Markus, ladrón de corazones Capítulo 13
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Capítulo 13

Después de las palabras de Stefan se hizo el silencio unos segundos, un silencio un poco incómodo, la verdad.

Por suerte, Denise lo rompió enseguida y respondió a Stefan algo que pareció gustarle bastante o al menos eso me pareció por la sonrisa que puso en la cara.

—Pues eso con Annika por aquí va a cambiar, muchacho.

—Genial.

—Y ahora dime, ¿a qué venías?

Stefan sonrió de medio lado y Denise, al verlo, soltó una pequeña carcajada.

—Tienes un morro que te lo pisas.

Yo los miré sin entender.

—Viene a que le dé uno de los bombones que sabe que siempre tengo en la nevera escondidos; no sé a quién me recuerda.

Ahí la que se echó a reír fui yo, porque era a mí a quien se estaba refiriendo.

Había perdido la cuenta de las veces que, como acababa de hacer Stefan, me colaba cuando estaba ingresada en esa sala cuando sabía que Denise estaba allí preparando algo y le rogaba que me diera uno de esos bombones que acababa de mencionar.

—Es que a esos bombones nadie es capaz de resistirse, Denise, lo entiendo perfectamente.

—¿Sabes cuáles son? —me preguntó Stefan, confundido por mi comentario.

—Annika sabe muchas cosas, más de las que puedes llegarte a imaginar. Tú fíate de ella, que aprenderás mucho a su lado.

—Bueno, esto se pone cada vez más interesante.

—Y más que se va a poner —murmuró Denise entre dientes.

Stefan no la oyó bien, pero yo, que estaba a su lado, sí lo hice y la miré levantando una ceja. Ella, como respuesta, solo se encogió de hombros.

—¿Qué? —le preguntó él.

—Nada, que ya os los doy —respondió antes de girarse hacia la nevera donde guardaban la medicación que necesitaba refrigeración.

La abrió, separó algunas cosas y un minuto después volvió con cuatro bombones y nos dio dos a cada uno.

—Eres la mejor enfermera de todo el hospital y la más guapa también.

Denise se echó a reír y negó con la cabeza a la vez que lo miraba con diversión.

—No hace falta que me hagas la pelota, de sobra sabes que voy a dártelos igual.

—Por si acaso —dijo Stefan antes de desenvolver el primer bombón y metérselo en la boca.

—Hoy no hay más, así que saboréalos.

—Sí, señora, con esto creo que tengo el azúcar suficiente para superar la reunión ácida que tendremos en unos minutos.

—¿Ácida?

—Sí, al perro rabioso solo le falta soltar ácido por la boca, pero ya lo verás por ti misma.

Abrí los ojos como platos por la sorpresa al oírlo llamar así a alguien; solo esperaba, o más bien rogué al cielo, que no fuera de Markus de quien estaba hablando, porque si eso era cierto me iba a llevar un buen chasco.

Giré la cabeza y busqué los ojos de Denise para buscar alguna explicación.

Pero me quedé con las ganas, ya que no me dejó encontrarlos y eso hizo que mis nervios aumentaran todavía más.

—Bueno, vamos a pasar de eso, es lo mejor. Solo te daré un consejo si quieres aceptarlo.

—Sí, claro —le dije a Stefan, cada vez más intrigada con la situación.

—Ver, oír y callar.

—¿Qué? —pregunté a la vez que fruncía el ceño.

—Que eso es lo mejor que puedes hacer. Yo habría agradecido que el año pasado alguien me hubiera dado ese consejo, por eso te lo digo. Si lo hubiera recibido, me habría ahorrado algunas miradas que no me gustaron nada y ciertos comentarios que me gustaron todavía menos.

—Stefan, ese consejo a Annika no le va a servir de nada.

—¿Por qué?

—Porque yo la conozco muy bien y te aseguro que no se va a callar. Preguntará todo lo que necesite saber si es que no lo sabe y, si ve algo con lo que no está de acuerdo, lo dirá sin cortarse un pelo.

Denise tenía razón.

Quizá todo lo que había vivido me había hecho ser así.

Desde niña aprendí, precisamente en aquel hospital, que si me quedaba callada, los demás, al verme tan pequeña, evitaban contarme muchas cosas.

Y como yo quería saber en todo momento qué me pasaba, porque consideraba que tenía todo el derecho del mundo a saberlo, al fin y al cabo, era yo la que estaba enferma, preguntaba hasta lo inimaginable.

A veces incluso hacía preguntas para las que no había respuesta y tenían que buscarla hasta que yo me quedara conforme.

Y lo de decir las cosas sin cortarme cuando algo no me gustaba también era cierto. Puede que Nadine tuviera un carácter más fuerte que el mío, eso no lo ponía en duda, pero desde luego yo tampoco me quedaba atrás.

Todo lo que me había pasado me había endurecido y obligado a madurar antes que a otros niños. Porque estar a las puertas de la muerte en varias ocasiones podía hundirte, pero también podía hacerte más dura y más fuerte. Yo, con la ayuda de los míos, había elegido lo segundo y no rendirme nunca.

Por eso estaba convencida de que mis experiencias habían influido mucho, por no decir que lo habían sido todo, en la mujer en la que me había convertido.

Era fuerte, positiva, no me callaba lo que pensaba y odiaba las injusticias. Quizá porque durante muchos años había sentido que la vida había sido injusta conmigo.

No solo me había tocado enfermar, sino que, cuando parecía que todo empezaba a ir mejor y comenzaba a acostumbrarme a vivir con mi enfermedad, mi madre no fue capaz de aceptarlo y nos abandonó.

Y después, como si la vida no hubiera tenido suficiente con aquello, mi salud empeoró tanto que hubo momentos en los que estuve más para allá que para acá.

Así que sí, pensaba que la vida había sido bastante injusta conmigo y quizá por eso odiaba tanto las injusticias, fueran del tipo que fueran.

—Joder, pues como eso sea así, el perro rabioso nos va a hacer chupar más guardias que a nadie en este hospital. Y encima tendremos que verlo más porque no sé cómo pueden gustarle tanto; creo que hace él solo más guardias que tres médicos juntos —dijo resoplando.

—Venga, no adelantes acontecimientos —le dijo Denise.

—Está bien, no lo haré; lo mismo estoy equivocado y el verano le ha sentado tan bien que en vez de un perro rabioso ha vuelto siendo un cachorrito adorable.

Denise soltó una carcajada.

—Pues espero que tengáis suerte y así sea.

—Sí, yo también lo espero porque como siga igual, menudo año largo nos espera.

Dios mío… Con cada palabra que salía de su boca, la cosa se ponía mejor y yo me ponía todavía más nerviosa.

—Me lo estáis pintando de una forma que no sé si ir a la reunión o salir corriendo.

Denise me miró y negó con la cabeza, y Stefan soltó una risita.

—Annika, que lo de correr no lo puedes hacer, al menos no tan rápido y lejos como seguramente te den ganas de hacerlo, así que te tocará hacer un esfuerzo e ir a esa reunión. Luego, cuando termines, para digerir lo que allí veas, si quieres vienes y te doy una gelatina de esas que tanto te gustan.

Abrí los ojos como platos antes de poner un gesto total de asco; bien sabía Denise que odiaba esas dichosas gelatinas y que con solo olerlas se me revolvía el estómago. Me había tocado comer tantas durante mis estancias en el hospital que les tenía una manía que no creía que superara nunca.

La miré unos segundos y en sus ojos había pura diversión y sabía el motivo perfectamente. Cuando en el pasado algo se ponía feo o no tenía un buen día, Denise usaba el humor para intentar que las cosas fluyeran un poco mejor y para animarme.

Y, por lo visto, el día prometía ser de lo más intenso. Si ya estaba bromeando conmigo antes incluso de empezar, era su manera de avisarme, sin necesidad de decirlo abiertamente, de lo que me esperaba. Una advertencia que solo nosotras dos podíamos entender.

—Por supuesto, guárdame no solo una, sino dos —dije con ironía y poniendo los ojos en blanco.

Denise soltó una carcajada y yo terminé riéndome con ella porque, si algo había aprendido a lo largo de los años, era que resultaba mucho mejor reírse de la vida y de las cosas desagradables que nos tocaba vivir que pasarse el día llorando y lamentándose.

Al fin y al cabo, lamentarse no solucionaba nada.

Lo único que conseguías era sentirte todavía peor.

Y cuando estabas enferma, aunque sabía que no todos los casos eran iguales y que siempre había excepciones, el estado de ánimo y afrontar las cosas con una actitud positiva podían ayudarte mucho.

No solo a sobrellevar mejor la situación que te había tocado vivir, sino también durante la recuperación.

—¿Te gustan esas gelatinas? —me preguntó Stefan mirándome como si hubiera perdido la cabeza y poniendo la misma cara de asco que yo había puesto unos segundos antes, pero que él no me había visto por la posición en la que estábamos.

—Las odia —dijo Denise riéndose.

—¿Entonces? No entiendo nada, de verdad. ¿Y qué es eso de que no puedes correr?

—Ya lo entenderás, muchacho, pero no será ahora —dijo Denise señalando el reloj que estaba colgado en la pared—. Os quedan doce minutos para que empiece vuestra reunión, Annika tiene que cambiarse y será mejor que no lleguéis tarde.

Los dos a la vez giramos la cabeza para mirar el reloj y vimos que Denise tenía razón.

—Mierda, es verdad, yo que quería hacerte un recorrido por este sitio y enseñarte algunos sitios como la cafetería, que es imprescindible que conozcas, como buen compañero, y eso no va a ser posible —dijo Stefan mirándome a mí.

Denise y yo nos miramos y nos echamos a reír a carcajadas.

Stefan frunció el ceño.

—¿Qué pasa? ¿He dicho algo gracioso?

—No —contestamos a la vez.

—¿Entonces?

—Stefan, Annika no necesita ningún tour por el hospital, se lo conoce mejor que la palma de su mano, incluso me atrevería a decir que lo hace mejor que muchos de los que llevan trabajando aquí años.

Así que seguramente ella pueda enseñarte a ti más que tú a ella, no solo de las instalaciones, sino de muchas cosas más.

Stefan volvió a fruncir el ceño.

—¿Eres hija de algún médico?

—No.

—¿Enfermera?

—No.

—¿De cualquier otra persona que pertenezca al personal sanitario?

—Tampoco.

—¿Entonces cómo es posible, como dice Denise, que conozcas bien este sitio si hoy es tu primer día?

Denise y yo cruzamos una mirada cómplice, nos sonreímos y asentimos a la vez.

El pobre Stefan estaba cada vez más confundido y lo mejor era decirle alguna cosa para que supiera al menos algo de mí, para que no estuviera tan perdido y entendiera por qué Denise había dicho eso y las otras cosas anteriores.

—Como te he dicho, mi historia es un poco larga y ahora no tenemos tiempo para contártela, pero sí te puedo adelantar que hace muchos años este sitio era como mi segunda casa y hubo temporadas en las que realmente pasaba más tiempo aquí que en la mía propia.

Abrió los ojos como platos.

—¿Como paciente?

Asentí.

—Así es.

—La mejor paciente y la más valiente que hemos tenido en esta planta —añadió Denise mirándome con cariño y con orgullo.

—Bueno, ya será menos —dije ruborizada.

—Sabes que no, sabes que es cierto.

—Si eso es así, fue porque tuve a los mejores a mi lado.

Stefan nos miró a las dos y sonrió al ver el cariño con el que nos mirábamos.

—Estoy deseando oír tu historia, algo me dice que de ella voy a aprender cosas que no se aprenden en los libros ni tampoco puede enseñármelas ninguno de los que están aquí.

—Eso no lo dudes, muchacho. Y ahora largo o llegaréis tarde.

—Sí, vámonos —me indicó Stefan con la cabeza para que nos fuéramos juntos a la reunión.

Ambos nos despedimos de Denise, él con unas palabras cariñosas y yo con un abrazo y un beso, después de prometerle que volvería al terminar el turno para contarle cómo me había ido el día.

Antes de marcharnos, me entregó la llave de una taquilla de los vestuarios y me explicó que dentro encontraría los pijamas que el personal había dejado preparados para mí.