Capítulo 2
Me removí un poco en la cama mientras seguía recordando cómo fueron las cosas y lo que pasó a partir de ese momento. Algo que desde luego ni mi padre ni yo nos esperábamos que pasara.
Solté un suspiro al pensar que mi padre y yo sí que nos hicimos con esa nueva vida, pero mi madre no. Ella no pudo o no quiso aceptar que tenía una hija enferma y que era distinta, porque así lo había querido el destino, al resto de niñas.
Mi madre aguantó esa situación hasta que cumplí los doce años, o más bien fue mi padre el que lo hizo, antes de pedirle que se marchara y nos dejara vivir en paz.
Durante esos tres años, desde mi diagnóstico hasta que se marchó sin mirar atrás, fue un verdadero calvario para mi padre tener que oír sus quejas constantes y las recriminaciones que me hacía por estar enferma, cosa de la que yo no tenía la culpa, pero que ella no quería entender.
Mi madre, Selina, quería que siguiéramos llevando la misma vida que habíamos tenido hasta el momento en el que empecé a enfermar, o más bien hasta que se hizo visible lo que tenía, ya que nunca supimos si yo había nacido así o mi corazón había empezado a fallar más tarde.
Ella quería que viajáramos, que saliéramos los fines de semana, que fuéramos a fiestas con amigos, como barbacoas, que yo me comportara e hiciera las mismas cosas que el resto de los niños para no estar en boca de nadie, pero es que no entendía que yo no lo hacía no porque no quisiera, sino porque no podía.
Mi padre, el pobre, que demasiado aguantó, dijo que hasta aquí habíamos llegado el día que mi madre quiso que participara en una carrera del colegio.
Cuando le dije que no porque no podía correr tanto tiempo, ella se enfadó y me gritó, y mi padre decidió que no iba a permitir que aquello siguiera pasando.
Le dijo muy claro y sin necesidad de levantar la voz que las cosas estaban como estaban y que no iban a cambiar, que o lo aceptaba como habíamos hecho nosotros y dejaba de amargarnos la vida o que se largara y nos dejara vivir en paz.
Ni siquiera se lo pensó unas horas. En ese momento salió de la cocina, que era donde estábamos, fue a la habitación, preparó las maletas y se marchó una hora después, no sin antes decirle a mi padre lo decepcionada que estaba con él por no haberla puesto por encima de mí después de haberle dicho siempre lo mucho que la quería.
Mi padre negó con la cabeza y le dijo que él la quería, pero que en su vida la primera de la lista era yo y eso nunca iba a cambiar.
Mi madre salió dando un portazo y nunca más volvimos a tener noticias de ella. De eso habían pasado ya catorce años. Ni siquiera tuvo la decencia de presentarse en el despacho de mi padre para firmar el divorcio, ya que se lo mandó por correo.
Mi padre nunca me dijo nada ni habló conmigo, pero sabía que en su momento lo pasó muy mal por el abandono de mi madre hacia los dos, pero gracias a Dios dicen que el tiempo todo lo cura y acabó superándolo.
Con mi madre fuera de escena, mi padre y yo nos quedamos solos y los siguientes años nuestra vida fue, dentro de la rutina distinta que yo tenía que llevar, más o menos normal.
Él siguió trabajando como abogado, que era lo que era, en su propio despacho, ese que abrió un par de años antes de que yo naciera, y yo seguí yendo al colegio como cualquier otro niño de mi edad, haciendo menos cosas que el resto, pero con todo y con eso mi infancia fue feliz, o al menos esa era la percepción que yo tenía.
Pero eso fue así hasta que cumplí los dieciséis años, aunque ya un par de meses antes mi corazón empezó a dar sus primeros avisos de que las cosas iban a cambiar y no precisamente para mejor.
Hasta ese momento mi vida había consistido en ir a revisiones periódicas, hospitalizaciones muy puntuales, tomar medicación diaria y restricciones en cuanto a alimentación y actividad física.
Tuve temporadas en las que estaba mejor y otras en las que tenían que ingresarme unos días por una infección normal de esa edad que podía poner en riesgo el funcionamiento de mi corazón, pero hasta ahí.
Pero llegó un momento, y eso que me cambiaron la medicación varias veces y las restricciones las cumplía a rajatabla, en que no fue suficiente y mi estado físico empezó a empeorar.
Los ingresos se hicieron más frecuentes, el cansancio empeoró, la fatiga empezó a ser algo habitual a diario sin hacer ningún esfuerzo y ahí llegó un momento en que la cardióloga nos dijo que la medicación ya no era suficiente para poder seguir.
La palabra trasplante, el primer día que se dijo en la habitación del hospital en la que estaba y que ya me era tan familiar como la mía propia, nos cayó a mi padre y a mí como una losa de mil toneladas encima.
Él era adulto y entendía perfectamente la gravedad del asunto, pero yo, aun teniendo dieciséis años, después de lo que llevaba viviendo años, lo entendí con la misma madurez que él.
A partir de ese día, y sabiendo, como bien nos dijeron, que ya no había otra posibilidad más que esa para mí, los dos tuvimos que aceptar que otro cambio se aproximaba en mi vida y, aunque ninguno de los dos dijo nunca nada en voz alta, la misma pregunta siempre estuvo en nuestras mentes, esa que daba más miedo que cualquier otra cosa.
¿Llegaría a tiempo un corazón para mí? ¿Y si llegaba, mi cuerpo lo aceptaría o, por el contrario, mi vida tenía ya una fecha de caducidad muy próxima?
Antes de que me dieran el alta en esa ocasión, entré en el proceso de evaluación para que determinaran si era una candidata apta para entrar en la lista de trasplantes.
Pasadas las pruebas, hubo luz verde y entré en la lista como los miles de personas que lo hacían cada año.
Los siguientes meses fueron una carrera de fondo en la que no avancé para bien ni un metro, sino todo lo contrario.
Mi empeoramiento fue a pasos agigantados.
Los ingresos en el hospital fueron cada vez más frecuentes y más largos.
Los controles se volvieron más estrictos porque cada vez estaba más débil y frágil, hasta el punto de que era incapaz de dar más de diez pasos sin tener que pararme a respirar porque el aire no me llegaba a los pulmones.
El dolor en el pecho se hizo algo constante y diario y los mareos se hicieron tan presentes que, a no ser que estuviera tumbada en una cama, la vigilancia, por el miedo a que me desplomara, pasó a ser necesaria.
Llegó un momento en el que necesité un marcapasos con un desfibrilador automático implantable para evitar que las arritmias fueran tan peligrosas que me pudieran provocar una muerte súbita, pero nada de eso parecía funcionar y tuvieron que subirme en la lista de trasplantes a los primeros puestos por la urgencia que tenía de recibir un corazón cuanto antes.
El tiempo pasó lento y agónico el último mes hasta que la llamada por fin llegó desde otro hospital en el que una mujer que había perdido la vida y tenía firmada su autorización para donar era compatible conmigo.
Ese 5 de octubre, casi diez años atrás, marcó un antes y un después en mi vida.
Las siguientes horas fueron un no parar para el equipo médico que me trataba. Como ya estaba ingresada en el hospital desde hacía muchos días, me prepararon rápidamente para entrar en el quirófano y esperar allí a que el corazón llegara.
Fueron horas en las que yo estuve dormida, pero no me hacía falta saber que para mi padre fueron las peores horas de su vida, esperando para saber si saldría con vida de ese quirófano y no solo eso, sino que, si lo hacía, tener la esperanza de que no hubiera rechazo los siguientes días y poder seguir teniéndome a su lado.
Por suerte y gracias a Dios, la operación fue un éxito y no hubo rechazo.
Eso sí, tras el trasplante tuve que quedarme algo más de tiempo en el hospital, pero poco a poco y viendo que no había rechazo, mi vida volvió a la normalidad.
No una normalidad como la del resto de las personas porque tenía que tomar medicación diaria de por vida, tener que ir a revisiones periódicas y tener una vida saludable.
Eso incluía controlar, no en exceso, pero sí más que el resto, las comidas que hacía, en las que la sal y otras cosas tenían que estar controladas o eliminadas, como por ejemplo el alcohol; ese ya me dijeron que estaba prohibido de forma total.
Pero vamos, que eso no era algo que me quitara el sueño.
Cuando me hicieron el trasplante aún era una cría que no había salido como el resto de los jóvenes, apenas nada, y no había probado el alcohol nunca y no pensaba hacerlo, no solo por mi condición, sino porque no era algo que me llamara la atención.
Y el tabaco, por supuesto, tampoco ni olerlo.
También a partir de entonces, si hacía ejercicio, tenía que ser moderado y eso lo había cumplido perfectamente.
Usar más protector solar también era necesario, ya que los inmunosupresores aumentaban el riesgo de enfermedades en la piel, así que ni en casa ni en mi bolso nunca faltaban frascos de ello.
Durante los primeros meses, aunque eso había ido cambiando con el tiempo, también tuve que evitar aglomeraciones de gente, sitios en los que había niños pequeños, que eran los que más virus y bacterias tenían, y tener una higiene más frecuente para evitar infecciones que podían tener repercusiones nefastas para mí.
Suspiré mientras me incorporaba en la cama pensando que aquella época había sido dura, muy dura en realidad, pero gracias a mi padre Roland, a mi mejor amiga Nadine y a lo positiva que había sido, había conseguido salir adelante.
Con retraso, porque no pude seguir el ritmo de estudios por las largas horas que pasé en el hospital entre unas cosas y otras, al final había conseguido mi sueño de entrar en la Facultad de Medicina con veinte años y seis años después había terminado la carrera.
Mi padre y Nadine me repetían hasta la saciedad lo orgullosos que estaban de mí porque, pese a todo, nunca me había rendido. Yo también estaba orgullosa de mí misma y también ansiosa por seguir formándome.
En apenas dos meses empezaría mi especialización en el hospital, justo en el que había sido para mí como una segunda casa. Y, como no podía ser de otra manera, haría cirugía cardíaca.
Tenía ese sueño y esa decisión tomada antes incluso de empezar la carrera porque quería ayudar a la gente con sus problemas en el corazón como me habían ayudado a mí.
Ese último pensamiento me hizo sonreír antes de levantarme de la cama para empezar un nuevo día.