Capítulo 11
Denise se retiró un poco hacia atrás para mirarme a la cara y volver a hablarme.
—Ya era hora de que te dejaras caer por aquí, que no nos hemos visto en todo el verano.
No era una recriminación. Denise nunca me había reprochado nada, y estaba segura de que no llegaría a hacerlo jamás. Por muchas veces que me hubiera quejado cuando se me agotaba la paciencia, ella siempre había sido comprensiva conmigo y había demostrado tener una paciencia infinita.
—Pues ahora nos vamos a ver bastante.
Denise retrocedió un paso más, pero no me soltó del todo. Su rostro, al oír mis palabras, mutó en décimas de segundo. Donde antes había una sonrisa preciosa, amable y cálida, se impuso la seriedad y la preocupación que se reflejó inmediatamente en sus ojos.
—Dime que no.
La miré desconcertada.
—¿Qué?
Denise alargó una mano y me la puso a la altura del corazón.
—Dime que este sigue bien. Dime que no estás aquí para darme un susto de los tuyos.
Me quedé mirándola unos segundos, los justos para que mi cerebro comprendiera a lo que se estaba refiriendo y, al hacerlo, me eché a reír.
—Denise, mi corazón está perfectamente bien y en su sitio. Sigue funcionando como el reloj que tiene que ser, dando los latidos perfectos.
Me miró de arriba abajo y después su mirada volvió a mis ojos antes de fruncir el ceño como si no terminara de creerse lo que acababa de decirle.
—Si eso es así, no entiendo entonces qué quieres decir.
Sonreí un poco más antes de contestarle.
—Voy a hacer aquí mi residencia, hoy es mi primer día.
—¡No! —dijo llevándose las manos al pecho impresionada.
—Sí.
Denise solo se mantuvo en silencio un segundo antes de dar un chillido que llenó toda la sala de enfermería.
—¡Ay, mi niña! ¡Ay, mi niña, que viene a quedarse aquí con nosotros!
Mis carcajadas ante su reacción se unieron a sus gritos, llenando más la sala de ruido.
La otra enfermera, a la que solo conocía de vista y que había permanecido en segundo plano, nos miró con cariño y debió de entender que necesitábamos ese momento para nosotras solas porque se giró y se fue al fondo de la sala para seguir preparando otras cosas.
—¡Mi niña va a estar con nosotros! ¡Qué alegría! ¡Qué alegría más grande, madre mía!
Sin que me lo esperara, o quizá sí, Denise, que ya estaba llorando, tiró de mí y volvió a estrecharme fuerte entre sus brazos.
—Denise… —dije contra su pecho soltando un gemido por la emoción.
—No llores, niña, que me haces llorar a mí.
Solté una risa entre lágrimas.
—Pero si has empezado tú.
—Imposible no hacerlo, es la mejor noticia que me podías dar.
Volvimos a separarnos y, antes de que pudiera limpiarme las lágrimas que tenía en las mejillas, Denise se me adelantó y ella misma me las limpió con sus pulgares antes de hacer lo mismo con las suyas.
La felicidad ante la noticia no era fingida ni por quedar bien, era completamente sincera y no lo sabía solo porque me lo acabara de decir, sino porque estaba también reflejada en sus ojos.
—¿Cómo no me has dicho nada antes?
—Quería que fuera una sorpresa.
Soltó una pequeña carcajada.
—Y lo ha sido, una sorpresa maravillosa, niña. Tu padre tiene que estar como loco de contento.
—Ya lo creo, y Nadine también.
—Esa granuja —dijo riéndose—. Tengo ganas de verla; cuando la veas luego, dale un besazo de mi parte.
Denise me quería mucho como yo a ella, pero con el paso del tiempo y las horas que Nadine había pasado allí conmigo, había terminado cogiéndole cariño y eso que había tenido que echarla de allí ni sabría decir cuántas veces.
—Me ha mandado recuerdos para ti cuando nos hemos despedido hace un momento en la puerta. También me ha dicho que, en cuanto pueda, pasará a verte.
—Más le vale que así sea. Si no, me encargaré yo misma de ir a buscarla.
—No creo que tengas problemas en encontrarla, donde esté estará discutiendo con mi padre.
Las dos nos miramos y nos echamos a reír.
—¿Siguen igual?
—Sí, yo creo que el día que no discutan será cuando tenga que preocuparme.
—Parecen un matrimonio sin serlo.
Solté una carcajada más alta que las anteriores.
—Eso mismo pienso yo.
—Buena le ha caído a tu padre con ella. A cabezota y a perseverante no le gana nadie.
—Mi padre no lo reconocerá nunca en voz alta, pero disfruta de sus duelos verbales igual o más que ella; son tal para cual. Es divertidísimo verlos en acción a los dos discutiendo de los casos que llevan. Bueno, y de cualquier otra cosa, porque de todo hacen una batalla.
Denise negó con la cabeza antes de volver a echarse a reír.
—Vaya dos.
—Aunque puede que dentro de poco Nadine reparta sus energías para discutir con otro hombre aparte de mi padre.
Denise me miró con los ojos abiertos.
—¿No me digas que se ha echado novio?
—Aún no, solo han tenido una cita, pero algo me dice que lo será pronto.
Denise soltó una risita y se llevó una mano al pecho.
—Dios pille confesado al pobre muchacho. ¿Y ya conoces al insensato?
Negué con la cabeza a la vez que me reía.
—Yo aún no, pero puede que tú sí.
—¿Yo? ¿Cómo?
—Trabaja aquí y… —Hice una pausa para hacerlo más interesante.
—¿Y? Habla, niña, no me dejes así.
—Es psiquiatra.
Denise tuvo que taparse la boca con las manos para que sus carcajadas no se oyeran fuera de la sala de enfermería y los médicos y los pacientes no pensaran que teníamos montada allí a las ocho y cuarto de la mañana.
—Dios mío… —dijo riéndose, pero enseguida se le cortó la risa y me miró mientras pensaba—. Conozco a todos los médicos de este hospital y, sin lugar a equivocarme, me aventuro a decir que ese hombre es Emil Vogel.
La miré alucinada y asentí varias veces.
—Sí que es él. ¿Cómo lo has sabido?
—Porque es un amor de hombre. Es muy educado, atento y tiene una paciencia que no he visto jamás en ninguna otra persona. Si ha tenido una cita con Nadine, conociéndola como es, y quiere repetir, eso es que nuestra chica le ha impresionado muchísimo.
—Pues le va a venir fenomenal esa paciencia porque va a necesitarla.
—¡Annika! —dijo echándose a reír de nuevo.
—¿Qué? Es la verdad, ya sabes cómo es Nadine, es un huracán con piernas.
—Lo es y también tiene un corazón tan grande como esa capacidad de argumentación que tiene y también de llevarle la contraria a la gente solo por diversión.
—Eso es cierto, es la mejor.
—¿Y a ella también le gusta el doctor?
—Ella no me lo ha dicho, pero la conozco, le gusta mucho, lo sé.
—Pues entonces creo que serán el uno para el otro; él tiene la paciencia que a ella le falta y ella tiene ese punto de darle vidilla a la gente que a él le falta, es un poco tímido.
—Vidilla no le va a faltar, eso seguro, y a ella le vendrá bien alguien que le eche un poco el freno de vez en cuando.
—Tenemos romance a la vista —dijo poniendo ojillos y sonriendo de medio lado.
—Eso pienso yo.
—Pues no podemos perdernos nada, esto es muy emocionante, las niñas se hacen mayores. Tú déjame a mí, que vigilaré al doctor de cerca para ver cómo avanzan las cosas, y tú vigila a Nadine en casa.
Tuve que agarrarme el estómago de la risa.
—Trato hecho.
Era increíble la complicidad que teníamos las dos.
Eso no solo lo había hecho la cantidad de horas que habíamos pasado juntas, sino la conexión que tuvimos desde el primer día que entró en mi habitación siendo una niña.
Se sentó en mi cama al verme muerta de miedo y me ofreció la mano para que se la agarrara fuerte y me dijo que estuviera tranquila, que ella estaría para mí siempre que la necesitara.
Y no fue una frase hecha, ni algo dicho por decir; era totalmente cierto que eso había pasado porque durante los años siguientes, en todos mis ingresos y también en las consultas, había estado para mí como me prometió aquel primer día.
Era increíble, pero con Denise había sentido una conexión que nunca había tenido con mi madre.
Ella, sin tener ningún vínculo de sangre conmigo, se comportó en muchos momentos como si de mi propia madre se tratara. Y yo por eso y por millones de cosas más le estaría agradecida de por vida y la seguiría queriendo igual, pasaran los años que pasaran.
Dicen que las malas experiencias unen a las personas y, desde luego, en mi caso así había sido porque siempre había estado muy unida a mi padre y a Nadine, pero desde mi enfermedad mucho más y después con Denise me pasó exactamente lo mismo.