Markus, ladrón de corazones
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Capítulo 1
Sin tan siquiera abrir los ojos, lo primero que hice esa mañana fue sonreír. Fue inevitable que eso pasara porque no me hizo falta consultar el calendario o comprobar en el móvil el día que era. Mi mente lo sabía perfectamente, ya que llevaba muchos años esperando que ese día llegara.
Era el día de mi graduación.
Después de seis años de noches sin dormir, de horas interminables frente a los libros sentada en el escritorio de mi habitación, en la biblioteca consultando libros o de horas y horas repasando los apuntes en cualquier sitio, por fin lo había conseguido.
Sabía perfectamente que todavía me quedaba un largo camino por recorrer antes de llegar a ser la médica especializada que quería ser, pero haber terminado la carrera era una satisfacción enorme y, en mi caso, mucho más.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo unos segundos sin moverme, pensando que todo el esfuerzo que había hecho había merecido la pena.
Bostecé a la vez que me giraba para mirar la hora en el pequeño reloj que tenía en la mesilla.
Lo hice por costumbre, no porque necesitara realmente saber la hora, ya que mi cuerpo sí que era un verdadero reloj que llevaba despertándose tantos años más o menos a la misma hora con un propósito concreto.
Las ocho menos cinco de la mañana.
Era una hora razonable para girarse y seguir durmiendo, y podría haberlo hecho después de cumplir con mi rutina. Alguna vez, las más raras, lo había hecho porque estaba realmente cansada, pero ese día, al tener los nervios a flor de piel por el día tan importante que era para mí, no lo haría.
Me incorporé despacio, retiré la sábana hacia atrás y me senté en el borde de la cama.
Bostecé un par de veces más, me retiré el pelo de la cara y, por instinto, me llevé la mano al pecho como hacía cada mañana desde hacía casi diez años para pasarla por donde sabía que estaba esa cicatriz que me acompañaría de por vida.
Una cicatriz que estaba muy agradecida de tener porque era la que me recordaba que la vida y la generosidad de otra persona, antes de abandonar este mundo, me habían permitido a mí seguir en él.
Apenas había claridad en la habitación, solo una estela de luz muy tenue que se filtraba por las rendijas de la persiana que yo dejaba así a propósito para ver lo suficiente sin tener que levantarme de la cama si no quería y poder coger lo que tenía en la mesilla.
Alargué la mano y cogí el dispensador de pastillas que tenía allí preparado. Abrí la pestaña del casillero de ese día, saqué las pastillas, me las llevé a la boca y, a continuación, cogí la botella de agua que jamás faltaba en la mesilla y di un sorbo para que me ayudara a tragarlas.
Esa era la rutina que me acompañaba nada más despertarme, antes de hacer cualquier otra cosa, desde hacía casi diez años.
Los inmunosupresores que debía tomar de por vida eran los que me recordaban que dentro de mí llevaba un regalo, porque lo era, o yo al menos así lo pensaba.
En mi caso, el regalo que me dieron fue un nuevo corazón que me había permitido poder seguir viviendo.
A veces me parecía increíble que hubiera pasado tanto tiempo desde que mi vida cambió para siempre, desde que se me había brindado una nueva oportunidad de seguir, desde aquel día en que, nada más abrir los ojos y ver que seguía en el mundo, me hice la promesa de disfrutar de la vida y aprovechar al máximo todo lo que pudiera, porque la vida puede acabarse en cualquier momento y eso yo lo sabía mejor que nadie.
Me dejé caer hacia atrás en la cama y cerré los ojos unos momentos para recordar cómo había empezado todo ya tantos años atrás.
No fue algo que pasara de repente, no, eso no fue así. Fue algo que empezó poco a poco, cuando los síntomas de que algo no iba bien dentro de mí empezaron a aparecer para dar el aviso de que algo fallaba.
Recordé cómo empezó todo cuando tenía más o menos unos ocho años.
Cómo cuando jugaba a algo que requería hacer un esfuerzo, como era correr por el patio del colegio, a los pocos minutos aparecía un cansancio que no era normal, porque era la única a la que le pasaba, y me tenía que parar porque me faltaba el aliento.
Cómo, cuando íbamos al parque y jugábamos al balón, tenía que parar a descansar cada poco tiempo porque hasta dar una patada a la pelota me resultaba agotador.
Y cómo había veces que notaba que el corazón me iba tan rápido que llegué a pensar que se me saldría del pecho porque, si me ponía la mano encima, notaba perfectamente los latidos incluso a través de la ropa.
Los primeros meses, como no me pasaba siempre que hacía algún tipo de actividad física, mis padres, sobre todo mi madre, no le dieron mucha importancia y creyeron que simplemente tenía menos resistencia que otros niños y que necesitaba parar antes que los demás.
Pero cuando el tiempo fue pasando, esos episodios empezaron a repetirse tan a menudo que mi padre, después de discutir con mi madre un par de veces porque ella seguía sin querer darle la importancia que requería, fue él mismo el que me llevó al médico para que me hicieran una revisión completa.
No hizo falta que mi padre le insistiera mucho a la que era mi pediatra en ese momento, ya que no dudó en hacerme varias pruebas cuando le conté lo que me pasaba.
La doctora me hizo algunas preguntas y yo respondí con las palabras que pude, porque, siendo una niña, tampoco sabía muy bien cómo explicar qué era lo que sentía.
Un análisis fue lo primero. Aún podía recordar la sensación de miedo que sentía en ese momento cuando la enfermera acercó la aguja a mi brazo, pero también recordaba el tacto de la mano de mi padre en la mía, apretándomela fuerte a la vez que me pedía que no tuviera miedo, que él estaba conmigo, con su chica valiente, como me repitió después tantas y tantas veces.
Era irónico pensar que tuviera miedo ese primer día que me sacaron sangre, pero claro, en ese momento aún no sabía que las agujas y más cosas de material médico se convertirían en una constante en mi vida.
Lo siguiente fue un electrocardiograma y una ecocardiografía. Solté una risita al recordar que esos fueron los primeros que me hicieron de los cientos que vinieron después. Incluso llegué a saber leerlos antes de haber cumplido los doce años, casi tan bien como el personal médico que me los hacía.
El diagnóstico llegó unas semanas después, justo coincidiendo con mi noveno cumpleaños.
Un diagnóstico que yo no entendí en su momento por mi corta edad y que tuvieron que explicarme con palabras acordes a mi capacidad de entendimiento, pero con el paso del tiempo hasta me aprendí las palabras que los propios médicos usaban y así se lo explicaba a quien estuviera interesado en saber por qué no podía hacer algunas de las cosas que hacían otros niños de mi edad.
Miocardiopatía dilatada.
Ese fue el diagnóstico con palabras técnicas, pero yo, para explicárselo a mis amigos, les decía que mi corazón estaba más gordo que el de otras personas y por eso a la sangre que pasaba por él le costaba hacer el recorrido que tenía que hacer y eso hacía que me cansara.
Con un diagnóstico en la mano, ese día salí de la consulta de mi cardióloga con un tratamiento y las recomendaciones que se requerían para poder llevar una vida más o menos normal.
No eran recomendaciones muy difíciles, solo había que controlar ciertas cosas que mis padres tenían que observar y cumplir y yo tenía que avisar en cuanto notara cualquier cambio en mí.
Algunos cambios se notaban a simple vista, como el cansancio o la falta de aire; otros eran los que solo notaba yo y tenía que decir, como cuando mi corazón se movía más rápido y eso indicaba que tenía palpitaciones o arritmias; y otros, que aunque mi padre era el que me revisaba a diario, yo también aprendí a diferenciar, como si tenía los tobillos, las muñecas o el abdomen hinchados porque tenía una acumulación de líquidos.
Aparte de eso, tenía que controlar el consumo de sal, controlar mi peso y la presión arterial, y para eso mi padre compró una maquinita que yo no sabía cómo se llamaba en aquel momento para hacerlo él mismo todos los días.
Además, las visitas a la consulta se hicieron constantes para seguir un control riguroso, para ir un paso por delante si las cosas no seguían como deberían y mi corazón empezaba a empeorar.
Desde ese momento nuestra vida cambió y nos adaptamos a esa nueva rutina que, como ya nos avisaron, formaría parte de mi vida a partir de ese momento.
Bueno, en realidad, y por desgracia, no todos nos adaptamos ni aceptamos las cosas.