Markus, ladrón de corazones Capítulo 3
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Capítulo 3

Me incorporé del todo y me levanté de la cama.

Antes de bajar a la cocina para desayunar, pasé por el baño que estaba en el pasillo y que Nadine y yo compartíamos.

Nada más entrar, solté un pequeño resoplido al ver cómo el mueble del baño que ambas compartíamos tenía algunos frascos más que dos días antes no estaban ahí.

Nadine tenía absoluta obsesión por todo tipo de potingues, pero lo peor es que se los compraba, se los echaba un par de veces y, si no la convencían o encontraba otros nuevos en alguna tienda, esos quedaban olvidados en el mueble hasta que llegaba un momento en que los tenía que retirar porque amenazaban con caerse en cualquier momento y acabar todos por el suelo.

Mi amiga era un poco desastre, pero como decía mi padre, era nuestro desastre y ya no podíamos descambiarla ni tampoco echarla de nuestra casa cuando habíamos sido nosotros los que habíamos insistido hasta la saciedad para que se quedara con nosotros.

Nadine llevaba viviendo en nuestra casa desde su último año de carrera y de eso ya hacía cuatro años, ya que, al igual que yo, tenía veintiséis, pero ella sí que había cursado sus estudios en el tiempo correspondiente por su edad.

Nadine tenía tan claro que estudiaría Derecho como yo había tenido siempre claro que estudiaría Medicina.

Sobre eso siempre había pensado que haber crecido a mi lado, porque nos conocíamos desde el primer día de colegio, le había influido, ya que había oído a mi padre hablar de su trabajo a menudo y de sus casos.

En su último año de carrera, los padres de Nadine decidieron marcharse de Graz, la ciudad austriaca donde siempre habíamos vivido, porque a su padre le había surgido una oportunidad laboral mejor en otra ciudad. Pero ella se negó a irse con ellos.

Nadine quería terminar sus estudios donde los había empezado y, por supuesto, como dijo, bajo ningún concepto se separaría de mí.

Siendo mayor de edad, sus padres no pudieron obligarla a irse con ellos, aunque tampoco lo hubieran hecho, así que ellos se fueron, aunque se lo pensaron mucho, pero Nadine les dijo que ella estaría bien y que ellos tenían que seguir con su vida al igual que ella.

Sus padres se fueron y ella se quedó en Graz, pero ni mi padre ni yo permitimos que se quedara viviendo sola. Le pedimos que se viniera con nosotros una temporada, al menos hasta que acabara de estudiar.

Le costó aceptar porque, según ella, no quería molestar, pero mi padre no era buen abogado por nada y le dio buenos alegatos para que lo hiciera.

Y yo, que en perseverancia y cabezonería no tenía rival, también puse de mi parte, así que al final acabamos convenciéndola y se vino con nosotros.

«Para unos días», dijo, pero de aquello habían pasado años y, si ella estaba encantada de seguir con nosotros, nosotros lo estábamos mucho más.

Además, como mi padre le dijo, no solo podía quedarse todo el tiempo que quisiera en nuestra casa porque también podía considerarla la suya, sino que en su despacho también tenía un sitio guardado cuando terminara de estudiar.

Y así fue, porque al terminar, Nadine empezó a trabajar con mi padre y allí seguía.

Me sequé la cara, volví a mirar el mueble en el que no cabía un solo frasco más y negué con la cabeza antes de salir del baño para ir a la cocina.

Mientras caminaba por el pasillo, oí las voces de los dos, que al parecer ya estaban en la cocina, y sonreí porque ya sabía lo que me esperaba cuando entrara. Estaba segura de que ya estaban enfrascados hablando de algún caso de los muchos que llevaban.

Llegué a la puerta de la cocina y me apoyé en el marco de la puerta para observarlos unos segundos.

Mi padre estaba sentado en la isla de la cocina con una taza de café humeante delante y leyendo en su teléfono móvil algo sobre un caso, como yo había supuesto.

Frente a él estaba mi amiga en los fogones preparando huevos revueltos, cosa que sabía solo por el olor que desprendían y no porque los hubiera visto.

Los dos estaban tan inmersos en la conversación que estaban teniendo que no se dieron cuenta de mi presencia y yo aproveché para escucharlos durante unos segundos, cosa que me encantaba.

—Roland, te digo que el abogado de la parte contraria parece que es nuevo y no un hombre que lleva media vida en esto. Cometió un error de principiante.

—¿Eso crees?

—No solo lo creo, lo sé. Si hubiera revisado bien la documentación, se habría dado cuenta de que el argumento que dio en la vista no se sostiene de ninguna manera, solo se ha fiado de lo que su clienta le ha contado.

—Puede que su argumento sea una estrategia —dijo mi padre encogiéndose de hombros.

Nadine se giró con la espátula de madera en la mano, le miró, alzó una ceja y resopló antes de volver a hablar.

—¿Una estrategia? ¿Para qué? ¿Para hacer el ridículo, supongo? Porque no puede haber otra explicación.

—Puede ser que quiera despistar a la otra parte con esa actitud y en el siguiente día cambie para dejarlo descolocado.

Apreté los labios para aguantar la risa. Era increíble que seguramente no llevaban ni media hora levantados ninguno de los dos y ya estaban discutiendo como si estuvieran en una sala enfrentándose en el estrado.

—Roland, por favor, entiendo que no quieras hablar mal de un colega porque eres muy respetuoso, pero en este caso ese tío tiene menos defensa que su cliente, es un gilipollas que ha metido la pata hasta el fondo y punto.

Mi padre soltó una risita y negó con la cabeza.

—Puede que tengas razón.

—Vaya, gracias, solo te ha costado media taza de café y… —Nadine miró el reloj de su muñeca antes de seguir—. Nueve minutos para dármela, todo un récord por tu parte, sabiendo que la tengo incluso antes de hablar de ello, ya que tú también estabas ayer en esa sala.

Mi padre asintió antes de volver a reír y de coger su taza para darle un sorbo a su café, dando por zanjada esa conversación, pero en su teléfono empezó a leer una noticia que seguro que en breve desataría otro debate entre ellos.

Antes de entrar, me quedé observándolos un poco más.

Primero miré a mi padre, al que quería con una intensidad que era imposible de explicar con palabras.

Él era mi refugio, mi ancla, mi lugar seguro y el que, por muy feas que se nos hubieran puesto las cosas, nunca me había soltado la mano y había estado a mi lado sin flaquear ni una sola vez durante los años más duros de mi vida.

Cuando enfermé, él fue el que me dio la mano, el que me dio ánimos y el que no se separó de mí en ningún momento.

Y cuando todo empeoró y mi estancia en el hospital se amplió, siguió ahí. Se había pasado noches y noches sentado en una silla al lado de mi cama, durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado para vigilarme.

Había aprendido a interpretar mis gestos, sabía cuándo necesitaba hablar, llorar o simplemente que se quedara a mi lado en silencio. También aprendió el ritmo de mi respiración y sabía antes de que yo dijera nada que las cosas no iban bien.

Había ido agotado a trabajar, había renunciado a muchas cosas como salir a tomar algo con amigos, viajar o tener alguna cita con alguna de las mujeres que se lo habían propuesto.

Pero aun así nunca me había mirado como lo hizo mi madre, como si fuera una carga que le había partido la vida, ni me había hecho sentir culpable por estar enferma.

Mi padre era un hombre que no hablaba mucho, pero siempre lo hacía en el momento justo y eligiendo las mejores palabras, esas que para mí en muchos momentos me habían dado los ánimos para seguir que a mí me faltaban.

Pensé, mientras le miraba con adoración, porque eso era lo que sentía, que no sabía qué hubiera sido de mí sin él.

Mi mirada se fue hacia Nadine al verla moverse para ponerle delante uno de los platos con los huevos que había terminado de hacer.

Ella era mi mejor amiga, o mejor dicho mi hermana, aunque no compartiéramos la misma sangre, porque así era como yo la sentía, igual que ella a mí.

Nadine había entrado en mi vida y yo en la suya cuando teníamos tres años y nos conocimos el primer día de colegio. Habían pasado muchísimos años, pero ninguna habíamos encontrado una razón para salir de la vida de la otra.

Era increíble por todo lo que habíamos pasado juntas. Sin esforzarme podía recordar cuando éramos niñas y nos peleábamos por un juguete o cuando nos pasábamos horas juntas pintando o viendo dibujos en su casa o en la mía.

Cuando las cosas se pusieron mal para mí y no pude seguir el ritmo de otros niños, Nadine nunca me dejó sola.

Mientras los demás corrían, nadaban o jugaban al balón, ella se sentaba conmigo y jugábamos a cualquier otra cosa.

Si estaba muy cansada para salir, ella se quedaba conmigo y, si tenía que estar ingresada en el hospital, se pasaba horas al teléfono haciéndome compañía.

Y cuando la cosa empeoró tampoco desapareció, sino todo lo contrario.

Había perdido la cuenta de las veces que se coló en el hospital burlando a los de seguridad, enfermeras y médicos para llegar a la habitación en la que yo estaba, aunque fuera cinco minutos para verme.

En el hospital era casi tan conocida como yo de las veces que entró sin permiso y tuvieron que echarla, pero ella no se enfadaba, solo sonreía de medio lado con esa sonrisa traviesa que tenía y en silencio les prometía que volvería. Y volvía, claro que volvía, siempre volvía.

Amplié mi sonrisa al observar cómo se sentaba a la mesa y miraba a mi padre pensando de qué manera iba a volver a rebatirle lo siguiente que dijera.

La quería, la quería con toda mi alma.

Nunca me había tratado como si fuera de cristal, ni se había quejado porque no pudiera hacer según qué cosas, siempre entendió mi situación y había estado en todos y cada uno de los momentos en los que más apoyo necesité, al igual que mi padre.

Si yo lloraba, ella lo hacía conmigo.

Si no podía comer algo, ella se solidarizaba y se negaba a comerlo.

Si tenía que estar en casa en la cama, aun haciendo un día maravilloso fuera, ella se tumbaba a mi lado, me abrazaba, me hacía reír y se quedaba hasta que me quedaba dormida.

Suspiré al mirarlos y di gracias al cielo por la suerte que tenía de tenerlos a los dos en mi vida.