Markus, ladrón de corazones Capítulo 10
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Capítulo 10

Me paré a un par de metros de la puerta del hospital y me quedé observándola unos segundos.

Llevaba la mochila colgada al hombro, pero en ese momento parecía pesar mucho más de lo que realmente pesaba.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y me sudaban por los nervios que me recorrían todo el cuerpo.

Había cruzado aquella puerta tantas veces a lo largo de los años que había perdido la cuenta.

Recordé las diferentes maneras en las que había llegado hasta allí.

De niña, caminando de la mano de mi padre. Otras veces en sus brazos, porque estaba tan cansada y fatigada que ni siquiera tenía fuerzas para recorrer por mi propio pie la distancia que separaba el coche de la entrada.

En otras ocasiones, con Nadine también a mi lado, agarrándome la mano no solo porque estuviera cansada, sino para darme esos ánimos y ese apoyo que tanto necesitaba. Y todo sin decir una sola palabra, porque los tres sabíamos lo que había y muchas veces no hacía falta decir nada.

Cuando las cosas empeoraron, había llegado en silla de ruedas y, en los momentos más críticos, tumbada en una camilla, acompañada por el personal sanitario de la ambulancia que había tenido que ir a buscarme a casa.

Había sentido tantas cosas al atravesar aquella puerta… La mayoría de las veces, miedo. Otras, auténtico terror al pensar que podía ser la última vez que entrara y que quizá no saldría de allí con vida.

En ocasiones había llegado llorando o forzando una sonrisa para no preocupar todavía más a mi padre o a Nadine.

A veces con la esperanza de poder seguir adelante y otras sin una pizca de ella, cuando me encontraba tan mal que apenas podía dar una bocanada de aire y sentía que la vida se me escapaba entre las manos.

Respiré profundamente y sonreí, porque por primera vez experimentaba una sensación completamente diferente a todas aquellas que había sentido durante tantos años.

Era pura felicidad.

Porque ese día, por primera vez en mi vida, no iba a cruzar aquella puerta como paciente.

No iba a entrar para sentarme en una sala de espera hasta que el médico de urgencias me atendiera, intentara estabilizarme y llamara a mi cardióloga para que viniera a verme si estaba en el hospital o diera las órdenes necesarias según el estado en el que me encontrara.

Tampoco iba a hacerme ninguna prueba o revisión para después pasar horas, o incluso días, con la incertidumbre de no saber si los resultados confirmarían que todo seguía bien.

Ni iba a entrar sin saber si mi estancia duraría unas horas o si, por el contrario, tendría que pasar allí días que acabarían haciéndose interminables, sin saber cuándo podría regresar a casa.

No, ese día no iba a entrar en aquel hospital de ninguna de esas maneras.

Esta vez iba a estar al otro lado.

En el lado en el que aprendería todo lo que pudiera para convertirme en la persona que les agarrara la mano a los pacientes, que se sentara junto a sus camas y los ayudara como tantas veces habían hecho conmigo.

Y también, por qué no, compartir con ellos un poco de mi propia experiencia si era necesario, para que vieran que, pasara lo que pasara, nunca había que perder la esperanza.

Que había que intentar ser positivos y pensar que las cosas, por muy feas que se pusieran, podían mejorar o, al menos, no empeorar.

Era cierto que había casos, y yo había conocido algunos, en los que por mucho que se hiciera, la batalla estaba perdida de antemano. Pero aun así pensaba que, incluso cuando no quedaba otra opción que marcharse, había que hacerlo habiendo luchado hasta el final.

Sentí un cosquilleo en el estómago, uno muy diferente a cualquier otro que hubiera experimentado antes. Y mientras observaba los pocos pasos que me separaban de la entrada, supe que en cuanto atravesara aquella puerta mi vida volvería a cambiar.

Solo esperaba y deseaba que fuera para bien.

Respiré profundamente una última vez, agarré con fuerza el asa de la mochila y avancé paso a paso hasta que por fin entré.

—Vamos allá, Annika —me susurré a mí misma para darme ánimos.

Nada más cruzar la puerta, volví a tener esa sensación que había experimentado cientos de veces: la de estar en casa. Y, en cierto modo, así era, porque había pasado tantas horas en aquel hospital que realmente lo sentía como mi segundo hogar.

Recorrí con la mirada todo lo que me rodeaba y no pude evitar sonreír al comprobar que todo tenía el mismo aspecto de siempre.

La gente caminaba de un lado a otro. Unos iban con prisa, mientras que otros avanzaban con pasos lentos, bien por el cansancio o porque no podían hacerlo de otra manera.

Un celador empujaba una silla de ruedas en la que iba sentado un joven con una pierna recién escayolada. Dos enfermeras hablaban sobre alguna medicación mientras consultaban una carpeta que una de ellas sostenía entre las manos.

A la derecha, varias personas permanecían sentadas esperando por diferentes motivos.

En el mostrador de recepción, dos chicas atendían los teléfonos, que sonaban con insistencia, mientras otras personas aguardaban su turno para hacer alguna consulta, preguntar dónde estaba determinada sala o resolver cualquier otra duda.

Había bastante murmullo y las conversaciones se mezclaban unas con otras.

Asentí con una sonrisa al comprobar que todo seguía en su sitio, tal y como lo recordaba.

Sin necesidad de preguntar a nadie, porque me sabía el camino de memoria, tanto que habría podido recorrerlo con los ojos cerrados, me dirigí hacia un pasillo que se abría a la izquierda y donde estaban los ascensores que llevaban a las distintas plantas del hospital.

Había doce en total.

En ellas se distribuían las diferentes especialidades. Aunque sabía perfectamente qué había en cada planta, las que mejor conocía eran la planta baja del ala este, donde estaban las urgencias, y la tercera, donde se encontraba cardiología.

Esta última estaba dividida en dos alas. En una se encontraban las consultas y las salas donde se llevaban a cabo algunas pruebas, mientras que en la otra estaban las habitaciones de los pacientes ingresados.

También conocía las demás plantas, aunque las había visitado muchas menos veces. Sabía que en la primera estaban los quirófanos, donde me habían operado en alguna ocasión y donde, años atrás, me habían realizado el trasplante.

En esa misma planta, pero en otra ala, se encontraba la cafetería reservada al personal sanitario, aunque su aspecto no era muy diferente al de la que había en la planta baja para el resto de la gente.

En la duodécima estaba la capilla. Allí también había estado varias veces, tanto sola como acompañada. Y por las demás plantas había pasado en alguna ocasión, sobre todo cuando tenía que hacerme alguna prueba y el equipo necesario se encontraba allí en lugar de en la tercera.

Entré en el ascensor y, casi sin pensarlo, pulsé el botón del tercer piso. Fue un gesto tan instintivo que mi mano pareció moverse sola.

Había más personas conmigo, pero por suerte no éramos muchas, así que no sentí aquel agobio que tantas veces había experimentado, como si quienes compartían el ascensor conmigo me robaran el poco aire que tanto necesitaba entonces.

Cuando el ascensor se detuvo en la tercera planta, fui la única que salió.

Había llegado a mi segunda casa.

No necesité pensar hacia dónde tenía que dirigirme. Mis pies parecían conocer el camino mejor que yo. Caminé unos metros, giré por el siguiente pasillo y, después de doblar otra esquina, llegué al lugar que había decidido visitar primero.

La sala de enfermería.

A aquella sala solo podía acceder el personal autorizado.

Era una zona de trabajo donde las enfermeras de la planta preparaban la medicación de los pacientes, revisaban sus historiales, anotaban cualquier información que debieran comunicar a los médicos y, cuando tenían un momento libre, aprovechaban para sentarse y descansar unos minutos.

Pero yo había entrado allí más veces de las que podía contar, primero de niña y después también de adolescente.

A veces iba a buscar a Denise para pedirle algo, otras para despedirme cuando me daban el alta o simplemente para saludarla cuando mi estado me permitía salir a caminar un poco por el pasillo.

Ella, saltándose las normas y sin que nadie se atreviera nunca a decirle nada, me había permitido entrar, sentarme a su lado y abrazarnos si lo necesitábamos.

Otras veces charlábamos de cualquier cosa o simplemente compartíamos un silencio que, en demasiadas ocasiones, era mucho más necesario que cualquier palabra.

Desde fuera pude escuchar el murmullo de al menos dos voces. Empujé suavemente la puerta, que estaba entreabierta, di un par de pasos y me apoyé en el marco para observar con una sonrisa lo que estaban haciendo dentro.

Había dos mujeres con el pijama del color característico de las enfermeras, colocando en un carro la medicación que repartirían unos minutos después a los pacientes ingresados.

La voz de una de ellas, que estaba de espaldas a mí, hizo que mi sonrisa se ampliara todavía más.

Era una voz cálida y suave que habría reconocido entre miles. Y tampoco necesité verle la cara para saber que era ella. Me bastó con observar su manera de moverse, con aquella eficiencia tan suya que siempre la había caracterizado.

Llevaba el pelo recogido en una coleta baja, como de costumbre, y sus zuecos eran de aquel rosa chillón de siempre que permitía reconocerla desde el otro extremo del pasillo.

No pude contenerme más, así que golpeé suavemente el marco de la puerta con los nudillos para hacerles saber que no estaban solas.

Denise, al escuchar los golpes, giró la cabeza y durante un par de segundos se quedó inmóvil, mirándome como si no pudiera creerse que fuera yo quien estaba allí.

—¡Annika!

Sonreí de oreja a oreja al ver la alegría que se reflejaba en sus ojos al verme.

—Buenos días.

Denise soltó lo que tenía en sus manos para dejarlo en el carro y se giró por completo hacia mí para quedarnos de frente, a la vez que ponía las manos en su cintura haciendo ese gesto tan particular suyo, que tantas veces la había visto hacer a lo largo de los años.

—¡Pero, niña! ¿Qué haces aquí?

Me encogí de hombros como si quisiera quitarle importancia a ese momento sabiendo que en breves minutos se pondría de lo más intenso.

—Pasaba por aquí y he pensado en visitar a una vieja amiga.

Denise me miró como tantas veces había hecho durante años con esa mezcla de ternura y cariño que no solo ella sentía por mí, sino yo también por ella.

—Déjate de historias y ven a darme un abrazo, que hace muchísimo que no te veo, pequeña guerrera.

No fue ella sola la que avanzó hacia mí; las dos lo hicimos al tiempo y nos fundimos en un abrazo que me hizo sentir más en casa todavía.

Denise olía igual que siempre. A esa mezcla de flores, jabón y medicamentos que lejos de desagradarme, me hizo sentir igual de bien que siempre.

—Mi niña… —susurró contra mi pelo—, mi pequeña guerrera.

Sonreí contra su pecho al oírla llamarme así. Por muchos años que pasaran, desde el primer día que nos conocimos en mi primer ingreso me llamó «mi pequeña guerrera» y desde entonces no había dejado de hacerlo. Como tampoco dejaría de llamarme niña nunca, aunque ya fuera una mujer.

Cerré los ojos y la abracé un poco más fuerte.

La quería, la quería muchísimo y sabía que ella a mí también. Yo para ella nunca había sido solo una paciente y ella para mí nunca había sido solo una enfermera. Ella había sido un apoyo constante y una de las personas más importantes en el peor momento de mi vida.