Capítulo 14
Stefan y yo salimos de la sala de enfermeras y caminamos hacia el pasillo siguiente, donde estaban los vestuarios del personal de esa planta y, unos metros más adelante, la sala de reuniones.
—Te espero aquí —dijo Stefan parándose en la puerta—. No te entretengas, no creo que sea lo mejor que llegues tarde en tu primer día, sería tu condena.
—Tranquilo, seré rápida.
Stefan asintió, yo hice lo mismo y entré en el vestuario.
Allí solo había entrado años atrás un par de veces de la mano de Denise.
Ambas ocasiones fueron para darme algo que tenía para mí en su taquilla. En una fue para darme un libro y en otra para prestarme su tableta durante unos días, ya que la mía había pasado a mejor vida y mi padre encargó una nueva en la tienda que tardó varios días en llegar.
Repasé el vestuario con la mirada y seguía exactamente igual a como lo recordaba.
Paredes pintadas de un gris tan claro que parecía blanco. Taquillas pegadas las unas a las otras y un banco en el medio donde podías sentarte o dejar las cosas y, un poco más apartado y separado por una pared, un par de duchas y un par de lavabos.
Sin pararme a pensar en nada más, porque era cierto que el tiempo se nos estaba echando encima, me quité la ropa a toda velocidad, abrí la taquilla con la llave que me había dado Denise y saqué un pijama azul que estaba perfectamente planchado.
En la taquilla había un total de tres.
Me lo puse a toda prisa.
Abrí mi mochila y saqué los zuecos que había traído y no pude evitar sonreír al verlos porque estaba segura de que a Denise, cuando me los viera, le encantaría ese detalle.
Eran exactamente del mismo rosa chillón que ella usaba y es que me los había comprado precisamente así en honor a ella.
Me los puse, saqué mi móvil y me lo metí en el bolsillo de la casaca, como también una libreta pequeña y un bolígrafo.
Y por último cogí el fonendoscopio que mi padre me había regalado el día de mi graduación y me lo colgué al cuello.
Metí la mochila en la taquilla, la cerré y respiré hondo antes de volver a salir.
—Joder, cuatro minutos, sí que eres rápida —dijo Stefan sonriendo.
—Ya te dije que lo sería —contesté encogiéndome de hombros.
Stefan soltó una risita corta y asintió.
—Pues vamos al lío —dijo señalando con la cabeza la puerta de la sala de reuniones que estaba al final del pasillo—. ¿Esa sala la conoces?
Asentí.
—He estado alguna vez, pero de eso hace ya mucho tiempo.
—Pero ahora vas a entrar de forma diferente, ¿no? Quiero decir que por lo que has dicho, entrarías siendo paciente y ahora lo harás desde el otro lado.
Volví a asentir mientras mi vista estaba fija en la puerta de la sala mientras caminábamos uno al lado del otro.
—Sí, y en estos momentos no sabría decirte en cuál de las dos situaciones preferiría estar. Por lo que habéis insinuado, las cosas parece que van a ser intensas y, si ya estaba nerviosa antes de venir, ahora lo estoy mucho más.
Stefan soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—Yo también estaba atacado el primer día. Cuando salí de la reunión después de ver el percal que había, lo primero que hice fue ir al baño a vomitar.
Giré la cabeza de golpe para mirarlo.
—No te creo —dije riéndome al imaginármelo.
—Te juro que es verdad.
—Joder, cada vez me lo pones mejor. Me estás asustando.
—Pues… —dijo haciendo una mueca con la boca que hizo que mis nervios aumentaran.
—Stefan, eres único dando ánimos.
—Oye, que yo solo intento avisarte para que entres preparada. Aunque lo que sí que te digo es que no te va a quedar más remedio que aceptar las cosas como son.
Hizo una pausa como si pensara bien qué palabras elegir para decir lo siguiente.
—El adjunto es un tío que sabe muchísimo, eso es indiscutible y lo comprobarás enseguida. Tiene unos conocimientos impresionantes y detecta detalles que a otros les cuesta más ver, pero…
—¿Pero?
—Pero yo creo, y no soy el único que piensa así, que le falta lo más importante.
Lo miré muy intrigada.
—¿Y eso es?
—Humanidad —dijo sin un rastro de diversión ni en su cara ni en su voz; más bien había todo lo contrario, había hastío porque eso fuera así e incluso molestia y pena.
—¿Humanidad? ¿Qué quieres decir?
—Parece un ser sin alma, como si fuera un androide.
Coge un caso clínico y lo resuelve mejor que nadie con mucha eficiencia.
Pero no esperes de él ni una sonrisa, ni un cambio de actitud en sus gestos, ni una palabra amable o un gesto de comprensión o compasión.
Y no solo hacia el personal, es que con los pacientes también es así.
Fruncí el ceño.
Nada de lo que me estaba diciendo encajaba con el Markus que yo había conocido. Y por muchos años que hubieran pasado o por muchas cosas que le hubieran ocurrido, no podía haber cambiado tanto, ¿no?
Con esa pregunta rondándome la cabeza llegamos a la puerta.
—¿Y siempre ha sido así? —Quise saber antes de entrar, a ver si Stefan me daba una pista de lo que podía haber pasado.
—No lo sé. Yo solo lo conozco desde hace un año, desde que empecé aquí.
Pero, por lo que he oído, antes no era así.
Él no habla absolutamente nada de su vida personal y parece que aquí es un tema tabú.
He intentado preguntar, pero nadie me ha contado nada, aunque estoy seguro de que muchos saben lo que pasó, por la manera en que esquivaron mis preguntas.
—¿Entonces no tienes ni idea de si le pasó algo?
—No, pero si dicen que antes no era así, algo tuvo que pasarle; las malas experiencias cambian a las personas y lo mismo es lo que le pasó a él.
Nadie pasa de ser una persona normal a convertirse en alguien a quien parece que le molesta hasta que la gente respire a su lado; tiene que haber un motivo.
Bajé la mirada y por mi cabeza pasó una pregunta, la más obvia: ¿qué narices le habría pasado para que hubiera dado ese cambio?
Cambio que sinceramente esperaba que no fuera tan exagerado como Stefan decía porque el Markus que yo conocía no tenía nada que ver con el que él estaba describiendo.
El que yo recordaba era amable, muy humano y para él el trato cercano con los pacientes era muy importante, para transmitirles esa seguridad y confianza que necesitaban, como me pasó a mí, cuando estás viviendo un momento muy difícil.
—En fin, no te digo nada más, porque vas a poder comprobarlo por ti misma.
Asentí.
Stefan agarró el pomo de la puerta y la abrió, retirándose a un lado para dejarme pasar a mí primero.
—Las damas primero —dijo en voz baja.
—Muchas gracias, caballero —contesté en el mismo tono y conteniendo la risa.
Pasé y Stefan entró detrás de mí cerrando la puerta a su espalda, aunque no avanzamos.
Me quedé parada y eché un vistazo rápido a toda la sala. A simple vista, seguía siendo la misma que recordaba de años atrás, cuando había entrado allí antes del trasplante para que el equipo médico que iba a operarme nos explicara a mi padre y a mí cómo sería la intervención.
Mi vista se fijó en la mesa alargada que había en el centro.
En ella había sentados un chico y una chica que parecían más mayores que yo, pero no mucho; supuse que serían residentes de tercer y cuarto año, aunque de eso ya me enteraría seguramente más tarde.
Los dos estaban sentados en silencio mirando los papeles que tenían delante, pero me dio la sensación de que no los miraban con interés, simplemente miraban hacia ahí porque o no se atrevían o no querían levantar la cabeza para mirar en otra dirección.
Los dos estaban sentados, sí, pero se notaba desde lejos que sus cuerpos estaban rígidos y en tensión.
Mi mirada pasó de ellos hasta la tercera y última persona que estaba sentada en la misma mesa, pero en el lado contrario.
El aire se me quedó atascado en los pulmones y esa sensación que nada tenía que ver con mi enfermedad, que yo conocía tan bien, también apareció cuando mi corazón empezó a desbocarse al ver quién era el hombre que estaba allí.
Y aunque había guardado la esperanza justo hasta ese momento, esta se fue al garete cuando pude comprobar con mis propios ojos que sí que era él.
Era Markus Wolf.