Capítulo 9
Mientras las dos seguíamos unos segundos paradas frente a la cristalera de una zapatería, cerré los ojos unos instantes y las imágenes de esos recuerdos de ocho años atrás empezaron a pasar como si de una película se tratara.
Me vi a mí misma durante los dos primeros años después del trasplante, cada vez que acudía a las revisiones, antes de entrar en la consulta y también al salir de ella, recorriendo los pasillos de la planta de cardiología de arriba abajo.
Ya ni recordaba las veces que lo hice para ver si tenía suerte y me cruzaba con Markus, para poder verlo, saludarlo y, si era posible, charlar un poco con él.
Pero eso nunca llegó a pasar y, después de dos años, no es que me cansara de buscarlo, sino que acabé pensando que se había marchado del hospital o que simplemente había sido una estúpida adolescente por hacerme ilusiones creyendo que algún día podría mirarme de una manera diferente.
Porque si Markus hubiera sentido el más mínimo interés por mí, aunque solo fuera por saber cómo estaba, podría haber consultado cuándo tenía mis revisiones y haber hecho lo posible por verme.
Pero eso tampoco ocurrió y, con el paso del tiempo, acabé abriendo los ojos y aceptando que me había hecho ilusiones con algo que no existía.
Dejé de buscarlo por los pasillos cada vez que iba al hospital y seguí adelante con mi vida, dejando que Markus se convirtiera en el recuerdo de un chico amable y nada más.
Sacudí la cabeza para apartar aquellos recuerdos justo cuando Nadine retomó la marcha y también la conversación.
—Annika, estoy pensando…
—Me das miedo cuando piensas —dije bromeando.
—Calla, tonta, y escúchame.
—Te escucho —dije con voz cansada.
—¿Y si el destino no quiso que pasara nada hace años porque no era el momento, pero ahora sí lo es? Si está en el hospital, no tardarás en descubrirlo. Tarde o temprano acabaréis cruzándoos.
—Estás pesada, ¿eh? Que te digo que es muy poco probable que siga trabajando allí. Seguramente se haya marchado a otro hospital, a otra ciudad o incluso a otro país.
—Pero ¿y si estuviera?
—Que no lo está, Nadine, y no seas pesada.
—Eso no lo sabes, así que no seas pesada tú.
—Bueno, y si estuviera, ¿qué? ¿Qué quieres que haga? Seguramente ni se acuerde de mí, pues anda que no habrá tenido pacientes durante diez años.
—Pero nadie tan especial como tú.
La miré alzando las dos cejas.
—Sí, superespecial soy.
—Para mí sí.
—Para ti, tú lo has dicho. No para un médico que solo hizo su trabajo y punto.
Nadine se quedó pensando unos segundos y sonrió de medio lado. La conocía muy bien y sabía que iba a soltar otra tontería.
—Suéltalo ya —le pedí antes de resoplar.
—¿Cómo sabes que estoy pensando algo?
—Quizá, pero solo quizá, porque te conozco un poco.
—Pues estaba pensando que sería la leche que fuera tu adjunto.
Giré la cabeza a toda velocidad para mirarla con los ojos abiertos como platos.
—Imposible.
—Nika, en esta vida nada es imposible y tú lo sabes.
—Te digo que no.
—¿Por qué no?
—Porque no y ya está.
—Ese argumento no es sólido y no vale para nada, busca otro.
—No tengo que buscar nada. Y la de los argumentos eres tú, no yo. Y deja el tema ya, por favor, te lo pido porque estás consiguiendo que de verdad me ponga nerviosa.
—Eso es porque sabes que esa posibilidad existe y estás entre deseando que sea cierta y cagada de miedo si lo fuera.
—Nadine, en serio, déjalo, no puede ser posible que esté. Aunque solo fuera una vez en todos estos años, me lo habría cruzado y eso no ha pasado ni una sola vez.
—Te digo en serio que es una posibilidad. Cuando lo conocimos, estaba en su primer año de especialidad. Han pasado diez años, así que ya habrá terminado su formación y ahora podría ser adjunto. ¿Y si resulta que te toca a ti?
—Y también me puede tocar la lotería.
—Es que si te tocara de adjunto, sería como si te tocara la lotería.
Resoplé tan alto que un matrimonio que pasaba a nuestro lado se me quedó mirando, seguramente pensando que o estaba loca o enferma.
Lo segundo era cierto que lo había estado durante mucho tiempo, y lo primero no descartaba acabar así porque al lado de Nadine era una posibilidad bastante alta.
Al menos su novio, si es que acababa siéndolo, que estaba segura de que así sería, me daría sesiones gratis, pensé a la vez que al lado de la loca de mi amiga cruzaba el paso de peatones que llevaba justo a la acera donde estaba por fin el hospital.
—¿Por qué me haces esto, Nadine?
—¿Qué se supone que te hago?
—Ponerme nerviosa haciéndome pensar algo que hay muy pocas probabilidades de que pase.
—Con que haya una, sobran las demás. Y no intento ponerte nerviosa, solo intento ponerte sobre aviso de algo que puede pasar.
—Pues espero por mi bien que no pase.
—¿Por qué?
Me quedé callada un par de segundos antes de suspirar y luego contestar.
—Porque si así fuera, estaría más pendiente de él y de sus ojos que de atender a lo que me explicara cuando intentara enseñarme algo.
Nadine soltó una carcajada que hizo que varias personas que estaban en la puerta del hospital se giraran para mirarla.
—¡Lo sabía!
—Baja la voz, la gente nos mira.
—¡Acabas de admitir que el doctorcito te gustaba!
—¿Quieres hablar más bajo, por favor? Y no he admitido nada.
—Por supuesto que sí y te ha costado, ¿eh? Porque llevamos quince minutos hablando de lo mismo. Ya era hora de que dijeras que te gustaba.
—Es que no tenía que decirlo, eso tú ya lo sabías; ahora no seas tú la que quiere hacerse la tonta.
—Las dos lo sabíamos, pero no querías decirlo en voz alta porque en el fondo te jodió que el tío desapareciera del mapa como por arte de magia.
Pues sí, me dolió no volver a verlo, pero eso no pensaba decirlo en voz alta. Bastante lata me había dado ya todo el camino como para echar más leña al fuego y que cuando volviéramos a vernos en casa siguiera dándome más guerra.
—Nadine, solo voy a decir una cosa y esta conversación se acabará aquí y ahora, ¿vale?
—Claro que se acabará aquí y ahora. Tú tienes que entrar y yo tengo que irme al despacho.
—No es eso lo que te estoy diciendo y lo sabes.
—Vale… pesada. Venga, di lo que sea.
—Me gustaba, eso no lo niego, pero han pasado muchos años y, aunque por una casualidad remota volviera a encontrármelo, eso no quiere decir que vuelva a gustarme. Diez años son muchos años y la gente cambia mucho.
Se quedó unos segundos pensando y mirándome.
—En eso tienes razón, lo mismo ya no es aquel chico que conocimos. Ahora será un hombre de treinta y tantos con muchas experiencias a su espalda y eso cambia a la gente. No necesariamente ese cambio tiene que ser a peor, pero podría ser una posibilidad.
Y esa era una de las cosas por las que no quería pensar en la posibilidad, si es que la había, de que pudiera encontrarme con Markus en el hospital.
Porque era cierto que para bien o para mal, algo tenía que haber cambiado y yo no quería o no estaba preparada para ver en él cualquier cambio; prefería quedarme con el recuerdo que tenía suyo y de cómo era cuando lo conocí.
Prefería recordar al médico joven y sonriente al que le apasionaba su trabajo y que tenía una paciencia inagotable.
Al chico que hasta en mis peores momentos había conseguido no solo que sonriera, sino que soltara hasta pequeñas carcajadas para las que apenas tenía fuerzas cuando me contaba alguna anécdota de algún paciente, siempre siendo muy respetuoso y reservándose el nombre de dicha persona.
El chico que nunca me trató como si estuviera enferma, aunque realmente así fuera.
Y es que diez años eran muchos y, al igual que yo había cambiado, no solo físicamente, estaba segura de que él también lo habría hecho.
La gente cambia por muchos motivos, por las experiencias que vive, tanto buenas como malas, por las decepciones que te endurecen o por las pérdidas que sufres.
Y no me refería solo a perder a alguien porque hubiera fallecido, sino también a situaciones como la que yo viví cuando mi madre nos abandonó.
Algo así, quieras o no, te marca. Y luego estaban todas esas cosas que, aunque no quieras vivirlas, el destino o la vida te ponen por delante y no te queda más remedio que aceptar.
En mi caso, el cambio físico era notable para cualquiera que me hubiera conocido antes del trasplante, pero también había cambiado por dentro. Mi carácter se había hecho más fuerte y mi manera de ver la vida era muy distinta.
Y es que, después de todo lo que había pasado, me parecía normal que esos cambios fueran más evidentes que en alguien que no hubiera tenido que vivir algo parecido.
Había pasado casi una década luchando contra mi enfermedad, desde que comenzaron los primeros síntomas a los ocho años hasta que, cerca de los dieciocho, empecé a levantar cabeza después del trasplante.
—Bueno, sea como sea, pronto saldremos de dudas.
—Sí —dije forzando una sonrisa porque sinceramente prefería quedarme con la duda.
—Ahora me voy, que seguro que tu padre ya me está echando de menos. Esta mañana no hemos tenido ocasión de discutir durante el desayuno y seguro que está deseando recuperar el tiempo perdido.
—Sí, seguro que te está esperando precisamente para eso.
—Ya te digo yo que sí, disfruta de nuestros debates tanto como yo.
Y era cierto, porque Nadine era una contrincante a la altura de mi padre. Ellos disfrutaban con su guerra verbal y yo disfrutaba todavía más viéndolos.
—Yo también me marcho, que quiero saludar a Denise antes de ir a la reunión.
—Dale recuerdos de mi parte y dile que en cuanto pueda me colaré en el hospital para saludarla.
—Nadine, ya eres mayor, ya no tienes que colarte.
—Lo sé, pero a mí me hace ilusión recordar los viejos tiempos cuando me escabullía entre la gente.
—No tienes remedio —dije negando con la cabeza y riéndome a la vez.
—Lo sé, pero ya no me puedes descambiar, así que te tocará aguantarme.
Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla. Nos deseamos un buen día y Nadine se marchó calle abajo, no sin antes hacerme prometerle que buscaría un momento para mandarle un mensaje y contarle si había algo de interés que tuviera que saber.