Markus, ladrón de corazones Capítulo 8
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Capítulo 8

Salimos juntas de casa y el fresco de la mañana nos dio en el rostro. Era septiembre y todavía no había llegado oficialmente el otoño, pero en Graz ya se notaba que los restos del buen verano que habíamos tenido estaban quedando en el olvido.

Las dos, como si estuviéramos sincronizadas, nos ajustamos la chaqueta al cuerpo. Seguramente, a medida que avanzara el día ya no sería necesaria, pero a esas horas al menos yo agradecía haber salido de casa con ella.

Los primeros minutos las dos caminamos en silencio mientras mirábamos todo lo que había en la calle.

A esas horas de la mañana, apenas pasadas las ocho, ya había bastante movimiento, pero eso aumentaría un rato después cuando los padres empezaran a salir de sus casas para llevar a sus hijos al colegio, ese que había empezado ya una semana atrás.

En esos momentos por la calle caminaban personas para ir a sus trabajos o los madrugadores a los que les gustaba salir a pasear o a correr con el fresquito de la mañana.

En las terrazas que ya estaban puestas, las mesas empezaban a llenarse con la gente que, en vez de desayunar en sus casas, lo hacía allí y también con los que paraban para tomar un café antes de llegar a sus trabajos.

Levanté la cabeza y miré al cielo.

Esa mañana no estaba cubierto en su totalidad, pero sí que había varias nubes blancas que dejaban pasar los rayos del sol que todavía a esas horas no tenían fuerza.

Nuestra calle era bastante larga. A ambos lados había casas de dos plantas, como la nuestra, unas junto a otras, pero también algunos edificios que no superaban los cinco pisos de altura.

Me encantaba aquella calle empedrada, con sus edificios de fachadas de colores, aunque en realidad lo que me gustaba era toda la ciudad de Graz.

Me gustaba esa mezcla de movimiento y tranquilidad que se respiraba en ella, dependiendo de la hora del día o de la estación del año.

Era una ciudad llena de vida. Me encantaba detenerme frente a los escaparates y comentar con Nadine qué cosas nuevas habían puesto, o simplemente caminar sin un rumbo fijo mientras observaba a la gente que pasaba a mi lado y me preguntaba cómo serían sus vidas.

Graz era mi hogar, pensé sonriendo.

Allí había nacido, crecido y conocido a Nadine. También había vivido los peores momentos de mi vida, pero por suerte también algunos de los mejores.

En Graz había aprendido muchas cosas, pero sobre todo a no rendirme cuando mi enfermedad me había amenazado durante años con arrebatarme no solo la alegría, sino todo aquello que conocía.

Por sus calles había paseado despacio, teniendo que detenerme cada cinco pasos, siempre con mi padre agarrándome la mano.

Había recorrido aquel camino hacia el hospital tantas veces que había perdido la cuenta.

A veces andando, otras en coche y, cuando había sido necesario, en ambulancia.

Durante esos trayectos había llorado cuando todo parecía ponerse tan oscuro que llegábamos a pensar que podía ser la última vez que lo hiciera.

Pero también había celebrado pequeños triunfos cuando regresaba a casa porque estaba mejor o, al menos, no tan mal.

Mi sonrisa se amplió todavía más al pensar que ese lunes de septiembre hacía ese mismo camino por primera vez por un motivo diferente.

Uno con el que llevaba soñando años.

Por primera vez no iba a entrar en mi hospital como paciente, sino como médica, para seguir aprendiendo y, en unos años, convertirme en una cirujana cardíaca que pudiera dar esperanza a otras personas, cuidando, reparando y cambiando los corazones de quienes lo necesitaran, como habían hecho conmigo.

—Annika.

—¿Qué? —dije girando la cabeza para mirar a Nadine a la vez que salía del embelesamiento en el que me había metido mientras caminábamos calle abajo.

—¿Has pensado que quizás él esté allí?

Se me encogió el estómago ante la pregunta de Nadine, una que desde luego no me esperaba, no al menos el primer día. Decidí hacerme la despistada como si no supiera perfectamente de quién me estaba hablando.

Porque sí, sabía perfectamente que me estaba hablando del dueño de los ojos grises y la sonrisa más bonita del mundo.

—¿Quién?

Nadine se paró un segundo, levantó una ceja y me miró como si fuera uno de sus clientes, esos que al no ser claros agotaban su paciencia, la poca que tenía, en un tiempo récord.

—El cura del hospital, no te jode. Conmigo no te hagas la tonta, Nika, que sabes perfectamente de quién te estoy hablando.

—No me estoy haciendo la tonta, no sé de quién hablas, en el hospital hay mucha gente.

—Por supuesto que sí que lo sabes. Y sé de sobra que hay mucha gente, pero estamos hablando de una persona en concreto.

—Estarás hablando tú, porque te repito que yo no sé de quién me hablas —insistí.

—Annika…

—Nadine…

—Sí que lo sabes, así que repito, deja de hacerte la tonta porque no te va a funcionar conmigo.

—Ilumíname entonces, porque mi memoria de pez, esa que dices que tengo, está peor que nunca; tanto estudiar ha debido de dejarla agotada.

—Eres muy graciosa.

—Gracias, me esfuerzo bastante en serlo para que te lo pases bien.

Yo contuve la risa al ver que su paciencia estaba al límite, a la vez que ella resoplaba y me daba un pequeño empujón en el brazo.

—Sabes muy bien que yo también estaba allí. Y que vi con estos ojitos que Dios me dio —se señaló los ojos con dos dedos— cómo ese chico guapo que estaba haciendo la misma especialidad que tú vas a hacer ahora te caló bien hondo.

Nadine no se iba a rendir, eso lo sabía bien, así que me tocó rendirme a mí como la mayoría de las veces que se empeñaba en algo.

—Nadine, solo fue un chico amable que conocí hace muchos años.

Nadine soltó una risa corta.

—Por favor, Nika, las dos sabemos que eso no es cierto, no solo fue un chico amable, fue «el chico» —dijo lo último entrecomillándolo con los dedos.

Puse los ojos en blanco, ella se echó a reír y yo resoplé.

—¿No sé qué quieres que te diga? Fue un médico más. Su trabajo en parte era tratar con amabilidad a los pacientes, y no solo lo hacía conmigo.

—Exacto, su trabajo era ser amable, no conseguir que te brillaran los ojos como dos luceros cuando entraba en la habitación o que soltaras más suspiros que latidos daba tu viejo corazón.

Abrí la boca para protestar, para rebatirla o para mandarle que cerrara la suya, pero maldita fuera la abogada y sus argumentos porque no pude hacerlo, por la sencilla razón de que tenía razón en todo lo que acababa de decir. Y haber dicho algo hubiera sido gastar saliva a lo tonto.

—Era mayor que tú, pero el más joven de todos los médicos que pasaron por tu habitación, y mira que fueron unos cuantos. También recuerdo perfectamente que a ninguno le prestabas demasiada atención, pero claro, eso era porque el doctorcito de ojos grises se llevaba todas tus miradas.

—¿Qué dices? Miraba a todos por igual.

—Claro que sí, bonita —dijo recalcando bien su ironía—, a los demás los mirabas como si quisieras que acabaran cuanto antes para echarte a dormir y a él como si fuera el que desvelaba tus sueños.

Volví a resoplar y Nadine volvió a echarse a reír.

—¿No crees que estás exagerando mucho? Más de lo habitual que haces con otros temas, quiero decir.

—No exagero ni un poco, Nika. Mis recuerdos están bien frescos y recuerdo perfectamente cómo te colocabas el pelo si sabías que él iba a entrar.

Solté un jadeo llevándome la mano al pecho.

—¡Eso es mentira! Deja de inventar.

—¿Mentira? De eso nada, que recuerdo bien cómo te pasabas la mano por el flequillo para colocártelo de lado y cómo te pasabas los mechones sueltos detrás de las orejas para que no viera que por haber estado tumbada, lo tenías revuelto.

—Oh, Dios mío… Cállate de una vez.

—Yo me callo, pero, aunque lo haga, no será menos cierto lo que he dicho.

—Eres una traidora que sacas cosas que ahora no vienen a cuento.

—Soy tu mejor amiga, es mi obligación recordarte cosas vergonzosas que hacías para que no vuelvas a cometer los mismos errores.

Sacudí la cabeza, aunque no pude evitar sonreír, porque, aunque fuera una capulla, tenía razón en todo lo que había dicho.

Era cierto lo del pelo y también que lo miraba más que a cualquier otra persona que entrara en mi habitación.

Cuando me hablaba, me quedaba embobada mirándolo y, cuando me sonreía, mi estómago daba brincos como si tuviera dentro cientos de saltamontes.

También era cierto que me levantaba pensando en él y contaba los minutos hasta que llegara la hora de la ronda para poder verlo.

Nadine recordaba cosas, seguramente no todas, pero yo recordaba todas y cada una de las cosas que había hecho como también todos y cada uno de los momentos en los que había visto a Markus, que así era como se llamaba el dueño de los ojos grises que no habían desaparecido de mi memoria.

—Tu obligación es estar a mi lado como yo estoy al tuyo; veremos a ver qué pasa con Emil.

Nadine frunció el ceño.

—Eh, deja a mi doctor fuera de esto, que ahora estamos hablando del tuyo.

—¿Qué mío? No fue nada mío, tú alucinas.

—Tú sí que vas a alucinar si te lo encuentras en el hospital después de diez años.

En eso tampoco podía quitarle la razón, porque una vez más la tenía. Si por alguna casualidad del destino volvía a encontrarme frente a frente con Markus, no tenía ni idea de cómo reaccionaría.

—No creo que eso sea posible.

—¿Por qué no?

—Porque no creo que siga en el hospital. En diez años no he vuelto a cruzarme con él cuando he venido a las revisiones y tú sabes que no han sido pocas veces.

—Eso es cierto… —dijo pensativa.

Nadine se paró a ver un escaparate y yo hice lo mismo a su lado, pero no vi ni una sola de las cosas que allí tenían, ya que a mi mente vinieron recuerdos que creía olvidados.