Capítulo 49. Violet #2
Creo que me voy a desmayar. Todo me da vueltas.
De pronto, la gravedad desaparece y el tiempo se detiene.
Siento que floto y que estoy a punto de desaparecer en el aire.
Se me seca la boca y la garganta. Las palabras se me quedan atascadas en la boca; estoy paralizada tanto por dentro como por fuera.
El corazón me va tan deprisa que amenaza con salírseme del pecho.
Una capa de sudor me cubre la piel a la vez que la habitación se vuelve cada vez más pequeña. Me estoy ahogando.
—Tengo que cogerlo. ¡Vuelvo enseguida! —Mi abuelo sale de la habitación y cierra la puerta con suavidad.
Separo los labios para decir algo, aunque solo emito sonidos incoherentes. Soy incapaz de formular una pregunta, tengo cientos de ellas dándome vueltas por la cabeza.
—¿K-Kade?
La abuela me interrumpe. Agarra su bastón y salta de la cama. Deja su osito y se levanta lentamente. Me acerco a ella para volver a tumbarla.
—No, mija . ¡Es Graham! ¡Ha vuelto! Mira, está justo detrás de ti. Ha vuelto para bailar conmigo. —Le tiembla la voz.
«Cree que Kade es Graham».
—No, abuela, no es él —murmuro con suavidad. Mis músculos se vuelven de gelatina y luchan por mantenerme en pie.
La comisura de los labios de Kade se curva cuando nuestras miradas se encuentran.
Doy un paso atrás, tentada de agarrar una lámpara y lanzársela.
—He vuelto, cariño. Siento haber tardado tanto —me dice, acortando la distancia que nos separa. Su colonia invade todos mis sentidos y el corazón me da un vuelco, como cada vez que me mira.
¡¿Qué coño está pasando?!
¿Estoy muerta?
Estoy soñando. No es más que un sueño cruel. ¡Es una pesadilla!
Mi abuela se gira hacia mí y se apoya con delicadeza en mi hombro.
—Oh..., ¿no es Graham? ¿Estás segura? —Frunce el ceño débilmente. Miro su expresión apagada, llena de dolor. No quiero tener que recordarle que Graham está muerto.
Sé que se vendrá abajo y su corazón envejecido no necesita pasar por eso.
—Abuela, por favor, vuelve a la cama.
Sus labios temblorosos se curvan hacia abajo. Un gesto cargado de dolor. Respira hondo, como si intentara distinguir la realidad de la niebla que atraviesa.
Kade se vuelve hacia mí.
—Ya me encargo yo.
Frunzo el ceño.
—Si no te importa. —Kade saca su móvil y mi abuela y yo lo observamos teclear algo en la pantalla. Unos segundos más tarde, We Belong Together de Ritchie Valens empieza a sonar. Coloca el teléfono sobre la mesa y se interpone entre mi abuela y yo.
—¿Me concedería este baile, señora Isla?
Sonríe, inclinándose ligeramente con la mano extendida para que ella la tome.
Mi abuela me mira y después lo observa a él. Se lo piensa durante un instante, pero a medida que la canción avanza, la tensión de su mirada desaparece y toma la mano de Kade.
Le entrego a mi abuela y ambos bailan lentamente al ritmo de la música. Me llevo un pañuelo al rostro e intento mantenerme entera, sin venirme abajo.
Mi abuela apoya la mejilla contra su pecho, disfrutando de este momento tan hermoso. Los observo balancearse y me pellizco la piel de vez en cuando.
—Graham, ¿por qué dejaste de escribirme? Me hiciste creer que ya no me querías. Llevo tanto tiempo esperándote... —Cierra los ojos y se recuesta todavía más contra su pecho.
Cuando la canción termina, mi abuela sonríe y se limpia una última lágrima.
—Pero estoy aquí ahora —le dice él, aunque mantiene la mirada clavada en mí.
—Sabía que volverías, Graham —solloza ella, echando la cabeza hacia atrás. La habitación queda sumida en un silencio pesado y triste. Tengo tanto calor que voy a desmayarme como no salga a tomar el aire en los próximos cinco segundos.
La abuela lo mira y lo agarra por los brazos con una sonrisa dulce.
—¿Podemos ir a la playa? —pregunta en voz baja, haciendo que el corazón se me retuerza dentro del pecho.
—Sí —responde Kade con esa misma voz grave que creí que nunca volvería a oír. La ayuda a meterse en la cama, coloca de nuevo el osito de peluche entre sus manos y la arropa. Ella lo admira y una oleada de paz se abre paso a través de su alma.
Nunca la había visto tan feliz.
Acurrucada en la cama, se queda callada, observándolo, con una sonrisa de oreja a oreja. Kade se da la vuelta y su rostro se endurece al encontrarse con mi mirada glacial.
Salgo de la habitación de mi abuela hecha una furia. No sé adónde voy, solo sé que necesito respirar. Los médicos me advirtieron de que podía sufrir alucinaciones por culpa del traumatismo craneoencefálico.
¡¿Estoy teniendo una en este momento?!
En cuanto abro la puerta de un tirón, salgo corriendo hacia la oscuridad. No me importa que esté lloviendo ni que me esté empapando entera. Rodeo los árboles de la casa de mi abuela mientras intento procesar lo ocurrido.
Kade me sigue, pisándome los talones. Avanzo cojeando, sin saber qué hacer o decir. Cuando intento recuperar el aliento, me tropiezo con mi bota y caigo contra un árbol. Me apoyo contra él con ambas manos.
Esto no es real.
Nada de esto tiene sentido.
Estoy delirando. Me daré la vuelta y habrá desaparecido, porque el hombre que amo murió. Todavía estoy intentando asimilar el haberlo perdido, pero ¡¿cómo voy a conseguirlo cuando estoy empezando a ver su fantasma?!
Giro sobre mis talones, esperando encontrarme con un jardín vacío... pero no.
Sigue ahí, mirándome como si también estuviera a punto de venirse abajo.
Su mirada intensa e intimidante me recorre. El fuego que posee y que tiene el poder de incendiarlo todo se cuela por debajo de mi vientre. Sigo sin poder respirar, hablar o pensar.
Nos miramos. Cada vez que parpadeo, no desaparece.
De verdad está aquí, vivo , en Carolina del Norte.
Los árboles a sus espaldas se sacuden con violencia.
Los fuertes vientos me hacen tiritar todavía más.
Cada segundo se vuelve más frío mientras intento entender lo que está pasando.
Cuando lo miro bien, me percato de que tiene quemaduras en la clavícula.
Se me escapa un pequeño sollozo de entre los labios temblorosos.
Él camina hacia mí y yo niego con la cabeza como una loca.
—Di algo —suplica.
Cuando intenta abrazarme, le cruzo la cara, y su largo cabello oscuro y mojado azota la lluvia.
—¡Imbécil!
Guantazo.
—¡Pensé que estabas muerto!
Guantazo en el pecho.
—¡Pensé que habías muerto!
Guantazo.
—¡Te vi morir!
Guantazo en el brazo.
—Yo...
Levanto la mano para golpearlo de nuevo, pero él la atrapa en el aire.
Tira de mí hacia él y estampa su cuerpo contra el mío.
Su boca se abalanza sobre la mía. Me silencia con un beso violentamente hermoso.
Al principio lucho contra él, pero me abraza con fuerza y se lleva todo el aire de mis pulmones.
Estoy temblando cuando decido devolverle el beso.
Hunde su lengua en mi boca y yo la recibo.
Nos abrazamos con pasión y dejamos que la lluvia siga golpeándonos.
Nuestros labios bailan juntos en un dúo perfecto.
Lo empujo y me rompo. Aunque me duele hacerlo, lo necesito. Tiene que empezar a hablar y darme respuestas. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Por qué nadie me avisó? ¡Pienso cargarme a Slater en cuanto lo vea!
Cuando nos separamos, estudio su imponente figura. Tiene varios cortes por todo el rostro y el cuello. Heridas que no tenía la última vez que lo vi...
¿Lo capturaron?
—¡Explícate! —grito señalándolo con el dedo.
Él tira de mí hasta que mi pecho choca de nuevo contra el suyo, envuelve una mano alrededor de mi garganta y me la aprieta con posesividad.
Se le dibuja una sonrisa preciosa en ese rostro hipnotizante, hermoso y ahora lleno de cicatrices.
El corazón se me dispara hasta límites peligrosos.
—Tan cabezota como siempre. Venga, primero haré que entres en calor y te metas en mi cama. Luego, si aún te quedan fuerzas, preciosa, me pasaré toda la noche explicándotelo.
No me puedo creer lo que estoy oyendo. Decir que estoy feliz sería quedarme corta. No existen palabras para explicar lo que significa que tu soldado vuelva a casa con vida.
—¿Booker está muerto? —Entrecierro los ojos y lo miro a través de mi visión borrosa. Las gotas de lluvia siguen repiqueteando contra nuestros cuerpos.
Su sonrisa se desvanece.
—Sí. —Me acaricia el rostro y me agarra por la mandíbula. Deposito pequeños besos por toda su piel cálida y mojada.
—Esto no puede ser real. —Presiono el rostro contra su mano con más fuerza.
—Soy real —dice, y me da un beso en la frente—. Llevas puesta la mariposa que te hice —susurra suavemente.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunto. Compartimos la misma sonrisa sin dejar de mirarnos a los ojos.
—Sobrevivir.