Markus, ladrón de corazones Capítulo 7
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Capítulo 7

Entré en la habitación con la toalla enroscada en la cintura y allí estaba Nadine sentada en mi cama esperándome mientras seguía al teléfono.

Colgó un minuto después, el cual yo aproveché para ponerme la ropa interior.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto, tu padre dice que el juez ha aceptado todas las pruebas que le ha presentado.

—Joder, me alegro, porque llevaba unos días preocupado por eso.

—Yo también. Oye, y me ha dicho que si tienes luego un descanso, que lo llames para decirle qué tal la primera impresión.

Asentí, porque aunque yo estaba un poco nerviosa, mi padre estaba atacado pensando en cómo me sentiría al pasar tantas horas en un lugar donde había vivido los peores momentos de mi vida.

Su preocupación iba mucho más allá de la que cualquier padre pudiera sentir por un hijo y lo entendía, claro que lo entendía.

Todo lo que había tenido que pasar viéndome enferma, viviendo siempre alerta y con el corazón en un puño por el miedo a que el mío dejara de latir en cualquier momento y me perdiera, tenía que haber sido horrible.

Por suerte, tiempo después del trasplante, y al ver que yo cada vez estaba mejor, fue relajándose un poco más, pero esa vena protectora seguía en él y, siendo sincera y quizá un poco egoísta, me gustaba que fuera así.

Aunque no sabría decir si por contagio, por extensión o porque esa misma preocupación que él tenía por mí yo también la había desarrollado por él.

Quizá ver ese agotamiento, esa preocupación y ese miedo constante en sus ojos en mis peores momentos me había hecho ser así con él.

—En cuanto tenga cinco minutos lo llamo para ponerlo al día.

—Y si no tienes mucho tiempo, a mí mándame un mensaje para que me quede tranquila o dile cuando lo llames que vaya a mi despacho a decírmelo; con eso me conformo.

—Tranquila, lo haré.

Nadine también se subía al mismo carro que mi padre y yo, ese que teníamos de la preocupación por el otro. La verdad es que éramos los tres iguales los unos con los otros. Éramos, como decía Nadine muchas veces, el mejor equipo de tres que podía existir.

—Bien. Oye, y retomando la conversación de antes, ¿ya sabes quién será tu adjunto? Estaría bien que te tocara tu propia cardióloga.

—No lo sabré hasta la reunión de personal que tengo a las ocho y media. Pero lo que sí sé es que no será mi cardióloga porque, como ya te dije, se jubila este año y me comentó que no tendría residentes a su cargo.

—Cierto —dijo asintiendo con la cabeza—. Pues a ver si hay suerte y te toca alguien tan agradable como ella. ¿Cuántos cirujanos cardíacos hay allí?

—No sé cuántos cirujanos cardíacos habrá en estos momentos, que es la especialidad que yo voy a hacer. Lo que sí sé es que el médico que me operó ya no está. Se marchó de Graz a vivir a otra ciudad y pidió el traslado.

—Joder, entonces no sabremos quién puede ser. Pues una pena porque ese hombre me caía estupendamente.

—A mí también —dije sonriendo al acordarme de él y de lo bien que siempre se portó conmigo.

—Habrá algunos que conozcas que lo mismo no están en la misma planta, pero los verás por los pasillos o en la cafetería.

—Lo sé y la verdad es que sí que me hace ilusión ver a algunos de ellos, que espero que me recuerden, ha pasado mucho tiempo.

—¿Cómo no van a acordarse? Eso es imposible.

—Bueno, ya veremos —dije levantándome de la silla.

—La que más se alegrará de verte, y de eso no tengo ninguna duda, es Denise. Porque ella sigue allí, ¿no?

No pude evitar sonreír en cuanto dijo su nombre.

Denise Fischer.

Solo con pensar en ella se me venían a la mente los mejores recuerdos de los muchos días que pasé en el hospital, sí, porque pese a todo también me había llevado de allí buenos recuerdos y no solo malos.

Denise había sido una de las personas más importantes de esa época dentro del hospital, si no la que más. Ella fue más que una enfermera; ella no era mi madre, pero muchas veces se portó conmigo como si lo fuera.

Me consolaba, me agarraba la mano, me aseaba y me peinaba con un mimo fuera de lo normal. Y aunque nunca lo dijera en voz alta, yo siempre había sabido que era su chica especial. El cariño que sentíamos la una por la otra era mutuo.

Mis ingresos al principio fueron en la planta de pediatría, como es lógico, pero desde los catorce años pasé a la de adultos. Yo seguía siendo una niña entre todos ellos y así me trataba todo el personal; era la niña de muchos, pero sobre todo de Denise.

Su trabajo había ido más allá del que tiene que hacer una enfermera. Muchas veces, fuera de su turno, se había quedado conmigo para que mi padre, muerto de agotamiento, se fuera a casa a ducharse o a descansar unas horas.

El cariño con el que trataba a todo el mundo era impresionante y yo tuve la gran suerte de pasar muchas horas a su cuidado recibiendo ese cariño que nunca venía mal cuando estás fatal y encima tu propia madre te había abandonado por precisamente estar así.

Si cerraba los ojos, aún podía sentir la calidez de sus manos cuando me ayudaba a levantarme porque yo misma no podía hacerlo, o el olor a flores que siempre desprendía su uniforme cuando me abrazaba sin ni siquiera yo pedirlo, pero ella sabía que necesitaba un abrazo más que cualquier medicina que pudiera darme.

Podía recordar cómo me miraba de esa manera tan peculiar suya cuando le decía que estaba bien y las dos sabíamos perfectamente que no era cierto.

Las noches que se había acomodado en mi cama cuando sabía, porque llegó a conocerme perfectamente, que no podía dormir porque estaba aterrada de miedo y ella me contaba alguna historia en voz baja mientras me acariciaba el pelo hasta que el cansancio y su voz cálida y tranquilizadora acababan haciendo que me quedara dormida.

Había sido una mujer muy importante en la peor época de mi vida y diez años después seguía queriéndola igual que llegué a hacerlo entonces.

Sonreí todavía más al recordar uno de los muchos días que iba al hospital, no porque tuviera ninguna cita, sino porque me apetecía verla, y ese día, ya años atrás, le dije que me habían aceptado en la Facultad de Medicina.

No sabría decir quién lloró más ese día mientras me abrazaba, si ella o yo.

Quizá lloramos lo mismo, compartiendo esa felicidad y ese triunfo.

Porque sí, todos los pequeños pasos que iba dando y las cosas que conseguía eran triunfos que celebrábamos juntas, al igual que los celebraba con mi padre y Nadine.

Durante los años que estuve estudiando seguí yendo a verla y, de vez en cuando, ella también me llamaba por teléfono para saber cómo estaba. Siempre aprovechaba para preguntarme por mi padre y Nadine, a los que también tenía mucho cariño después de tantas horas compartidas con ellos.

Llevábamos todo el verano sin vernos, pero una sensación buenísima se me instaló en el pecho al pensar que dentro de un rato volvería a verla. Tenía claro que lo primero que haría al llegar al hospital sería ir a saludarla.

Denise seguía trabajando en la misma planta de cardiología, donde yo había pasado tantos años como paciente, y me encantaba pensar que, a partir de ese día, volvería a verla casi a diario, dependiendo de sus turnos.

—Sí que sigue allí, en la misma planta. Y se va a llevar una buena sorpresa cuando me vea —le contesté a Nadine sonriendo.

—¿Y eso?

—Porque no sabe que empiezo hoy allí.

Nadine me miró con los ojos abiertos como platos.

—¿No lo sabe? ¿No se lo has dicho?

Negué con la cabeza.

—No, ya sabes que hasta hace un mes no he tenido la confirmación oficial de que sería en ese hospital y he preferido callármelo y darle una sorpresa.

—Y vaya si se la vas a dar. Se va a quedar de piedra cuando te vea aparecer con la bata blanca.

Me eché a reír porque ya me podía imaginar la reacción de Denise. Primero me abrazaría llorando de alegría y luego me echaría una buena bronca por no habérselo dicho.

—Lo sé.

—Y te va a reñir. Ya me la imagino poniendo una mano en la cintura y apuntándote con el dedo de la misma forma que hacía cuando no te querías comer las gelatinas.

Solté una carcajada.

—Dios, las dichosas gelatinas, es que estaban malísimas.

—Coño, y tú también, por eso tenías que comértelas.

—Y me las terminaba comiendo —dije poniendo una mueca de asco.

—No mientas, que sé de sobra que Denise se apiadaba de ti y siempre a escondidas te llevaba otra cosa mejor.

—Era su consentida.

—No eras, lo sigues siendo —puntualizó—. Así que puedes estar tranquila, porque mientras Denise esté allí, nadie, ni médicos, ni pacientes, ni nadie del personal sanitario, se atreverá a tocarte un pelo.

—Lo sé —dije riéndome de nuevo.

Seguimos hablando un poco más de Denise mientras terminé de vestirme. No elegí nada especial, ya que nada más llegar seguramente en la reunión nos entregarían los pijamas que solían llevar los residentes, ya que las batas blancas, como había dicho Nadine, pocas veces se utilizaban.

Pasé por el baño, me hice una coleta y me di en la cara y en las manos el protector solar que nunca faltaba en mi piel cuando salía a la calle.

—¿Estás lista? —me preguntó Nadine desde la puerta.

—Sí. ¿Tú te vas ya también?

—Sí, tengo un juicio que preparar.

Salí del baño y cogí la mochila que había dejado preparada en mi habitación encima de la cama. Nadine ya tenía su bolso colgado en el hombro y juntas bajamos las escaleras.

—Iré contigo hasta la puerta para saber que llegas bien y luego me voy al despacho a ver cuántas uñas se ha comido tu padre por los nervios —dijo antes de salir por la puerta, haciendo que me parara para mirarla.

—¿Me vas a llevar de la mano hasta la puerta?

—Si es necesario, sí —contestó riéndose.

—Eres imposible —respondí negando con la cabeza y riéndome a la vez.

—Eso no es nada nuevo, lo sabes desde hace años.

—Y demasiado bien —contesté riéndome.