Markus, ladrón de corazones Capítulo 4
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Capítulo 4

—Buenos días —dije entrando en la cocina por fin.

Los dos a la vez giraron la cabeza para mirarme y sonrieron también al tiempo.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días, dormilona —añadió Nadine.

Me acerqué a mi padre y le di un beso en la mejilla como cada mañana y después a Nadine, que ladeó la cabeza para ofrecerme la cara.

—¿No hace ni una hora que ha amanecido y ya estáis discutiendo por un caso?

—No —dijo mi padre escondiendo una sonrisa tras la taza de café.

Nadine se levantó de la silla y cogió el plato de huevos, por supuesto sin sal, que había preparado para mí mientras yo me echaba un vaso de leche, ya que café tampoco tomaba.

—No digas que no, que os he oído desde el pasillo mientras venía.

—No discutimos, Nika, solo tenemos diferencias de opiniones.

Sonreí al oír a Nadine llamarme así. Era la única que acortaba mi nombre; nadie nunca me había llamado así y que no se le ocurriera tampoco y ella lo oyera porque, como había dejado claro con el paso de los años a cualquiera que quisiera escucharla y a los que no también, ese privilegio solo era suyo y de nadie más.

Para todos yo era Annika y para ella Annika o Nika según le saliera en ese momento.

—Sí, claro —contesté riéndome.

—No sé a qué viene tu risa, estamos manteniendo, como siempre hacemos, una conversación de lo más civilizada.

—Por supuesto, papá, y yo en cuanto me coma los huevos voy a salir a correr para prepararme para la maratón a la que tengo pensado ir —dije poniendo los ojos en blanco.

—Tú calla y come, que esas bromas a estas horas no proceden —me dijo Nadine apuntándome con el tenedor.

—¿Perdona? A mí no me hables así, letrada.

—Tengo autoridad para hablarte así porque soy tu mejor amiga y la que te defenderá en caso necesario si un médico se pone muy pesado en tu formación.

Mi padre soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Sí, claro, ¿y en la demanda qué alego? ¿Que es un plasta insufrible?

—Eso ya lo decidiremos si llega el momento, hay muchas opciones donde elegir —dijo sonriendo de medio lado.

—¿Ves? Y por esto la contraté en el bufete, tiene respuestas para todo y réplicas para aburrir a cualquier juez.

Me eché a reír al ver la cara de indignación fingida con la que Nadine miró a mi padre.

—No digas bobadas, los dos sabemos por qué me contrataste.

—¿Por qué?

—Porque sabías desde que no levantaba un palmo del suelo que sería la mejor abogada que contratarías en tu vida.

—En eso tienes razón, ya siendo niña podías convencer a quien fuera hasta de lo imposible; argumentos y réplicas no te han faltado nunca.

—Así me gusta, que reconozcas mi talento.

—Cualquiera se atrevería a hacer lo contrario; eres capaz de demandarme.

—Eso me gusta todavía más.

—¿El qué?

—Que tengas las cosas claras, eso te evitará muchas sorpresas.

Mi padre soltó una risa baja y, sin añadir nada más, siguió desayunando al igual que hizo Nadine, porque como los dos solían decir en sus juicios, no hay nada más que añadir, señoría.

Al menos hasta que empezaran con otra guerra absurda por cualquier cosa, ya que lo que acababa de pasar no era algo aislado, sino rutina en nuestra casa.

Y a mí me encantaba que fuera así, disfrutaba igual que ellos, aunque no lo reconocieran, viendo cómo tenían esos piques o pequeñas guerras de argumentos.

—Por cierto, ¿has tomado la medicación? —me dijo Nadine muy seria.

Ya me estaba pareciendo a mí raro que hubiera tardado tanto en preguntármelo, pensé a la vez que ponía los ojos en blanco.

Ni un día solo desde que me hicieron el trasplante se le había olvidado preguntármelo.

Cuando no vivía en casa, cada mañana me llamaba por teléfono para preguntármelo.

Y cuando se vino a vivir con nosotros ya empezó a preguntármelo nada más levantarme.

Incluso si no nos veíamos porque ella había tenido un juicio temprano, desde la sala de los juzgados me mandaba un mensaje si no podía hablar para hacerlo.

—Sí, Nadine.

—¿Sí?

—Que sí.

—¿Toda?

Giré la cabeza y la miré con una ceja alzada mientras por el rabillo del ojo vi cómo mi padre se aguantaba la risa.

—No, me he tomado solo una pastilla; el resto las he sacado y las he dejado en la mesilla porque sus colores me parecían que quedaban bonitos ahí como decoración. Por supuesto que me he tomado todas. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—Tranquila, no hace falta que te pongas sarcástica, me ha quedado claro que has cumplido con tu obligación.

Solté un pequeño resoplido a la vez que mi padre soltaba una risita entre dientes.

—Es que llevas diez años preguntándome lo mismo.

Dejó el tenedor en el plato, apoyó los codos en la mesa y me miró como si hubiera cometido un delito y estuviera pensando qué argumentos dar en la demanda.

—Y te lo recordaré todos y cada uno de los próximos días por el resto de nuestras vidas.

—Nadine, no se me va a olvidar tomarla, eso no ha pasado nunca ni pasará.

—Eso no puedes asegurarlo, así que yo por si acaso te lo recuerdo, que con esa memoria de pez que tienes todo es posible.

Mis ojos se abrieron al máximo por la sorpresa.

—¿Memoria de pez yo? ¿Tú crees que si tuviera memoria de pez hubiera sido capaz de haber acabado la carrera de medicina?

Se encogió de hombros antes de coger otra vez el tenedor.

—Nunca se sabe lo que puede pasar. Yo también tengo memoria de pez y soy abogada.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Bastantes, pero tengo que preparar un alegato para poder enumerarlas.

—Tú puedes dar diagnósticos, pero no preparar alegatos.

—Buena respuesta, letrada —intervino mi padre, que hasta ese momento había seguido comiendo los huevos mientras nos escuchaba tener una de las muchas discusiones que teníamos prácticamente a diario.

—Gracias, letrado.

—¡Papá! No la animes.

—No la animo, pero reconoce que la respuesta era buena.

—La mía también.

—Sí, pero no tanto.

Resoplé y negué con la cabeza.

—Sois imposibles.

—Pero nos quieres —dijo Nadine encogiéndose de hombros como si con eso ya estuviera todo dicho.

—Eso sí —contesté sonriendo.

—Pues dicho esto, el jurado se retirará a deliberar. Podemos pasar al siguiente caso —dijo mi padre haciéndonos reír.

Los siguientes minutos después de las palabras de mi padre, cada uno se centró en su desayuno en silencio.

Mientras me terminaba la leche acompañada de una tostada de pan integral que había cogido del plato que estaba en el centro de la mesa, pensé, mirando a Nadine de reojo, en lo mucho que me gustaba, al igual que le pasaba a ella, tener esas discusiones absurdas que nunca nos llevaban a ninguna parte.

Soltarnos pullas, llevarnos la contraria y hacernos reproches sin sentido, todo en plan de broma, por supuesto, era nuestra manera de comunicarnos y demostrarnos cuánto nos queríamos.

Aunque cuando la situación requería ponerse serias, como había pasado muchas veces a lo largo de nuestros años de amistad, también sabíamos hacerlo.

Sabía de sobra que Nadine no me recordaba lo de la medicación porque pensara que no era capaz de cuidar de mí misma o porque pensara en serio que tenía mala memoria y podría olvidarme de hacerlo, ya que sabía de sobra que eso no era cierto.

Decírmelo cada día era porque, aunque pocas veces lo había dicho en voz alta intentando hacerse la fuerte, había pasado mucho miedo cuando las cosas se habían puesto muy mal y en muchos momentos, al igual que le pasó a mi padre, había temido perderme.

Por eso, para ella esas pastillas eran mucho más que unos comprimidos; eran el recordatorio diario de que yo había luchado lo imposible para seguir adelante.

Y aunque yo me quejara de que me lo recordara a diario, todos en esa mesa sabíamos que no era una recriminación por mi parte, sino una queja para picarla, porque lo cierto es que me hacía sentir más querida todavía al ver que seguía preocupándose por mí igual que yo lo hacía con ella con sus cosas, como habíamos hecho desde que éramos unas niñas.

—Por cierto, ¿qué planes hay para hoy? —dijo mi padre rompiendo el silencio.

—¿Además de graduarme?

—Además de eso, que es lo más importante hoy, pero no será lo único, ¿no?

—Yo había pensado echarme a dormir hasta mañana cuando volvamos del acto en la facultad.

—Qué emocionante —dijo Nadine con ironía.

—Llevo seis años arrastrando sueño por estudiar —me quejé.

—Y vas a tener todo el verano para recuperarlo, pero hoy hay que celebrarlo; no hay graduación que se precie sin celebración.

—La abogada vuelve a tener un argumento perfecto.

—Gracias, Roland, segunda vez hoy que alabas mis argumentos. No sé si llorar de la emoción o pedirte un aumento.

Mi padre cogió de encima de la mesa una servilleta de papel y se la puso al lado del plato.

—Llora, que es bueno para la limpieza de los ojos y para mi bolsillo.

—Al final te voy a demandar, esto puede considerarse acoso laboral —le dijo apuntándole con el dedo mientras se contenía para no echarse a reír igual que estaba haciendo yo.

—Pues puede que haya una contrademanda por acoso familiar.

—Eso no existe, letrado.

—Eso lo decido yo, que para eso soy el jefe y el cabeza de familia aquí.

—Eso es abuso de poder.

—Eso es sabiduría por la experiencia.

—Yo también tengo experiencia y paciencia.

—De la primera bastante menos que yo y de la segunda prácticamente inexistente.

—¿Inexistente? ¿Contigo como jefe y padre en funciones? Esa prueba queda desestimada por no tener una procedencia clara.

—Que no tienes paciencia es un hecho, no hacen falta pruebas para demostrarlo.

—¡Dile algo, Nika! —me dijo Nadine.

—¿Yo? ¿Y qué quieres que le diga si tiene razón? Tienes muchas virtudes, Nadine, pero la paciencia desde luego que no forma parte de esa lista.

Nadine se llevó una mano al pecho de forma exagerada fingiendo indignación.

—Bueno, esto es el colmo, dos contra una, no es justo, la balanza no está equilibrada.

—La vida no es justa —le dijo mi padre para picarla más.

—Soy tu mejor abogada y lo sabes.

—Eso no lo niego, lo eres. Pero también es cierto que no tienes paciencia.

Nadine resopló.

—No pienso darte la razón.

—No hace falta, ya sé que la tengo.

Yo los miraba a uno y a la otra como si estuviera sentada en la grada viendo a dos tenistas devolverse una pelota tras otra. Era divertidísimo verlos a los dos así.

Por suerte, trabajaban juntos y nunca habían tenido que enfrentarse en un juicio, porque, de haber sido así, habría compadecido al pobre juez que tuviera que presenciar semejante batalla verbal.

Yo ya estaba más que acostumbrada porque lo que estaba pasando esa mañana no era algo puntual, era algo que desde que Nadine era abogada, o puede que incluso mucho antes, pasaba con bastante más frecuencia de la que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir.

Verlos así, aunque hablaran de trabajo, podía compararse a un matrimonio que lleva más de sesenta años juntos, de esos en los que las pullas, los piques y las respuestas afiladas eran su manera de decirse te quiero.

—Bueno, ¿entonces qué?

—¿Qué de qué?

—¿Que si ya habéis terminado?

—Sí —contestaron los dos a la vez antes de echarse a reír.

—¿Entonces cómo lo celebramos? —preguntó mi padre.

—¿Comida, paseo y una partida de Scrabble ?

Miré a Nadine horrorizada por su proposición. No por lo de la comida y el paseo, eso me parecía bien. Sino por proponer un juego que, a mi modo de ver, lo cargaba el diablo.

Aún recordaba la última vez que jugamos los tres.

Se había formado tal batalla entre ellos porque empezaron a discutir por cada palabra que el otro ponía que acabé marchándome a la cama y allí les dejé debatiendo hasta, según supe al día siguiente, más tarde de la medianoche.

Por eso le dije que ese juego quedaba prohibido para siempre en nuestra casa.

—Ese juego está prohibido en esta casa y lo sabes —dije apuntándole con el dedo.

—Annika tiene razón.

—Cierto, se me había olvidado.

—A mí no, te lo aseguro. Así que tu plan, al menos la última parte, queda desestimada.

—¿Comida, paseo y cine? —propuso mi padre.

Lo normal y lo que seguramente harían el resto de mis compañeros para celebrarlo era irse a comer con sus familias después del acto, seguramente, pero luego por la noche saldrían de fiesta a alguna discoteca para acabar como cubas celebrando el final de esa etapa.

Evidentemente, yo eso ni podía ni tampoco me apetecía hacerlo y sabía que a Nadine tampoco. En su graduación le propusieron ir y se negó.

Nadine era incluso más casera que yo; eso de salir de fiesta no le gustaba, ella prefería los planes tranquilos y, si eran en casa, mucho mejor.

—Estoy de acuerdo, abogado.

—Pues será la primera vez.

—No te acostumbres.

Mi padre se echó a reír y yo con él; era imposible no hacerlo cuando los dos batallaban.

—¿Annika?

—Me parece bien.

—Pues ya tenemos plan —dijo Nadine dando una palmada, haciéndonos reír de nuevo por su efusividad.