Capítulo 5
Los dos meses de verano se nos pasaron en un suspiro.
Durante ese tiempo, realmente la rutina de mi padre y Nadine en el mes de julio no cambió en absoluto, ya que ellos siguieron yendo al despacho a trabajar.
La mía sí, ya que durante ese mes, al haber terminado mis estudios, me dediqué sobre todo a descansar y a mentalizarme de lo que me esperaba cuando empezara la especialización en septiembre.
Agosto ya sí que fue diferente.
Ese mes, como todos los años, mi padre cerraba el despacho y tanto él como todos los abogados que trabajaban con él, que eran un total de ocho, incluida Nadine, cogían el mes entero de vacaciones.
Durante ese tiempo habíamos hecho muchas cosas dentro de mis posibilidades, como siempre.
Habíamos salido a comer, a cenar, a pasear, habíamos ido bastante al cine, que nos gustaba a los tres, y también nos habíamos ido de vacaciones fuera de Graz durante una semana.
El destino de ese año fue idea de Nadine, cómo no, ya que solía ser ella la que proponía los planes que se salían de la rutina y ese año eligió un crucero de siete días.
Al principio la idea nos pareció una locura, ya que nunca habíamos hecho algo así, pero una vez que nos dio los argumentos pertinentes, que había que reconocer que fueron impecables, no hubo réplica posible.
Y sinceramente, tanto mi padre como yo estábamos encantados de haber aceptado dicho plan, ya que lo pasamos de maravilla.
En el barco había de todo y además en plan tranquilo, excursiones incluidas para visitar tres ciudades en las que paró el barco.
Y las visitamos a nuestro ritmo porque yo no podía meterme una paliza semejante de caminar durante un día entero a toda carrera para ver lo más posible, pero sí que vimos lo más emblemático de cada ciudad.
Además de disfrutar de las comidas, que estaban buenísimas, también lo hicimos de los muchos cócteles que tenían sin alcohol mientras veíamos algunos de los muchos espectáculos que había cada noche o de ver a la gente participar en las muchas actividades que se organizaron cada día, en las que mi padre y Nadine acabaron participando tras mi insistencia.
Sonreí mientras me sentaba en la cama al recordar el viaje y el buen verano que habíamos pasado.
Pero eso ya se había acabado y había llegado el día en el que empezaría mi especialidad en el hospital y estaba, aunque no lo reconocería en voz alta, de lo más nerviosa por varias razones.
Alargué la mano, cogí la medicación y el agua y me la tomé.
Apenas me habían llegado las pastillas a la garganta cuando la puerta de mi habitación se abrió. Era Nadine, no podía ser otra persona, porque no creía posible que nadie tuviera esa energía a las siete y media de la mañana y pudiera abrir la puerta con esa efusividad.
Le di un repaso de arriba abajo y negué con la cabeza.
Era increíble que a esas horas de la mañana ya estuviera tan perfecta.
Llevaba un traje de pantalón y chaqueta de color gris perla, una camisa blanca y los zapatos de tacón negros que nunca faltaban cuando iba al despacho porque, según ella, el sonido de sus tacones al caminar, tanto por el despacho como por los juzgados, imponía autoridad.
Llevaba el pelo recogido con una trenza de medio lado que tanto le gustaba y su maquillaje, que no era excesivo, estaba impecable. Mi amiga era elegante, imponente y preciosa, no había otra manera de describirla.
Y desde luego que, aunque en nuestros caracteres sí que teníamos algunas similitudes, físicamente no podíamos ser más distintas.
Las dos éramos sarcásticas, parlanchinas, alegres y, según la gente, divertidas.
Nadine tenía el carácter más fuerte que el mío, pero las dos éramos sin duda unas luchadoras y nuestro lema era que había que disfrutar de la vida todo lo posible, ya que, como bien habíamos aprendido por el camino, esta puede acabarse o ponerse muy fea en cualquier momento.
En cuanto al físico, lo único que teníamos igual era la altura y ahí se acababa nuestro parecido. En lo demás éramos opuestas.
El pelo de Nadine era moreno, rizado y siempre, desde que yo tenía memoria, lo había llevado muy largo, casi hasta la cintura.
Sus facciones eran finas, con un rostro alargado, una nariz chatita que le daba aspecto de pilla, unos labios carnosos y unos ojos verdes con motitas salpicadas que se parecían al color de las primeras hojas que se empezaban a caer en otoño.
Tenía un buen cuerpo, aunque bastante más relleno que el mío, pero sus curvas estaban donde tenían que estar y, aunque era cierto que algunas temporadas le sobraban algunos kilos, estaba estupenda o al menos yo así la veía y ella también se veía así.
Mi cuerpo, en cambio, era esbelto y, por mi condición, siempre había controlado mi peso y ni me sobraba ni me faltaba ningún kilo.
Y físicamente me parecía mucho a mi padre, ya que tanto el color de mi pelo como el de mis ojos eran iguales a los suyos y ciertos rasgos, o casi todos, también lo eran. De mi madre solo había heredado la forma de la nariz, que era pequeña y respingona.
Mi pelo era rubio dorado y no lo llevaba tan largo como Nadine, ya que por las largas horas que había pasado en la cama, sobre todo en el hospital, me acostumbré a tenerlo corto para estar más cómoda. Me llegaba por la altura de los hombros y solía llevarlo siempre recogido en una coleta baja.
Mis ojos, al igual que los de mi padre, eran de un azul claro y ambos habían recuperado ese brillo que durante un tiempo las circunstancias de la vida nos habían arrebatado.
—¿Todavía estás así?
—¿Así cómo?
—Pues sin vestir, es tarde.
La miré poniendo los ojos en blanco. Desde luego que mi padre tenía toda la razón, la paciencia no era lo suyo.
—Nadine, hasta dentro de una hora no tengo que estar en el hospital.
—Pues eso, vas tarde. No te has vestido, no has desayunado y eso tienes que hacerlo sí o sí y tienes que llegar hasta allí.
—El hospital está a quince minutos de aquí.
—Me sé el camino de memoria, lo he hecho sola y contigo cientos de veces.
Por desgracia, así era.
El hospital seguramente era uno de los sitios, descontando el colegio y el despacho de mi padre, que estaba a veinte minutos en la misma dirección que la del hospital, que seguramente Nadine más había visitado los últimos años, y mi padre también.
—La medicación ya te la has tomado, ¿no?
Levanté la botella de agua que aún tenía en la mano y la moví para que la viera.
—Perfecto, buena chica.
—Yo siempre soy buena chica.
—Por supuesto, y yo también.
Me incliné un poco en la cama para mirarla mejor y arqueé una ceja, como si acabara de decirme que estaban cayendo caramelos del cielo.
—Bueno, casi siempre —dijo riéndose antes de sentarse a mi lado.
—Eso pensaba —respondí riéndome también.
—Y dime, ¿qué tal tu cita de anoche? Llegaste muy tarde y me quedé con las ganas de saber cómo te había ido y de oír tus argumentos de por qué ese chico también queda descartado.
Nadine se quedó unos segundos en silencio mientras pensaba qué decirme y eso me pareció de lo más extraño porque ella siempre tenía una respuesta ya en la lengua incluso antes de que a su cerebro le diera tiempo a procesar lo que le había preguntado.
Hacía tres meses que se había apuntado a una app de citas, cosa que no llegaba a entender porque, con lo guapa y extrovertida que era, no creía que tuviera ningún problema para ligar en cualquier sitio.
Por ejemplo, en los juzgados, donde, según me había contado mi padre, tenía revolucionados a la mitad de los abogados de la ciudad. Pero ella nos había dejado bien claro que ni de broma saldría con un abogado, que para discutir a todas horas ya tenía a mi padre.
Por eso se había apuntado a esa app que le había recomendado una clienta.
No es que Nadine quisiera tener pareja, sentar la cabeza y formar una familia, sino que se había apuntado a esa app para conocer hombres y, si era posible, pasar un buen rato.
A mí me había insistido hasta la saciedad para que también me apuntara, pero no había conseguido convencerme.
Yo, por mis circunstancias, nunca había salido con ningún chico.
Durante mi adolescencia fue imposible y después, mientras estudiaba la carrera, tampoco tuve ocasión.
Primero, porque no tenía tiempo y, segundo, porque ninguno me había llamado lo suficiente la atención como para aceptar una cita con él, ni mucho menos irme a la cama.
Nadine, en cambio, sí que había salido con un par de chicos en la adolescencia y con otros dos mientras estudiaba la carrera. En ese terreno iba años luz por delante de mí, ya que ella había vivido todas sus primeras veces y yo todavía no había tenido ninguna. Ni siquiera me habían dado un beso.
Un regusto amargo se me instalaba en la garganta cuando pensaba en ello, porque realmente era deprimente que con veintiséis años ni un beso me hubieran dado, pero con la vida que me había tocado no me había quedado más remedio que aceptarlo.
No estaba yo muy segura de que ningún chico estuviera dispuesto a salir con alguien que tenía restringidas ciertas cosas.
Por eso y por varios motivos más me había negado a apuntarme a esa app, porque, por lo que me había contado Nadine, la mayoría de los hombres que estaban allí iban a lo que iban y yo no estaba preparada para algo así.
—¿Nadine?
—¿Qué? —dijo parpadeando con rapidez antes de volver a mirarme.
—Estás pensando mucho tu respuesta y eso no es normal en ti. ¿Qué le pasaba a este?
Lo cierto es que los cinco chicos con los que Nadine había quedado durante el verano tenían motivos de sobra para que los descartara. Y no porque ella fuera demasiado selectiva o estuviera buscando al príncipe azul perfecto, sino porque los cinco tenían lo suyo.
Uno de ellos había mentido sobre su edad y, cuando se vieron, Nadine descubrió que era mayor que mi padre.
Otro estaba casado, aunque le aseguró que pronto iba a separarse.
El tercero era un déspota de mucho cuidado y los otros dos solo buscaban una noche, o un par de ellas, de diversión y nada más.
A los tres primeros los había despachado antes de terminar la cena y con los dos últimos, que no debían estar nada mal, sí que había pasado la noche, pero hasta ahí.
—Es que…
—Es que, ¿qué? Habla, que me estás poniendo nerviosa.
—Es que no he encontrado ningún motivo para descartarlo. —Frunció el ceño antes de seguir—. Lo cierto es que me gustó mucho y la cena fue de maravilla.
—¡¿Qué dices?! —dije levantándome de un salto y llevándome las manos al pecho.
—No grites, que no estoy sorda.
—¿Que no grite? ¡Cómo no voy a gritar si estoy flipando ahora mismo muchísimo! No me puedo creer que no tengas ni siquiera una pega que ponerle.
—Es que no tenía ninguna, Nika, y las busqué, te aseguro que las busqué. Y es muy raro.
—¿El qué es raro?
—Que no tenga ninguna; alguna debe tener y yo no fui capaz de encontrarla. Estoy preocupada, Nika. ¿Y si estoy perdiendo ese toque que me caracteriza de ser espabilada y ver las cosas de la gente?
—Tú no estás muy bien de la cabeza, guapa —dije mirándola con los ojos abiertos como platos.
—¿Por qué?
—¿Qué mierda de pensamiento es ese? ¿No puede ser que no hayas perdido ese toque que dices que tienes y que el chico sea verdad que no tenga ninguna pega?
—Puede ser… pero sería raro, ¿no?
—No, Nadine, los raros son los otros con los que has salido, no este.
—Puede que tengas razón, pero yo por si acaso estaré alerta en la próxima cita; no me fío yo mucho de que el tío sea tan perfecto como parece.
Resoplé antes de negar con la cabeza.
—¿Entonces habéis quedado otra vez?
—Sí, el sábado, si es que no me arrepiento antes.
—¿Por qué ibas a arrepentirte? Has dicho que te gusta.
—Y me gusta, pero…
—Pero nada, ¿cuál es nuestro lema?
Nadine resopló antes de ponerse en pie.
—Nos tomamos la vida como viene y no desaprovechamos ningún momento. La vida está para disfrutarla en el aquí y ahora y no pensando en el futuro.
—Exacto. Así que ve a esa cena, dale una oportunidad, dátela a ti también, disfruta del momento y no pienses bobadas.
—Vale.
—Bien, y ahora vamos a desayunar y me cuentas cómo es ese chico.