Capítulo 6
Nadine y yo bajamos juntas a la cocina.
Ese día desayunaríamos solas porque mi padre se había marchado temprano a los juzgados, ya que tenía una reunión importante con un juez por un caso que estaba llevando y que le traía de cabeza.
A mí me lo había dicho la noche anterior y me había deseado un buen día y una buena incorporación a mi puesto, aunque, siendo fiel a cómo era él, antes de marcharse había entrado en mi habitación de forma sigilosa y me había dejado un beso en la cabeza y me había susurrado un «te quiero, mi niña» que me había calentado el corazón.
Nadine y yo nos repartimos las tareas para preparar el desayuno.
No es que ninguna de las dos fuéramos grandes cocineras, al menos no tanto como lo era mi padre, que era quien solía preparar la comida cuando estaba en casa, pero nos defendíamos bastante bien.
Ella preparó las tostadas y la fruta que desayunaríamos ese día y yo preparé mi vaso de leche y su café bien cargado, como le gustaba, y con una cucharada de azúcar.
Unos minutos después las dos nos sentamos en la isla, una enfrente de la otra.
—Venga, empieza —le pedí mientras cogía un trozo de manzana del plato que había puesto entre las dos.
—¿Que empiece a qué?
—A relatarme el Código Penal artículo por artículo, no te fastidia. Pues ¿a qué va a ser? A decirme cómo era el chico de ayer.
—Ah…
—Sí, ah.
—Bueno, decir que es un chico no sería lo más acertado.
—¿Es un perro, un koala, un extraterrestre, quizás? —dije bromeando.
—Es un hombre.
—Vale, eso es un dato importante, ya me quedo más tranquila —dije poniendo los ojos en blanco.
—Es que no es un chico, Nika, tiene treinta y cuatro años —dijo con la voz un poco apagada.
—¿Y? Lo dices como si eso fuera malo.
—No es malo, pero me saca ocho años.
—Ya veo que de matemáticas andas bien.
—No bromees, joder.
—No bromeo, es que no entiendo que eso pueda suponer un problema. Son ocho años, no treinta, Nadine.
—Lo sé.
—Pues entonces ya está. Si te gusta, y me da que te gusta más de lo que estás dispuesta a reconocer, eso no tiene que ser un problema, no puede ser un problema —maticé.
—Y no tiene que ser un problema, pero seguro que tiene más experiencia que yo en todo. En ocho años se pueden vivir muchas cosas.
—Tú bien sabes que eso no es cierto del todo; una persona puede vivir en un año experiencias que otra no llega a tener ni en diez años.
Se quedó un par de segundos pensando, seguramente en nosotras y en lo mucho que habíamos pasado, sobre todo en nuestra juventud, cosas que otros no llegarían ni a ver ni a vivir en toda su vida, antes de contestar.
—Tienes razón. Buen argumento, doctora, se nota de quién eres hija.
—Gracias —dije sonriendo—. Ahora sigue, cuéntame algo más de él.
—Se llama Emil Vogel y es médico —dijo sonriendo de medio lado.
—¿En serio?
—Sí.
—Un buen punto para él, si es médico ya me cae bien. ¿Qué especialidad?
Nadine se tomó un par de segundos para contestar.
—Psiquiatra —susurró.
No tardé ni un segundo en soltar una carcajada.
—No te rías —dijo apuntándome con el dedo.
—Es que esto es la leche, verás cuando lo sepa mi padre. Ya sabes lo que te va a decir.
—Lo sé —dijo riéndose, aunque se llevó las manos a la cara.
—Te va a decir que ese muchacho es tu media naranja porque podrá tratarte de tu locura y encima gratis.
—Y lo peor será que no podré darle réplica porque el letrado Mayer tendrá razón —añadió uniéndose a mis risas.
—Cuéntame más.
Nadine me hizo un pequeño resumen de lo que sabía de Emil, que tampoco es que fuera mucho.
Era soltero, cosa imprescindible, claro.
Sus padres habían fallecido cuando era muy joven y tampoco tenía hermanos.
Le gustaba el cine, algo que compartía con Nadine, y también hacer escapadas de fin de semana a alguna casa perdida en las montañas.
A mí eso me parecía romántico y, por la forma en que mi amiga lo contó, a ella también.
Era un hombre tranquilo, poco dado a las fiestas, aunque de vez en cuando sí que le gustaba salir a cenar o tomar una copa con algún amigo.
Además, por lo que le había contado a Nadine, no era de los que buscaban diversión de una noche, sino que esperaba encontrar a una mujer con la que tener algo serio.
Por todo eso y alguna cosa más, no sé qué pensaría Nadine, pero a mí me parecía el hombre ideal para ella.
—Ah, y un dato más importante, al menos para ti.
—¿Para mí? ¿Qué tengo yo que ver en esto?
—Lo es porque lo conocerás pronto.
—¿Vas a presentármelo? —pregunté confundida.
—No hará falta.
—No te entiendo.
—Trabaja en tu hospital, Nika.
—¿De verdad?
—Así es, me lo dijo él. Pero yo no le dije que conocía ese hospital casi como la palma de mi mano; eso lo dejaré para más adelante si es que seguimos viéndonos, no es mi historia para contarla yo.
—¿No es tu historia?
—No, es la tuya.
—De eso nada, es la historia de los tres —dije metiendo a mi padre también—. Este corazón —dije llevándome la mano al pecho— está aquí porque vosotros nunca me soltasteis la mano, ya que seguisteis ahí en todo momento a mi lado. Si no, yo no hubiera sido capaz de aguantar hasta que llegó.
—Eso no es cierto, sí que hubieras llegado.
—No.
—Sí.
—Te digo que no.
—Y yo que sí y no me discutas, que sabes que conmigo llevas las de perder; paciencia no tendré, pero a cabezota sabes que no me gana nadie.
—Eso no te lo discuto.
—Ni eso ni nada —dijo riéndose.
—Vale, pues caso cerrado. Entonces, si trabaja en mi hospital, lo mismo me lo cruzo por los pasillos.
—Por eso te decía que lo mismo lo conoces antes de que yo llegue a presentártelo y para mí es una ventaja que trabajes allí.
—¿Por qué?
—Porque si estás tú y tiene algún lío, te enterarás rápido. Sabes tan bien como yo, por las horas que has pasado allí, que esos pasillos, aparte de ser un foco de virus, también lo son de chismorreos.
Me la quedé mirando unos segundos y me eché a reír.
—Creo sinceramente que ese hombre te va a hacer mucho bien, tú necesitas terapia porque se te va la cabeza cada día más. Nadine, no pienso vigilarlo y mucho menos hacer caso de los cotilleos que cuenten por los pasillos, que, como bien sabes, cada uno cuenta a su conveniencia.
Resopló y se cruzó de brazos.
—Está bien… —dijo aceptando.
—Bien —añadí zanjando el tema.
Guardamos silencio para seguir desayunando, pero este no duró mucho porque Nadine tardó cuatro minutos exactos en volver a romperlo.
—Y tú, dime, ¿cómo estás?
—¿Cómo estoy de qué?
—Que si estás nerviosa.
—¿Por qué iba a estar nerviosa? —dije haciéndome la despistada.
—¿Por qué va a ser? Porque hoy te incorporas al hospital, un hospital que prácticamente ha sido tu segunda casa durante años.
—Puede que un poco —reconocí.
—¿Solo un poco?
—Sí, si fuera en otro hospital quizá estaría no solo nerviosa, sino atacada, pero como has dicho, este lo conozco y allí me siento bien.
Nadine asintió complacida con mi respuesta.
No le había dado esa respuesta para que se quedara tranquila, sino porque era totalmente cierto. Iba a un hospital que conocía muy bien. No todas las plantas, por supuesto, pero sí aquella en la que iba a hacer la especialización, ya que había pasado allí horas y horas.
Hacía años de eso, pero estaba segura de que las cosas no podían haber cambiado demasiado. Además, seguía acudiendo al hospital para mis revisiones, que en la actualidad eran una vez al año.
—Eso es cierto, conoces todas las salas, los procedimientos, cómo se hacen las rondas esas que pasan y cientos de cosas más; eso te será de gran ayuda para no sentirte perdida los primeros días, como estoy segura de que les pasa a otros.
—Lo sé.
—Y seguro que conoces a parte del personal, muchos de aquella época seguirán allí.
De eso también estaba segura. Había pasado allí buena parte de mi infancia y de mi adolescencia, entrando y saliendo del hospital o quedándome ingresada durante largas temporadas.
Había conocido médicos de varias especialidades, enfermeras, auxiliares, celadores y hasta el personal de seguridad.
A esos últimos porque Nadine se encargaba de atraerlos a mi habitación cuando tenían que venir a buscarla para sacarla de allí, ya que no había otra manera posible de hacerlo, pensé conteniendo la risa recordando algunos de esos momentos y los espectáculos que montaba mostrando ya su vena de abogada e intentando darles argumentos de sobra para justificar su presencia allí como algo imprescindible.
—Sí, han pasado años, pero muchos eran jóvenes, así que supongo que seguirán allí.
Al decir eso, el estómago me dio un pequeño vuelco cuando la imagen de unos ojos grises y la sonrisa más bonita que yo había visto en mi vida aparecieron en mi mente sin pedir permiso, como llevaban haciendo los últimos diez años cuando pensaba en aquella época, bueno, y cuando no pensaba también.
Sacudí la cabeza un poco, algo casi imperceptible para que Nadine no se diera cuenta y esa imagen desapareciera de mi cabeza, ya que no era momento para pensar en ello y poder centrarme en la conversación que estaba teniendo con mi amiga.
—Además, no creo que haya allí muchos médicos que hayan hecho en ese hospital su formación y sean jóvenes, o los que la estén haciendo, que hayan pasado tanto tiempo como tú en él.
—Lo sé, si cuento todas las consultas, las horas en Urgencias, las pruebas y todos los ingresos, puede que los días sumen años.
—Deberían darte una chapa de esas que lleváis en la bata colgada con el nombre en la que ponga «empleada honorífica».
La miré y me eché a reír, porque esas ideas locas solo se le podían ocurrir a ella.
—Sí, claro, o una habitación con mi nombre o una estatua en el parquin.
Nadine se quedó pensando unos segundos como si estuviera valorando la idea de verdad.
—Pues oye, eso no estaría nada mal. Qué menos que te hagan una fiesta de bienvenida o algo así.
Volví a echarme a reír sin poder evitarlo al ver lo seria que lo estaba diciendo.
—Se lo propondré a mi adjunto y, si lo aprueban, ya te mando el día y la hora en la que será para que no faltes.
—Hombre, por supuesto, eso no me lo perdería yo por nada del mundo y que me den a mí un reconocimiento también por ser la visitante que más veces se coló allí sin permiso.
Nos miramos y nos echamos a reír recordando esa época y los trucos que se inventaba para poder entrar.
Mientras recordábamos algunas de las mejores anécdotas de esa época, nos levantamos de la mesa y recogimos todo lo del desayuno.
Subimos juntas a la planta de arriba mientras seguíamos hablando y entré en el baño para darme una ducha rápida antes de ir a vestirme. Nadine, mientras tanto, me dijo que iba a llamar a mi padre para preguntarle cómo le había ido con el juez.