ¿Conocías al doctor Wolf antes de entrar en la sala de reuniones?
Asentí.
—Sí.
—Joder… —murmuró, mirándome alucinado—. ¿De qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?
Tuve que contener la risa al ver lo ansioso que se había puesto por saberlo todo.
—¿Recuerdas lo que te ha dicho Denise cuando nos ha presentado?
Solo tardó unos segundos en encontrar aquel recuerdo.
—Que eras parte de esta familia desde que no levantabas un palmo del suelo. Y tú después has dicho que habías sido paciente aquí —respondió, empezando a atar cabos—. Es eso, ¿verdad? Lo conoces de aquella época.
—Así es.
—Joder, no me digas que fue tu médico —dijo, todavía más alucinado, si aquello era posible.
—Uno de ellos.
Tras mi confirmación, se quedó pensativo unos segundos y frunció el ceño.
—Si fue tu médico, ¿cómo es posible que te haya mirado como si no supiera quién eres?
—Es que creo que no lo sabe. Han pasado muchos años y, como tú bien sabes, los médicos ven a miles de pacientes a lo largo de su carrera.
—Coño, y las enfermeras también. Y yo mismo he visto cómo te mira Denise. Lo hace como una madre y eso no se consigue con un ingreso de unos días. Esa complicidad y ese cariño que se nota que os tenéis necesitan tiempo.
Sonreí al pensar en Denise y en lo ciertas que eran las palabras de Stefan, pero unos segundos después la sonrisa desapareció de mi cara al recordar cuánto me dolía pensar que Markus no se acordaba de mí.
Que tampoco tenía ninguna obligación de hacerlo, por supuesto, pero la relación que habíamos tenido en el pasado había ido más allá de la de médico y paciente, igual que me había ocurrido con Denise.
No habíamos tenido nada romántico, evidentemente, pero siempre había pensado que entre nosotros había existido una pequeña amistad.
Y de alguien con quien has compartido una amistad, aunque sea durante una etapa concreta de tu vida, no sueles olvidarte tan fácilmente, mucho menos cuando esa etapa ha sido tan delicada como lo fue la mía. Yo, al menos, no lo había olvidado, pero al parecer Markus sí.
—Pues tú mismo has visto que no me recuerda. Su expresión no ha cambiado absolutamente nada. Si se hubiera acordado de mí, al menos habríamos visto un poco de sorpresa en su cara, y no ha sido así.
Stefan asintió, dándome la razón.
—¿Entonces él no era así antes?
—No. Ese hombre, o robot, que va ahí caminando —contesté, señalándolo con la cabeza— no es el doctor Wolf que yo conocí hace años. Es que no se parece en nada.
—Joder, cada vez tengo más ganas de que llegue nuestra primera guardia y me cuentes tu historia aquí dentro.
—Tampoco esperes nada emocionante.
—No sé por qué, pero no te creo.
Nos miramos y nos echamos a reír. Cuando quisimos darnos cuenta y volvimos la vista al frente, vimos que Markus y nuestros otros dos compañeros ya nos sacaban unos cuantos pasos.
—Será mejor que apretemos el paso si no queremos llevarnos el primer mordisco de la semana del perro rabioso.
—No lo llames así —dije entre risas.
—Eso no es cosa mía. Es como lo llaman en el hospital.
—¿Y eso por qué?
Stefan se encogió de hombros.
—No lo sé a ciencia cierta, pero supongo que será porque, cuando se enfada, pone unos ojos de perro rabioso y te mira como si quisiera arrancarte la cabeza de un mordisco.
Mientras decía aquello, hizo el gesto de lanzarse hacia mí como si fuera a morderme de verdad, y tuve que taparme la boca para que no me oyeran reír.
—Vas a hacer muchas cosas como esta, ¿no? Tú y yo nos vamos a divertir.
Stefan soltó otra risita y se encogió de hombros.
Sí, estaba segura de que con él iba a reírme bastante. Y menos mal, porque si encima del panorama que teníamos con el doctor Robot me hubiera tocado un mal compañero, la residencia iba a convertirse en un auténtico suplicio.
Lo pensé mientras miraba a Stefan, que seguía sonriendo. Se le veía buen chico y me recordaba al Markus de hacía años. Se notaba que tenía ganas de aprender y que quería convertirse en un buen médico.
Por desgracia para él, estaba convencida de que, si Markus tuviera otra actitud, Stefan le haría muchas más preguntas y a esas alturas se sentiría bastante más seguro.
—Doctora, yo estoy aquí para aprender, no para entretenerla —dijo de pronto, imitando el tono robótico de Markus y dejándome alucinada.
Tuve que taparme la boca con las dos manos para evitar que mi carcajada resonara por todo el pasillo.
En ese momento, Markus giró la cabeza, seguramente porque no había conseguido ser tan silenciosa como pretendía, y nos fulminó a los dos con la mirada.
No dijo nada, pero tampoco hizo falta para saber que no le había hecho la más mínima gracia vernos riendo.
A Stefan se le borró la sonrisa de golpe y agachó la mirada, pero yo no hice lo mismo.
Era una persona alegre, que se reía cuando tenía ganas de hacerlo, igual que lloraba cuando lo necesitaba.
Y llorar era algo que me había tocado hacer demasiadas veces, así que procuraba no hacerlo más de lo imprescindible.
Por eso le mantuve la mirada sin dejar de sonreír y conseguí sorprenderlo. Fue algo fugaz, apenas un instante, pero por fin vi una reacción distinta en sus ojos: sorpresa.
¿Fue aquello un desafío? ¿Una declaración de intenciones para dejarle claro que a mí no iba a intimidarme como al resto? Pues puede que sí, pero es que yo no estaba dispuesta a soportar aquella actitud.
Había llegado allí para aprender, por supuesto, pero también era una persona que sentía y que no podía, ni quería, convertirse en un muro de hielo como él.
Markus fue el primero en apartar la mirada y me pareció estupendo, porque yo no tenía ninguna intención de hacerlo. Es más, en ese momento decidí que, si tenía que ser yo quien le dijera cuatro cosas, se las diría sin cortarme.
Porque quizá el destino había querido que nuestros caminos volvieran a cruzarse precisamente para eso, para que yo, que había conocido a un Markus muy diferente, le recordara lo que era ser humano y no un puto robot sin alma.
Y si el destino había decidido que fuera así, pues que así fuera. Desde luego, no iba a ser yo quien le llevara la contraria.
—Annika.
—¿Qué?
—Ni se te ocurra.
—¿El qué?
—Hacer lo que sea que estás pensando hacer.
—¿Cómo sabes que estoy pensando hacer algo?
—Joder, no te conozco de nada, pero tampoco me hace falta. Acabo de ver cómo lo has mirado y me ha dado la sensación de que vas a darle un buen repaso. Y no de los divertidos en los que hay una cama de por medio, sino de los que traen muchos problemas.
Mi cerebro estuvo a punto de cortocircuitarse al oír lo de la cama y me entraron unos calores de repente que no fueron normales.
Así que preferí pasar por alto aquella parte de la frase de Stefan y centrarme en el resto de lo que acababa de decirme.