Capítulo 15
Estaba sentado, mirando lo que parecía ser un historial médico, como si estuviera allí él solo.
Podrían haber pasado diez años, pero lo habría reconocido en cualquier parte. Su aspecto podía haber cambiado por completo y me habría dado exactamente igual, porque no fue mi cabeza, sino mi cuerpo, quien lo reconoció enseguida.
Las manos empezaron a sudarme, al igual que el resto del cuerpo, y noté cómo una gota de sudor me resbalaba por la espalda.
Tantos años sin verlo, pensando que ya no trabajaba en aquel hospital, y resultaba que me había equivocado. Seguía allí y en esos momentos lo tenía a tan solo dos metros de mí.
Durante los dos primeros años había deseado encontrármelo de nuevo y ahora el destino había decidido que nuestro reencuentro fuera precisamente cuando él iba a ser mi adjunto.
Me quedé tan impresionada al verlo después de tanto tiempo que fui incapaz de moverme.
—Ya era hora, llegáis tarde —dijo con un tono tan seco que me hizo reaccionar y dar un pequeño respingo.
Ni siquiera había levantado la mirada de los papeles que tenía delante. No se había molestado en comprobar quiénes éramos las personas que acabábamos de entrar.
Volví a quedarme clavada en el sitio al escuchar aquella voz que recordaba tan bien. Una voz que seguía siendo la misma, pero que al mismo tiempo ya no lo era.
La que yo recordaba era igual de ronca, pero jamás la había oído sonar con aquel tono tan seco y hasta desagradable. Aquello hizo que algo se me retorciera por dentro, porque me bastaron esas pocas palabras para darme cuenta de que tenía delante a un Markus muy diferente del que había conocido.
Desvié la mirada hacia el reloj que colgaba de la pared, a mi derecha, y comprobé que todavía faltaban cuatro minutos para las ocho y media.
Tendría que haberme callado. Habría sido lo más sensato, pero yo no era así y ni el nuevo Markus ni nadie iba a hacerme cambiar mi forma de ser ni de actuar.
Además, su actitud me había cabreado. No solo había sido frío, sino también maleducado, porque ni siquiera había sido capaz de darnos los buenos días o soltarnos un simple hola.
Y ya no era solo que no nos hubiera saludado, sino que tampoco había levantado la mirada para ver quiénes éramos. Que sí, seguramente ya se lo imaginaba. A Stefan lo conocía, pero a mí, en teoría, no. Y qué menos que presentarse, darme la bienvenida o, al menos, preguntarme cómo me llamaba.
Eso era lo que yo pensaba que debería haber hecho, lo que habría hecho cualquier persona con un mínimo de educación y saber estar. Pero, al parecer, el cambio del que me habían hablado iba mucho más allá de lo que había imaginado cuando primero Denise y después Stefan me lo insinuaron.
Así que, fiel a mí misma, abrí la boca casi antes de que pudiera pensármelo.
—Aún faltan cuatro minutos para las ocho y media, así que no hemos llegado tarde.
Noté perfectamente cómo Stefan se tensaba a mi lado y, por el rabillo del ojo, lo vi acercar la cara a la mía.
—¿Qué haces? —susurró tan bajo que apenas lo oí.
—Decir la verdad —contesté encogiéndome de hombros.
—Estás loca.
—Puede, pero eso no hace que lo que he dicho sea menos cierto.
Stefan cerró los ojos un momento, como si acabara de comprender que, por estar a mi lado cuando se me había ocurrido abrir la boca, acababa de sentenciarnos a los dos.
Pues sinceramente esperaba que no fuera así, porque aquello sería otra injusticia y tampoco sería capaz de quedarme callada.
Mientras él se lamentaba en silencio, yo seguía sin poder apartar la mirada de Markus, que tardó apenas unos segundos en procesar mis palabras.
Sin ninguna prisa, dejó el bolígrafo con el que había estado escribiendo a saber qué en el historial. O, mejor dicho, lo soltó de mala leche sobre los papeles y levantó la cabeza, buscando a la insensata que había osado llevarle la contraria.
Que a él podía parecerle mal, pero yo había dicho la pura verdad.
Entonces me miró.
Y, Dios mío…
Ahí sí que me quedé completamente inmóvil. Hasta me olvidé de cómo se respiraba y menos mal que Stefan estaba a mi lado por si necesitaba agarrarme a él, porque no descartaba que en cualquier momento me fallaran las piernas de la impresión.
Era Markus, eso no podía discutirse, pero a la vez no lo era.
Porque aquellos ojos… Aquellos ojos eran los suyos, sí, pero la mirada no.
Y yo conocía muy bien la que había tenido en el pasado. La había observado tantas veces que se me había quedado grabada en la memoria y allí seguía.
La que yo recordaba tenía calidez cuando se acercaba a mi cama para preguntarme cómo estaba. O picardía cuando me gastaba alguna broma para hacerme el día un poco más llevadero, si se daba cuenta, y siempre lo hacía, de que me encontraba bastante mal.
También recordaba el brillo que aparecía en sus ojos cuando algo le hacía gracia o cómo se le iluminaban al comprobar en mi historial que alguno de mis resultados había mejorado respecto a la vez anterior.
Y aquel día… Ese lo recordaba con bastante frecuencia. Cómo sus ojos habían reflejado emoción, preocupación e incluso algo de miedo cuando llegó de repente la llamada anunciando que había un corazón para mí.
Me fijé todavía más en ellos, intentando encontrar algún rastro de todo aquello.
Pero no lo encontré.
Seguían teniendo el mismo color, sí, pero eso era lo único que reconocía. De la mirada que yo recordaba no quedaba nada.
No había brillo, ni calidez, ni el más mínimo rastro de picardía. Ni siquiera conservaban aquella luz que siempre había visto en ellos, incluso en los días más agotadores, cuando llevaba una guardia eterna a sus espaldas y aun así se pasaba por mi habitación antes de marcharse a casa.
Lo que tenía delante era una mirada completamente vacía, sin rastro de emoción alguna. Una mirada neutra, fría y dura, que no transmitía absolutamente nada y con la que parecía taladrarme por haberle llevado la contraria.
Sentí una punzada enorme en el pecho, porque habría podido soportar una mirada de enfado, una desagradable o incluso una de reproche, pero una mirada vacía… Eso sí que no me lo esperaba.
Desde luego, Stefan y Denise no habían exagerado ni un poco. Incluso pensé que se habían quedado cortos, porque aquel hombre que tenía delante y que me observaba como si estuviera mirando una pared, una planta o cualquier otra cosa no era en absoluto el Markus que yo recordaba.
No tenía nada que ver con aquel chico que conseguía que mil mariposas revolotearan en mi estómago, y lo peor de todo era que no había visto ni el más mínimo rastro de reconocimiento en sus ojos. O quizá sí me había reconocido y, lo que era todavía peor, le daba exactamente igual que fuera yo.
La chica a la que había cuidado y animado, aquella a cuyo lado había estado durante tanto tiempo, ayudándola a seguir adelante y procurando que pudiera salir del hospital con una nueva oportunidad de vivir.
No me preguntó quién era ni cómo me llamaba. Nada. No hizo absolutamente nada, salvo mirarme como si fuera una molestia, y aquello dolió mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir delante de nadie.
Pero no solo me sentí dolida, también enfadada, y no con él, sino con la vida, porque al mirarlo comprendí que seguramente había sido ella la que le había puesto algo terrible en el camino para que hubiera cambiado tanto.
Markus apartó la mirada y, sin que se le moviera un solo músculo de la cara, volvió a hablar con un tono todavía más seco.
—Sentaos.
Miré a Stefan y vi una súplica en sus ojos. Me estaba pidiendo que lo dejara estar.
También pude leer en su expresión un clarísimo: «¿Ahora lo entiendes?».
Asentí.
Di un paso y aparté la silla que tenía delante.
Si por mí hubiera sido, le habría dicho muchas cosas a Markus, pero me contuve porque, después de lo que acababa de ver, estaba segura de que tendría oportunidad de hacerlo en otro momento.
Y aquel no era el adecuado, ni por el momento ni por el lugar, para hablar con él e intentar averiguar qué narices le había pasado para convertirse en alguien que parecía hecho de piedra.
Stefan apartó la silla que estaba junto a la mía y se dejó caer en ella con cansancio, mientras Markus recogía los papeles que tenía delante y cogía otra carpeta que había a su lado, momento que aproveché para repasar sus rasgos.
El paso de los años también lo había cambiado un poco físicamente. Tenía la mandíbula algo más marcada de lo que recordaba y sus facciones, sobre todo las líneas de expresión estaban más definidas.
Una ligera barba de un par de días le cubría el rostro.
Aquello tampoco lo había visto en el pasado, porque entonces siempre iba perfectamente rasurado y olía a aquella loción para después del afeitado cuyo aroma me parecía maravilloso y que, cuando salía de mi habitación, permanecía flotando en el ambiente durante un buen rato.
Sus hombros también eran más anchos y entre su cabello distinguí algunas hebras blancas, casi imperceptibles si no te fijabas bien.
Seguía siendo joven, tenía treinta y cinco años, pero su gesto cansado, la mirada vacía y la dureza de su voz lo hacían parecer mucho mayor, como si cargara sobre los hombros con unas experiencias que le pesaran más que a alguien que le doblara la edad.
Markus empezó a hablar de repente y mis tres compañeros contuvieron el aliento, mientras yo cada vez estaba más sorprendida porque seguía sin entender a qué venía aquella actitud por su parte.
—Esta semana tenemos varios casos que revisar. Empezaremos la ronda con el ingreso de una mujer que llegó anoche. Haremos una valoración inicial y con eso decidiremos qué pasos seguir.
Sin detenerse, continuó hablando de los pacientes ingresados que estaban a su cargo y, por extensión, al nuestro.
Su voz era firme y profesional, eso no podía negarlo, pero completamente neutra, sin apenas cambios de tono. Se notaba que sabía de lo que hablaba y, en ese sentido, Stefan no se había equivocado.
Pero resultaba frustrante, y un poco triste, escucharlo hablar de aquella manera. Como si en lugar de una persona tuviéramos delante a un robot al que habían programado para recitar un informe que llevaba grabado en la memoria.
Y todavía me frustraba más comprobar que no se detenía en ningún momento para preguntarnos si teníamos dudas, si habíamos entendido bien lo que explicaba o si queríamos aportar algo.
Por el rabillo del ojo vi cómo los dos chicos, cuyos nombres todavía desconocía, abrían la boca en varias ocasiones, seguramente para hacer alguna pregunta, pero se lo pensaban mejor, quizá por miedo a interrumpirlo y recibir una mala contestación o una mirada fulminante, así que volvían a cerrarla y se quedaban con la duda.
Y aquello era malo, muy malo, porque en nuestro trabajo no podíamos permitirnos quedarnos con dudas que pudieran afectar a los pacientes. Las dudas sin resolver podían dar lugar a errores y esos errores podían llegar a ser fatales.
Estábamos allí para aprender y buena parte de ese aprendizaje consistía en preguntar, además de observar.
Íbamos a tratar con personas enfermas, con vidas que muchas veces dependerían de las decisiones que tomáramos, y si no teníamos claros los motivos para hacer una cosa u otra, difícilmente podríamos tomar siempre las decisiones más acertadas.
Podía entender que un adjunto fuera exigente y duro, incluso me parecía lógico, pero lo que no era capaz de comprender era que sus propios residentes tuvieran miedo de preguntar, y eso era precisamente lo que estaba pasando en aquella reunión.
Verlo hacía que mi irritación aumentara a cada segundo.
—Y eso es todo por hoy —dijo después de cerrar la carpeta—. Vamos a empezar la ronda.
Vi cómo la chica hacía ademán de preguntarle algo, pero se quedó solo en eso, en un intento, porque en el último momento se lo pensó mejor y volvió a cerrar la boca, guardándose la duda que tuviera.
Markus se levantó de la silla y, sin decir nada más, se dirigió hacia la puerta, sin siquiera preocuparse de comprobar si lo seguíamos o no.